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La mala política

 

Por Myriam Mitrece de Ialorenzi


Leí hace pocos días una breve historia sobre Elpidio González, vicepresidente de la Nación durante el gobierno de Marcelo Torcuato de Alvear. Quien fuera dos veces diputado, ministro del Interior, ministro de Guerra, jefe de policía y brillante abogado, vendía anilinas y pomada para zapatos para mantener a su familia. Consideraba un deshonor cobrar sueldos del erario y terminó sus días en la extrema pobreza. Su vocación política lo llevó a la bancarrota.
Es difícil imaginar un político así en nuestra Argentina siglo XXI. Es cierto. Quizás no pidamos tanto. Nos conformaríamos con un patriota, honrado, capaz y de buena fe.
Iniciando la época electoral vemos desfilar parejas políticas "swinger". Podemos imaginar que si se intercambiaran las personas aún seguirían los mismos proyectos. Sin convicciones firmes, ni fundamentos sólidos, cualquiera podría ir con cualquiera. Y nadie notaría el cambio. Después de haberse odiado, insultado y denostado públicamente, ahora se juntan como adolescentes enamorados.
La mala política nos ha enseñado a callar, aceptar y no intervenir más que esporádicamente con un voto en la urna. Nos ha convencido de que "meterse" en política destruye familias y trastorna la cabeza. Por eso, es para otros. Y con eso alimentamos a quien nos destruye.

LOS QUE MIRAN DESDE AFUERA
Es cierto que desde afuera todo es muy sencillo. En una mesa de café podemos arreglar el país, pero también es verdad que desde esa misma mesa no se llegan a conocer los entretelones que se juegan en las altas esferas, las presiones, las decisiones que arrastrarían a miles de personas a una suerte desgraciada. Muchas veces pretendemos resolver una ecuación en la que sólo tenemos incógnitas. Y aventuramos resultados, inexactos, improbables y aun hasta lógicamente imposibles.
Quien toma decisiones está humanamente solo. Solo con su conciencia. Es difícil empatizar cuando no se conoce el escenario. A veces los resultados no son los esperados. Pero son los únicos visibles. Y a partir de allí se infieren las intenciones. "Por sus frutos lo conoceréis", decimos, aunque también es justo reconocer que también hay frutos agusanados en árboles sanos. No todos los frutos son dignos del árbol. Eso nos confunde.
Declamar soluciones para los problemas de otro siempre fue fácil. Lo complejo es encontrar soluciones y efectivizarlas.

LA ILUSION DEL PODERO
Otro mal al que nos hemos acostumbrado es el sectarismo. Con la intención saludable de protegerse, "Los puros y limpios", se recluyen en círculos cerrados y alimentan a sus líderes naturales, haciéndolos creer que gozan de un ficticio espacio de poder global. Algunos lo creen sinceramente, y cuando salen del círculo, se sienten defraudados, ninguneados, sin el reconocimiento que consideraban merecido y se alejan ofendidos. Aprender a ser cola de león no es sencillo para quien fue cabeza de ratón. El problema no fue el círculo. Sino en creer que ese era el mundo.

LA MALA POLITICA
La mala política también nos enseñó que negociar es una mala palabra. Quizás la experiencia de haber sido defraudados por quienes vendieron sus principios a ideólogos y comerciantes foráneos nos llevó a pensar que quien negocia, claudica. La realidad es que en una sociedad plural es necesario dialogar, ponerse en el lugar del otro, acercar posiciones y tender puentes. Habrá cuestiones innegociables y otras secundarias en las que se podrá transigir. Quien negocia vende y compra. El problema no es que se negocie, sino qué se negocia y a qué costo.
También instauró una sinonimia, que ya ni discutimos. Asumimos que para hacer carrera política hay que ser diplomático y pragmático. Y esto quiere decir: falso, acomodaticio y guiado por conveniencias personales circunstanciales. Con tan bajo concepto de la tarea, difícilmente gente de bien quiera sumergirse en ese mundo. Y así, la maquinaria sigue andando, entre quejas y resignación.
Quizás esta evidente debacle de lo político sea el motor para que quienes aún no incursionaron en este terreno se animen a superar las propias limitaciones y las experiencias con que los marcó la mala política.
Todo indicaría que la política es sucia y el que se mete seguramente saldrá manchado. Pensemos ¿quién es más sucio? ¿el que desde un cómodo sillón convive resignado con la mugre o el que, aunque a riesgo de ser salpicado, se pone a limpiar?


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