La Prensa

El maltrato nuestro de cada día

Acuarelas porteñas- El maltrato nuestro que cada día sufrimos por el sólo hecho de salir a las calles

 

Cuando advierto cotidianamente, largas colas para hacer trámites, discusiones entre empleados y clientes, peleas callejeras por un espacio para estacionar, choferes que manejan colectivos como si llevaran ganado, taxistas que toman por calles inciertas pese a indicaciones precisas, precios asombrosos por minúsculas porciones, y podría seguir hasta el infinito, me pregunto si seremos cobayos de algún experimento social en materia de diseño conductista. Porque en pocos lugares del planeta se ecuentra tanta eficiencia en lograr rostros adustos, miradas ceñudas, gestos agresivos.

El maltrato nuestro que cada día sufrimos por el sólo hecho de salir a las calles. Advierto, no es una teoría descabellada. Los fines de semana, feriados o en días al azar, veo padres que al pasear con sus hijos se comportan como si se tratará de una tortura inexorable: gritos y advertencias, golpes de toda índole, restricciones diversas, con infantes de escasa edad. "Niño, deja ya de joder con la pelota/que eso no se dice, que eso no se hace/que eso no se toca...", sigue cantando el catalán Joan Manuel Serrat desde más de cuatro décadas, sin encontrar demasiado eco en la gente, según puede inferirse en un simple paseo por cualquier plaza porteña.

Viajar en colectivo con niños puede transformarse en una experiencia terrible. Para los niños. He visto tantas veces zamarreos, gritos, insultos, empujones, en esos extraños móviles donde necesitan justo, más confianza, tranquilidad, seguridad, y no injurias o reproches. Ya desde la tierna infancia, se adiestra en el maltrato, el despotismo, la intolerancia. Que luego se replíca en las escuelas. Conocemos los extendidos fenómenos del "bullying", "grooming", acosos, abusos, muchas veces de los propios docentes como se ha visto recientemente en diversas guarderías, jardínes y colegios donde mediante filmaciones o alguna cámara se han logrado probar hechos aberrantes.

Tristemente, en el sistema educativo inglés, se ha reimplantado no hace mucho el castigo corporal, que da pié a otros de diversa índole. Ni aquí ni el resto del país existen protocolos de protección alguna, como en los países nórdicos donde un docente sólo no puede acompañar a un niño de jardín al baño; siempre debe actuar con un colega para evitar cualquier inconveniente o sospecha.

Quizá ello depare el elevado nivel educativo de Finlandia, Noruega o Suecia, aunque también tengan fallas que a veces salen a la luz. Ya en la adolescencia, el destrato se convierte en modo de convivencia donde impera la ley del mas fuerte. Y lamentablemente no son pocos los casos de alumnos que concurren armados a las clases, derivado en varias tragedias que son como gritos a la conciencia social. Cuando llegamos a la edad adulta, ya estamos eficazmente adiestrados. Nada de ceder asientos en los transportes públicos, facilitar el paso o ayudar a quien lo necesita. Con frecuencia se escucha el reclamo de "un asiento para la señora", para despertar a los que se hacen los dormidos al ver subir una mujer con niños en brazos, o notoriamente embarazada. Ni hablar de discapacitados o ancianos, que son observados como enemigos públicos. # Podemos pretender que nuestras instituciones sean distintas o realicen aportes para cambiar estos comportamientos ?. Si tiene quejas, vaya a la fila (un invento nacional), y después afronte el malhumor de quien le toque en su atención. Al márgen de solicitar algún "estímulo" para acelerar el trámite, práctica frecuente, no sólo en organismos públicos. Y encima tenemos la presión impositiva más alta de las economías medidas. Ni hablemos del maltrato animal. Lo visto y sufrido en las calles porteñas con todo animál de compañía, es motivo por si mismo de otro análisis. Dicen que las "mascotas" se parecen a sus dueños. O al revés. Pero probemos con la conducta contraria. Ofrezca o convide, en su bar habitual, algo a otro comensal. Invite un café a un desconocido. Aparte de cederle el asiento, trate de darle un caramelo a una embarazada. Se transformará en el acto, en un tipo sospechoso o degenerado. Se podría abundar en los ejemplos, pero hay otro trovador, ya de gira eterna, que contaba los versos justos: "En mi pueblo sin distinción/tengo mala reputación", nos ofrendaba el francés George Brassens desde el escenario. Y nada ha cambiado para mejor desde aquella posguerra existencialista que le tocó vivir.