Por la orgía de impuestos, sólo una élite puede tener su casa

La propiedad es libertad; lo que nos falta lo tiene el Estado para despilfarrar. Nuestros padres y abuelos sí podían comprar o hacerse sus casas. Ahorraban dólar sobre dólar u obtenían un crédito del Banco Hipotecario (cuando funcionaba), o compraban un terreno y construían ladrillo a ladrillo.

Un trabajador hoy no puede acceder a la propiedad de su vivienda. Es un salto hacia atrás respecto a generaciones anteriores. Nuestros padres y abuelos sí podían comprar o hacerse sus casas. Ahorraban dólar sobre dólar u obtenían un crédito del Banco Hipotecario (cuando funcionaba), o compraban un terreno y construían ladrillo a ladrillo.

Hoy acceden a la propiedad quienes viven de la política (alrededor de 500.000 personas), más el personal de Aduana, AFIP y jerárquico de ANSES. Van desde concejales, coordinadores ministeriales y secretarios de juzgado, hasta llegar a diputados, senadores, jueces y ministros, con sueldos desde $ 200.000 mensuales hasta $ 350.000. Si ambos miembros del matrimonio cobran esas cifras -lo que es frecuente-, cuentan con ingresos de 10.000 dólares mensuales. Administrados juiciosamente, alcanzan para comprarse un departamento cada dos años.

EL OGRO

El departamento que hoy un trabajador no puede comprar es dinero que se despilfarra en el Estado.
Es un fenómeno que ataca a todo Occidente, no solamente a la Argentina. Durante el siglo XX el costo del Estado argentino era del 22%/25% del PBI. Ahora es 46%.

El costo del Estado recae siempre en los trabajadores y los pequeños empresarios: el personal asalariado, los profesionales independientes, el comerciante, la pequeña fábrica o taller.
 
Las empresas grandes tienen a su disposición diversos mecanismos que le permiten eludir o trasladar impuestos: buenos estudios de consultores impositivos y abogados tributaristas, lobby para conseguir leyes especiales de exención impositiva -por ejemplo la ley Grinbank -, posibilidad de mover las ganancias entre países, facturar desde paraísos fiscales, etc. 

Nuestros abuelos tenían que sostener un Estado que costaba el 22%/25% del PBI. Por lo tanto pagaban la mitad de impuestos que nosotros. El salario le rendía al trabajador.

Le permitía una canasta de consumo según su nivel de ingresos y, lo m s importante de todo, le dejaba ahorrar. Eso se traducía, tarde o temprano, aún en contextos inflacionarios, en una casa.
De igual manera los talleres, las pequeñas o no tan pequeñas fábricas, los comerciantes, los transportistas, veían que su negocio le dejaba ganancias. Eso les permitía reinvertir en su negocio, diversificar (comprar propiedades para alquilar, por ejemplo) o comprarse una casa de veraneo en Miramar.

El aumento de los impuestos que se dio desde 1975 a la fecha (no sólo acá, sino en todo el mundo occidental), siempre creciente -nunca se bajaron los impuestos-, tuvo y tiene como contracara la ausencia de ahorro en las familias. 

FALTA DE AHORRO

La falta de ahorro tiene dos consecuencias: a) imposibilidad de capitalizarse, de acceder a la propiedad; b) no tener colchón que le amortigüe los malos momentos. 

Eso provoca que cuando se da una mala racha ese grupo familiar quiebre. Ya sea que lo desahucien de su casa o de su propiedad rural o quiebre su comercio o empresa. No es privativo de la Argentina. Ver la verdadera tragedia social que fueron los desalojos masivos en España o las historias detrás de cada 'chaleco amarillo' en Francia.

La propiedad es libertad. Tener ahorros para aguantar malos tiempos es libertad. Es el verdadero sueño alberdiano: lograr una sociedad de individuos libres, dueño de su suelo, su casa, sus herramientas, su tienda, su taller, su camión, su máquina, su horno.

La contracara de la falta de ahorro de las familias y de los pequeños capitalistas es que el Estado cuente con millonarias cifras para despilfarrar.

Se traduce en funcionarios sobrepagados, con estándares de vida propio de las personas muy ricas (ir a esquiar dos veces por año en distintos hemisferios, casa principal, casa de fin de semana, viajes a lugares exóticos, productos de lujo, etc.). Décadas atrás los funcionarios públicos (los nuestros, los italianos, los belgas, los franceses, etc.) se caracterizaban por cierta austeridad republicana. En el siglo XXI es impensado. La socialdemocracia logra que los funcionarios públicos se comporten como jerarcas soviéticos.

Los sueldos de los burócratas de Bruselas de segundo y tercer nivel son de miles de euros mensuales, lo que quedó expuesto con los escándalos de la campaña presidencial francesa. 
Los presupuestos estatales abultados redundan en contrataciones del club de la obra pública con sobreprecios, subsidios a proyectos delirantes -como el -calentamiento global- dinero a manos llenas para artistas y universidades.

La mayor insensibilidad de esta casta política socialdemócrata la demostraron en España, donde gastaron millones en bancos y en subsidiar películas -algunas de las cuales nadie fue a ver- mientras dejaban a cientos de miles en la calle (literalmente) y la desocupación alcanzaba el 20% de la población activa. 

Las grandes empresas, cuando enfrentan reveses, tienen Estados que van en su salvataje. Estados Unidos lo hizo con las entidades financieras y General Motors; subsidia en miles de millones de dólares a Elon Musk. España puso miles de millones de euros en Bankia e inglaterra hizo lo propio con los bancos Northern Rock, Royal Bank of Scotland y Lloyds. 

Suerte que un taller de fundición de Lomas de Zamora, Valladolid o de Birmingham no tiene ni tendrá.

El dinero que va a los contratistas del Estado tiene una alta cuota de sobreprecio. Lo que implica: sobornos para el funcionario y ganancias extraordinarias para el sobornante. En ambos casos el dinero deja la economía del país y se traduce en caída de la inversión.

Quienes mueven la inversión en un país son: el panadero que amplía su local, el camionero que moderniza su unidad, la fábrica de colchones que compra una máquina nueva, la fábrica de tolvas que agrega una línea de producción, el profesional que hace departamentos para alquilar, el odontólogo que renueva su equipamiento, el mayorista que trae legumbres de salta y hace un depósito nuevo en Morón. La pequeña inversión que multiplicada por millones de personas mueve un país. 

CIRCUITO INFERNAL

El circuito actual, entonces, es: menos dinero en los bolsillos de las familias debido a la duplicación de la carga impositiva, más dinero en las arcas públicas, más dinero en los presupuestos de los funcionarios sobrerremunerados para obras y compras con sobreprecios, pauta para la prensa, contratación maníaca de personal, etc. 

El resultado es: a) privación del acceso a la propiedad por parte de los trabajadores, b) reducción de la inversión en el país.

Cada vez que un trabajador compra alimento, la mitad son impuestos, por lo que los alimentos le cuestan el doble. Cada vez que carga el tanque de nafta, la mitad del costo son impuestos, por lo que la nafta le cuesta el doble. Cada vez que compra cualquier cosa, le cuesta el doble porque la mitad son impuestos.

Si tiene un sueldo de $ 50.000, le descuentan 17% por ley, paga $ 2.000 de impuesto a las Ganancias. Le quedan 39.500. Gasta todo en alimentos, expensas, ropa, viajes, ABL. La mitad son impuestos. con lo que compra bienes y servicios por $ 19.750 y paga impuestos por $ 19.750. En total pagó impuestos por $ 8.500 + $ 2.000 + $19.750 = $ 30.250. Casi 790 dólares. Son u$s 10.270 en un año, u$s 102.700 en diez años. Ahí está  la casa que no pudo comprar.
Ese es el dinero que en forma conjunta le roban al trabajador los funcionarios públicos, la banca, el club de la obra pública y los proveedores del Estado.

Esa es una de las razones por las que protestaron 'los chalecos amarillos' en Francia. Porque el dinero les permite únicamente la subsistencia, mientras el costo del Estado francés es del 52% del PBI y los funcionarios viven como duques.

Hoy un trabajador francés no puede comprarse una vivienda y sus padres -cuando el Estado les costaba el 30% del PBI-, sí podían.

Por esta orgía de impuestos hoy un trabajador argentino: un obrero, un docente, un policía, un militar, un médico no puede comprarse una casa. Por la misma razón que Carlos Wagner tiene millones de dólares en el extranjero sin declarar.