La inseguridad, los motochorros, las salideras, los kilos de más y las inundaciones son algunos ejemplos
Los nuevos miedos que padecemos
Nos fueron llegando en los últimos años y se instalaron entre nosotros para provocarnos pánico, desconfianza, cambio de hábitos, sospechas, enojos y hasta alguna que otra paranoia.
No son fobias o en todo caso son fobias que se quedaron en categoría de miedos y se nos instalaron para sumarse a los otros, aquellos viejos miedos casi ancestrales que nos vienen empujando a los argentinos de generación en generación.
Estos son nuevos, tienen orígenes y formas diferentes, surgen casi a diario, los traen las informaciones de los medios, las charlas del barrio, los anuncios oficiales, el "me lo dijo un amigo de un amigo" o por simple autosugestión.
PRIMERA PARTE
Un poco en serio y un poco en broma, se dijo que la inseguridad era una sensación. Pero lejos de eso, la cantidad de delitos cometidos que salen a la luz nos convirtió en ciudadanos paranoicos que estamos esperando que "me toque a mi" mientras pensamos en algún vecino, familiar o la señora que salió por televisión llorando a moco tendido y finalizando su declaración con ese consuelo de tontos que esgrimimos después de cada hecho delictivo: "Tuvimos suerte porque no nos lastimaron".
Salimos de casa mirando para los costados; instalamos cámaras para vigilar el afuera desde adentro; nos damos vuelta mientras caminamos para ver si alguien nos sigue; creamos sistemas de comunicación para darnos un respiro, por ejemplo "cuando llegués al trabajo me llamás" o "cuando salgas del colegio mandame un mensaje".
Y este panorama nos introdujo en la sensibilidad los siguientes miedos: miedo a entrar al banco y a salir del banco; miedo a andar por la calle de noche; miedo de llegar a casa e intentar guardar el coche en el garaje; miedo cada vez que suena el timbre o una llamada telefónica que nos haga víctimas de un secuestro virtual, miedo si se acercan dos tipos en una moto.
Estos miedos traen estas dudas: dudamos de los uniformes y pensamos que los policías no son policías, que los operarios de alguna empresa de servicios son en realidad ladrones esperando para dar el golpe; dudamos si nos llaman por teléfono para hacernos una encuesta y miramos con desconfianza al empleado del delivery que nos trae el pedido, pensando si no será un ladrón que lo asaltó tomando su lugar.. Y algo peor, hasta dudamos de nosotros mismos: "Habré cerrado bien la puerta",
"Ese tipo que subió en el ascensor, me parece que no lo vi nunca", "Paro este taxi o espero uno que tenga el cartel de radio-taxi arriba", "No veo ni el papel con la licencia y la foto del conductor y ni siquiera la radio, ¿será trucho? ¿A que me asalta?".
Temores la mayoría de las veces infundados, pero por las dudas no nos desprendemos de ellos por aquello de "nunca se sabe".
SEGUNDA PARTE
De los últimos miedos que incorporamos están los meteorológicos. Después de una fuerte granizada que azotó Buenos Aires y el conurbano abollando miles de coches, cada vez que anuncian tormenta y le agregan "con posibilidad de granizada", entramos en pánico y buscamos refugio para nuestros vehículos; bajamos las persianas para salvaguardar los vidrios de las ventanas y hasta ponemos a resguardo las macetas.
En el 90 por ciento de los casos se trata de una falsa alarma, pero el Servicio Meteorológico, después de aquella penosa experiencia, prefiere meternos miedo a tener que dar explicaciones.
El miedo a las lluvias fuertes viene de la mano con el cambio climático, aunque nadie lo diga científicamente, muchos hablan de la tropicalización de Buenos Aires y que estas tormentas, por las que cae mucha agua en pocos minutos, son cada vez más frecuentes.
La cosa es que "lluvia" se ha convertido en sinónimo de inundación, catástrofe, desastre. Pero la lluvia, una vez que cayó, también produce para los porteños otros miedos. A quedarse sin luz, es decir sin agua a partir del segundo piso, sin ascensores, ni heladeras, ni baños, ni semáforos. Y hay un pequeño temor que nace cada vez que tenemos que reclamar por el corte de energía y nos atienda una grabación insensible e ignorante.
No deben olvidarse los miedos post-inundación: a beber agua de la canilla; a comer verduras que pueden estar contaminadas con aguas servidas o a contraer dengue, por ejemplo.
TERCERA PARTE
Ultimamente hemos desarrollado, tanto mujeres como hombres, un miedo que nos persigue desde lo
estético para derivar luego en asuntos de vivir más sanos: ENGORDAR.
Consumimos todo ligth, ensayamos dietas de las más diversas, salimos a caminar o nos hacemos socios de un gimnasio donde nos suben a una cinta o a una bicicleta fija hasta que sudamos y el corazón se queda a milímetros de salirse del pecho.
Nos subimos a la balanza con culpa y la mayoría de las veces las pizzas, empanadas y asados con achuras atentan contra nuestras buenas intenciones y cedemos a la tentación asegurando que el lunes empezamos de nuevo.
El miedo a engordar tiene un cómplice silencioso pero incorruptible: el espejo. Un juez implacable que no perdona nuestros pecados de gula y falta de voluntad. Y losmédicos, socios del temor en cuestión que lo aumentan con sus análisis, diagnósticos y consejos tales como "Si no baja unos kilos podría tener algún problema coronario".
CUARTA PARTE
Otro de los nuevos grandes miedos que nos invaden desde la tragedia es el de viajar en transportes públicos. Nos llevan como si de una especie de ganado homínido se tratara. En los trenes nuestra vida está en juego adentro y afuera de los vagones. Adentro, ladrones, pungas, arrebatadores y otras variantes de delincuentes se
amontonan junto al ciudadano honesto para hacerlo víctima de un delito. Además viajan 300 donde hay espacio para cien. Afuera, vías semidestruídas, pasos a nivel que no funcionan, estaciones que parecen aguantaderos y andenes donde también acechan descuidistas y degenerados.
En los subtes pasa casi lo mismo y dos por tres miles de pasajeros quedan sobre un vagón detenido en medio de un túnel oscuro y deben llegar a una estación caminando sobre las vías.
Uno viaja con el miedo a viajar encima. Las mujeres aprietan las carteras sobre su pecho, los hombres se palpan los bolsillos cada minuto para ver si su billetera, celular o documentos siguen en su lugar. Miedo a ser
asaltado y miedo al accidente, miedo por dos.
QUINTA PARTE
Oficialmente se anuncia con no poca algarabía, la superproducción de coches y el récord de sus ventas. Esta cifra aumenta proporcionalmente a otros miedos recientemente instalados en quienes son propietarios de esos
vehículos.
Dos modas siniestras quitan el sueño de los propietarios de los rodados: el robo de los neumáticos y los ‘quema-coches’. Levantarse por la mañana y encontrar el coche apoyado sobre la calle o sobre dos trozos de madera en lugar de las costosas ruedas con sus llantas produce primer dolor de estómago, luego rabia y finalmente la resignación y el suspenso de saber si el seguro nos pagará o no lo robado.
Tampoco es agradable que a la madrugada un vecino o el portero toque el timbre de casa para avisarnos que el coche se está quemando, que ya llamaron a los bomberos y "no se cerque por si explota". Rabia, impotencia y un "¿por qué?" sin respuesta nos quedan junto a las cenizas de lo que fue nuestro querido auto. Uno deja el coche estacionado y se va a dormir con miedos más que justificados.
SEXTA PARTE
Todos hablan de ella pero pocos reconocen que de manera directa e indirecta es la causa de muchos de los nuevos miedos cotidianos que padecemos. La temida inflación, a la que de por sí ya le tenemos miedo, nos genera temor a perder poder adquisitivo; a abrir los sobres con las facturas que llegan inexorablemente con aumento; a no llegar a fin de mes; a un nuevo corralito. La frase utilizada por Bill Clinton contra Nixon, "Es la economía, estúpido", parece resonar en los oídos de los argentinos que de verdad tienen miedo que sus dirigentes políticos no se ocupen de los serios problemas económicos que padecemos. Ni que decir del pavor que producen los agoreros pronósticos de los expertos sobre el futuro económico del país.
SEPTIMA PARTE
Un Estado creciente a manera de un "Gran Hermano" que nos vigila a sol y sombra, también nos empuja a
tener algunos miedos que nos invaden aún sabiéndonos inocentes de culpa y cargo. A saber: tenemos miedo a la AFIP; a ser considerados un "enemigo político"; a hablar mal del Gobierno en reuniones sociales y a contestar preguntas en las encuestas aunque sean anónimas.
Dan miedo las cámaras en la calle que parecen controlarnos cada movimiento sin saber quién está vigilándonos y si el gesto que hicimos puede ser mal interpretado. Tememos ir a comprar dólares para pasar unos días de vacaciones en el exterior y tener que dar explicaciones y llenar formularios y también tememos preguntar si alguien quiere comprarnos unos dólares que debemos convertir a pesos.
ULTIMA PARTE
Como queda casi demostrado, una serie de nuevos miedos se apoderaron de los ciudadanos que poco a poco se van acostumbrando a vivir con ellos. No es fácil la tarea porque aún en cosas cotidianas los sobresaltos no son pocos. Ya no es fácil sentarse a una mesa de un bar en la vereda sin sentir el temor a ser asaltado por alguien que pasa corriendo o en una moto. Da pánico entrar a un cajero automático y ya ni hablemos si estamos obligados a hacerlo de noche.
Lo peor de todo es que estos miedos están cambiando algunas de nuestras buenas costumbres como la ir de a cenar afuera o ir a visitar a un amigo que vive en el conurbano y tener que regresar tarde.
A comernos unos buenos chinchulines sin culpa; a sentir desconfianza al menos tres o cuatro veces al día; a sobresaltarnos si alguien nos pide la hora en la calle; a angustiarnos si algún familiar llega más tarde de lo previsto; a no usar joyas ni relojes de marca; a mudarnos de barrio porque en el que vivimos se inunda cada vez más y encima darnos cuenta que nuestra casa ya no vale ni la mitad de lo que valía precisamente por el mismo motivo. La lista sería interminable pero en realidad da un poco de miedo seguirla...
