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Un análisis de las características que definen a la generación que nació después del 10 de diciembre de 1983
Cómo son y en qué piensan los hijos de la democracia
24.03.2013 | Consultados por La Prensa, tres expertos describen la relación de los jóvenes con la política, con la historia del país y con la libertad. Una invitación a pensar en la sociedad argentina del futuro.
Por Agustina Sucri

Nacieron después de 1983, cuando la Argentina comenzaba a vivir una nueva época renovada por los aires de la democracia. Son jóvenes que hoy tienen 30 años o menos y que no vivieron la “historia negra” del país. Se trata de una generación distinta, con características propias del contexto que les toca vivir y modos particulares de vincularse con la realidad. 

Cómo son, qué valor le otorgan al sistema democrático, y de qué forma se relacionan con la política y con el pasado los hijos de la democracia, son algunas de las cuestiones que abordaron en una entrevista con La Prensa tres expertos en ciencia política y sociedad.

Para Agustín Salvia, investigador jefe y coordinador del Observatorio de la Deuda Social Argentina-UCA, “en esta generación de jóvenes conviven muchas juventudes, donde la desigualdad socio-cultural resulta un rasgo dominante con respecto a otras generaciones anteriores”.

En ese sentido, fijó las diferencias entre los jóvenes nacidos en democracia de sectores medios y medios profesionales y los que también nacieron en democracia pero pertenecen a los sectores más pobres del país.

Los primeros han logrado -en opinión de Salvia- extender su tiempo de estudio como también de reproducción, y si bien enfrentan problemas de inserción laboral, cuentan con redes sociales y capital humano capaz de facilitarles a mediano plazo un proceso de inclusión y movilidad social ascendente. “Forman parte de una cultura global, tienen acceso a lo último en tecnología, están comunicados con el mundo. Incluso pueden tener posibilidades de ser contestatarios frente a las organizaciones y culturas burocráticas tradicionales”, describió.

Mientras que los jóvenes de sectores pobres, “si bien han terminado la primaria, no logran por lo general terminar el secundario ni alcanzar el nivel universitario y, al igual que sus padres, tienen que adelantar la edad de
participación en el mercado laboral pero dada la falta de recursos no pocos desisten, cayendo en el desaliento y la inactividad”. 

“En ese marco se explica el creciente aumento de los embarazos adolescentes o la participación en bandas ilegales o en grupos culturales marginales, todo ello en búsqueda de una identidad, realización y afirmación que no brinda ni la escuela ni el mercado de trabajo. La política también está para ellos muy lejana y no los convoca a
participar”, añadió. 

En sintonía con Salvia, el licenciado en Ciencia Política de la UBA y doctor en Ciencias Sociales UNGS/IDES, Pedro Núñez, consideró que “la clave principal es que existe una heterogeneidad de modos de ser joven; una visibilidad de estilos, formas, actitudes que -si bien poseen rasgos comunes que son transversales- son vividas de modo diferente, de acuerdo a la clase social, al lugar donde se viva, el nivel de estudios, su relación con el mundo del trabajo, la situación de pareja o los consumos”.

Sin perder de vista las diferencias que mencionó, algunas características que -según Núñezatraviesan transversalmente a los jóvenes de hoy tienen que ver con el hecho de que éstos “toman contacto con las instituciones de manera más intermitente, con trayectorias muchas veces signadas por la incertidumbre”.

“Tanto el informe de la CEPAL de mediados del 2000 como el reciente Informe del PNUD hablan de la ambigüedad del ser joven: tienen más expectativas de autonomía y menos opciones para materializarla o contar con mayores niveles educativos que sus familiares pero con peores oportunidades laborales”, graficó, al tiempo que indicó que este punto cobra relevancia porque incide en las expectativas que los jóvenes tienen sobre el futuro.

“Hay una brecha generacional -tal vez propia del clima de época- que muestra que adultos y jóvenes se mueven por temporalidades distintas. Así los jóvenes parecieran atravesar un presente permanente -lo que no quiere
decir que no proyecten a futuro-”, agregó.

Núñez, investigador asistente del Conicet con sede en el área Educación de la Flacso, también advirtió que hay una erosión de las fronteras tradicionales entre los sexos y los géneros -aunque persiste un doble estándar para juzgar las conductas de los varones y de las mujeres, que habla de la eficacia en la producción de masculinidades y feminidades ‘correctas’- y una suerte de apropiación del espacio urbano que nos muestra nuevos modos de estar juntos, y de evitar a otros, traduciendo en las formas de usar la ciudad los
procesos de fragmentación social. 

“Siguen existiendo profundas desigualdades en cuanto a las posibilidades de apropiación de la ciudad, tanto en los grandes centros urbanos como en las pequeñas y medianas ciudades”, subrayó.

ENTORNO INFORMATIVO

Para el profesor Carlos Gervasoni, del departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales
de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), una característica “bastante obvia y políticamente relevante” es que son jóvenes que viven en otro entorno informativo, respecto del que se tenía hace 10 o 20 años, en términos de acceso a fuentes de información online.

“Son jóvenes que vivieron toda su vida política, es decir los últimos cinco a diez años, en el entorno de internet, de modo que su vinculación con la política seguramente pasa cada vez más por esos medios que por otras opciones más tradicionales como diarios o televisión”, apuntó.

No obstante, Gervasoni aclaró que esta realidad no implica que los jóvenes que nacieron luego de la restitución de la democracia estén más informados, ni que les interese más la política que a las generaciones anteriores, ni que participen más. 

“En los últimos años se instaló la cuestión de la juventud militante, especialmente de las juventudes kirchneristas. Este es un fenómeno muy intenso y muy visible pero -hasta donde yo puedo ver- la participación política entre los jóvenes es tan minoritaria como siempre lo fue”, señaló, para luego agregar: “Mi sensación es que ha habido una congruencia, una convergencia de sectores juveniles, que apoyan al kirchnerismo y un Estado
que ha sido muy activo en incorporarlos y darles visibilidad, darles cargos, y darles participación vía organizaciones que van paralelas al partido”.

ACEPTADA Y LEJANA

Consultado acerca del valor que los jóvenes nacidos en democracia le dan a este sistema, Salvia sostuvo que dado que ellos no vivieron la ‘no democracia’, la democracia está lejana a sus valores y preferencias. “Conviven con ella pero no se apropian de ella”, sintetizó.

En tanto, Gervasoni expresó que la democracia está muy aceptada en la Argentina tanto por jóvenes como por adultos y que los argentinos se encuentran entre los pueblos más democráticos y que más apoyan al sistema democrático de la región latinoamericana.

“A diferencia de las juventudes más radicalizadas en la Argentina y en el mundo, de los 60 o los 70, no detectamos sectores importantes de la juventud que tengan actitudes intolerantes, violentas, que se afilien con
grupos guerrilleros o paramilitares”, ilustró. 

En concordancia con Gervasoni, Núñez indicó que las encuestas muestran que los jóvenes valoran ampliamente la democracia -con un 70 a un 80% de satisfacción- y que tienen una mirada más distante en relación a los partidos políticos, sindicatos y otro tipo de instituciones más tradicionales.

“También es cierto que un porcentaje menor, pero significativo, de jóvenes redescubrió o se acercó más a la política partidista. Evidentemente, hay marcas de época que juegan un rol fundamental”, aclaró el licenciado
en Ciencia Política de la UBA, quien añadió que no todos los jóvenes participan en política, como no todos eran apáticos en los años noventa, como suele creerse.

“La democracia implica, entre varias otras cosas, la posibilidad de vivir juntos, de reconstruir una trama compartida, donde se respeten los derechos de cada uno, más allá de la simple mayoría”, remarcó.

¿PASADO PISADO?

Al momento de hablar acerca de la relación que los menores de 30 años mantienen con el pasado del país, Gervasoni admitió que la juventud es todavía parte de la crisis del sistema educativo argentino, ya que los estudios hechos sobre cuánto saben de historia ponen de manifiesto serias falencias.

“A esto le sumaría que la historia es un lugar de combate político por la construcción de la historia. El kirchnerismo ha sido muy activo en construir el famoso relato y eso implica también una reinterpretación de la
historia”, manifestó el profesor de la UTDT, quien puso de relieve que este interés “se hace evidente desde la creación del instituto histórico que dirige Pacho O’Donnell, que no es historiador pero lo han puesto a cargo de
ese instituto, a los comentarios de Cristina sobre Sarmiento”.

Asimismo, Gervasoni dijo que los partidos políticos -que no son el peronismo- están en una situación crítica, que les dificulta disputar la versión de la historia dominante. “Eso por supuesto llega a los jóvenes con mucha intensidad. Hay una cierta idealización de la juventud militante combativa de los 70 -estoy hablando de la juventud de los 70 y, en particular, de la juventud violenta de los 70- que evidentemente cometió muchos errores y cometió
muchos crímenes. Los jóvenes tienden a mamar eso, a informarse no solamente en la escuela sino también en el ambiente político mediático en el que están y es natural que terminen percibiendo la voz que habla más fuerte que las demás”, consideró el catedrático para luego resaltar: “Eso crea un sesgo que es siempre para el mismo lado y que ha sido siempre para el mismo lado en la Argentina durante bastante tiempo”.

Núñez, por su parte, coincidió en que existe un mayor interés -y disputa- por la historia reciente y las maneras de recordar el pasado. 

“Sobre este tema varias investigaciones mostraron la presencia de distintas narrativas emblemáticas, o la de la experiencia escolar, de la historia oficial y de las prácticas rituales ligadas al culto de la patria y su simbología, que aún persisten. Estas narrativas conviven con una mayor difusión de aspectos históricos que realizan programas de televisión y libros históricos que apuntan más bien a la divulgación”, concluyó.

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