La Prensa
Usted y yo representamos el 80% del país, le dijo el caudillo justicialista al radical al recibirlo en la casa de Gaspar Campos

El abrazo Perón-Balbín cumple cuatro décadas

Un 19 de noviembre de 1972 ambos dirigentes, históricamente enfrentados, pusieron en marcha un proyecto nacional de unidad para que los dos grandes movimientos populares mayoritarios del país, el peronismo y el radicalismo, construyeran un modelo estable de democracia.

El 8 de junio de 1970 renunciaba a la presidencia el general Onganía. La Revolución Argentina que había encabezado cuatro años atrás, tras derrocar a Illia, comenzaba a transitar el principio del fin. Los objetivos de Onganía -organizar la República en base a un catolicismo a ultranza, una economía neoliberal conservadora, sin actividad política, con escasa participación gremial y con ciertas ideas corporativas al estilo de la España franquista- se vieron jaqueados por desaciertos económicos y por la aparición de organizaciones terroristas. Como las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) que hizo su debut en Taco Ralo, Tucumán, en septiembre de 1968; el “Cordobazo” en mayo de 1969; el asesinato de Vandor a fines de junio de 1969 o el secuestro y asesinato de Aramburu a principios de junio de 1970 por otro grupo subversivo: Montoneros.

Onganía fue reemplazado por Marcelo Levingston, un general desconocido para la mayoría de la población que
equivocó el rumbo al intentar profundizar una revolución que ya no existía. Este rumbo carente de toda realidad se vio agravado por una escalada terrorista nunca antes vista como, por ejemplo, el copamiento de la localidad de Garín (julio 1970) por una nueva agrupación violenta: Las Fuerzas Armadas Revolucionarias o el asesinato del dirigente sindical José Alonso.

La ebullición y la impaciencia política se exteriorizaba en los partidos políticos tradicionales y con Perón, desde Madrid, quien combatía al gobierno militar y, paralelamente, instruía a su delegado Daniel Paladino para que organizara una agrupación multipartidaria para presionar una retirada del gobierno de facto.

Fue así que el 11 de noviembre de 1970, durante una conferencia de prensa, se presentó en sociedad “La Hora
del Pueblo”, una formación política integrada por peronistas, radicales, demoprogresistas, bloquistas, conservadores y socialistas. Sus objetivos principales fueron obligar al gobierno a aceptar la actividad política, estaba totalmente prohibida, y luego convocar a elecciones nacionales. La crisis y debilidad de Levingston se tornaba cada día más evidente.

El 23 de marzo de 1971 renuncia y la junta de comandantes designa en su reemplazo al general Lanusse, quien percibe claramente que la única salida posible es la convocatoria a elecciones y planea una estrategia para ser parte de ese nuevo proceso político.

Lanusse, además, entiende que ninguno de sus planes políticos llegará a buen puerto si no se logra un pacto con Perón. Por lo tanto actúa en esa dirección y optará, una vez más y sin éxito, por construir un peronismo sin Perón.

El primero de abril de 1971, Lanusse lanza el Gran Acuerdo Nacional (GAN) un proyecto ambicioso, y a la vez
un tanto ingenuo, para reunir al arco político y decidir las reglas del juego electoral. Como un gesto de acercamiento a Perón le devuelve el cuerpo de Eva, pero el GAN tiene los días contados.

El 17 de noviembre Lanusse convoca a elecciones para el 11 de marzo de 1973. Su objetivo de liderar el proceso político se rompe por los aires con la formación de los frentes electorales capitaneados desde Madrid por Perón (como el Frecilina y después el Frejuli, agrupación esta última que llevaría a Cámpora a la Casa Rosada), y las versiones, cada vez más fuertes, sobre el regreso definitivo de Perón a la Argentina.

Fracasada definitivamente la idea del GAN, la guerra entre los dos generales -vale recordar que Lanusse estuvo preso desde 1951 a 1955 por haber participado en el frustrado golpe de estado contra Perón en 1951- toma dimensión pública. Por un lado, con cláusulas proscriptivas hasta frases que pasaron a la historia como “Perón no viene porque no le da el cuero”.

Desde Madrid, Perón dio vía libre a la violenta “juventud maravillosa” y se produjeron casos resonantes como el secuestro y asesinato del director de FIAT, Oberdán Salustro por el comando Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y el asesinato del general Sánchez, comandante del Cuerpo del Ejército II, con asiento en Rosario en una acción conjunta entre el ERP y las FAR; o la conocida como masacre de Trelew en agosto de 1972.

EL GRAN REGRESO

“¿Entonces, general, esta vez es el gran regreso?, le preguntó a Perón un periodista del diario francés Le Figaro.
“No nos anticipemos -le respondió Perón- Solo se trata por ahora de un proyecto. Todo depende de las circunstancias. Regresaré a la Argentina en el momento oportuno y ese momento no depende únicamente de mi voluntad. En una batalla hay que tener también en cuenta al adversario”. Y finalizó con la siguiente frase: “à la guerre comme à la guerre”.

Con este tradicional proverbio francés Perón quería demostrar que estaba decidido a regresar al país y enfrentar
la situación difícil de reconstruir la economía, encauzar a los violentos y pacificar el país. Pero también tenía la certeza que lo podría lograr a partir de la unidad con el segundo gran movimiento popular: el radicalismo.

La unidad desde arriba pacificaría a la sociedad. El día anterior al regreso de Perón a la Argentina un diario estadounidense titulaba: “Una Argentina tensa espera la llegada de Perón”. Una frase, una realidad.

Finalmente, después de interminables idas y vueltas, el 17 de noviembre de 1972, a las once y nueve minutos de una mañana lluviosa, aterrizó en el aeropuerto de Ezeiza la nave de Alitalia. Ante un operativo de seguridad montado por el gobierno que incluía a más de 30 mil efectivos de las Fuerzas Armadas, la postal de aquella jornada fue Rucci y su paraguas cubriendo al general.

La primera jornada en Buenos Aires la pasó en el Hotel Internacional de Ezeiza donde recibió a algunos políticos
como Frondizi y Frigerio.

LOS ENEMIGOS SE ABRAZAN

El día 18 partió rumbo a la casa que le había comprado el partido en la calle Gaspar Campos 1065, en la localidad de Vicente López, donde la paz del barrio se vio invadida por los interminables caravanas que pasaban para saludar al general, quien salía por una de las ventanas de la casa para saludar y hablar. A últimas horas de
esa larga jornada se conoce que Perón convocó a los integrantes de La Hora del Pueblo a las 19. Y...a Balbín a las 18 para mantener una conversación a solas.

Los históricos enemigos políticos se darían la mano. Las expectativas del día 19 fueron el encuentro Perón-Balbín. Se deslizaron miles de conjeturas y desde temprano las guardias periodísticas y el país esperaban
el histórico evento. Sin embargo algo ocurrió. Balbín arribó a Gaspar Campos (por la parte de atrás y saltando
un cerco) pero pasadas las 19 por lo cual debió acoplarse a los demás políticos que ya habían llegado y que se
encontraban hablando con el dueño de casa.

Oficialmente se habló de una demora en el tránsito, otros advirtieron que el auto donde viajaba Balbín pasó a
buscar a Cámpora y que tomó por otro camino con la intención de evitar el encuentro a solas de Balbín con Perón.

A Cámpora, aseguran, ya le habían ofrecido la candidatura a presidente y no la quería compartir con un radical.
Hubo un sabor a frustración. Sobre la reunión, trascendió poco. Según testigos, cuando Balbín apareció, Perón lo
recibió afectuosamente y a viva voz le dijo: “Usted, doctor Balbín y yo, representamos el ochenta por ciento del país”.

Balbín, por su parte, informó que no se trataron temas electorales, ni candidaturas y desmintió haber sido agredido, pues a la salida de Gaspar Campos un grupo de peronistas al reconocerlo había comenzado a insultarle. Balbín más que un cerco había saltado un abismo, diría años después Bittel.

UN SEGUNDO ENCUENTRO

Más allá de las versiones, dos días después, el 21, sorpresivamente, a las nueve de la noche y burlando las guardias periodísticas, Balbín concurre a Gaspar Campos y mantuvo, ahora sí, una larga y trascendental reunión a solas con Perón. Luego, el radical ofreció una conferencia de prensa y aseguró, entre otros conceptos: “Perón ha regresado con el propósito de pacificación y en pro de la institucionalización de la República. Fue una conversación de dos argentinos que olvidan su pasado y que hablaron de las perspectivas del futuro nacional. Con Perón estamos buscando puntos de coincidencia en beneficio del país. El general me confió que ya estaba amortizado como ser humano, y que quería dedicar sus últimos años a trabajar por el reencuentro de los argentinos”.

Días después, en un contacto con periodistas en la puerta de Gaspar Campos, se le preguntó a Perón acerca de
la posibilidad de un pacto entre el peronismo y el radicalismo. Sonriendo y guiñando un ojo respondió: “¿No le parece que esas no son cosas mías? Estoy un poco alejado de todo eso”. Pero la realidad indicaba que más allá de su ironía, entre sus mas cercanos colaboradores había dicho: “Yo con Balbín voy a cualquier parte”.

Evidentemente, ambos reconocieron la necesidad de la unidad de las fuerzas populares. “Tenemos un acuerdo con la UCR - expresó textualmente Perón a mediados de diciembre de 1972 durante un breve viaje a Paraguay- con el doctor Balbín de manera expresa. Si nosotros triunfamos los llevaremos a compartir el gobierno con nosotros. Si ellos ganan, tenemos la promesa de que harán lo mismo”.

Para muchos la fórmula era Perón- Balbín. Pero la proscripción hizo que el binomio para las elecciones de marzo
de 1973 fuera Cámpora-Solano Lima. Renunciaron el 13 de julio de 1973, se convocó a nuevas elecciones para septiembre resultando ganadora la fórmula Perón-Perón por casi el 62% de los votos contra el 25% de la fórmula radical de Balbín-De la Rúa.

Los primeros días de octubre, antes de asumir por tercera vez la presidencia, Perón y Balbín se entrevistaron en Gaspar Campos. Luego en declaraciones a la prensa, Balbín explicó que la reunión estuvo “en el propósito firme de lo que Perón ha prometido, es decir, una política de colaboración total, de participación de toda la ciudadanía, es decir, un modo político tal vez distinto al modo que tuviera anteriormente”.

El temario, esta vez, entre ambos fue amplio. Desde la escalada violenta hasta el tema universitario, el gabinete y la economía. El diálogo permanecerá abierto, los aislamientos no sirven, comentó Balbín, dando comienzo a un nuevo estilo de hacer política en la Argentina que, lamentablemente, duraría sólo unos pocos meses.

ULTIMO DIALOGO

La última vez que se reunieron fue el 8 de junio de 1974 en la Casa Rosada. Hablaron de la privatización de los canales de TV, el paro docente y la suba de precios, entre otros temas. Y en un momento, Perón sorprendió a Balbín: “Todo anda bien doctor, todo anda bien y se cumplen los plazos previstos. Mi mayor preocupación es de acá”, dijo con su característica sonrisa amplia señalándose el corazón con el índice.

Perón falleció el 1º de julio y con él la posibilidad de una salida pacífica. El país entraría en una pendiente violenta difícil de remontar. Con los años, el proyecto de unidad comenzado por Perón y Balbín fue comparado con el Pacto de la Moncloa español de 1977. Este dio resultado, al primero le faltó tiempo y líderes.