POR WALTER MOLANO *
Se entiende que los mercados deben indicar la dirección de la actividad económica futura. La acumulación masiva de deuda tras el 11-S y la distensión sin precedentes de las políticas monetarias y fiscales colisionaron con la crisis financiera de 2008.
Era claro que Estados Unidos y otras partes de la economía mundial tendrían que practicar un prolongado período de desapalancamiento y ajuste. Sin embargo, una marejada de políticas económicas anticíclicas en Estados Unidos evitó lo peor del daño, y eventualmente los mercados se recuperaron. Esto se repitió en Europa a fin del año pasado con el programa de ayuda del Banco Central Europeo (BCE). En virtud de la duración extendida de los programas de liquidez del BCE, los inversores volvieron corriendo a los mercados.
Pero la anestesia se fue antes de lo pensado y ahora los mercados se desbandan. La intervención arbitraria de los gobernantes para alterar el rumbo del ciclo de negocios crea graves alteraciones que sólo podrán servir para magnificar los problemas anteriores. Un muy buen ejemplo es el reciente desastre de JP Morgan. Aunque su director de inversiones (CIO) cometió muchos errores, su intención inicial era sensata. El CIO trataba de cubrir la inmensa cartera de créditos del banco porque sabía que el proceso de desapalancamiento sigue en marcha.
Lamentablemente, no anticipó el programa de auxilio en Europa y la posterior suba de los activos de ingresos fijos los tomó completamente por sorpresa. Sin embargo, si el ciclo de negocios hubiera seguido su dirección natural las apuestas habrían funcionado. Pero la acción del BCE no hizo más que agravar las cosas.
VOLVER AL MERCADO
Lo mismo ocurre ahora con los mercados de crédito. En el apuro por exhibir un bazooka para calmar a los mercados, el BCE indujo a los inversores y gerentes de carteras a volver a los mercados a pesar del hecho de que los fundamentos seguían siendo débiles. Pero en unos pocos meses la situación en Grecia se agravó y la población empezó a repudiar los distintos planes de austeridad. Ahora los inversores están atrapados en el remolino de caída del precio de los activos y deterioro de las condiciones económicas.
Por supuesto los inversores y gerentes de carteras son responsables de sus propias acciones, pero las pérdidas que soportan están destruyendo el capital y reducen los recursos que podrían estar disponibles para una eventual recuperación.
En otras palabras, volvimos al casillero de partida. El proceso de desapalancamiento no hace más que acelerarse. Los gobiernos toman medidas más drásticas que antes. En Grecia los políticos hablan de repudiar todas sus obligaciones de deuda. Los líderes de otros países altamente endeudados, como Jamaica, toman nota.
Otros gobiernos pisotean los derechos de propiedad y muchas compañías se aprestan para lo peor. Por lo tanto, lo que tendría que haber sido un horizonte despejado para los próximos 2 o 3 años se convirtió en una hipótesis pesadillesca. Ahora los mercados de capital están en su mayor parte cerrados, los precios de los activos caen y los inversores no correrán ningún riesgo hasta que vean cuál será la próxima decisión política.
Esto deja a los gobernantes sin otra opción más que volver a la refriega. Las autoridades chinas aliviaron las exigencias de reservas y hace unos meses los brasileños decidieron arrojar al viento toda restricción monetaria. Sólo es cuetión de tiempo para que la Reserva Federal anuncie la tercera distensión cuantitativa y para que el BCE disponga otro auxilio. Sin embargo, esas políticas sólo postergarán lo inevitable.
Las subas vinculadas a los programas de estímulo con cada vez más breves y los inversores se vuelven cada vez más escépticos.
La consecuencia podría ser una situación a la japonesa, en la que el gobierno evita el proceso de desapalancamiento y el sector privado reacciona deteniendo las inversiones necesarias para impulsar una recuperación sustentable. Después de dos decenios la economía japonesa se mantiene moribunda. Por fortuna la demografía funcionó bien para Japón y la falta de actividad económica se acomodó a la retracción de la fuerza laboral. Podría pasar lo mismo con Europa y con partes de Estados Unidos, que presentan importantes cambios demográficos con el envejecimiento de la población.
No ocurrirá eso en el mundo emergente, donde muchos países tienen poblaciones en crecimiento. Más aún las expectativas son elevadas en el mundo emergente, que ya tuvo su primer gusto de la prosperidad. Mucho mejor hubiera sido dejar que la crisis siguiera su curso normal. La recesión habría sido profunda pero probablemente ya estaría disipándose. Ahora, lamentablemente, enfrentamos la misma incertidumbre, o tal vez más, que hace cinco años. En su creencia de que podían impedir que la naturaleza siguiera su rumbo, los gobernantes hicieron una confusión de la economía mundial y los mercados.
(*) Economista de BCP Securities.