Lo que vendrá

Laclau, CGT y cambio K

Ernesto Laclau, el teórico político convencido de la necesidad de la intolerancia extrema con el adversario en defensa de los populismos latinoamericanos 'liberadores', tiene el mérito de haber calado hondo en el pensamiento K.

En su más reciente expresión pública, se ocupó, entre otros aspectos, de la necesidad de establecer un distingo, en términos de supuesto capacidad de daño, entre la frágil y casi inocua oposición partidista respecto del cristinismo y la resistencia que hoy exhibe el movimiento obrero del acorralado Hugo Moyano.

Los políticos, salvo Hermes Binner, se habrían convertido, en la actualidad, en actores de reparto de diseños corporativos ajenos, incluyendo como parte de esta últinma caracterización al sindicalismo clásico de cuño peronista.

En todo caso, el bagaje conceptual descripto podría conceder a otros factores de poder el hecho de ser integrantes del campo de los 'indultados' (no los menciona, ¿pero se estará refiriendo a los capitalistas "amigos"?), aludiendo así en forma tácita a dirigentes capaces de comprometerse fácticamente con el espacio que él menciona como 'nacional y popular'. Sólo los 'convalidadores'.

Retomando lo medular de esta reflexión laclausiana, vale decir el papel del sindicalismo en nuestros días, el intelectual expone con claridad un pensamiento que objetivamente engarza con el antiperonismo histórico en orden a la dirigencia del movimiento obrero: claro que, en las actuales circunstancias, lo hace intentando referir el asunto sólo a un cambio epocal.

Laclau se justifica planteando que, hoy por hoy, el sector "ha perdido la centralidad" primigenia, seguramente pensando en los nuevos actores de la marginalidad, de la desocupación o del empleo en negro, que aún subsisten tras ocho años de supuesta reparación integral del tejido social.

Parece olvidar, a su vez, que la fuerte alianza de Néstor Kirchner con la CGT fue un acto de libre elección del patagónico 'en su viaje de ida' hacia la consolidación de su poder con claro destino hacia el alumbramiento de una aducida nueva legitimidad política. Por entoces, el gremialista que había demostrado ser un fuerte antimenemista (aliado también de los Rodríguez Saa) resultó un peldaño hacia su propia cima "en aras del proyecto". ¿Cuestión de métodos que eran caracterizados como buenos, y ahora serían lo contrario?

Pero también resulta curioso y paradojal que estos apuntes téoricos coincidan con la movida moyanista hacia la unidad en la acción con la CTA michelista y ciertos movimientos piqueteros frente a los intentos del oficialismo de establecer techos salariales y algunos hasta aquí balbuceantes ajustes.

Otra de las líneas argumentales en favor de la obligatoriedad de la complacencia sindical respecto del gobierno aparece, en el texto que se comenta, como supuesto subproducto del triunfo mayoritario de agosto y de octubre. Pero hay allí una contradicción: según el filósofo, cuando en cualquier sistema político hay inexistencia de oposición (tal como él mismo da por sentado en estos días), el vacío subsiguiente conduce a la recurrencia en dirección a un tácito regreso hacia 'viejos órdenes' en los que aquélla existía. ¿Se perdió legitimidad?

Es llamativo, también, que se aduzca la teoría de una presuntamente comprobada condición minoritaria de la entidad cegetista. ¿Minoritaria -o mayoritaria- respecto de qué?

En los años inmediatamente posteriores al primer peronismo se afirmaba que "los obreros sindicalizados no representan al conjunto de la sociedad". Se agregaba entonces que "solo votan los corporativamente encorsetados trabajadores afiliados". Habría que reconocer, en consecuencia, que la CGT conforma mayorías de trabajadores, no de supuestos "padres" bienpensantes.