Siete días de política

Una lucha de poder inacabable que se libra en tres frentes

La justicia falló contra la intervención en Papel Prensa y la oposición frenó el proyecto oficial en el Congreso. Cristina festejó con industriales amigos. Moyano sigue bloqueando empresas.

Se le atribuye al difunto banquero David Graiver una frase memorable: "No importa el dinero, sino el poder. Pero el poder no se consigue sin un banco, un diario y un ejército". Pasaron más de 30 años desde que esa frase fue pronunciada, pero la lucha política en la Argentina no superó la etapa de la beligerancia más primaria, a todo o nada, en torno a esos tres objetivos. En especial durante los últimos días la lucha por el poder ha desplazado cualquier otra cuestión y generado un clima asfixiante de enfrentamientos e intolerancia. La confrontación parece irreductible y aumenta la incertidumbre de la sociedad sobre el futuro inmediato.

En el primer frente de batalla, el del poder económico según Graiver, al gobierno le va estupendamente. Dispone desde hace siete años de un récord histórico de recursos fiscales y la oposición no pudo reducírselos. Las iniciativas opositoras para coparticipar el impuesto al cheque, los aportes del Tesoro (ATN) o dar el 82% a los jubilados fracasaron por el reclutamiento de senadores `no alineados' como Carlos Menem o Roxana Latorre. Tampoco pudo la oposición someter a los Kirchner a un control institucional más riguroso porque están empantanadas en la Cámara alta las reformas al Consejo de la Magistratura, el trámite de los DNU y la eliminación de los superpoderes.

En el segundo frente, el control de los medios, en cambio, el gobierno pasa las de Caín. La Justicia se pronunció contra la intervención de Papel Prensa y la oposición de Diputados enfrió el tratamiento del proyecto oficial en la materia. El Ejecutivo intentó un contraataque reglamentando la Ley de Medios, pero el futuro de esa norma se enrarece a medida que el poder `K' se debilita.

A esto hay que agregar que la relación de fuerzas no beneficia al kirchnerismo en esta batalla. Hay un creciente rechazo judicial a los pedidos gubernamentales, los medios de mayor repercusión lo castigan diariamente y la oposición parlamentaria está claramente alineada con ellos. Resultado: en forma cotidiana algún funcionario ultra `K' se ve obligado a despotricar contra el Grupo Clarín o sus defensores, llevando al ciudadano común que ignora el tema al borde de la saturación. Kirchner está apostando su futuro en una confrontación en la que no juega de local y la ofuscación le produjo hasta ahora un desgaste innecesario.

Uno de sus muchos errores en la cuestión fue el de aislarse, exactamente lo contrario que hizo su archienemigo Héctor Magnetto al conseguir la solidaridad de los empresarios más poderosos. La presidenta Cristina Fernández se vio obligada a festejar el día de la Industria rodeada de pymes, un escenario alternativo muy pobre, pero -como es habitual- no se quedó callada y cuestionó a los hombres de negocios que primero le piden favores y después la critican. La observación no podía resultar más atinada, porque los empresarios comprometidos con el gobierno no se pueden dar el lujo de castigarlo sin sufrir las consecuencias.

El último factor de poder reverenciado por Graiver -un "ejército"- hoy está representado por las corporaciones que dominan la lucha por la calle: sindicalistas y piqueteros. Aquí el gobierno tampoco tiene nada que temer. Sí deben preocuparse, en cambio, los empresarios a los que Hugo Moyano presiona bloqueándole las fábricas con todo éxito. Durante la semana que acaba de concluir volvió a presionar a otra empresa y volvió a obtener lo que quería. El camionero parece fuera de control y se ignora cuál será el límite de este procedimiento salvaje.

En suma, la violencia de los enfrentamientos -física y verbal- ha escalado y nadie reduce la apuesta. El kirchnerismo plantea sus diferencias con la oposición bajo un manto falsamente ideológico, adjudicándose el papel del "pueblo" contra las "corporaciones". Antes había sido el pueblo vs. los represores de los 70, el pueblo vs. la oligarquía destituyente, etcétera, etcétera, sin el menor resultado positivo.

Esta conducta confrontativa a ultranza impide resolver racionalmente los conflictos y es la causa del malestar social que la presidenta llama "mala onda". Para el gobierno el que no obedece pone palos en la rueda, no tiene propuestas y representa a la "antipatria". Si persiste en esta actitud, puede acorralar a la oposición, pero el grueso del electorado terminará votando por un cambio. Cualquier cambio.