LO OFRECEN DOS DUOS DE ANTOLOGIA, LOS FORMADOS POR SALGAN-DE LIO Y RIVAS-PANE
Encuentro íntimo con el tango
Recital de César Salgán-Ubaldo de Lío y Hugo Rivas-Julio Pane. En el centro cultural Torquato Tasso. Repite hoy, mañana y el sábado.
"¡Humille maestro!" El grito destemplado nacido desde el fondo del salón es correspondido en el escenario con una leve reverencia y un esbozo de sonrisa. Sin mediar palabra, Ubaldo de Lío la emprende con un nuevo tema, levemente recostado sobre su viola lustrosa. Arquea las cejas De Lío, y mira de soslayo a su actual compañero de aventuras musicales, César Salgán, rama desprendida de aquel árbol pródigo junto al cual el guitarrista se lució a lo largo de 47 años, el gran Horacio.
En el ambiente alumbrado con luz mortecina se respira un aire de entrecasa. La noche verá pasar sobre el escenario del Torcuato Tasso a dos dúos tangueros de probada solidez, uno más clásico y popular, el de Salgán-De Lío, y otro más reciente y provocador, el que integran Julio Pane y Hugo Rivas.
De entrada nomás, el piano y la guitarra se imponen al murmullo y crean una atmósfera especial. Arremeten con "Hotel Victoria", una joya; luego vendrán "El choclo", "El entrerriano", "Yuyeta", "El arranque". Salgán tararea las notas a la par que las toca, su mirada se ilumina y es indudable el orgullo que siente de ocupar ese sitial.
Aunque el contrabajo fue su primer amor, el piano no tiene secretos para él. Acaricia las teclas en un gesto que hace recordar a su padre.
De Lío ocupa el centro de la escena, desde donde le roba sonidos impensados a las seis cuerdas. Da gusto verlo, y más aún escucharlo interpretar estos arreglos que corresponden a Salgán padre. La primera mitad de la velada toca su fin con "El amanecer", el tango de Roberto Firpo, aplaudido de pie, cuando todavía repica en los oídos "Mano brava", una milonga célebre a la que el dúo dotó de un inquietante swing jazzero.
AIRE RENOVADOR
Lo de Pane y Rivas marcha por otro andarivel. Menos ceremoniosa, su performance tiene otro nervio. Es claro: por más que Huguito Rivas haya tocado ya con todos los grandes, no puede ocultar su juventud, la que contagia a Pane, imbuido también de un cierto espíritu renovador, que ha sabido trasmitirle a sus muchos alumnos a través del fueye.
Con todo, Pane y Rivas intentan marcar un derrotero histórico con las piezas que van pasando: "Amurado", "A la guardia nueva", "A Pedro Maffia", "Ilusión de mi vida". Y aunque se trate de tangos "de otros tiempos", siempre encuentran un nuevo sonido o una marcación diferenciadora que los enriquece. Se permiten dos solos cada uno: "Boedo" y "Chiclana", para el bandoneón; "Nostalgias y "Tristeza marina", para la guitarra.
"La Cumparsita", tal vez una concesión para los muchos turistas presentes, marca el final-final, sin bises a pesar del reclamo. De a poco, la noche retoma su curso después de asistir a un encuentro íntimo con lo mejor del tango.