La vocación pura, la perseverancia y un don innato para la medicina se cruzaron con el azar. Así comienza la historia del doctor Alfredo Cahe, un hombre que a sus 66 años, tras 44 de ejercicio de la profesión, cree estar entrando en la madurez de su carrera: "Aprendí a no tener temores, pero aprendí a evitar equivocarme", asegura.
Con la calidez de una sonrisa, vistiendo sus ropas de médico, recibe a La Prensa en el quinto piso del edificio de la calle Uruguay que ocupan sus consultorios. En busca de mayor tranquilidad para la entrevista, nos invita al cuarto piso. Allí, un living repleto de antigüedades testimonia quiénes son y quiénes han sido algunos de sus pacientes: "Todos estos objetos me los regalaron. Esto me lo regaló Miguel de Molina", dice mientras señala un par de mesitas que engalanan el frente de un hogar. "Eso me lo regaló Susana Giménez", y apunta a un enorme jarrón de porcelana ubicado en un rincón desde el cual no puede pasar inadvertido.
Pocos segundos después, Cahe comienza a hablar de su vida: "Dios me dio muchas cosas y también me sacó muchas cosas". La muerte de su esposa, cuatro años atrás, fue una de esas grandes pérdidas. Con ella tuvieron tres hijos: "Julieta, 34, es la mayor, médica psiquiatra; Peter, la luz de mi mujer, 30 años, ingeniero; y Silvina tiene 29 años y es médica también", contó.
Julieta y Silvina siguieron -por decisión propia- los pasos del padre. "No les insistí. Nunca les seguí la carrera ni ejercí ninguna influencia. Un día vinieron y dijeron "Papi, me recibí", como hice yo a los 22 años", recuerda.
-¿Qué lo llevó a elegir la medicina como profesión?
-La historia parecerá un poco extraña, pero es así. Me enteré de grande, a los treinta y pico de años, que había sido adoptado. Y Dios me dio la gran fortuna de que cayese en un hogar muy humilde, muy pobre, de origen árabe. Nunca pregunté mi origen porque sabía que mis padres adoptivos no querían que yo supiese absolutamente nada. De chico, nosotros vivíamos en un conventillo y mi madre me decía "Vos cuando seas grande tenés que ser hakim -que en árabe significa médico- y al mismo tiempo tenés que ser profesor de piano". El piano lo pude seguir a medias, por las vicisitudes de la vida y pude hacer la carrera de hakim gracias a la influencia de mucha gente que me ayudó económicamente, porque yo no podía. Así que a los 22 años llegué un 22 de diciembre al conventillo donde vivíamos de la calle Colodrero, en Villa Urquiza, y dije: "Me recibí". Así empezó mi carrera.
-¿Cómo siguió todo a partir de entonces?
-Entré al Hospital de Clínicas en el año 66 ó 67, lo cual era muy difícil, porque era un hospital con cierto sentido aristocrático. Pero Dios me ayudó, rendí los exámenes y los profesores -Casanegra, Gotta, Fustinoni - todos me ayudaron. Fui protegido y ayudado por mi madre y por los profesores.
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Una vez recibido ¿fue difícil comenzar a ejercer la profesión?
-Viví casi diez años en el Hospital de Clínicas, las monjas me ayudaban mucho. Comía ahí para ahorrar. Allí pude hacer una carrera bastante interesante: la residencia, la jefatura de residencia, la docencia... era otra época de la medicina en la que existía el afán de curar y la dignidad médica; uno tenía el afán de progresar constantemente y el médico vivía en mejores condiciones con menos plata.
-¿Siente que nació para esto?
-Sí. Desde chico jugaba a ser cirujano -pese a que nunca me gusto la cirugía-. Esto es quizás un poco de jactancia, pero no son palabras mías sino de muchas amistades: Dios me dio el don del diagnóstico. Y un gran médico, muy famoso, una vez me dijo "La medicina es el arte de curar. Si tenés un título, mucho mejor, pero hay muchos curanderos que curan sin tener título".
LA PRIMERA
-¿Cuándo empieza a atender famosos?
-El azar existe, la suerte existe y Dios me dio muchas cosas y también me sacó muchas cosas. Yo atendía en una habitación muy chiquita, con una camilla y una balanza nada más. Era mi primer consultorio, para el cual les había achicado el dormitorio a mis padres. La sala de estar era el comedor de mi madre, con un piano de costado y unas cortinas que yo había puesto de decoración.
Un día aparece la señora Irma Roy -esto fue antes de que tuviera a Carolina-, que estaba casada con Eduardo Cuitiño. Y las cosas me empezaron a andar bien. Otro día apareció José María Muñoz; otro día apareció el "Mingo" Altavista y se fue formando una cadena de famosos. Teniendo en cuenta además que la hermana de mi mujer es Cristina del Valle; eso también influyó enormemente porque Cristina me empezó a recomendar. Pero yo tenía cierta vergüenza de atender en ese consultorio y como el antiguo Hospital de Clínicas tenía su aristocracia, atendía a la mayor cantidad de gente ahí. Colodrero quedaba muy lejos y era barrio barrio.
PARA MIS PACIENTES, LO MEJOR
-Hace poco una de sus pacientes, Susana Giménez, lo describió como un "médico de los de antes". ¿Usted se siente así?
-Por supuesto, porque no sé otro estilo de realización de la medicina. Con Susana llevamos más de 30 años, con Sofovich también, con Diego -que acabo de verlo hoy, gracias a Dios perfectamente bien- 33. Pero no es que uno quería acaparar todo, sino que en las situaciones críticas de la vida -por las que alguna vez hay que pasar porque todos nos enfermamos en algún momento- ellos sentían que yo estaba ahí. Independientemente de que fuera o no mi especialidad, yo estaba ahí. Y estaba protegiéndolos, tratando de curarlos, tratando de buscar lo mejor, a veces lo mejor está en colegas y yo busqué siempre lo mejor para ellos.
-¿El hecho de que su paciente sea famoso implica para usted algún tipo de desventaja a la hora de atenderlo? ¿Es más difícil?
-Al principio, sí. Uno dice que todos los pacientes son iguales, pero los famosos, sobre todo en el ambiente artístico, no son iguales. No porque no tengan los mismos síntomas o las mismas enfermedades, sino porque están sometidos a circunstancias de estrés, de logros pero también de fracasos, que hacen que el modus vivendi, la forma en que viven, sea mucho más estresante. Al principio, no comprendía eso y después lo logré comprender.
Los actores y actrices tienen un código, los jugadores de fútbol tienen otro, los médicos tienen otro código, y cada uno de ellos tiene una particularidad especial, que no se puede comparar. Debo agregar que no es tan difícil atender a una persona cuando tiene una prepaga importante o cuando tiene una cobertura social importante. En cambio, es muy difícil atender a la gente que está en la pobreza, que no tiene ninguna cobertura social. Eso es lo más estresante últimamente, por eso con mi amigo personal, el gobernador Daniel Scioli, hemos empezado un trabajo que nos va a llevar mucho tiempo, pero lo vamos a lograr, para darle dignidad médica a la gente muy pobre de la provincia de Buenos Aires.
-¿Esta situación de estrés de los artistas también define cuál es el tratamiento más indicado?
-Empecé a comprender la angustia de la existencia de ellos, que muchas veces pasa de ser una alteración del sistema nervioso puro a organicidad. No todo es psicológico, no todo es psicosomático; las enfermedades orgánicas existen. Un gran actor una vez me dijo "Nuestra existencia no es tan coherente.
Primero está la angustia de llegar; cuando llegás a ser famoso, es la angustia de ver cómo te mantenés; y la tercera angustia es cómo aceptar las declinaciones o los fracasos, que pueden ser circunstanciales o no". A mí me quedan como pacientes una gran cantidad de actores y actrices de la Casa del Teatro que fueron famosísimos y que ahora la gente no tiene la dignidad de acordarse de ellos. Estuvieron en la fama plena y cuando los veo ahora quedan con sus recuerdos pero también quedan con su problemática económica.
-¿El mundo de los famosos es más insalubre? ¿Son más susceptibles a determinadas enfermedades?
-Antes sí, en la actualidad se ha equiparado. Uno necesita vivir con cierto quantum de estrés porque es necesario, si no tenés estrés no progresás; pero cuando eso se convierte en una alteración patológica, cuando llega a cierto extremo, el estrés se va a convertir en enfermedad o parte de la enfermedad y lo estoy observando mucho, sobre todo en la gente joven.
-En general las estrellas son más demandantes como pacientes ¿Vienen a su consultorio o usted se tiene que adaptarse al estilo de vida de ellos?
-Yo suelo adaptarme, por sus horarios, sus programaciones... Habitualmente vienen, pero por suerte tengo pacientes a los que atiendo hace más de diez, doce o catorce años, y que a veces configuran una amistad, entonces me dicen "Alfredo venite a tomar algo porque te quiero contar sobre un tema".
CURIOSOS SI, ENEMIGOS NO
-¿Atender pacientes famosos atrae a nuevos pacientes que no son famosos y que se acercan a su consultorio quizás por curiosidad?
-Sí. Eso me ayudó enormemente en mi carrera. No es correcto, pero la gente piensa que por atender a un famoso vos sos mejor médico que otro. Por eso a veces cuando iba de terapia en terapia y los médicos me decían "¡Uy!, Cahe está acá", yo les decía "Estoy acá pero de esto no entiendo nada, te pido que me ayudes, vengo porque tengo que venir, por respeto a mis pacientes, pero vos sos más joven, dame una mano"... una de las cosas importantes de mi vida es que no gané enemigos.
-¿Esos pacientes curiosos le preguntan por las estrellas? ¿Son indiscretos?
-Sí. Son muy indiscretos. Con mucho respeto digo esto, pero sobre todo la gente del interior ve esto como si yo estuviera manejando cierta fantasía. En el caso de Susana Giménez me preguntan cómo es y cómo es Gerardo -refiriéndome a Gerardo Sofovich-, pero es así como se ve. Y me hacen una serie de preguntas. Dentro de la privacidad, a veces les puedo decir algunas cosas porque es parte de la fantasía que tienen y es lindo tener una fantasía.
-¿A Tinelli lo atiende?
-No, con Tinelli tengo una gran amistad porque nos conocimos en la época en la que él trabajaba para Radio Rivadavia con José María Muñoz. Por suerte, él se salvó de mi tratamiento. China Zorrilla es una de mis pacientes y hablar con ella es un placer no solamente por su dulzura sino también por su filosofía. Isabel Sarli sigue siendo sorprendente, ahora está filmando en San Luis. Cacho Castaña es uno de los poetas más estupendos, todavía la gente no lo descubrió del todo... qué se yo cuántos.
-Atender famosos lo convirtió en un médico famoso. ¿De qué forma cambió su vida en lo cotidiano, cuando camina por la calle?
-Cuando la gente me pide que me saque una foto con ellos, me da vergüenza. Ultimamente esto me pasa más. Es interesante que a esta altura de mi vida haya podido hacer una carrera así y es importante lograr transmitir todo esto. A todo el mundo le gusta ser destacado, ser nombrado, pero honestamente me da vergüenza.