“Era muy malo… y por eso muy seguido me mandaban al arco”. Casi resignado, con esas palabras Fernando Bello relataba el fin de su frustrada carrera como delantero en Argentino de Pergamino y su transformación en arquero. El cambio le hizo bien a ese hombre de 1,81 metros, 80 kilos y unas manos enormes porque, con el correr de los años, quedó en la historia como uno de los guardavallas más importantes del fútbol argentino. Se convirtió en una garantía de seguridad en Independiente y en la Selección, con la que ganó dos veces la Copa América.
Tal vez no debía sorprender esa metamorfosis porque, más allá de su imponente físico, Bello tenía un pasado reciente como basquetbolista. Ese deporte le permitió desarrollar sensibilidad en las manos para el juego aéreo y esa condición lo definió como arquero. Descolgaba los centros con asombrosa facilidad y, por si fuera poco, poseía magníficos reflejos. A lo largo de una década custodió la valla de Independiente y se erigió en un símbolo rojo. Sus dotes de líder lo hicieron capitán durante mucho tiempo y, más tarde, entrenador y dirigente gremial. Fue uno de los fundadores de Futbolistas Argentinos Agremiados (FAA).
Está claro que la función específica de un arquero consiste en impedir que la pelota ingrese en su arco. El abanico de habilidades que se requiere para hacer realidad esa misión es amplio: buenos reflejos, excelente ubicación, gran lectura del juego y, obviamente, algo de fortuna. Bello tuvo todo eso y, por si fuera poco, poseía una virtud que agigantó su figura: sensación de invulnerabilidad. Parecía imposible hacerle un gol. De otro modo, no sería el número uno entre los números uno de Independiente.

Durante más de una década fue insustituible en la valla del equipo de Avellaneda.
Bello tiene un lugar asegurado entre los mejores exponentes del puesto en la porción roja de Avellaneda. Marcó una época al igual que Miguel Ángel Pepé Santoro, Luis Islas, Carlos Goyén y Faryd Mondragón, quizás los más significativos arqueros que hayan pasado por Independiente. Es cierto: nada es absoluto y, según los gustos personales, sería posible agregar más nombres a la lista, pero, sin margen para la discusión, nadie en su sano juicio excluiría a Bello de ella. Todo lo contrario.
Nacido en Pergamino el 29 de noviembre de 1910, el primer acercamiento de Blas Fernando Bello con el deporte fue a través del básquet. Era bueno y llegó a integrar el seleccionado de su ciudad. Más temprano que tarde se dejó vencer por la seducción del fútbol. Se unió en 1927 a Argentino, una institución fundada en 1905. Tal vez con la lógica de todo joven que sueña con hacer goles, en su contacto inicial con ese juego eligió ser delantero. Su físico le facilitaba imponer respeto en el duelo con los defensores rivales, pero sus condiciones no le permitían destacarse.
Su propia confesión contribuía a inferir que no tenía futuro en el ataque. En cambio, en el arco se afirmó con rapidez y se adueñó de la titularidad en Argentino. Su afianzamiento coincidió con el tricampeonato en la Liga de Fútbol de Pergamino entre 1929 y 1931. Su nombre ganó fama en los duelos con equipos de Junín, Colón, San Nicolás… En la zona se hablaba de Bello, el buen arquero de Argentino al que no pocos le auguraban posibilidades de triunfar más allá de su pago chico.

Tarzán se convirtió en uno de los arqueros más respetados del fútbol argentino.
DE PERGAMINO A AVELLANEDA
Su fama emprendió un largo viaje y de Pergamino se trasladó a Avellaneda. En Independiente se enteraron de que Argentino tenía un arquero seguro, de físico imponente, dominio del área y excelente desempeño en el juego aéreo. No dudaron en incorporar al guardavalla, en ese momento de 22 años. Sin embargo, el propio Bello dudaba respecto de sus posibilidades de triunfar lejos de su ciudad: “En el peor de los casos, un paseíto por Buenos Aires siempre viene bien”. Lo suyo fue más que “un paseíto”: se quedó para siempre y jugó más de 300 partidos en El Rojo.
Lo habían elegido para suceder a Néstor Sangiovanni, quien llevaba varios años en el club. De hecho, había sido el arquero cuando Independiente estrenó su estadio con tribunas de cemento. El 4 de marzo de 1928, ocupó la valla en el empate 2-2 con Peñarol, de Uruguay que sirvió para presentar en sociedad a la primera cancha del país -y de Sudamérica- que dejaba los tablones para darle la bienvenida a ese material que se antojaba como augurio de futuro y solidez institucional.
Sangiovanni también había dado el presente en el triunfo por 4-1 sobre Barcelona, de España, en un amistoso celebrado en Avellaneda el 11 de agosto del 28. Había heredado el puesto de Pedro Isusi, el arquero de los primeros títulos del club en 1922 y 1926. En el último de esos halagos, Independiente fue campeón invicto y consagró a una delantera integrada por Zoilo Canaveri, Alberto Lalín, Luis Ravaschino, Manuel Seoane y Raimundo Orsi, los primeros Diablos rojos de Avellaneda.

Una de sus cualidades más distintivas era su arrojo para enfrentar a los delanteros.
Los certámenes iniciales del profesionalismo mostraron a Sangiovanni en el arco. Su presencia era una constante, tanto como sus buenos rendimientos. Tanto es así que el diario Crítica le entregó en 1932 una medalla por haber salido indemne de un duelo con Bernabé Ferreyra, el implacable delantero de River que intimidaba a todos los guardavallas con sus potentes remates. Sangiovanni y Cándido De Nicola, de Huracán, fueron los únicos que recibieron el premio por haber tenido el privilegio de evitar que La Fiera les hiciera un gol.
En 1932, Independiente empató el primer puesto del torneo con River y el título se decidió con un partido desempate. Sangiovanni, que había sido titular durante todo el certamen, faltó a ese encuentro en el que ganaron los de la banda roja, que en ese entonces todavía no habían llegado a Núñez y habitaban el coqueto barrio de Recoleta. Su lugar fue ocupado por Atilio Maccarone, quien ese año también actuó en Atlanta. Los de Avellaneda perdieron 3-0 por culpa de los goles de Bernabé, Carlos Peucelle y Ricardo Zatelli y debieron conformarse con el subcampeonato.
A Bello lo contrataron para defender el arco de Independiente a partir del torneo de 1933. Debutó en la jornada inaugural en un equipo integrado por él; Luis Fazio, Fermín Lecea; Juan Ferrou, Juan Corazzo, Emilio Almiñana; Roberto Porta, Antonio Sastre, Hugo Lamanna, Ravaschino y Mario Evaristo. El 12 de marzo conservó la valla invicta en la victoria por 1-0 sobre River sentenciada por un disparo de larga distancia de Hugo Lamanna, otro de los delanteros de la época que se caracterizaban por la potencia de sus remates. La presentación en sociedad del nuevo guardavalla rojo brindó un importante dato estadístico: el gran Bernabé no pudo con él.

Bello brindaba la seguridad que Independiente buscaba para aspirar a conseguir títulos.
No le costó demasiado ganarse la confianza de los hinchas, pues en su séptimo partido le atajó un penal a Agustín Cosso, de Vélez. El delantero juninense era otro de los atacantes de la estirpe de Francisco Varallo (Boca), el paraguayo Delfín Benítez Cáceres (Boca), Herminio Masantonio (Huracán), Evaristo Barrera (Racing), Lamanna (Independiente y antes Talleres de Remedios de Escalada) y, por supuesto, el temible Bernabé. Todos eran famosos por pegarle muy fuerte a la pelota. En el imaginario popular, todos los goles de Ferreyra eran de mitad de cancha…
Ya le había ido bien contra la estrella de River en su primera vez en Independiente y en 1934 se convirtió en uno de los pocos que se dio el lujo de atajarle un penal. El 15 de abril, los de Avellaneda se impusieron 2-0 como visitantes con tantos de Sastre y Antonio Martínez, pero todos los aplausos fueron para Bello, quien a los 17 minutos del segundo tiempo le negó el empate parcial a La Fiera. La leyenda cuenta que Bello sufrió la fractura de sus dos muñecas y se desmayó, pero nada de ello ocurrió, ya que una semana más tarde volvió a conservar la valla invicta en el 2-0 sobre Argentinos Juniors.
“No podía creerlo. Me convencí cuando vi la pelota junto al alambrado y Fazio corrió a abrazarme. Ese día las agarraba todas. Creo que mi trabajo influyó en el 2-0 con que triunfamos. Cuando volvimos al vestuario los muchachos pusieron un cartel: `Hoy, San Fernando´”, relató Bello al periodismo de la época luego de esa proeza que lo ubicó en un lugar reservado para muy pocos de sus colegas en la historia del fútbol profesional argentino.

En el vestuario con Antonio Sastre, uno de los máximos referentes históricos de Independiente.
Apenas cinco arqueros pudieron jactarse de haber prevalecido en el duelo desde los doce pasos con Ferreyra y Bello fue uno de ellos. Atilio Losavio (Argentinos) en 1932, Sebastián Gualco (Platense) también en el 32), Eduardo Alterio (Atlanta) en 1935 y Ezequiel Aranda (Quilmes) en 1937 quedaron en los libros por ese hecho que, para la época, se consideraba poco menos que una hazaña. Para entender qué significaba ese atacante en aquel entonces bastaría con decir que en su carrera tuvo más goles que partidos jugados. Así de bueno era La Fiera.
La figura más destacada de Independiente era Sastre. Cuila jugaba de todo y de todo jugaba bien. Aunque habitualmente actuaba como entreala izquierdo -lo más parecido a un número 10, pero con un rol casi de delantero-, no tenía inconvenientes para moverse en cualquier sector de la cancha. Se lo considera el primer polifuncional de la Argentina. Ya de veterano, se mudó a Brasil y brilló con la misma intensidad con la que lo había hecho en su país. Si hasta Pelé alguna vez lo nombró entre los que más habían influido en su carrera.
Si le faltaba algo al Rojo era un goleador que rompiera los moldes de la época. A los feroces centrodelanteros que hacían gala de remates fortísimos se contrapuso la imagen de Arsenio Erico, un paraguayo que llegó en 1934 para cambiar el prototipo de atacante definidor. Sutil y elegante, fue un artista del gol y se transformó en la pieza que Independiente necesitaba para terminar de darle forma a un equipo con pretensiones de cosechar su primer título profesional.

Como todas las figuras del fútbol argentino, Bello llegó a la tapa de El Gráfico.
Aunque la contratación de Erico marcó un quiebre en la vida de Independiente, en la excelente campaña que depositó al equipo en el segundo puesto en 1934, a solo un punto de Boca, el campeón, el punto fuerte estaba en la retaguardia. Bello, quien se ganó el apodo de Tarzán por su estampa, tuvo la valla menos vencida del certamen con 41 caídas en 39 partidos (en realidad, cuatro de esos goles los sufrió Cilenio Cuello, su reemplazante en dos cotejos) y contó con el firme respaldo de la dupla de zagueros conformada por Lecea y Armando Renganeschi.
Se hace preciso recordar que ese año, por si fuera poco, le atajó un penal a Ferreyra. En 1935, en el otra vez Independiente quedó como escolta de Boca, Bello contuvo un penal ejecutado por Pascual Di Paola, de Argentinos. Sí, era un especialista en el curioso arte de enfrentar a jugadores rivales a solo doce pasos de distancia. Hacía su trabajo a la perfección y, además de sobresalir por su labor entre los tres palos del arco de Independiente, también se hacía notar por su liderazgo. Su voz era escuchada y respetada, tanto es así que le concedieron la capitanía del equipo.
BICAMPEÓN
Independiente tenía a Bello en el arco, contaba con una defensa sólida, con un jugador como Sastre para el que el fútbol no tenía secretos y con un goleador elegante y eficaz como Erico. Parecía no faltarle nada para ser campeón. Solo terminar en lo más alto de la tabla. Nada más y nada menos que eso. Y para acercarse todavía más a ese objetivo hizo una apuesta arriesgada al contratar a un pibe rosarino de 19 años con todas las cualidades para ser un crack: Vicente de la Mata. Procedente de Central Córdoba, formó un trío memorable con Sastre y Erico.

Independiente formó varios triángulos defensivos que tuvieron en Bello a su último bastión.
River se alzó con el título de 1937 con un equipo imparable en el que se distinguía su fuerza de ataque, integrada por Peucelle, Eladio Vaschetto, Ferreyra, José Manuel Moreno y Adolfo Pedernera. Ese conjunto marcó 106 goles en 34 partidos, a un promedio de más de tres tantos por encuentro. Independiente se mostró tan efectivo como el campeón, pues igualó ese registro y, si bien fue el único rival de cuidado que tuvieron los millonarios, terminó con seis puntos menos. Quizás la mayor diferencia haya tenido que ver con la menor solidez defensiva de los de Avellaneda.
Erico se lució con 48 goles ese año y lo escoltaron con 15 De la Mata y Emilio Moisés Reuben, un canadiense que se sumó ese año luego de una buena etapa en Vélez. El exjugador fortinero actuó como entreala izquierdo y Sastre, en una notable demostración de su polifuncionalidad, jugó toda la temporada como half derecho, es decir como mediocampista defensivo. Sí, a Cuila lo podían ubicar en cualquier sector de la cancha y respondía siempre. En cambio, para Bello no fue una buena temporada, ya que solo estuvo en ocho partidos.
Los protagonistas estelares del certamen del 37 volvieron a pelear mano a mano por el título en 1938 y en esa ocasión fue Independiente el que prevaleció. Los de Avellaneda aventajaron por dos unidades a River y consumaron su primer éxito desde la instauración del profesionalismo en 1931. El punto fuerte del campeón resultó la tremenda fuerza ofensiva que le permitió marcar 115 goles en 32 jornadas, a razón de 3,6 por partido. Se trató de un equipo demoledor al que Erico aportó 43 tantos y De la Mata 27.

Bello defendía el arco de Independiente y Arsenio Erico era un especialista en hacer golazos.
Pese a que cada vez que se menciona al Independiente campeón del 38 se pondera su producción ofensiva, la retaguardia fue decisiva: el arco de Bello cayó apenas 37 veces y se mantuvo invicto en 11 partidos. La seguridad que brindaba el guardavalla se apoyaba en la dupla Lecea – Sabino Coletta, dos defensores que facilitaban mucho la labor del capitán del Rojo. Tarzán dejó en claro que cumplía un rol decisivo cuando hizo posible el triunfo por 3-2 sobre Huracán al contener un penal de Jorge Alberti en el minuto final.
Doce meses más tarde Independiente repitió con mayor holgura: relegó por seis puntos a River y a Huracán, de excelente campaña. Los de Parque de los Patricios picaron en punta y amagaron con hacer realidad su consagración, pero los de Avellaneda se repusieron de un arranque irregular y, tras hilvanar 12 triunfos consecutivos, confirmaron que tenían todo para ser bicampeones. Erico fue, nuevamente, el factor determinante del éxito y con 41 goles lideró la ofensiva. Pero, tal como ocurrió en 1938, a la última línea defensiva le cupo un rol determinante.

El equipo con el que Independiente ganó el título de 1939.
La valla del campeón apenas registró 37 caídas en 32 fechas (ocho veces sometieron a Luis Truetta y una a Ventino Carlés, otros integrantes del plantel). Bello mostró todas las virtudes que lo hacían un pilar de Independiente. Fue de la partida en 29 ocasiones y recibió en promedio un gol por encuentro. Salió con el arco invicto en diez oportunidades y le atajó un penal a Tomás González Peralta, de Boca, en un rotundo triunfo por 5-2 en Avellaneda. Desde el fondo, apuntaló a sus famosos compañeros de la delantera tanto con sus buenos desempeños como con su voz de mando.
La supremacía de Independiente en esos días se extendió a las copas que eran habituales en la década del 30 y el 40. Tanto en 1938 como en 1939, el equipo que conducía técnicamente Guillermo Ronzoni -había actuado como zaguero del Rojo en el amateurismo- ganó la Copa Aldao, que enfrentaba anualmente al campeón del fútbol argentino con el del uruguayo. En la primera de esas ediciones derrotó 3-1 a Peñarol y en la siguiente 5-0 a Nacional.
En 1939 las vitrinas de la institución se poblaron con las copas Escobar e Ibarguren. Se trataba de dos competiciones muy particulares, pues la primera era disputada por los siete mejores equipos de la tabla en partidos de 20 minutos de duración que se definían por cantidad de córners en caso de empate, mientras que en la otra se medía el campeón del torneo de Primera División con el ganador de la liga rosarina -en los primeros tiempos- y, a partir de 1959, con el vencedor de certámenes regionales. En todos esos lauros estuvo Bello, pero faltó a la Ibarguren de 1938, en la que actuó Lorenzo Bignone.
Ese brillante ciclo instaló en el Olimpo de los dioses rojos a Bello; Lecea, Coletta; Luis Franzolini, Victorio Spinetto en 1938 y Raúl Leguizamón en 1939, Celestino Martínez; José Vilariño en el 38 y parte del 39 y Juan José Maril en el 39, De la Mata, Erico, Sastre -también jugó muchos partidos Reuben- y Zorrilla. Los integrantes de ese equipo se sumaron a sus colegas de River -el otro gran campeón del final de la década del 30- en una suerte de seleccionado de lujo para afrontar dos partidos contra combinados de Flamengo y Vasco da Gama.

Un combinado de estrellas: Independiente y River unieron sus talentos para enfrentar a los brasileños en 1939.
El primero de esos choques se dio el 13 de agosto de 1939 en la cancha de San Lorenzo, El Gasómetro de avenida La Plata al 1700. Con una alineación de ensueño que incluía a Bello (Independiente); Luis Vasini (River), Coletta (Independiente); Carlos Santamaría (River), José María Minella (River), Celestino Martínez (Independiente); Maril (Independiente), De la Mata (Independiente), Erico (Independiente), Moreno (River) y Pedernera (River), el elenco argentino se impuso 3-1. Los goles los anotaron Maril, Erico y Moreno. Leónidas, El Diamante Negro, descontó para los brasileños.
Otra victoria por 3-1 para los argentinos fue el saldo del segundo partido, desarrollado el 15 de agosto. Bello (lo reemplazó luego Sebastián Sirni, de River); Vasini, Coletta; Santamaría, Minella, Aaron Wergifker (River); Maril, De la Mata, Erico, Moreno y Pedernera fueron de la partida y los goles llegaron a través de Erico -en dos ocasiones- y Pedernera. El descuento fue obra de Waldemar de Brito, el hombre que descubrió a Pelé. El uniforme de ese equipo que reunía a las estrellas de Independiente y River era mitad negro, mitad blanco y con una banda roja en la parte inferior.
Cuando Independiente se abría paso como principal aspirante al título de 1940, una serie de malos resultados permitió que Boca surgiera como su más serio adversario. Tanto es así que los xeneizes terminaron en la cima de la tabla con ocho puntos de ventaja. Un año más tarde, los de Avellaneda retrocedieron hasta la quinta posición. En un partido contra San Lorenzo ocurrió un hecho insólito: Bello sufrió un corte en la cabeza, dejó la cancha durante un cuarto de hora y en ese lapso atajó Sastre. Ya no hacía falta otra prueba para entender que Cuila aceptaba jugar en el puesto en el que se lo necesitara.

El arquero se queda con la pelota ante el asedio del gran Adolfo Pedernera.
Precisamente en 1941, Bello fue testigo -podría definírselo como víctima- del surgimiento de la delantera más famosa del fútbol argentino: La Máquina. El 21 de septiembre, River goleó 4-0 a Independiente en Avellaneda en un partido definido con un triplete de Pedernera, devenido en fantástico centrodelantero millonario. El atacante, lo más parecido a un falso 9 del presente, condujo con exquisitez la línea ofensiva que se completaba con Juan Carlos Muñoz, Moreno, Ángel Labruna y Aristóbulo Deambrossi.
Desde su irrupción, La Máquina impulsó a River a una senda victoriosa que incluyó los títulos de 1942 y 1945. Boca, por su parte, le rindió el mejor homenaje a su tradicional garra con un equipo que respondía a la perfección a ese estilo y fue campeón en 1943 y 1944. Era el de Claudio Vacca; José Marante, Víctor Valussi; Carlos Sosa, Ernesto Lazzatti, Natalio Pescia; Mario Boyé, Pío Corcuera, Jaime Sarlanga, Severino Varela y Mariano Sánchez. En ese tiempo, Independiente no superó el quinto puesto y Bello, inamovible, se lucía, por ejemplo, atajándole un penal a Félix Loustau, el habilidoso puntero de River que sustituyó a Deambrossi.
UNA DÉCADA EN LA SELECCIÓN
Las décadas del 30 y el 40 fueron prolíficas en cuanto a arqueros de excelente nivel. Eso conspiró contra las posibilidades de Bello de apoderarse de la custodia de la valla de la Selección argentina. Así y todo, durante más de una década integró el equipo nacional. Debió competir con Ángel Bossio, Juan Estrada, Sebastián Gualco, Héctor Ricardo y Gabriel Ogando, entre otros. Por esa razón, entre 1934 y 1945 apenas pudo estar en 11 partidos. De todos modos, se dio el gusto de ganar la Copa América en 1937 y 1945.

Quizás por su pasado como basquetbolista, Bello era muy seguro en el juego aéreo.
El 18 de julio del 34 vivió su bautismo internacional en un empate 2-2 con Uruguay en el estadio Centenario. Se trata de un partido bastante particular, pues del otro lado del Río de la Plata lo consideran un encuentro clase B, o sea que no corresponde a los seleccionados principales de cada país. También tiene algunas cuestiones particulares: entre los titulares del equipo argentino estuvo el paraguayo Benítez Cáceres, quien aún no había cumplido los tres años de residencia como para ser considerado elegible para vestir la camiseta celeste y blanca.
Sea como fuere, Bello compartió la formación con José María González (Racing), Alberto Cuello (River); Santamaría (River), Minella (Gimnasia), Wergifker (River); González Peralta (Gimnasia) (lo reemplazó en el segundo tiempo Peucelle, de River), Benítez Cáceres (Boca), Arturo Naón (Gimnasia), Sastre (Independiente) y Tomás Beristain (Platense). A los nueve minutos de acción lo venció Juan José García, de Nacional. El otro tanto celeste lo consiguió Aníbal Ciocca y los goles argentinos llegaron a través de González Peralta y Benítez Cáceres. El 15 de agosto, Tarzán integró el elenco albiceleste que derrotó 1-0 a Uruguay con una conquista de Barullo Peucelle en la cancha de Independiente.
Esas actuaciones le bastaron a Bello para ser incluido en el plantel que acudió al Torneo Sudamericano Extra -la actual Copa América- del 35 en Lima. Fue titular en las victorias por 4-1 sobre Chile y Perú y en la derrota 3-0 a manos de Uruguay, en la que dejó a la cancha por lesión a los 25 minutos y le cedió su lugar a Gualco. Hoy parecería imposible de entender, pero tanto en los primeros partidos amistosos internacionales del arquero de Independiente como en el certamen desarrollado en tierra peruana Argentina no contó con un entrenador designado.

Ganó la Copa América con la Selección en 1937.
Luego se produjo un paréntesis de dos años en los que Bello debió esperar su turno detrás de Bossio y Estrada hasta que regresó para la Copa América de 1937 en Buenos Aires. El DT Seoane, una gloria de Independiente en el amateurismo y en los albores de la era rentada, lo incluyó en el tramo decisivo del certamen, luego de haber recurrido a Estrada en los cuatro primeros compromisos.
Bello reapareció en la última fecha contra Brasil, que lideraba el hexagonal -todavía no participaban todas las selecciones sudamericanas- con dos puntos de ventaja sobre Argentina. Los albicelestes vencieron 1-0 con un gol del Chueco Enrique García, un fantástico puntero izquierdo de Racing. El empate en el primer puesto obligó a la realización de un cotejo de desempate, que se pactó para el 1 de febrero en El Gasómetro, el escenario de los principales espectáculos internacionales de aquel momento.
Los once escogidos por Seoane fueron Bello; Oscar Tarrío (San Lorenzo), Fazio (Independiente); Sastre (Independiente), El Pibe de Oro Lazzatti (Boca), Celestino Martínez (Independiente); Enrique Guaita (Racing), Varallo (Boca), Alberto Zozaya (Estudiantes), Roberto Cherro (Boca) y El Chueco García. Había tanto en juego que ese desempate que fue una final con todas las letras se convirtió en una batalla en la que unos y otros se pegaron sin misericordia. El partido estuvo interrumpido durante 40 minutos y recién se reanudó cuando parecía que la paz se había instalado.

Compartió una década en el Seleccionado con algunos de los jugadores más espectaculares de la historia.
Más allá de ese marco de violencia extrema, el partido consagró a De la Mata, quien pertenecía a Central Córdoba e ingresó en reemplazo de Pancho Varallo. El joven rosarino sentenció el duelo con dos goles que le otorgaron el título al Seleccionado argentino. La decisiva tarea del entreala derecho rosarino lo instaló en la memoria popular como Capote, un apodo nacido de una sugerencia de Sastre, una de las columnas fundamentales del elenco albiceleste: “Acercate a mí, que entre los dos vamos a hacer capote”.
En 1938, Ángel Fernández Roca, quien sucedió a La Chancha Seoane, citó a Bello para el compromiso contra Uruguay por la Copa Héctor Gómez. Argentina prevaleció 3-2 en ese clásico rioplatense. Aquí surge otro elemento llamativo: a pesar de que Independiente dominaba el fútbol local, el arquero del Rojo pasó varios años alejado del Seleccionado. Estrada y Gualco se establecieron como los dueños del puesto hasta que en 1945 Guillermo Stábile, DT del elenco nacional desde 1939, decidió el regreso del guardavalla pergaminense.
Bello retornó para el Sudamericano Extra que se celebró en Santiago. Argentina venía de ganar el título del 41 y en suelo chileno no solo fue campeón, sino que puso en marcha un ciclo demoledor que sumó las consagraciones de 1946 en Buenos Aires y de 1947 en Guayaquil. Defendió el arco albiceleste en el triunfo por 4-0 sobre Bolivia con goles de Rinaldo Martino, René Pontoni, Loustau y De la Mata. El debut en la competición antecedió a la última vez de Bello como integrante del Seleccionado nacional: el 31 de enero de 1945 se despidió con una victoria por 4-2 contra Ecuador.

Bello y Héctor Ricardo, los custodios del arco argentino para hacer posible la obtención de la Copa América de 1945.
En ese encuentro definido con los tantos de Pontoni, De la Mata, Martino y Manuel Pelegrina, Argentina formó con Bello (Independiente); José Salomón (Racing), Rodolfo De Zorzi (Boca); Lucho Sosa (Boca), Ángel Perucca (Newell´s), Bartolomé Colombo (San Lorenzo); El Atómico Boyé (Boca), De la Mata (Independiente) (lo sustituyó Norberto Tucho Méndez, de Huracán), Pontoni (San Lorenzo), Martino (San Lorenzo) y Pelegrina (Estudiantes). Víctor Aguayo y José Luis Mendoza concretaron los goles de Ecuador.
En los siguientes partidos (1-1 con Chile, 3-1 sobre Brasil y 1-0 contra Uruguay) atajó Héctor Ricardo, de Rosario Central, el otro guardavalla convocado por Stábile para ese torneo. Argentina se quedó con el título con un punto de diferencia respecto de los verdiamarillos. Bello se fue con su segundo cetro de campeón sudamericano y un ciclo de 11 presentaciones entre 1934 y 1945 en el arco del Seleccionado nacional.
EL RETIRO Y LA LUCHA
A su regreso del Sudamericano de Chile, tuvo un gesto poco común que no hizo más que agigantar su figura. A pesar de su condición de capitán de Independiente, entendió que a los 34 años había llegado el momento de darles lugar a los que no habían tenido más remedio que aguardar su turno mientras él era una figura emblemática del equipo. Se reunió con los dirigentes, les anunció que dejaba la práctica activa del fútbol y les sugirió el nombre de su reemplazante: Antonio Cammarata, quien ya había disputado siete partidos en 1944.
No parecía sencillo prescindir de un peso pesado como Bello. Su liderazgo durante tanto tiempo lo había convertido en una pieza imprescindible para el equipo. La salida fue ofrecerle la dirección técnica. Así, casi sin tiempo para pensarlo, se hizo cargo de Independiente. En su primera campaña, en 1945, instaló al Rojo en el tercer puesto, detrás del River que dirigía Peucelle y que aún contaba con La Máquina como argumento más poderoso y, luego de una quinta ubicación en 1946 -el año en el que brilló un San Lorenzo contundente-, volvió al último escalón del podio en 1947, otra temporada ganada por los millonarios.

Antonio Cammarata heredó la titularidad en Independiente por recomendación del propio Bello.
El papel que Bello desempeñaba en el fútbol no se limitaba a lo que había hecho como arquero de Independiente o a lo que le impusiera su nueva función como entrenador. Su ascendencia entre sus colegas era inmensa y en eso no pesaba qué camiseta defendieran. Se lo respetaba tanto por sus condiciones como por su sabiduría y, especialmente, por su compromiso con las necesidades que tenían los futbolistas para ejercer su profesión. Por esa razón, cuando el 2 de noviembre de 1944 surgió Futbolistas Argentinos Agremiados (FAA), el sindicato de los jugadores, el primer secretario general fue, justamente, él.
Junto con otros hombres preocupados con la situación laboral de los futbolistas como Pedernera y Oscar Basso (San Lorenzo), Bello asumió la misión de luchar por mejores condiciones de trabajo para los jugadores. Los salarios de los profesionales estaban lejos de tener relación con el espectáculo que generaban y, a pesar de que al gremio le costó hacer pie en una actividad en la que los dirigentes los miraban con desdén, los líderes de Agremiados no bajaban los brazos.
La tensión se intensificaba y provocó un estallido en 1948. Al principio, los actos eran simbólicos. Los jugadores hacía un minuto de silencio antes del puntapié inicial de los partidos. Esa actitud enardecía a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), al punto de que después de varias fechas de esa actitud que hizo más ruido del que la dirigencia estaba dispuesta a escuchar disparó una medida insólita: se decidió un lockout patronal y los clubes interrumpieron el torneo.
La instauración de un salario mínimo que evitara que los clubes pagaran lo que se les antojara, el reconocimiento de Agremiados como sindicato y la mejora de las condiciones laborales (el pago del aguinaldo y las vacaciones y la libertad de acción una vez concluida la relación contractual) constituían las bases del reclamo. Nadie cedía. Ni los dirigentes de las entidades y mucho menos la AFA. La pelota rodaba en un contexto de extrema conflictividad. Racing lideraba el certamen con un punto de ventaja sobre el Independiente que dirigía técnicamente Bello y con tres respecto de River.

Con la E de entrenador en el buzo durante sus días como DT de Independiente en 1948.
Al cabo de la 25ª fecha, los jugadores se hartaron de estar hartos y decretaron la huelga. Los clubes amenazaron con despedir a los profesionales y retornar al amateurismo. No había una solución sencilla, pero la AFA optó por continuar el torneo con jugadores juveniles. En esas cinco últimas jornadas, el campeonato perdió interés y las tribunas empezaron a despoblarse. Al público no le resultaba interesante ver en acción a futbolistas desconocidos. Querían a las estrellas, pero las estrellas habían decidido no brillar en procura de ganar derechos.
Basso estaba al frente de la conducción de Agremiados, secundado por Pedernera. Ellos llevaban la voz cantante. Bello acompañaba, pero su posición se había hecho incómoda porque los dirigentes de Independiente no veían bien que su técnico fuera parte del conflicto. Así y todo, El Rojo se llevó el título con cuatro puntos más que River y con seis de diferencia respecto de Estudiantes. Racing, que decidió no presentarse en las últimas jornadas, quedó lejos, con nueve unidades menos.
El paro de los jugadores fue el primero que enfrentó el gobierno de Juan Domingo Perón. El presidente de la Nación decidió intervenir y a fin de año ordenó al Ministerio de Trabajo y Previsión, a cargo de José María Freire, que aceptara la personería jurídica de Agremiados. La esposa del jefe del Estado, María Eva Duarte, fue le encargada de darle la noticia al titular de la AFA, el dirigente peronista Oscar Nicolini, quien no tuvo más alternativa que dar instrucciones para que se redactara un estatuto laboral. Los clubes no estaban de acuerdo, pero terminaron perdiendo la batalla.

La huelga del 48 hizo que el Rojo se llevara el título con una formación integrada por juveniles.
La paz parecía haberse instalado, pero fue apenas una sensación momentánea. El estatuto creado no respetaba algunas de las demandas y en marzo de 1949 los jugadores volvieron a la huelga. El principal punto de discordia estuvo dado por el tope salarial de 1.500 pesos mensuales. Esa fue la gota que rebalsó el vaso. La respuesta inmediata fue un éxodo masivo que hizo añicos al fútbol argentino. Las máximas figuras abandonaron a sus clubes. Huyeron, en su mayoría, hacia ligas como la de Colombia, que no estaban afiliadas a la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA).
Pedernera, ya en Huracán encabezó la diáspora. Lo siguieron, entre otros, Alfredo Di Stéfano, Néstor Pipo Rossi, El Zurdo Eduardo Rodríguez, Luis Ferreyra, El Charro Moreno, Hugo Reyes, Felipe Stemberg, todos de River; Boyé, de Boca; Adolfo Benegas, Héctor Rial, Pontoni, Martino y Perucca, de San Lorenzo; Mario Fernández, de Independiente; Oscar Corso y Heraldo Ferreyra, de Huracán; Julio Cozzi, Manuel Giúdice y Antonio Báez (suplente de Moreno y de Labruna en La Máquina), de Platense; César Castagno, Alejandro Mur y Benjamín Santos, de Rosario Central; Roberto Alarcón, Reinaldo Mourín y Fernando Walter, de Gimnasia, y Deambrossi, de Atlanta.
Bello pagó un precio muy alto por su rol en el conflicto y fue despedido como entrenador de Independiente, aun a pesar del título ganado en 1948. Dirigió técnicamente a Atlanta, Chacarita, Unión y Temperley antes de regresar al club de toda su vida para trabajar en las divisiones inferiores. Murió el 21 de agosto de 1974 a los 63 años. Hasta ese día pasó muchas tardes en la cancha de la antigua Doble Visera de Cemento para ver en acción al equipo de Avellaneda. A nadie sorprendió esa fidelidad porque durante más de una década y 300 partidos fue una garantía de seguridad en el arco del Rojo.

Temperley fue otro de los equipos que dirigió técnicamente el exarquero.