Llevaba el fútbol en alma Victorio Spinetto. Y lo jugó con el alma. Con alma y vida. Más tarde, cuando colgó los botines, desarrolló una larga carrera como entrenador y a su lado se forjaron célebres técnicos como Osvaldo Zubeldía, Carlos Timoteo Griguol, Carlos Bianchi y Diego Simeone. Se convirtió en símbolo de Vélez como un centromedio que disimulaba sus carencias técnicas con garra y personalidad ganadora y, más tarde, del otro lado de la línea de cal fue un DT riguroso. Se entregó por completo al fútbol: dentro de la cancha como un guerrero y fuera de ella como un maestro.
Cuentan que admiraba el carácter y la bravura de Luis Doble Ancho Monti, un tenaz luchador de la mitad de la cancha que se destacó en Huracán y San Lorenzo, y que también ponderaba la elegancia de Adolfo Zumelzú, otro notable exponente de la función de centrehalf, el volante central de hoy. Spinetto tuvo más del primero que del segundo de sus modelos, pero se hizo un propio nombre en un largo recorrido por las canchas del fútbol argentino.
Vivió sus mejores jornadas en Vélez en los lejanos días en los que en Villa Luro no existía la V azulada y se vestía la camiseta conocida como italiana -por sus colores rojo, verde y blanco- a pesar de que había llegado desde Inglaterra. Su currículum dice que fue campeón con Independiente en 1938, pero su estilo no coincidía con la idiosincrasia de los de Avellaneda y regresó al club que había sido su hogar desde 1932 y al que dirigió ininterrumpidamente durante 14 años para volver cada vez que la entidad presidida por José Amalfitani lo necesitaba.

La mayor parte de su carrera de jugador la construyó en Vélez.
Para que el resumen de su trayectoria alcance la precisión necesaria habría que citar sus inicios en Honor y Patria y sus pasos por La Paternal y Platense hasta que recaló en Vélez y se quedó para siempre, salvo por esos 12 meses en Independiente. Sufrió como un hincha más cuando El Fortín descendió en 1940 y, luego de una breve etapa como jugador de Acassuso, tomó las riendas de su amado equipo y lo devolvió a Primera en 1943. Dirigió, entre otros, a Atlanta, Argentinos y Ferro. También fue DT de la Selección y ganó una Copa América. En cada institución dejó su sello, el del sacrificio puesto al servicio de la pelota.
El repaso se antoja demasiado correcto, muy pulcro. Casi pacífico. Todo lo contrario a lo que fue Don Victorio. Spinetto era un torbellino. Dentro de la cancha jugaba con dureza y determinación… también con un temperamento muy fuerte que lo hacía rezongar con los árbitros, los compañeros y los jugadores contrarios. Esas últimas características lo acompañaron en su etapa como DT, un oficio que ejerció con vehemencia y sabiduría en idénticas proporciones. Jamás dejó de exigirles a sus dirigidos que regaran la cancha con su sudor en beneficio del equipo y que fueran tácticamente disciplinados. Corazón, cerebro y pases cortos.
EL JUGADOR
- ¿Querías ser centrehalf ?
- Sí. Elegí ese puesto por apasionado, porque es en el que más hay que moverse; en el que se juega más o se juega menos, según la actuación de uno, pero en el que se emplea el mayor dinamismo. De pibe he soñado con partidos en los que yo crecía en el centro de la cancha y empujaba a todo el equipo contrario contra el arco. Lástima que mis mejores matches fueron soñados...
En una entrevista concedida en 1934 a Borocotó, una de las legendarias plumas de El Gráfico, Spinetto reveló por qué decidió ser centromedio. Su elección se dio en un momento en el que quien ocupaba ese puesto cumplía un rol protagónico en su equipo. En cierta medida definía la identidad de su cuadro. Los elegantes y ricos técnicamente se distinguían en conjuntos que rendían culto al buen trato de pelota; los aguerridos, en cambio, eran los abanderados de la lucha colectiva a la que se entregaban sus restantes compañeros.

Spinetto posa en la antigua cancha de Vélez en Villa Luro.
Nacido el 3 de junio de 1911, Spinetto se nutrió de las lecciones que impartían en la cancha grandes centromedios como Francisco Olázar (Racing), Cándido García (River), José Luis Boffi (Vélez), Luis Vaccaro (Argentinos Juniors), el paraguayo Manuel Fleitas Solich (Boca) y, por supuesto, Monti y Zumelzú (Racing, Estudiantil Porteño y Tigre, entre otros equipos), por citar solo a algunos de los que más elogios cosecharon en el período amateur. De todos ellos aprendió y, especialmente de Boffi y de Doble Ancho, imitó el temperamento y la garra para imponer su presencia en el campo de juego.
Afincado en Bernal, a los 13 años se incorporó a la Cuarta División de Honor y Patria y 24 meses más tarde su familia se mudó y él desembarcó en La Paternal, un club de ese barrio para el que actuó en Intermedia, que en la práctica era el tercer nivel en las competiciones de la época. En ese equipo empezó a edificar su fama de duro y muchas veces sus intervenciones desembocaron en peleas con los rivales. “¡Los rompo a todos!”, exclamaba cada vez que los duelos se tornaban ásperos. El joven Spinetto nunca se achicaba…
Con La Paternal salió campeón de Intermedia y consiguió el ascenso a Segunda. Fue el capitán del equipo en esa divisional en 1931 y pronto llamó la atención de Platense, una de las instituciones que, a diferencia de su club, habían optado por el régimen profesional. Debutó en el conjunto que en ese entonces tenía la cancha en Manuela Pedraza y Crámer en la fecha inaugural del certamen de 1932. El 13 de marzo, en un 4-3 contra Ferro en Caballito, integró la alineación junto con Sebastián Gualco; Luis Ferrario, Anselmo Cerviño; Ernesto Bartolomedi, Ismael Arrese; Antonio Campilongo, Ubaldo Landolfi, Florentino Vargas, Nicolás Ferrara y Tomás Beristain.

Se sumó a Vélez cuando la camiseta todavía era roja, verde y blanca.
Si bien sus primeras actuaciones resultaron satisfactorias, en Platense anidaba cierto descontento. El equipo tenía a un nuevo centromedio, pero no era un jugador famoso. Aunque se hacía notar por su entrega y por su más que respetable remate de media y larga distancia, no contaba con un nombre conocido en las canchas argentinas. Fue relegado primero por José Blanco Izquierdo y luego por Rodolfo Devoto. Tuvo algunas oportunidades para mostrarse y hasta hizo un gol en el empate 1-1 con Racing, pero entraba y salía con demasiada frecuencia.
Para empeorar la situación, se incorporó Fleitas Solich y la posibilidad de jugar se hizo más lejana. Se hartó y reclamó la libertad de acción después de haber jugado apenas siete partidos. Cerca del cierre del libro de pases acordó con Vélez un contrato que no parecía demasiado tentador: 30 pesos por partido, un convenio muy inferior al que tenía con Platense, que le pagaba un sueldo mensual y prima. El 7 de agosto, por la 20ª fecha del torneo, hizo su presentación en el club de Villa Luro que acababa de ser bautizado como Fortín por Hugo Marini, periodista del diario Crítica.
“¿San Lorenzo hará rendir mañana al Fortín de V. Luro?”, se preguntó Marini en la edición del miércoles 13 de julio del 32 para anunciar el duelo que Vélez iba a sostener con los azulgranas. El jefe de la sección Deportes de Crítica le dio vida a ese apodo para ponderar lo difícil que era llevarse del estadio ubicado en Basualdo 436 los dos puntos que entregaba cada victoria. No tiene demasiado sentido el dato estadístico de que 24 horas más tarde los de Boedo se impusieron 4-1, ya que el apelativo aún hoy es rasgo de identidad para los de Liniers.

Sus buenos rendimientos lo llevaron a la tapa de El Gráfico.
El Pájaro Alfredo Curti; Edmundo Sommi, Manuel De Sáa; Carlos Maggiolo, Spinetto, Vicente Ruscitti; Sebastián Merani, Oscar De Dovitis, Alfredo González, Oscar Lupo y César Roggero le ganaron 3-0 a Ferro con dos tantos de Luppo y uno de De Dovitis. Una semana más tarde, Vélez derrotó 2-0 a Quilmes como visitante y Spinetto consiguió su primer gol con un violento tiro libre. Cerró el año con otra conquista en la caída por 4-1 a manos de Huracán, pero lo más importante para él fue que encontró el lugar que buscaba en el fútbol argentino.
No bien se puso la camiseta que en aquellos días era roja, blanca y verde a bastones verticales, se adueñó del puesto. Se convirtió en un jugador indiscutible, en un líder que empujaba hacia adelante a sus compañeros. Y que, traicionado por su temperamento, incurría en peleas con ellos cuando los instaba a jugar para el equipo y no para lucirse individualmente. Emergía como un caudillo que jamás renunciaba a la lucha.
Borraba con su esfuerzo sus limitaciones técnicas y ese estilo congeniaba a la perfección con el espíritu que reinaba en Vélez desde las épocas de Boffi y que continuaba con una dura dupla de zagueros conformada por Eleuterio Alfredo Forrester y De Sáa. Y en 1933 formó una excepcional línea media -así se les decía a los volantes defensivos- con Maggiolo y Agustín Cosso, un juninense que había llegado como half izquierdo y se convirtió en un temible centrodelantero. Cuatro goles sumó Spinetto en esa campaña.

Spinetto fue uno de los jugadores que lució por primera vez la V azulada en 1933.
El 30 de abril de 1933 la historia de Vélez cambió para siempre y, como no podía ser de otro modo, Spinetto fue parte de esa metamorfosis. Ese día, en el empate 1-1 con San Lorenzo, nació la camiseta con la V azulada. La historia oficial cuenta que el club buscaba un uniforme para reemplazar a las viejas casacas italianas y se encontró con unas prendas confeccionadas para un equipo de rugby que jamás pasó a retirarlas y que los dirigentes consiguieron a un precio muy accesible. El centrehalf fue uno de los once jugadores que vistieron por primera vez los colores que llegaron para quedarse.
Vélez finalizó octavo en 1934 y trepó a un destacado quinto puesto en 1935. En esa última temporada mantuvo invicto el Fortín y tejió importantes victorias como el 3-0 sobre Boca en Villa Luro. Curiosamente, Spinetto faltó a ese contundente triunfo, pero fue pieza clave del equipo que salía a la cancha con Roberto Novara; Forrester, De Sáa; Maggiolo, Spinetto, Juan Sanz; Pedro Valentini u Osvaldo Reta, el chileno Iván Mayo, Cosso, Moisés Emilio Reuben y Ángel Fernández. Cosso encabezó la tabla de goleadores con 33 tantos, la misma cantidad que había logrado en 1934, cuando sumó uno menos que Evaristo Barrera, de Racing.
Los fuertes remates de Spinetto que terminaban en el fondo de los arcos de los rivales se transformaron en una postal clásica de Vélez. Sus goles llegaban habitualmente por esa vía, aunque también se atrevía a meterse en el área a pesar de su función esencialmente defensiva. Marcó tres tantos en 1934, dos en 1935 y aumentó su producción a seis en 1936. Ya nadie dudaba de que el rudo futbolista hacía mucho más que recuperar la pelota en la mitad de la cancha.

El gesto refleja una condición irrenunciable de Spinetto: ponía todo en cada pelota.
Spinetto tuvo su día de gloria el 17 de octubre de 1937, cuando se despachó con cuatro goles en el triunfo de Vélez por 5-2 sobre Chacarita. Quedó en los libros de historia como el primer defensor en lograr tamaña cantidad de tantos, a pesar de que su función era la de mediocampista. Se trata de detalles que el paso del tiempo no alcanzó a borrar, pues cualquier estadígrafo que sea consultado por el nombre del defensor que alcanzó ese hito, sin margen para los cuestionamientos repetirá el nombre de Victorio Luis Spinetto. El destino, caprichoso, quiso que Pedro Larraquy, otro 5 velezano lo igualara en 1981.
La cuestión fue que esa tarde en Basualdo al 400 Chacarita se puso en ventaja con tantos de César Roggero y Antonio Palomino y el panorama se presentaba complicado para Vélez. En ese contexto de adversidad surgió Spinetto para encabezar la remontada. No bien arrancó el segundo tiempo doblegó al arquero Gualco con un tiro libre y después empató luego de recibir un rechazo del guardavalla. Cuando faltaban poco más de 20 minutos, conectó de cabeza un centro de Reta -sí, iba al frente sin reservas- y puso al Fortín en ventaja.
Con el 3-2 a favor de los locales, Oscar Barralía anotó el cuarto y volvió a aparecer Spinetto para establecer el 5-2 definitivo al coronar una buena maniobra personal. Vélez había reaccionado de un modo inesperado y lo logró gracias a su centromedio, actor principal de una jornada épica. A pesar de su posición tan alejada del arco contrario, finalizó el certamen con 11 goles, a uno de De Dovitis, el principal anotador del equipo. Y, obviamente, esa actuación no pasó inadvertida e Independiente se mostró interesado en contratarlo.

En este caso, Spinetto es testigo cercano de una lucha aérea por el balón.
A Spinetto, a quien sus compañeros llamaban inocentemente Farmacia porque vivía cerca de un comercio de ese rubro, le costaba tomar la decisión de dejar el club que sentía como su hogar. Ya había rechazado en 1933 un sondeo de un club italiano, pero la oferta de los de Avellaneda se hizo irresistible y se unió al equipo en el que sobresalían el paraguayo Arsenio Erico, Vicente de la Mata y Antonio Sastre. El Rojo perseguía su primer título en el profesionalismo y no pudo resistir la tentación de contar en sus filas con un futbolista que había dado pruebas de su importancia en Vélez.
Aunque lo incluyeron en la alineación que apabulló 6-2 a Tigre en el inicio del torneo junto con Fernando Bello; Fermín Lecea, Sabino Coletta; Sastre, Luis Franzolini; Raúl Natino, De la Mata, Erico, Reuben -su compañero en El Fortín- y Marcelino Funes, poco a poco perdió la pulseada con Raúl Leguizamón. El Negro llevaba dos años como titular y, pese a que su fuerte también era la marca, poseía un estilo más cercano al gusto futbolístico de los hinchas rojos. Eso llevó a que el técnico Guillermo Ronzoni -buen centromedio de la era amateur- dispusiera que los dos aspirantes al puesto se repartieran los 32 partidos del certamen.
En la 16ª fecha cumplió su décimo partido y festejó su primer gol en Independiente. Con un violento remate sentenció el 5-0 sobre Estudiantes. Una semana más tarde rescató a su equipo de un casi seguro traspié contra Lanús al sellar el 3-3 definitivo con un cabezazo tras un tiro libre ejecutado por El Cuila Sastre. En cambio, en el 3-2 sobre Almagro le tocó abrir la cuenta con otro fortísimo disparo. Así, con tres tantos en 16 apariciones hizo su aporte al formidable viaje del Rojo hacia el título.

En 1938 integró el demoledor equipo con el que Independiente ganó su primer título profesional.
Independiente fue un campeón memorable: a pesar de que solo aventajó por dos puntos a River, desplegó un juego que combinaba belleza y eficacia. Su contundencia era asombrosa, pues señaló 115 goles en 32 partidos y su valla apenas cayó en 37 oportunidades. El fantástico Erico se lució con 43 tantos y De la Mata lo escoltó con 27. Sí, esos dos fenómenos le pusieron la firma a 70 de las conquistas del equipo. De hecho, con un rendimiento similar relegó por seis unidades a los millonarios en 1939 y disfrutó de un Erico arrollador que llegó a los 41 festejos personales.
Ese soberbio campeón se instaló en la memoria colectiva con una formación que incluía a Bello; Lecea, Coletta; Franzolini, Leguizamón, Celestino Martínez; Juan José Maril, Capote De la Mata, Erico, Sastre y José Zorrilla. Ya no estaba Spinetto, quien regresó a Vélez en busca de la continuidad que había perdido en Independiente. Y, claro, la halló con facilidad porque no resultaba sencillo no incluirlo en un equipo que necesitaba su energía, don de mano y personalidad ganadora.
Increíble, pero real, los hinchas fortineros no solo no lo recibieron con los brazos abiertos, sino que le echaron en cara su opaco paso por Independiente. “¡Fracasado!”, le gritaban. Justo en su casa y en el primer capítulo de su segundo ciclo en el club tuvo que soportar la sorpresiva reacción del público. Salió a la cancha con Jaime Rotman; Pedro Castrillón, De Sáa; Maggiolo, Ricardo Becerra; Reta, Eduardo Correa, Carlos Querzoli, José Miguel Noguera y Ángel Fernández en una derrota 2-1 con Boca y quedó con la sangre en el ojo.

En el álbum no podía faltar la figurita de Spinetto.
No podía tolerar semejante recibimiento. Furioso, se desquitó de su propia gente una semana más tarde con una actuación decisiva en la visita a Estudiantes. Los platenses se pusieron en ventaja a través del gran puntero izquierdo Manuel Pelegrina al minuto de juego. Un rato después llegó un centro de Reta que Spinetto introdujo de cabeza en el arco de Kiker Zanatta. Antes del final primer tiempo terminó de consumar su revancha: de tiro libre estableció el 2-1 con el que acabó el partido y no tuvo mejor ocurrencia que dar la vuelta olímpica mientras celebraba su gol. Ya nadie se atrevió a cuestionarlo.
Farmacia también fue autor del descuento velezano en el partido que su equipo perdió 2-1 con Gimnasia y volvió a cosechar aplausos con dos tantos en el 4-1 sobre Argentino de Quilmes, que ese año jugó por única vez en Primera División. También salvó a Vélez de una caída en el clásico con Ferro en Villa Luro y de otros resultados adversos en Avellaneda contra Racing y frente a Huracán. Se erigió en el máximo goleador del Fortín con 11 conquistas en 24 partidos, un promedio digno de los mejores delanteros de la actualidad.
Acuciado por problemas económicos que lo ponían en riesgo de perder el terreno en el que se erguía su cancha en Villa Luro, Vélez salió de gira a comienzos de 1940. Procuraba reeditar los éxitos de una famosa excursión internacional de 1930 en la que cosechó importantísimos resultados con los goles de Bernabé Ferreyra y Francisco Varallo -dos estrellas que jugaron a préstamo- y, sobre todo, se imponía la necesidad de poblar de dinero las alicaídas arcas de la institución.

El equipo con el que Vélez perdió la categoría en 1940.
El viaje tenía previstas escalas en México, El Salvador y Chile. Al plantel se sumaron para esos compromisos el delantero Carlos Colosia y el mediocentro Raúl Santizo, ambos de Atlanta, y el puntero Juan Gayol, de Argentino de Quilmes. El periplo se extendió por tres meses y se saldó con seis triunfos, dos empates y un par de derrotas. Colosia cumplió una buena labor y lideró la ofensiva con 17 goles. Spinetto no integró la delegación fortinera.
Además de las victorias y dinero, Vélez regresó con dos refuerzos: los atacantes Luis García Cortina y Luis de la Fuente. A las llamativas incorporaciones de los futbolistas mexicanos se agregó la llegada de los españoles Julio Munlloch -con pasado en el Barcelona- y Fernando García. Más allá de esos nombres un tanto exóticos, nada bueno ocurrió en Villa Luro en ese tiempo. Todo lo contrario.
Si existió un año pésimo para Vélez, ese fue 1940. Por única vez descendió como consecuencia de una campaña muy pobre que puso en evidencia los males que aquejaban al club y, por consiguiente, al equipo. Nada presagiaba un final tan aciago cuando García Cortina aportó un doblete en el 3-1 sobre Racing y otro en un 5-2 contra River. El equipo sufrió abultadas derrotas que lo depositaron peligrosamente en la parte baja de la tabla. El epílogo que nadie imaginaba, se avizoraba posible. La preocupación estaba presente y se hacía sentir.

Luego de salvarse del descenso, Atlanta transfirió a José Battagliero a Independiente.
La pérdida de la categoría estuvo rodeada de una inmensa polémica: El Fortín llegó al cierre el torneo con 25 puntos, uno más que Atlanta y con dos de ventaja sobre Chacarita, cuya suerte estaba echada. Vélez debía vérselas como local con San Lorenzo y los bohemios tenían que recibir a Independiente. En Villa Luro perdió 2-0 con los de Boedo. Los de Villa Crespo se salvaron al consumar una polémica victoria por 6-4, facilitada por la nula resistencia de los de Avellaneda, que recién llegaron al gol en el segundo tiempo. Curiosamente, José Battagliero, figura del vencedor, se incorporó poco después a Independiente…
Spinetto sufrió el descenso como cualquier hincha. El año tampoco había sido bueno para él. Por culpa de una lesión, apenas pudo dar el presente en 14 partidos y anotó tres goles. El 22 de diciembre, el día de la debacle contra San Lorenzo, jugó por última vez. Vélez se despidió de la elite del fútbol argentino con un equipo integrado por Rotman; Castrillón, Antonio Battaglia; Juan Alonso, Spinetto, Ricardo Becerra; Luis Pérez, Noguera, El Pirata De la Fuente, Correa y Ángel Fernández.
Con el corazón hecho añicos y después de 210 partidos y 45 goles, Spinetto se alejó del club de su vida. Los problemas físicos que jaquearon su última temporada aceleraron el final de su carrera como jugador. Intentó prolongar su paso por las canchas en Segunda División con Acassuso en 1941, pero no hubo caso. Ya no podía. No alcanzaba con su férrea voluntad y su fuerte temperamento. A los 30 años cerró su etapa como futbolista y se abrazó a la dirección técnica, una función en la que jamás dejó de ser ese vehemente hombre que soñaba con parecerse a Monti y a Zumelzú.

Una lesión adelantó el final del ciclo de Spinetto como jugador.
EL TÉCNICO
Vélez estaba en la ruina. Al borde de la desaparición. No tuvo más alternativa que entregar el lugar en el que se emplazaba su respetado Fortín. Perdía socios con la misma velocidad con la que los futbolistas se alejaban en busca de mejores condiciones económicas. No se sabía qué hacer con unos terrenos anegados que se habían comprado en Liniers, cerca de las vías. También se había perdido la sede social de Rivadavia 7867, que regresó a manos de su propietario, Juan Felipe Aranguren. La situación era dramática. Hasta se pensaba en la fusión con otras instituciones…
“¡Qué me importa la segunda división, ni la tercera, si Vélez paseó su divisa triunfal por todo un continente! ¡Mientras haya diez socios, el club sigue en pie!”, exclamó Amalfitani en una reunión convocada de urgencia por el presidente Roberto L. Orstein y por los fundadores que aún vivían. “Señores, yo tengo aquí dentro un leoncito que me está diciendo que vamos a llevar otra vez el club a Primera División y al lugar que ambicionamos”, completó golpeándose el pecho Amalfitani, quien en ese tiempo tenía 46 años y todavía no era Don Pepe.
Asumió la presidencia en 1941 y con su patrimonio cubrió las inmensas deudas que tenía el club. Convenció a otros para imitar su gesto y el pasivo empezó a disminuir. Amalfitani se las ingeniaba para persuadir a los camioneros que trabajaban en las obras de ampliación de la avenida General Paz de que llevaran la tierra que removían a los terrenos de Liniers, en los que se proyectaba la nueva cancha. En el aspecto futbolístico, y con el regreso de algunas figuras como Cosso y la aparición de pibes de inferiores como Alfredo Bermúdez, el equipo hizo una buena campaña, pero terminó cuarto.

José Amalfitani puso a Vélez de pie cuando estaba en su peor momento y hasta construyó el estadio que hoy lleva su nombre.
Pepe tomó una decisión clave para encarar el certamen de 1942: necesitaba a un hombre del club que insuflara su espíritu ganador. “El inolvidable presidente de Vélez Sarsfield, José Amalfitani, me expresó que fuera un ratito a su secretaría, pues quería conversar conmigo. Fue entonces que me propuso que me hiciera cargo de la dirección técnica de Vélez. El 12 de agosto de 1942 me largué en mi nueva profesión”, evocó en la revista Goles en 1982 Spinetto, el elegido por Amalfitani para devolver al Fortín a la elite del fútbol argentino.
Triunfos holgados y derrotas dolorosas como las sufridas contra Sportivo Alsina, Colegiales y Dock Sud se sucedían a las órdenes de Domingo Tarasconi, una vieja gloria de Boca, cuando, luego de una caída 2-0 a manos de Almagro, Amalfitani fue a buscar a Spinetto. El rendimiento del equipo mejoró, pero no le alcanzó para destronar a Rosario Central, que salió campeón y ascendió. Vélez, con su flamante DT, fue uno de los pocos que logró derrotar a los canallas. El técnico había plantado una semilla que, al germinar, podía borrar las penas del descenso.
Bajo sus órdenes se afianzaron pibes como el arquero Miguel Rugilo -había debutado en 1938-, Bermúdez, Armando Ovide y, especialmente, Juan José Ferraro, un exquisito centrodelantero. Ellos, junto con refuerzos como Víctor Curuchet, Eduardo Heisecke y Osvaldo Bottini, le dieron vida a un campeón que consumó su regreso a Primera tres fechas antes del final del certamen, con un goleada 5-2 sobre Dock Sud. Le sacó siete puntos de ventaja a Unión, su escolta. Rugilo; Curuchet, Blas Angrisano; Héctor Cuenya, Horacio Herrero, Ovide; Heisecke, Marco Aurelio, Ferraro, Bermúdez y el uruguayo Ángel Severiano Fernández concretaron el esperado ascenso.

Spinetto (al lado del arquero Rugilo), con el equipo que ganó el ascenso en 1943.
A esa altura, Vélez ya tenía casa propia luego de tres años de presentarse generalmente en el estadio de Ferro cuando debía actuar como local. El 11 de abril de 1943 se inauguró su cancha en Liniers en un partido contra River, el campeón de Primera de 1942 que daba cátedra con La Máquina, un formidable equipo en el que brillaban los delanteros Juan Carlos Muñoz, José Manuel Moreno, Adolfo Pedernera, Ángel Labruna y Félix Loustau. El club estaba de regreso en la máxima categoría, poseía un campo de juego propio y la economía se saneaba poco a poco. Todo con fortineros de ley, como Amalfitani y Spinetto.
Con el correr de los años, llegó el afianzamiento en Primera. Para eso, el DT tomaba decisiones fuertes. Por ejemplo, cuando en 1944 Rugilo forzó su venta al fútbol mexicano y Vélez se quedó sin arqueros, probó varias alternativas hasta que alguien le susurró el nombre de Juan Carlos Marcello, quien en las inferiores actuaba como delantero y, al mismo tiempo, atajaba en su barrio. No era la solución que buscaba, pero ya no disponía de otras opciones. Marcello tenía solo 19 años. Demasiado joven para un puesto que exigía madurez.
Spinetto dudaba, pero igual apostó por él. Le hizo una sugerencia insólita porque necesitaba un hombre que inspirara respeto: “Haga una cosa, pibe: vaya a ver la película acá a la vuelta, en el cine Febo. Se ve la última de Mirtha Legrand y Juan Carlos Thorry, La pequeña señora de Pérez. Se deja los bigotes y lo espero, que el domingo va a ser el arquero de Vélez”. En los siguientes cuatro años, la custodia de la valla estuvo a cargo de ese muchacho al que sus condiciones, un repentino bigote, un filme muy popular y la confianza del entrenador le dieron un lugar en el fútbol argentino.

Un trío defensivo histórico: Miguel Rugilo, flaqueado por Oscar Huss y Ángel Allegri.
Poco después, ante la ausencia de los zagueros Curuchet y Angrisano, se la jugó por Oscar Huss, un corpulento atacante al que le veía posibilidades de retroceder en el campo. La otra vacante la cubrió con un muchacho que despertaba muchas dudas: Ángel Allegri. Con el regreso de Rugilo, quedó conformado uno de los tercetos defensivos más recordados que hayan pasado por Vélez durante el profesionalismo: Rugilo; Huss y Allegri, toda una garantía de seguridad.
También acertó con la incorporación de futbolistas sin demasiado cartel, pero con mucho para dar. Así llegaron los juninenses Jorge Finito Ruiz, Pablo Mallegni y Zubeldía. El primero, recién recibido de maestro, era un centromedio durísimo que no llamaba la atención por su contextura delgada, el segundo era un efectivo delantero y el restante, que jugaba como atacante, se distinguía por su inteligencia táctica. Desde el principio estaba claro que Zubeldía tenía futuro como técnico.
No había margen para la duda: decir “Vélez” equivalía a decir “Spinetto”. Durante 14 años fue el técnico del Fortín: desde 1942 hasta 1956. Recién en 2024, Pablo Vico, al frente de Brown de Adrogué a partir de 2009, batió ese récord de permanencia en un club establecido por Don Victorio. Antes de dejar Liniers, el entrenador formó en 1953 un equipo histórico con el que Vélez les planteó pelea por el título a Racing y a River, el dominador del fútbol local de esos días con La Maquinita, otro famoso ataque millonario.

En 1953 Spinetto condujo a Vélez al subcampeonato.
Ese año y ya con su estadio de cemento hecho realidad, Vélez alcanzó el subcampeonato, con cuatro puntos menos que River. Las huestes de Spinetto habían cumplido una actuación memorable con una alineación que habitualmente contaba con Nicolás Adamo; Huss, Allegri; Gomita Ovide, Finito Ruiz, Rafael García Fierro; Ernesto Sassone, Norberto Conde, Ferraro -había regresado de un corto ciclo en Boca-, Zubeldía y Juan Carlos Chiche Mendiburu. El Fortín se sintió perjudicado en un partido clave contra los de Núñez por un polémico arbitraje de Harry Dykes, uno de los jueces británicos que habían llegado a la Argentina para desterrar una oscura etapa del referato local.
En 1956, Don Victorio dejó por segunda vez su club y tomó las riendas de Atlanta, que estaba en Primera B. Mudó su espíritu ganador a Villa Crespo y llevó a los bohemios a ganar el título y el ascenso con siete puntos de ventaja respecto de Central Córdoba de Rosario. Ese equipo, que se mantuvo invicto durante 15 fechas, estaba integrado por Ángel Rocha; Isolino Fuentes, Marcelo Echegaray; Ovide -a quien se llevó desde Liniers-, Oscar Clariá, Rodolfo Bettinotti; Alberto Dezorzi, Osvaldo Guenzatti, Luis Bravo, Roberto Fazzolari y José Hugo Fernández Den.
Al año siguiente recomendó la contratación de Griguol, un mediocampista central proveniente del club Las Palmas, de Córdoba. Y en 1958 pidió la incorporación de Zubeldía, quien acaba de desvincularse de Boca. Atlanta fue una de las revelaciones del 58 y culminó el certamen en el cuarto puesto. Rocha; Clariá, Echegaray; Norberto De Sanzo, Griguol, Bettinotti; Alberto De Zorzi, Osvaldo Guenzatti, Salvador Toto Calvanese, Zubeldía y José María Sánchez lograron ese hito.

Atlanta ascendió a Primera en 1956 a las órdenes de Spinetto.
Paralelamente, se disputó la Copa Suecia, una competición ideada por la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) para mantener la pelota en juego mientras se llevaba a cabo el Mundial de 1958, celebrado en ese país nórdico, donde Argentina cumplió la peor actuación de su historia, al punto de que ese triste papel tuvo nombre propio: El Desastre de Suecia. Spinetto dirigió al equipo en las primeras instancias y se alejó. La Copa se completó recién dos años después y Atlanta, a las órdenes de Manuel Giúdice, fue campeón.
Tras el fracaso en la Copa del Mundo, el fútbol argentino entró en un período oscuro. Ya nadie creía en la calidad técnica de los jugadores. La táctica y la preparación física pasaron a ser factores decisivos. Había que tirar a la basura las veneradas cualidades del pasado. En ese marco, Spinetto fue convocado para dirigir a la Selección junto con José Pechito Della Torre y José Barreiro. Con ese triunvirato, los albicelestes ganaron la Copa América de 1959 desarrollada en Buenos Aires.
El Seleccionado venció sucesivamente 6-1 a Chile, 2-0 a Bolivia, 3-1 a Perú, 3-1 a Paraguay y 4-1 a Uruguay. En la última fecha se midió con el Brasil que venía de ser campeón del mundo en Suecia con Pelé y Garrincha como figuras estelares. A Argentina le bastaba con un empate para quedarse con el título y obtuvo ese resultado: Juan José Pizzutti puso en ventaja al elenco nacional y Pelé estableció la igualdad definitiva. Osvaldo Negri; Francisco Lombardo, Jorge Griffa, Eliseo Mouriño, Juan Carlos Murúa; Pizzuti, Vladislao Cap; Oreste Corbatta, Pedro Manfredini o Rubén Sosa, Eugenio Callá y Raúl Belén hicieron posible esa conquista.

Integró el triunvirato de técnicos con el que la Selección ganó la Copa América en 1959.
Ese título, importante por el descrédito en el que se encontraba sepultado el fútbol argentino, en cierta medida respondía a lo que se buscaba para la Selección. Ya no todo podía ser fruto de la inspiración de las estrellas; había que esforzarse para ganar. Y Spinetto, con su carácter tumultuoso y su voz gruesa, personificaba esa forma de ver el juego. Esa concepción incluía la idea del sacrificio y el trabajo en equipo como pilares irrenunciables, la táctica en detrimento del libre albedrío y la importancia de las divisiones inferiores como principal fuente de materia prima.
Se desvinculó de la Selección apenas por unos meses, pues en 1960 retornó para hacer frente a las Eliminatorias para el Mundial de Chile 1962. Bajo su mando, Argentina goleó 6-3 a Ecuador en Guayaquil y 5-0 en Buenos Aires. A pesar de los buenos resultados, abandonó el cargo por diferencias con la conducción de la AFA y regresó a Vélez, como lo hacía cada tanto. Le resultaba imposible mantenerse mucho tiempo alejado de su querido Fortín.
Llevó al conjunto de Liniers a la séptima posición en 1961 y unos meses más tarde recomendó la contratación de un talentoso delantero de Talleres, Daniel Willington. Nadie confiaba en su juicio, pero, al mismo tiempo, tampoco se atrevían a contradecirlo. Por supuesto, como casi siempre, Don Victorio estuvo en lo cierto y El Cordobés fue uno de los jugadores más importantes de la historia del Fortín y factor decisivo en el primer título profesional de Vélez.

Don Victorio fue el DT de Vélez en más de 600 partidos.
Los éxitos no lo respaldaron en 1962 y el DT asumió en 1963 en Argentinos Juniors. Su estancia en La Paternal resultó breve y doce meses más tarde condujo al noveno puesto a Huracán. Casi como si fuese un hábito para él, en 1966 otra vez firmó para Vélez. Spinetto miraba siempre a las divisiones inferiores y, no bien se enteró de la existencia de un atacante que hacía goles a raudales, le dio una oportunidad en Primera: el 23 de julio de 1967 hizo debutar a Carlos Bianchi, el futuro máximo artillero histórico del Fortín.
Su firme vínculo como DT de Vélez provocó números para el asombro: dirigió al equipo en 625 partidos, de los cuales ganó 246, empató 172 y perdió 207. Y así como una y otra vez volvía al Fortín, también lo hacía a los clubes en los que ya había estado. No había dudas de que dejaba huella en todos lados. Atlanta lo recibió nuevamente en 1968. A una pobre producción en el Metropolitano le siguió la recuperación en el Reclasificatorio, lo que le permitió a los de Villa Crespo evitar el descenso.
Çon Atlanta cumplió otra interesante tarea en 1970, cuando lo depositó por primera vez en el torneo Nacional. En aquel tiempo, los equipos participaban en el Metropolitano y, según su ubicación en la tabla, accedían directamente al certamen en el que los habituales equipos de la elite del fútbol argentino se medían con los del interior, debían revalidar su lugar en Primera en el Reclasificatorio o disputaban el Promocional para llegar al Nacional del año siguiente. Antes, Spinetto había pasado por Lanús, un equipo en el que se destacaban Ángel Silva y Bernardo Acosta, a quienes llamaban Los Albañiles por las paredes que tiraban en el ataque.

Dejó su sello en cada uno de los clubes en los que se desempeñó como técnico.
Se despidió momentáneamente de Atlanta en 1971 para trasladarse a un Racing de capa caída que atravesaba momentos muy complicados luego de los buenos tiempos de la década del 60 con el mítico Equipo de José campeón local en 1966 y de la Copa Libertadores y la Intercontinental del 67. El destino tampoco le deparó un buen año en 1972 en Argentinos Juniors -otro club al que retornó varias veces-, aunque se quedó hasta fines de 1973, cuando encontró un remanso en Ferro, con el que también forjó un sólido vínculo.
A pesar de haber sido un símbolo eterno de Vélez, en Caballito lo recibieron con los brazos abiertos. Spinetto se ganó el respeto de todos con su apego a la táctica y al sacrificio para disimular las carencias de sus equipos. Así dio las primeras puntadas para que Ferro apuntara a objetivos más grandes que simplemente gambetear el descenso. El proceso fue rápido: en 1974 peleó con Boca la clasificación a la etapa decisiva del Metropolitano y en el Nacional llegó todavía más lejos: terminó sexto.
Oscar Luraschi; Roberto Franco, Luis Héctor Papandrea, El Burro Juan Domingo Rocchia, Horacio De Filippo; Norberto Eiras, Gerónimo Cacho Saccardi y La Chancha Héctor Arregui; César Lorea, El Goma Carlos Alberto Vidal y Horacio Ibáñez ilusionaron a los hinchas de Ferro. En el Metropolitano del 75 estuvo cerca de la punta de la tabla y el ingenio de los hinchas pergeñó una canción que graficaba a la perfección el papel del DT: “Don Victorio es el maestro / que dirige este ballet / esta hinchada te agradece /todo lo que vos hacés”.

A pesar de haber sido un símbolo de Vélez, se ganó el respeto de los hinchas de Ferro.
Spinetto sentó las bases para el futuro venturoso que Ferro edificó de la mano de Griguol, uno de los discípulos de Don Victorio, que llegó en 1980 y ganó los Nacionales de 1982 y 1984. Hasta disfrutar de esos festejos imperecederos, en Caballito primero hubo que sufrir, ya que El Verdolaga descendió en 1977 -con otro DT- y regresó en 1978. El veterano técnico abandonó su puesto el 27 de junio de 1976 luego de una derrota 2-1 con San Telmo. Se despidió con un registro de 49 victorias, 38 empates y 43 derrotas en 130 partidos.
Se permitió una última vez en Argentinos y en Atlanta. En La Paternal sacó provecho del talento irrepetible de Diego Armando Maradona, quien había debutado en 1976. Con la guía de Spinetto y el brillo deslumbrante de Pelusa, los Bichos colorados fueron quintos en el Metropolitano de 1978. Retrocedieron mucho en el Nacional y Don Victorio encaró un último ciclo en Villa Crespo. Otra vez se le negaron los resultados y decidió hacer una escala final en Defensores de Belgrano.

Dirigió a Diego Maradona en Argentinos Juniors.
El Dragón estaba en la B. Mejor dicho: estaba último en el torneo de la B de 1980 cuando arribó Spinetto. El flamante DT se presentó con un triunfo por 1-0 sobre Los Andes. El equipo ya contaba con jugadores que el tiempo hizo referentes como Horacio Galbán y Ángel Ronci y con un veterano goleador de River y la Selección argentina como Oscar Pinino Mas, que a los 34 años todavía era un peligro para las defensas rivales. Defensores trepó hasta un rescatable octavo lugar en la tabla.
Como principal rasgo de la gestión de Don Victorio en el club se puede identificar la promoción de jugadores de las inferiores. No podía ser de otra manera para un técnico que disponía de un ojo clínico poco común. Juveniles como Claudio Fraga, Pedro de Jesús Barrios, Eduardo Lagunas, Jorge Arbelo, Walter Cáceres, Norberto Schiapacase, Marcos Sandoval, Marcelo Salzano, Carlos Alberto Cortez y Sergio Del Castillo ganaron terreno. Spinetto le puso punto final a su carrera como entrenador en 1982 justamente en Defe. No pocos creen que las semillas que plantó germinaron en el equipazo que estuvo cerca de ascender a Primera en 1984.

Cerró su etapa como entrenador en Defensores de Belgrano.
EL MAESTRO
Spinetto recorrió un largo camino que invariablemente lo depositaba en Vélez. Se hizo cargo de las divisiones inferiores y, apasionado como era, recorría las canchas para ver en acción a todos los equipos fortineros. Eso ocurrió en cada club en el que trabajó. Se sabía que con él los pibes iban a tener la oportunidad de mostrarse. Y, ya Primera, los jugadores más inteligentes dispondrían del privilegio de incorporar los conocimientos de un hombre con mucho fútbol en su vida.
En el último destino de ese extenso viaje por las canchas que se interrumpió con su muerte el 28 de agosto de 1990, a los 79 años, se encargó de formar a varios de los pibes que, a las órdenes de Bianchi, protagonizaron la etapa más importante de la historia de Vélez. Christian Bassedas, Patricio Camps, Guillermo Moriggi, El Rifle Fernando Pandolfi, Carlos Cordone, Héctor Banegas y muchos otros fueron elegidos por Don Victorio. No podía ser casualidad, si el propio Spinetto había detectado en el futuro Virrey a un jugador con un futuro inmenso.

Con Christian Bassedas, uno de los jugadores que formó en las inferiores fortineras.
No por nada Bianchi asimiló sus lecciones futbolísticas y las trasladó a sus equipos campeones. Lo mismo hizo Diego Simeone, quien parece uno de los alumnos más fieles de Spinetto. Si hasta fue el propio Don Victorio quien lo apodó Cholito porque lo veía parecido Carmelo Simeone, un férreo defensor de Vélez y Boca en los 50 y 60. Al actual DT del Atlético Madrid lo descubrió en 1985, dos años antes de que debutara con El Cordobés Willington -otro hallazgo de Spinetto- como técnico. “Pibe, en dos años usted tiene que jugar en Primera”, le dijo apenas lo conoció. Y estuvo en lo cierto.
Mucho antes, influyó en la filosofía futbolística de Zubeldía, a quien dirigió en Vélez y en Atlanta, y de Griguol, al que hizo llegar a Villa Crespo desde su Córdoba natal. El periodista Damián Didonato trazó en el libro El árbol genealógico del fútbol argentino (librofutbol.com, 2022) la síntesis perfecta de la línea sucesoria Spinetto-Zubeldía-Griguol: definió a Don Victorio como el encargado de sentar “los cimientos del laboratorio”, a Zubeldía como la unión de “laboratorio, sudor y sentido común” y a Griguol como “discípulo de Zubeldía”.
Don Victorio fue el fundador de la escuela, el maestro que enseñó todo lo que aprendió durante muchos años de jugar como un guerrero dentro de la cancha.

Don Victorio y Osvaldo Zubeldía, uno de sus mejores alumnos.