El fútbol siempre cautivó a todos aquellos que se dejaron seducir por el talento incomparable de figuras inmensas. Las generaciones actuales se jactan de haber sido testigos de los récords impresionantes de Lionel Messi y de Cristiano Ronaldo. Unos años antes la atención se la llevaban Zinedine Zidane, Ronaldo y Ronaldinho, sucesores de Michel Platini, Zico y, por supuesto, Diego Armando Maradona. Más atrás en el tiempo se destacaron Alfredo Di Stéfano, Johan Cruyff y Franz Beckenbauer… La lista varía según la edad y los gustos de cada hincha. Sin embargo, existe un punto en el que no hay discusión: el único rey fue Pelé.
El brasileño es nada más y nada menos que el dueño de una corona que nació de la admiración de aquellos que lo vieron en acción y se la otorgaron sin dudarlo un solo instante. Lo que las figuras del presente y el pasado reciente hicieron en una cancha ya lo había inventado Pelé. Y si por la inexistencia de archivos fílmicos o de testimonios orales se volvía imposible revivir las hazañas de otros colosos de la pelota, surgió El Rey -O´Rei para sus compatriotas- para sintetizar en un jugador todo lo maravilloso que el fútbol es capaz de proporcionar para el deleite del público.
Fue tan grande que dos de sus maniobras más recordadas no terminaron en goles. Ambas se dieron en México 70, su Mundial. Contra Checoslovaquia recibió la pelota en la mitad de la cancha y sacó un remate que salió muy cerca del palo izquierdo del arco del sorprendido Ivo Viktor. Y frente a Uruguay le lanzaron un pase en profundidad, corrió a buscar el balón y cuando salió a enfrentarlo el guardavalla Ladislao Mazurkiwiecz amagó, lo hizo pasar de largo y definió apenas desviado, a centímetros de uno de los postes. El asombro se vio manifestado por un silencio que daba cuenta de la incredulidad de los espectadores ante tamañas muestras de genialidad.

Sin dudas, la corona le quedaba bien al rey.
Tal vez sea necesario aportar algún dato estadístico por esa absurda idea de que los números gobiernan al mundo. En ese rubro, Pelé también le saca ventaja al resto de sus colegas. Es el único tricampeón de la historia: ganó su primer título con apenas 17 años en 1958, repitió en 1962, aunque una lesión le impidió jugar el tramo final del torneo disputado en Chile y en 1970 cautivó al universo con una actuación sublime que le permitió a Brasil apoderarse de la Copa Jules Rimet, el trofeo instaurado por el creador de los Mundiales.
La mayor parte de lo que O´Rei logró en el máximo torneo de fútbol no se puede medir con cifras. El talento, la magia y la creatividad no son cuantificables. En cambio, es posible dejar sentado que 56 años después de su última Copa del Mundo marcha séptimo en la tabla histórica de goleadores con 12 tantos. Solo lo superan Messi (hasta ahora, con 16), los alemanes Miroslav Klose (16) y Gerd Müller (14), su compatriota Ronaldo (15) y los franceses Kylian Mbappé (suma 14) y Just Fontaine (13).
Los títulos y los números no bastan para explicar por qué Pelé se adueñó de la corona. Entonces, se hace necesario puntualizar sus mayores virtudes. ¿Era habilidoso? Sí, muy habilidoso. No había forma de arrebatarle la pelota, ya sea lanzado en velocidad -era muy rápido- o con arranques repentinos e inesperados. Amagaba a diestra y siniestra hasta dejar desorientados a sus adversarios. Si hasta se burlaba de ellos tirándoles caños con una insólita naturalidad y se daba autopases haciendo rebotar el balón en las piernas de sus marcadores.

Una chilena plena de virtuosismo contra Bélgica en 1968.
¿Le pegaba bien a la pelota? Sí, claro. Y lo hacía con la misma fuerza y precisión con la derecha o con la izquierda. Sus remates solían ser secos, brutales, inapelables… Era un especialista en tiros libres y por esa vía marcó muchos goles. También acertaba desde los doce pasos porque no perdía la calma desde el punto penal. Por si fuera poco, aprovechaba la exactitud de su pegada para habilitar al compañero mejor ubicado, ya que parecía disponer del plano con la ubicación de sus camaradas y los dejaba siempre cara a cara con el arquero rival.
¿Sabía cabecear? Sin dudas. Su testa se antojaba lo más parecido a un arma mortal para los arqueros. La pelota salía con una potencia inusitada. Además, poseía una cualidad única que contradecía todas las leyes de la física: cuando Pelé saltaba a buscar el balón en las alturas parecía quedarse suspendido en el aire hasta que llegara el momento ideal para impactar el esférico. Lo más curioso del caso radicaba en su altura: solo medía 1,73 metros, pero les ganaba una y otra vez a zagueros que le sacaban varios centímetros.
¿Hacía goles? Claro que sí. Y los hacía a raudales. En 14 partidos mundialistas marcó 12 tantos. Sus conquistas llegaron de todas las formas imaginables: de cabeza, después de haber gambeteado a varios rivales o de haberlos superado con un majestuoso sombrero que los dejaba en ridículo, con apariciones fulminantes como si fuese un centrodelantero clásico y de tiro libre. Llevaba el 10 en la espalda, pero no habría sido difícil confundirlo con un 9 clásico. El brasileño representaba mejor que nadie al modelo del atacante artísticamente perfecto y letal en idénticas proporciones.

Cuando tenía la pelota dominada, parecía imposible detener a Pelé.
¿Acaso tenía alguna virtud más? Sí, varias. Era valiente, decidido y resistente. No dudaba en internarse en un laberinto de piernas que estaban listas para molerlo a golpes si no había otra alternativa para detener sus incursiones ofensivas. Le pegaban mucho. Muchísimo. Pelé se levantaba y seguía adelante como si nada hubiese pasado. Jugó en una época en la que los habilidosos no recibían la protección de árbitros listos para sancionar hasta el más leve contacto físico. Al brasileño lo castigaban sin piedad y él no ofrecía la otra mejilla, sino la prepotencia de su maravilloso arte. ¿Cómo no iba ser el rey del fútbol?
EL GENIO SALIÓ DE LA LÁMPARA
Joao Ramos do Nascimento y Celeste Arantes trajeron al mundo a Edson Arantes do Nascimento el 23 de octubre de 1940 en Tres Corazones, un municipio del estado de Minas Gerais. En el hogar familiar, que se completaba con María Lucía y Zoca, no sobraba el dinero. Todo lo contrario. Joao era un futbolista semiprofesional al que en la cancha conocían como Dondinho y que hizo todo lo posible por inculcarle la pasión por el deporte al niño que su madre llamaba Dico. Celeste, en cambio, quería que estudiara.
La pobreza le ganaba por goleada y por eso Dico debió trabajar desde muy pequeño. Fue aprendiz de zapatero, vendedor de helados y empleado de una estación de servicio -allí se ganó el mote de Gasolina-mientras empezaba a descubrir que la pelota no tenía secretos para él. De su padre aprendió la importancia de usar también el pie izquierdo -ya hacía maravillas con el derecho- y poco a poco su fama corrió como reguero de pólvora en Baurú, adonde la familia se trasladó cuando Dondinho se incorporó al modesto Baurú Atlético Clube (BAC).

Era casi un niño cuando debutó en Santos.
En equipitos de barrio como Ameriquinha, Radium, Norestinho, Sampaulinho y Baquinho se hablaba de lo bien que jugaba ese adolescente de físico aparentemente frágil, pero de un espíritu competitivo indestructible. En los partidos disputados en terrenos polvorientos con algunas matas de pasto esparcidas aquí y allá se forjó el notable futbolista al que empezaron a llamar Pelé porque se pasaba todo el día jugando esos picados que en Brasil se conocían como peladas. Otra versión sugiere que el apodo provenía del temor de su madre de que fuera un pelé (un don nadie) por no estudiar.
A oídos de Waldemar do Brito, un exdelantero que había vestido la camiseta de San Lorenzo entre 1935 y 1937, llegaron las hazañas de Pelé. No bien lo vio en acción, no dudó en recomendarlo a Santos, un equipo que había ganado el Campeonato Paulista en 1955 y con eso había dejado atrás una racha de dos décadas sin títulos. El 7 de septiembre de 1956, con apenas 15 años, debutó frente al Corinthians. Su presentación no pudo haber sido mejor: marcó uno de los goles para el triunfo por 2-1 del Peixe.
Al principio no tenía más remedio que aguardar su turno detrás de Emanuele Del Vecchio, un atacante que pasó por Boca en los años 60, pero no tardó demasiado en asegurarse un lugar entre los titulares. Su incontenible habilidad lo impulsaba hacia el estrellato. Y, obviamente, también sus goles. Ya en 1957 festejó 66 tantos en el Santos, que, a su influjo, inmediatamente empezó a coleccionar títulos a granel. El capítulo inicial de esa serie triunfal fue el Campeonato Paulista de 1958.

Lo citaron a la selección apenas un año después de su irrupción en Santos.
Doce meses después de su irrupción en Santos recibió la citación para integrar la selección brasileña. Los verdiamarillos, a las órdenes de Sylvio Pirillo, se midieron el 7 de julio de 1957 con Argentina en el duelo de ida de la edición de ese año de la Copa Roca, una competición por entonces tradicional entre ambos conjuntos. Pelé ingresó en el comienzo del segundo tiempo y media hora después batió a Amadeo Carrizo, el famoso guardavalla de los albicelestes, que se impusieron 2-1 con goles de Ángel Labruna y El Gitano Miguel Antonio Juárez.
Tal como había ocurrido en Santos, la primera vez de Pelé en el seleccionado brasileño se dio en reemplazo de Del Vecchio. Quizás la experiencia no haya sido del todo grata para el futuro O´Rei, pues su presentación coincidió con la primera derrota del representativo de su país a manos de Argentina en el Maracaná, pero el joven atacante se borró esa frustración tan solo tres días después en estadio Pacaembú, de San Pablo.
El equipo de Pirillo se impuso 2-0 con goles de Pelé -que actuó desde el arranque- y Joao Altafini, otra figura en ascenso que jugaba en Palmeiras y que era conocido como Mazzola por el parecido de su juego con el de Valentino Mazzola, una estrella del Torino italiano que falleció en la Tragedia de Superga, ocurrida el 4 de mayo de 1949. En ese desastre aéreo perecieron 18 futbolistas, diez de ellos integrantes del seleccionado azzurro. Las carreras de las promesas del Santos y del Palmeiras quedaron unidas casi desde que ambos saltaron a la consideración en el fútbol brasileño.

Zito apadrinaba sus comienzos en Santos y también lo hizo en la selección.
Pelé se afianzaba con la contundencia y belleza y de su juego. Mazzola, dos años mayor, se había iniciado como mediocampista ofensivo y se transformó en un centrodelantero rápido, ágil, muy dotado técnicamente y, sobre todo, con una importante capacidad para hacer goles. La diferencia de edad entre los dos le jugaba en contra al futbolista del Santos a la hora de conformar el plantel con el que Brasil iba a afrontar el Mundial 58. Claro que en gran parte del país se sabía que, pese a su juventud, el hijo de Dondinho era un genio que había salido de la lámpara para hacer maravillas en la cancha.
UNA CORONA HECHA A SU MEDIDA
Brasil había consumado la clasificación para el Mundial de Suecia 1958 en abril del 57. Un empate 1-1 con Perú en Lima y un ajustado triunfo por 1-0 con un tanto de Didí le había dado el boleto al equipo que por entonces dirigía Oswaldo Brandao. Luego se sucedieron en la dirección técnica Sylvio Pirillo y Pedrinho hasta que a comienzos del año siguiente se recurrió a Vicente Feola, de larga trayectoria en San Pablo. Con poco tiempo de trabajo, hizo una cuidadosa elección de futbolistas para la conformación del plantel definitivo.
Como era de esperar, incluyó desde el arranque a Mazzola como integrante de una fuerza ataque que contaba con Vavá, centrodelantero del Vasco da Gama; Joel, puntero derecho del Flamengo; Dida, también del Fla; Zagallo, wing izquierdo de Botafogo y Pepe, que ocupaba la misma posición en el Santos. Los lugares restantes los destinó a dos jóvenes a los que les veía un futuro muy promisorio, pero que eran discutidos por distintas razones. Uno era Garrincha, un fenómeno del Botafogo, y el otro, Pelé.

Garrincha, Didí, Pelé, Vavá y Zagallo, la delantera que llevó a Brasil al título en 1958.
Garrincha, a quien también llamaban Mané, tenía como principal crítico al psicólogo del seleccionado, Joao Carvalhaes, quien consideraba que el maravilloso puntero derecho “tenía botellas en vez de sesos”. En el caso de Pelé, no solo se reprochaba su juventud -tenía 17 años y hacía menos de 24 meses que había debutado en Santos-, sino que se sostenía que Luisinho, del Corinthians, era tan habilidoso y goleador como él y, por si eso fuera poco, poseía mucha más experiencia. Para empeorar las cosas, Feola no tuvo mejor idea que organizar un amistoso contra El Timao como despedida de la selección.
Una multitud asistió al estadio Pacaembú con la idea de hacerle saber a Feola que Luisinho era mejor que Pelé. Esa situación pasó a un segundo plano porque el joven delantero de Santos sufrió un percance inesperado que puso en riesgo su viaje a Suecia. En una jugada desafortunada, un defensor de Corinthians cayó sobre su rodilla derecha. “No podía aguantar el dolor (…). Yo no quería salir para que nadie dudara de que estaba bien. Cobraron el tiro libre, me preparé para picar hacia el área, pero apenas pude dar dos pasos y volví a caer. Recién entonces acepté salir del campo”, contó el propio Pelé mucho tiempo después.
Con más dudas que certezas en su valija, emprendió el viaje a suelo escandinavo. El masajista Mario Américo y el médico Hilton Gosling trabajaban incansablemente sobre la articulación. Pelé sufría horrores y casi no soportaba un doloroso tratamiento que incluía cubrir la zona afectada con una toalla mojada con agua hervida. Hasta se había reunido con Feola y con el dirigente Paulo Machado de Carvalho para pedirles que lo enviaran de regreso, pero su solicitud fue denegada. El técnico tenía varios problemas, ya que Dida y Pepe también se habían lesionado. No quería sumar más preocupaciones.

Un festejo con Garrincha en la final contra Suecia.
El puntapié inicial de la Copa del Mundo estaba pautado para el 8 de junio contra Austria en la ciudad de Uddevalla. El técnico aceptó el consejo del psicólogo Carvalhaes y prescindió de Garrincha. En la punta derecha ubicó a Joel. Y en lugar de Pelé optó por Dida, ya recuperado de su problema físico. Brasil venció 3-0 con dos goles de Mazzola y uno de Nilton Santos, un extraordinario defensor que cubría la punta izquierda. Tres días después, un pobre empate 0-0 con Inglaterra cubrió con un pesado manto de pesimismo el futuro de la selección en el torneo.
Feola era un hombre de un carácter apacible y su estilo de conducción se basaba en la conciliación. Los jugadores más experimentados del plantel, el capitán Bellini, Nilton Santos y Didí, le reclamaron la inclusión de Garrincha y Pelé para incrementar el poderío ofensivo del equipo. El Gordo, como lo llamaban, no opuso resistencia: “Voy a hacer lo que ustedes piden porque si ganamos o perdemos ustedes van a quedar como responsables”. Ese par de genios en ciernes iba a debutar el 15 de junio contra la Unión Soviética en Gotemburgo.
El entrenador metió mano a fondo en la formación. Garrincha y Pelé sustituyeron a Joel y a Dida, respectivamente, Vavá ingresó por Mazzola y Zito, mediocampista defensivo del Santos, entró en reemplazo de Dino Sani, un jugador de mayores condiciones técnicas, pero con menor disposición para el sacrificio. Esta última variante le permitía a Didí dedicarse exclusivamente a la creación, lo que le sentaba mucho mejor por su inteligencia y su extraordinaria precisión en los pases.

La primera imagen de Pelé en un Mundial y nada menos que junto al célebre Lev Yashin.
Brasil cambió por completo. En menos de 60 segundos, Garrincha estrelló un remate en el poste izquierdo del arco de Lev Yashin y Pelé hizo blanco en el otro. Un minuto más tarde, Vavá abrió la cuenta luego de recibir un exacto pase de Didí. El centrodelantero selló el 2-0 definitivo luego de enviar al fondo de la valla europea un centro del fantástico puntero derecho, quien desde ese momento se convirtió en su principal aliado a la hora de tejer maniobras ofensivas. Los verdiamarillos habían jugado tan bien que en un abrir y cerrar de ojos pasaron a ser grandes candidatos al título.
Ese equipo que acogió a Pelé y a Garrincha como dos piezas decisivas para apuntalar sus aspiraciones se encontró en los cuartos de final con Gales. Los británicos habían relegado en un partido de desempate a una Hungría que se parecía poco y nada a la que cuatro años antes había sorprendido al mundo con una actuación memorable a la que le faltó la recompensa del título por su increíble derrota a manos de Alemania Federal. Sin embargo, para vérselas con Brasil, Gales se vio disminuido por la ausencia de su figura, el delantero John Charles.
El elenco británico aguantó todo lo que pudo, pero a los 21 minutos del segundo tiempo la superioridad brasileña se trasladó al marcador. Pelé recibió un pase de Didí en el área grande, dejó desairado al defensor Stuart Williams con un sombrero y sometió al arquero Jack Kelsey. Todo Brasil se unió en el festejo con la joven estrella dentro del arco de los europeos. De algún modo, el primer gol mundialista del delantero no hizo más que confirmar que ese Mundial le había abierto la puerta para salir a jugar a un futbolista único.

Contra Gales, inscribió su nombre entre los goleadores de la Copa del Mundo.
Así como todas las miradas se depositaron en las huestes de Feola, también se le prestaba mucha atención a Francia, que con los goles del temible Just Fontaine y la habilidad de Raymond Kopa había entregado algunos de los momentos más vibrantes del torneo. Los galos se hacían notar por su irrefrenable voracidad en ataque y, si bien su retaguardia se mostraba demasiado permeable, aparecían como el rival más calificado para medir el poderío de Brasil, un seleccionado que maravilló al público sueco con su juego pleno de virtuosismo.
Ese esperado choque finalizó con un 5-2 favorable a los sudamericanos en un festín de fútbol ofensivo. Garrincha capturó un deficiente rechazo del defensor Robert Jonquet y habilitó a Vavá para que pusiera en ventaja a Brasil. Francia empató con una definición de Fontaine tras un pase de Kopa. Antes del final del período inicial, Didí hizo gala de su impresionante pegada y depositó la pelota en un ángulo del arco de Claude Abbes. Los verdiamarillos seguían al frente y en el complemento sacaron el pasaje a la final con una labor implacable de Pelé.
El adolescente de 17 años era toda una novedad en la Copa del Mundo. “Algunos chicos y chicas suecos me pedían autógrafos, me pasaban la mano por la cara y la olían admirados de que no estuviera teñido”, contaba O´Rei sobre la repentina fama que se ganó en esos días. Pero no solo causaba asombro a los escandinavos por el color de su piel. En la cancha su juego era irresistible. Y demoledor. Contra Francia aumentó la diferencia en el marcador con tres tantos: primero estampó en el arco de Abbes un centro de Zagallo y luego les puso el broche de oro a dos desbordes de Garrincha.

Uno de los goles de Pelé en la final contra Suecia.
Ocho años antes, cuando todavía era un niño, había llorado a mares por la derrota de Brasil contra Uruguay en El Maracanazo, la mayor gesta de los celestes en la historia. En 1958 tenía la oportunidad de hacer realidad el sueño de todos los torcedores de su país: tener la Copa Jules Rimet en sus manos. Los de Feola debían vérselas con Suecia, que había arribado a la final con un equipo compacto que se ilusionaba ante la posibilidad de cerrar exitosamente un ciclo que se había iniciado una década antes con la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Londres.
Nils Liedholm y Gunnar Gren permanecían en el equipo que había trepado a lo más alto del podio. Junto con ellos actuaban el arquero Kalle Svensson y el delantero Lennart Skoglund, integrantes del seleccionado que finalizó tercero en el Mundial de 1950. Otro de sus puntales era el puntero derecho Kurt Hamrin. Ninguno de ellos pudo detener el andar arrollador de Brasil, más allá de que Suecia se haya puesto en ventaja con un gol del capitán Liedholm. Los verdiamarillos, que ese 28 de junio vistieron de azul, pasaron al frente con dos tantos de Vavá nacidos de los clásicos desbordes de Garrincha.
Durante los últimos 45 minutos se desarrolló el festival de Pelé. Zagallo envió un centro, O´Rei paró la pelota con el pecho, la bajó hacia su pie derecho, la elevó para hacerla pasar sobre la cabeza de dos defensores y batir a Svensson. Más tarde, gambeteó a un par de rivales y remató al arco, el balón rebotó en Orvar Bergmark y le quedó a Didí, cuyo disparo fue rechazado por el arquero. Apareció en escena Zagallo para establecer el 4-1 a transitorio.

El joven Pelé llora su alegría en el pecho de Gilmar.
Descontó Agne Simonsson y, casi sobre el silbatazo final del árbitro francés Maurice Guigue, Pelé se elevó en las alturas y con un cabezazo feroz sentenció el 5-2 que le dio a Brasil su primer título del mundo. El joven que había partido de su tierra lleno de dudas por la lesión en la rodilla lloraba su felicidad en los brazos del arquero Gilmar y se abrazaba con Garrincha, su compinche en esa consagración. De las tribunas partía una admiración traducida en aplausos para ese rey del fútbol que, desde ese momento, usaba una corona que estaba hecha a su medida.
FESTEJÓ LAS GAMBETAS DE GARRINCHA
La entronización de Pelé causó una revolución. Santos, el equipo que hasta su irrupción solo había ganado el Campeonato Paulista en 1935 y 1955, empezó a encadenar títulos, tanto estaduales como nacionales, con llamativa frecuencia. La fama del equipo alcanzó niveles inesperados: se convirtió en una atracción que desbordaba las fronteras brasileñas y era requerido para presentarse en todo el mundo. Pasó de cobrar 800 dólares en cada partido amistoso a embolsar 50 mil solo porque en sus filas estaba O´Rei.
El Peixe extendió su supremacía a la Copa Libertadores, que conquistó en 1962 y 1963 -en una histórica final contra Boca- y la Copa Intercontinental de esos años como para confirmar que su poderío no tenía límites. En el 62, Pelé marcó cinco goles para hacer posible el triunfo brasileño por 8-4 en el resultado global sobre Benfica (5-2 en Lisboa y 3-2 en Río de Janeiro) y doce meses después le metió dos al Milan en una dura serie de tres encuentros. Una de las figuras del elenco italiano fue un compatriota de O´Rei, Amarildo, quien un año antes tuvo un rol protagónico en el segundo título mundial del seleccionado verdiamarillo.

Lesionado, O´Rei deja la cancha con la ayuda del checo Josef Masopust.
Brasil concurrió a Chile 1962 prácticamente con la misma formación que maravilló en Suecia. No estuvo Feola como técnico por un problema de salud y lo reemplazó Aymoré Moreyra, quien apenas hizo algunos retoques en la defensa. Pelé, con 21 años, y Garrincha, con 28, eran las cartas de triunfo, pero estuvieron juntos solo en los primeros dos partidos. En el debut, saldado con un 2-0 sobre México, el delantero del Santos había demostrado que estaba en plenitud: aportó el segundo tanto con un golazo en el que, antes de derrotar al arquero Antonio La Tota Carbajal, dejó a tres rivales en el camino.
El destino, a diferencia de lo ocurrido cuatro años antes, no le tenía reservado un rol protagónico. Alrededor de la media hora del primer tiempo del partido contra Checoslovaquia, Pelé buscó la valla de los europeos con un potente remate que se estrelló con un poste. Inmediatamente, cayó como si lo hubiese partido un rayo. Un desgarro inguinal lo condenó a mirar desde afuera el resto del torneo. Ya no pudo jugar y en su lugar ingresó Amarildo, por entonces atacante del Botafogo y compañero de Garrincha en ese equipo.
Ausente Pelé, empezó el Mundial del fantástico puntero derecho brasileño. Garrincha se probó la corona del ausente monarca y, con sus gambetas indescifrables, condujo a Brasil hacia el bicampeonato del mundo. El imparable Mané se llevó todos los aplausos en un equipo que lo secundó con una labor consagratoria de Amarildo y los goles del siempre efectivo Vavá. A Pelé no le quedó más remedio que festejar las gambetas de ese fenómeno que hacía maravillas en la punta derecha del ataque.

El saludo con Amarildo, quien tomó su puesto en la selección campeona del mundo en Chile 1962.
VÍCTIMA DE LA VIOLENCIA
Entre el éxito en Chile y el Mundial de Inglaterra de 1966, el campeón reinante organizó la Copa de las Naciones, un torneo con el que celebraba el 50º aniversario de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF). Era un certamen ideado para que quedara en poder del seleccionado que nuevamente estaba a las órdenes de Feola. Gilmar, Vavá, Zagallo y Pelé sobrevivían en la formación desde los días de Suecia 58. A ellos se sumaban Gerson -un zurdo talentoso que no pudo estar en 1962 por una lesión-, el lateral derecho Carlos Alberto y Jairzinho. También estaba Julinho Botelho, un magnífico puntero que había perdido el puesto con Garrincha, ausente en esa ocasión.
Además de los dueños de casa participaron Inglaterra -sede el Mundial siguiente-, Portugal -de gran presente a nivel clubes con el Benfica del goleador Eusebio- y Argentina. Contra todos los pronósticos, el título fue para los albicelestes, que derrotaron 2-0 a los lusitanos, 3-0 a Brasil y 1-0 a los británicos. Para Pelé esa competición resultó, en cierto modo, una mancha en su carrera: si bien anotó dos veces (en el 5-1 sobre los ingleses y en el 4-1 contra Portugal), quedó marcado por una agresión a José Mesiano, de Argentinos Juniors.
En el duelo Brasil – Argentina, El Chino, un correcto defensor central, se encargó de marcar personalmente al genio brasileño. No le dejó tocar la pelota y, de la impotencia, Pelé no tuvo mejor ocurrencia que darle un cabezazo que le rompió el tabique nasal. Eso ensombreció la imagen de futbolista perfecto de O´Rei, a quien, sin embargo, siempre se le destacó la valentía para soportar los golpes de los rivales. Para los verdiamarillos el fracaso se consumó con un penal que Amadeo Carrizo le atajó a Gerson en la caída por 3-0 con dos goles de Roberto Telch y uno de Ermindo Onega.

En Inglaterra 1966 le hizo un golazo de tiro libre a Bulgaria.
Al margen de ese traspié, la carrera de Pelé no dejaba de acumular halagos. Los títulos con Santos aumentan asiduamente y su prestigio ya rozaba la altura de las nubes. Todos estaban pendientes de sus hazañas. Y, por supuesto, se esperaba que las repitiera en Inglaterra 1966, un Mundial que asomaba como la oportunidad para que Brasil y su máxima figura se apoderaran para siempre de la Copa Jules Rimet. Claro, los británicos, y la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), presidida por un súbdito de la corona como Stanley Rous, tenían otros planes.
Feola no podía prescindir de los jugadores que ocho años antes lo habían llevado a ser el técnico campeón del mundo. Poco importaba que varios de sus muchachos de Suecia 58 ya no fueran los mismos. Pelé, con 25 años, seguía siendo Pelé, pero no ocurría lo mismo con Garrincha -víctima de las lesiones, el alcoholismo y de una vida muy desordenada-, Gilmar, Orlando, Bellini, Zito y Djalma Santos (ya tenía 37). “Sí, ya sé que muchos están viejos, pero fueron dos veces campeones del mundo”, argüía el DT para enfrentar los cuestionamientos.
La sangre nueva de la selección para respaldar a los veteranos de 1958 y 1962 estaba representada por Tostao -un zurdo pleno de talento del Cruzeiro-, Gerson y Jairzinho. Sin embargo, fueron Garrincha y Pelé los responsables de encausar al seleccionado brasileño en la victoria por 2-0 sobre Bulgaria. Dos golazos de tiro libre de cada uno de las estrellas consagradas en Suecia definieron el pleito, pero al margen del triunfo que parecía confirmar que Brasil estaba en carrera, el partido le hizo pagar un precio muy alto a las huestes de Feola.

Casi sin poder caminar, abandona la cancha contra Portugal.
Con la complacencia del árbitro alemán Kurt Tschenscher, los europeos castigaron sin misericordia a Pelé. Con el defensor Dobromir Zhechev a la cabeza, los búlgaros salieron a cazarlo como si fuera un presa a la que debían atrapar. O´Rei quedó tan maltrecho que no pudo dar el presente en la derrota por 3-1 contra Hungría. Reapareció en un duelo clave con Portugal, pero si le habían pegado mucho en el primer partido, en el tercero sus rivales parecían determinados a exterminarlo. En ese caso, fue el juez inglés George McCabe el que permitió que Morais y Baptista acabaran con el astro brasileño.
La violencia y los arbitrajes controvertidos fueron moneda corriente en esa Copa del Mundo. Parecía que la FIFA, conducida por Rous, estaba decidida a que Sudamérica -y Brasil en particular- no volviera a ser protagonista estelar. De hecho, el campeón resultó Inglaterra, que se impuso a Alemania Federal en la final con un tanto de Geoffrey Hurst que quedó en la historia como El gol fantasma porque no hay una sola evidencia que permita probar que la pelota ingresó en el arco de los perdedores.
LA OBRA CUMBRE
Por primera vez en su vida, el fútbol le había hecho morder el polvo de la derrota. Pelé concentró sus fuerzas en Santos, con el que acumuló más títulos (en total, sumó 25) y exhibiciones que les reportaban mucho dinero tanto al club como a él (llegó a cobrar ocho mil dólares solo por entrar en la cancha). Pero no podía estar muy lejos de la selección. Regresó en 1968 en algunos compromisos amistosos y se puso a las órdenes de Joao Saldanha para las Eliminatorias para México 70.

O´Rei parece volar frente a Venezuela por las Eliminatorias para México 70.
Saldanha tenía un extraño currículum. Si bien había jugado en el Botafogo y se había desempeñado como director técnico, su mayor fama la acumuló como periodista. Aunque parezca absurdo, sus polémicas opiniones lo catapultaron a la conducción del seleccionado. Joao Havelange, presidente de la Confederación Brasileña de Deportes (CBD), lo eligió para reemplazar a Aymoré Moreyra -el DT campeón en Chile 62 afrontaba su segunda etapa en el cargo- con la intención acallar las críticas. El dirigente pensaba que la presencia de Saldanha podía servir para que sus colegas de los medios de comunicación suavizaran los reproches al funcionamiento del equipo verdiamarillo.
Sea como fuere, con Saldanha como DT Brasil sorteó sin contratiempos la etapa clasificatoria con una campaña perfecta que incluyó seis victorias en sus duelos con Paraguay, Colombia y Venezuela. Pelé fue el autor de seis de los 23 goles de la selección. Aunque los resultados eran excelentes, el clima interno no era el mejor. El entrenador no respetaba demasiado los rangos y trataba a una figura como O´Rei como si fuera uno más. No parecía ser un problema demasiado significativo porque, al fin de cuentas, lo que se necesitaba era borrar las penas del Mundial 66 y en parte las victorias lo habían conseguido.
El 19 de noviembre de 1969 se produjo un acontecimiento que sacudió al fútbol. En un partido contra Vasco da Gama, Pelé marcó su gol número mil. Lo logró a través de un penal que fue inatajable para el argentino Edgardo Andrada, El Gato, exarquero de Rosario Central. El estadio Maracaná se vistió de fiesta para celebrar un momento extraordinario. Sí, la cifra exacta es rechazada por los puristas de las estadísticas. Oficialmente, Pelé consiguió 778 goles, pero para el cálculo de los mil se contaron todos sus encuentros amistosos.

El gol número mil de su carrera se lo marcó de penal al Gato Andrada, arquero de Vasco da Gama.
El desglose incluye dos goles en 1956, 66 en 1957, 88 en 1958, 127 en 1959, 73 en 1960, 111 en 1961, 71 en 1962, 76 en 1963, 60 en 1964, 106 en 1965, 41 en 1966, 57 en 1967, 58 en 1968 y 64 hasta el 19 de noviembre de 1969. Se tomaron en cuenta presentaciones oficiales con el Santos y la selección, amistosos, partidos en el equipo militar de su país, en el seleccionado paulista y en el combinado Santos – Vasco da Gama. Para algunos, muchos de esos tantos no significan demasiado, pero la estatura de Pelé como futbolista aplasta esos cuestionamientos.
O´Rei era una figura universalmente admirada. Presidentes, monarcas, referentes de la política, empresarios, estrellas del espectáculo y de otros deportes y hasta papas como Paulo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI se reunieron con el futbolista. Nadie se atrevía a discutir su dimensión de coloso. Bueno… en realidad a principios de 1970 apareció una persona que osó intentar bajarlo del pedestal en el que la admiración de todo el mundo lo había depositado. Ese atrevimiento le costó muy caro.
Corría abril de 1970 cuando Brasil se enfrentó con Bulgaria en un amistoso preparatorio para el Mundial de México. Ese 26 de abril en San Pablo, Saldanha no tuvo mejor idea que relegar a Pelé al banco de suplentes. Aducía que O´Rei era miope y no veía bien de noche. También postergó a Gerson, uno de los principales socios creativos del delantero del Santos, quien ingresó en el segundo tiempo con el insólito número 13 en la espalda. El empate 0-0 disparó críticas impiadosas contra el seleccionado.

Gerson y Pelé conversan con Joao Saldanha.
Saldanha, declarado comunista, tampoco era bien visto por la dictadura militar de Eduardo Garrastazu Medici. El enfrentamiento con los principales referentes del plantel, la presión del periodismo y una serie de opiniones políticas que no agradaron al presidente de Brasil propiciaron el escenario ideal para que el tiempo del técnico al frente del seleccionado llegara a su fin. Solo 45 días antes de la Copa del Mundo, los verdiamarillos se quedaron sin técnico. El tiempo no estaba a favor de ellos, pero, imprevistamente, encontraron la solución ideal.
Mario Zagallo, antiguo compañero de Pelé en los Mundiales de 1958 y 1962, tomó las riendas de la selección. Se mostró dispuesto a escuchar a los jugadores y a acercar posiciones. No imponía condiciones, negociaba. Y de esas negociaciones surgió un equipo maravilloso. Se reunió en un hotel de Rio de Janeiro con O´Rei, Gerson, Tostao, Rivelino -un crack del Corinthians- y Clodoaldo -gran volante defensivo de Santos- para discutir el plan de acción. De ese encuentro nació una revolución: los mejores tenían que jugar juntos, sin importar el puesto que ocuparan en sus respectivos clubes.
Así se formó el famoso Brasil de los cinco números 10: Pelé, Gerson, Tostao, Rivelino y Jairzinho (se había iniciado en esa posición, pero hacía tiempo que actuaba como puntero). La fórmula mágica tenía algunos secretos tácticos muy bien pensados: Gerson asumía la misión de manejar los hilos del equipo, Pelé renunciaba a esa tarea y aceptaba una función más dedicada a la definición, Tostao se adelantaba para actuar como centrodelantero, Rivelino debía retroceder cuando el equipo perdía la pelota y Jairzinho ocupaba el costado derecho del ataque.

Los cinco 10 de Brasil: Jairzinho, Gerson, Tostao, Pelé y Rivelino.
El resultado fue espectacular y Brasil le regaló al planeta futbolero las actuaciones más bellas que ese deporte podía concebir. Esa concepción revolucionaria empezó en desventaja contra Checoslovaquia porque un gol de Ladislav Petras forzó a los de Zagallo a reaccionar. Rivelino empató con un golazo de tiro libre. Un rato después se produjo la primera jugada que sacudió a México: O´Rei recibió la pelota en la mitad de la cancha y sin mirar apuntó hacia el arco de Ivo Viktor. El balón salió rozando un poste ante el aplauso generalizado de las tribunas.
En el segundo tiempo, Pelé acertó a la valla checa, pero antes de derrotar al arquero dio otra muestra sensacional de su clase al bajar la pelota con el pecho y someter a Viktor. El 4-1 se cerró con dos tantos de Jairzinho que presentaron en sociedad una fórmula infalible: pase largo de Gerson o Pelé para las corridas goleadoras del puntero derecho. En solo 90 minutos, Brasil ya había dejado en claro que pretendía volver a la cima. Y refrendó su candidatura con un triunfo contra Inglaterra, el campeón de 1966.
Ese duelo en Guadalajara quedó marcado por una atajada descomunal de Gordon Banks. Carlos Alberto, el lateral derecho verdiamarillo, le alcanzó la pelota a Jairzinho, quien corrió por el flanco derecho y al llegar al fondo mandó un centro perfecto que Pelé, con un salto estéticamente perfecto, transformó en un cabezazo que se antojaba imparable. Lo era, pero el arquero inglés se lanzó sobre su derecha y dejó con las manos vacías a O´Rei. “Yo marqué el gol, pero Gordon Banks lo paró”, dijo el brasileño en un intento de comprender qué había ocurrido.

Gordon Banks le negó un gol de cabeza a Pelé con una atajada que pasó a la historia de las Copas del Mundo.
Aunque el técnico inglés, Alf Ramsey, le había ordenado a Alan Mullery que se encargara de custodiar a Pelé, su misión fue imposible y O´Rei se le escapó y recibió un pase de Tostao en el área. Se frenó, como si tuviera todo el tiempo del mundo y atrajo a Terry Cooper, quien se acercó para cerrarle el paso. Cuando el brasileño vio ese movimiento, entendió que Jairzinho había quedado sin marca y le alcanzó la pelota para que batiera a Banks. Si hacía falta una confirmación de que los sudamericanos eran un rival temible, bastaron esos 90 minutos para que no existieran dudas de ello.
Faltaron Gerson y Rivelino en el cierre de la primera fase, pero Pelé se encargó de llevar de la mano a su equipo hacia el triunfo. Abrió la cuenta con un tiro libre pleno de precisión y la cerró con una definición clásica de goleador para arrojarse en el centro del área con los pies hacia adelante para empujar un cabezazo de Tostao. La victoria por 3-2 se completó con un tanto de Jairzinho y el puntaje ideal en tres presentaciones no hacía más que reafirmar que Brasil era un equipo perfecto.
En los cuartos de final llegó Perú, un rival que parecía el más brasileño de los adversarios. Su técnico era Didí, antiguo camarada de Pelé en 1958 y 1962, que contaba con un excelente jugador como El Nene Teófilo Cubillas, buenos punteros como Julio Baylón y Alberto Gallardo, un delantero peligroso como Pedro Perico León y Héctor Chumpitaz, un zaguero de lujo. Fue un partidazo en el que O´Rei se retrasó varios metros en el campo y jugó como lanzador al lado de Gerson. Los de Zagallo se impusieron 4-2 y se instalaron en las semifinales.

Ladislao Mazurkiewicz pasó de largo ante el amago de Pelé, quien le erró al arco uruguayo por milímetros.
Luis Cubilla puso en ventaja a Uruguay y por más que los celestes apostaron a abroquelarse en el fondo, Brasil encontró el camino del gol y se impuso 3-1. El empate llegó a través de Clodoaldo, quien se lanzó al ataque, construyó una pared con Tostao y definió con una entrada franca al área chica. Luego, una corrida a toda velocidad de Jairzinho quebró la paridad y un pase de Pelé cerca de la medialuna para el furibundo zurdazo de Rivelino confirmó la superioridad verdiamarilla.
Cuando el duelo estaba 1-1, Pelé se llevó todas las miradas. Tostao lo buscó con un pase en profundidad. O´Rei fue al encuentro de la pelota y en el camino apareció Mazurkiewicz. El 10 amagó e hizo pasar de largo al arquero. Siguió su corrida y cuando alcanzó el balón sacó un remate que salió a milímetros del poste derecho. La jugada no terminó en gol, pero sorprendió a todos los espectadores, azorados por la inventiva de un jugador capaz de despertar admiración hasta cuando fallaba.
La final del 21 de junio de 1970 representaba lo que habitualmente se postula como un choque de estilos. De un lado, Italia, aferrada al catenaccio, el celoso sistema táctico defensivo que llevó al éxito Helenio Herrera con el Inter en los años 60; del otro, Brasil, la suma de todos los talentos lanzados al ataque. La rigidez defensiva versus la creación en su mayor grado de libertad. El estadio Azteca albergó ese duelo en el que Pelé comandó el triunfo de la inventiva sobre la especulación.

Pelé celebra con Jairzinho su gol a Italia en la definición del Mundial de México.
Ferruccio Valcareggi, el técnico de los peninsulares, diseñó un celoso sistema de marcación personal para que cada una de las piezas clave de Brasil estuviera controlada. A Mario Bertini le tocó seguir a Pelé a sol y a sombra. El mediocampista del Inter perdió de vista a O´Rei, quien encontró un largo pelotazo de Rivelino. Saltó y se elevó mucho más alto que el defensor Tarcisio Burgnich. Para realzar el impacto visual, pareció quedar suspendido en el aire antes de sacar el latigazo de cabeza que venció a Enrico Albertosi.
Pese a que las precauciones de los azzurri estaban hechas trizas, un error de Clodoaldo posibilitó el empate de Roberto Boninsegna. Con el 1-1, Italia volvió a refugiarse en el fondo y a apretar las marcas, pero se olvidó de Gerson, a quien le regaló espacios libres para que encontrara el resquicio y con un zurdazo quebrara la paridad en el resultado. Ese gol terminó de desbaratar el plan de Valcareggi. Gerson depositó la pelota en la cabeza de Pelé, quien se la pasó a Jairzinho, que prevaleció en el mano a mano con Giacinto Fachetti y anotó el 3-1.
Quedaban 20 minutos, pero la historia estaba escrita. Y no escrita así nomás, sino con la letra lujosa de ese Brasil magnífico que pareció entender que faltaba una muestra más de su jerarquía. Y, como no podía ser de otra manera, estuvo a cargo de Pelé. Jairzinho puso el balón en sus pies, O´Rei se quedó estático, como si tuviese la facultad de detener el tiempo. De pronto, salió de su letargo y abrió la pelota hacia la derecha para el ingreso a toda velocidad de Carlos Alberto, quien decretó el 4-1 con un disparo fulminante.

El número 10 le quedaba muy bien a Pelé, un futbolista único e irrepetible.
La última genialidad de Pelé en los Mundiales se convirtió en el símbolo de su grandeza. La Copa Rimet quedaba para siempre en manos brasileñas y él podía jactarse de haber colaborado a esas tres conquistas. Un año después, se retiró de la selección a la que le dio 77 goles en 92 partidos, dejó el Santos en 1974, volvió a jugar en 1975 en el Cosmos al lado de monstruos como el alemán Franck Beckenbauer para convencer -sin demasiado éxito- a los estadounidenses de que valía la pena otorgarle una oportunidad al fútbol.
Se alejó de la canchas en 1977 y tuvo algunas apariciones cinematográficas. La más recordada se dio en la película Escape a la victoria, con Sylvester Stallone, Michael Caine y varios jugadores, entre ellos Osvaldo Ardiles y el inglés Robert Bobby Moore. También incursionó en la actividad empresarial y en la publicidad. Hasta su muerte, el 29 de diciembre de 2022 a los 82 años, se repitió su nombre como sinónimo del más popular de los deportes. No podía ser de otro modo porque Pelé fue el único rey del fútbol.