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Lo único que le faltó a Ermindo Onega fue ganar un título

El baúl de los recuerdos. El Ronco sobresalió en una época aciaga de River. Eso opacó su inmenso talento: dominaba la pelota como los dioses, le pegaba bárbaro y sus pases eran ciento por ciento precisos. Un crack.

Ermindo Onega lo tenía todo: técnica depurada, gambeta incontenible, precisión en los pases, inteligencia táctica y, por si fuera poco, capacidad de definición. Esas cualidades encumbrarían a cualquier jugador al selecto grupo de futbolistas a los que se los puede definir como cracks. Sin embargo, El Ronco pagó un precio muy alto por haber sido figura de River en los tiempos en los que los festejos no anidaban en Núñez. Se lo criticaba tanto que los más exitistas se atrevieron a señalarlo como el símbolo de esos 18 años sin alegrías. Una injusticia porque Ermindo lo tenía todo. Solo le faltó ganar un título.

Le reprochaban que corría poco y nada cuando, en realidad, era inteligente para desplazarse hacia los sectores de la cancha en los que los marcadores le perdían el rastro. No fingía un sacrificio improductivo. Lo acusaban de “lagunero”, un término que en los 60 equivalía a decir que su juego era intermitente. Una insensatez: ¿qué futbolista es capaz de rendir a pleno durante 90 minutos? Levantaban el dedo acusador para resaltar que le faltaba personalidad, sin reparar en que Onega mostraba su carácter para pedir la pelota y manejar los tiempos de su equipo. No, no gritaba ni hacía gestos ampulosos. Eso no es personalidad. Es teatro.

Ermindo vistió la camiseta de River de 1957 a 1968. Hasta 1975, los millonarios no saborearon las mieles del éxito y Onega faltó a siete de los 18 años más oscuros del club de Núñez, pero, a pesar de ese detalle no menor, durante mucho tiempo se procuró vincular su imagen con ese período tenebroso. Pareciera que había que responsabilizar a alguien por las sucesivas frustraciones y se lo escogió a él. Justo a él, que puso la cara por el equipo cuando las figuras de la triunfal década del 50 empezaron a ponerles el punto final a sus carreras.

Pagó un precio muy alto por no haber ganado títulos en River.

Los cargos que pesan sobre Onega omiten una cuestión importante: Ermindo sí fue campeón con la camiseta de River. Debutó el 15 de diciembre de 1957 en la derrota por 5-1 a manos de San Lorenzo. Una semana antes, el equipo que dirigía técnicamente José María Minella había consumado su tercer título consecutivo al golear 5-0 a Vélez en El Monumental. Ermindo sí fue campeón: fue parte del plantel que finalizó ese año en el primer puesto. Es cierto: apenas dio el presente en la última fecha, cuando el entrenador decidió darle la oportunidad en reemplazo de una gloria como Ángel Labruna.

El certamen de 1957 clausuró una era espectacular de River. Esa etapa había comenzado con los títulos de 1952 y 1953 y continuó con el tricampeonato de 1955-1956-1957. Los primeros tres eslabones de la cadena de éxitos se forjaron bajo el influjo de La Maquinita, una sublime delantera conformada por Santiago Vernazza, Eliseo Prado, el uruguayo Walter Gómez, Labruna y Félix Loustau. Con el paso de los años, cambiaron algunas de las piezas, pero el funcionamiento no se resintió. Llegaron un fenómeno como Enrique Omar Sívori, Norberto Menéndez y El Mono Roberto Zárate.

Onega se unió a ellos en el cierre del torneo del 57, cuando a River ya no necesitaba los dos puntos en disputa. Salió a escena por primera vez junto con Amadeo Carrizo; Alfredo Pérez, Federico Vairo; Oscar Mantegari, Juan Urriolabeitia, Pascasio Sola; Miguel Rodríguez, Juan Vairo, El Beto Menéndez y Zárate. El duro traspié contra San Lorenzo no bastó para quitarle brillo a la producción de las huestes de Minella, que terminaron con ocho puntos de ventaja sobre los azulgranas. De hecho, a lo largo de esa contundente campaña ganaron 19 partidos, empataron ocho y solo perdieron tres.

Apareció en la Primera de River para reemplazar a un fenómeno como Enrique Omar Sívori.

El Ronco jamás perdió de vista que su carrera no gozó de demasiada fortuna. Los planetas no se alinearon a su favor y hasta se animó a confesarlo en una entrevista con la revista El Gráfico. Explicó que cuando llegó al club, con edad de Sexta División, pero con un inmediato salto a Primera casi sin jugar en Tercera, River acaba de vender a la Juventus al Cabezón Sívori luego de su consagratoria labor con la Selección argentina en el Sudamericano de Lima en 1957 y él fue el elegido para sucederlo. Era una responsabilidad enorme, que se hizo gigante cuando poco después se alejaron Labruna, Prado y Loustau.

Cuando todavía no había cumplido 20 años, Ermindo debió convertirse en el líder de un equipo que perdió a sus estrellas y que sufrió mucho los estragos que le causó al fútbol argentino el desastroso papel en el Mundial de Suecia en 1958. River, el principal proveedor de jugadores a las filas del Seleccionado, sintió el impacto de esa catástrofe que tuvo como principal manifestación la histórica derrota por 6-1 contra Checoslovaquia. Carrizo, los defensores Alfredo Pérez y Federico Vairo, Néstor Pipo Rossi -otro que tuvo que hacer las valijas-, Menéndez, Zárate, Prado y Labruna -se fue en 1959- no la pasaron nada bien cuando regresaron de tierra escandinava.

Entre 1958 y 1968, River se quedó con las manos vacías. Peleó varias veces el título y en ocasiones ni siquiera estuvo cerca, pero jamás volvió a contar con jugadores de la calidad que había exhibido en los 40 -en el esplendor de La Máquina, su equipo más emblemático- y en los 50. Hasta perdió el rumbo con una locura marketinera ideada por su presidente, Antonio Vespucio Liberti, y por Alberto J. Armando, titular de Boca, para promover la incorporación masiva de extranjeros. Ese período, pretenciosamente denominado Fútbol espectáculo, llenó de sombras las canchas junto a un cada vez más decido apego a las tácticas defensivas.

Las medias bajas, la pinta de crack… Ermindo jugaba como los dioses.

Después de Suecia 58, se pensó que había que tirar a la basura la calidad individual que los jugadores argentinos traían desde la cuna. Se la reemplazó por planteos muy conservadores y por la contratación indiscriminada de futbolistas foráneos que arribaban desde cualquier punto del planeta. Uruguay, Brasil, Paraguay, Bolivia, Perú, España, Chile… No importaba la procedencia. Se pensaba que por el simple hecho de venir de otros países iban a ser mejores. Una confusión horrenda que afectó particularmente a River, que hasta entonces había apostado siempre por su prolífico semillero.

El Ronco se vio forzado a poner la cara por los pibes de la cantera, por los profesionales que llegaban de otras instituciones y por los extranjeros que se sumaban con el rótulo de estrellas. River llegó a contar con una ofensiva íntegra de foráneos: el uruguayo Domingo Pérez, los brasileños Moacir, Delem y Roberto y el español Pepillo. ¡Un absurdo! Hubo otros atacantes como el uruguayo Luis Cubilla y los peruanos Oscar Gómez Sánchez y Juan Joya -se alejó muy rápido y se destacó en Peñarol- y hasta defensores como Decio y mediocampistas de marca como Salvador y Paulinho, todos brasileños.

River fue subcampeón en 1960, 1962 -ese año quedó en la historia por el penal que Antonio Roma, de Boca, le atajó a Delem-, 1963, 1965, 1966 -detrás del revolucionario Racing de Juan José Pizzuti- y en el Nacional del 68, en el que perdió en un triangular decisivo contra Vélez por culpa de la polémica Mano de Gallo. Sin dudas el golpe más duro se dio en la final de la Copa Libertadores de 1966, con un inesperado traspié frente a Peñarol cuando parecía tener el título al alcance de la mano.

Ermindo aparece primero entre los hincados a la izquierda. En ese tiempo lo ubicaban como puntero derecho porque el 10 era Delem.

Todo eso debió soportar Ermindo. Nunca dejó de ser el mejor jugador millonario, incluso cuando lo corrieron a la punta derecha -un puesto que no le sentaba- para que actuara Delem. Definitivamente, no tuvo suerte. No le fue mejor cuando se mudó a Peñarol en 1969, ya que el equipo, campeón uruguayo del 58 al 68 -salvo en 1963-, de la Copa Libertadores en 1960, 1961 y 1966 y de la Intercontinental en 1961 y 1966, había perdido a Joya, al ecuatoriano Alberto Spencer y a los orientales Pedro Virgilio Rocha y Julio César Abbadie. Del otro lado del charco volvió a naufragar en las aguas de la decepción, más allá de haber logrado en 1969 la Supercopa de Campeones Intercontinentales.

Sus días más exitosos los vivió con la Selección. Se alzó con el Panamericano de 1960 en Costa Rica y resultó fundamental para la obtención de la Copa de las Naciones en 1964, un certamen que Brasil había organizado para ganarlo en pleno apogeo de Pelé y los campeones mundiales de 1958 y 1962. En ese torneo, Onega hizo un golazo en el triunfo por 3-0 sobre los verdiamarillos. Y en la Copa del Mundo de Inglaterra 66 brilló con luz propia: jugó un partidazo contra España, obligó a que Alemania Federal destinara al joven Franz Beckenbauer para macarlo y logró un hermoso tanto en la victoria sobre Suiza.

TALENTO PURO

Llegó al mundo el 4 de abril de 1940 en Las Parejas, una ciudad santafesina ubicada a 84 kilómetros de Rosario y a 184 de la capital provincial. Su primer club fue Sportivo Las Parejas -formalmente, se denomina Sportivo Atlético Club Las Parejas- y en 1955, con apenas 15 años, se consagró campeón. Manejaba la pelota como los dioses y se especializaba en abrirles el camino al gol a sus compañeros con pases de quirúrgica precisión. Sí, jugaba con el 10 en la espalda. Jugaba de diez.

Un cabezazo de Ermindo contra Gimnasia.

A oídos de Renato Cesarini, en ese entonces técnico de la Tercera millonaria, llegó la noticia de que en Santa Fe había un pibe que llevaba la pelota atada y hacía goles a raudales. Viajó hacia allí y no solo aprobó la incorporación de Ermindo, sino que además se llevó a Marcos Hugo Zarich y Juan Carlos Sarnari. La idea era que Onega jugara en la Sexta División, pero lo subieron directamente a la Tercera en las fechas iniciales del torneo del 57. A fin de año, le llegó la oportunidad en Primera por una suspensión de Labruna.

Minella y Cesarini veían en él al hombre ideal para ocupar el lugar dejado vacante por Sívori. La misión no parecía sencilla, pues El Cabezón era un auténtico crack: habilidoso, pícaro, goleador… Onega manejaba la pelota con virtuosismo y también mostraba una respetable capacidad para definir. Si hasta salía a la cancha con las medias bajas, a la altura de los tobillos, justo como lo hacía Sívori. No se equivocaron. Le sobraba calidad y podía aspirar a vestir la camiseta número 10 cuando no estuviera Labruna y la 8 ante la ausencia de la estrella que se había ido a Juventus.

El camino se allanó porque Prado, quien llevaba diez años en River, se desvinculó a finales de 1958. El Desastre de Suecia precipitó el alejamiento de ese jugador que había debutado en 1948 como centrodelantero y después de un período de dudas se afianzó como mediocampista ofensivo por el sector derecho. Un 8 de los viejos tiempos. En su última campaña en Núñez estuvo en nueve partidos y marcó un gol. En ese torneo debutó Zarich, quien apenas dio el presente en cuatro ocasiones y aportó un tanto. El resto del certamen permitió que se afirmara Onega.

Ermindo gritó más de 100 goles con la camiseta de River.

El oriundo de Las Parejas fue incluido por Minella en 21 encuentros y brindó sobradas pruebas de que la confianza que se tenía en él era justificada: gritó 15 goles. El 17 de agosto, por la 9ª fecha, les puso la firma a sus primeras conquistas: lo hizo con un disparo bajo y esquinado desde fuera del área que superó la resistencia del arquero Alfonso Palminteri, de Central Córdoba de Rosario y luego definió el partido con un remate a la carrera tras recibir un pase de Labruna. Ese día en la cancha de Newell´s los millonarios se impusieron 4-3.

Volvió a marcar contra Racing (derrota por 3-2 en Avellaneda), en un 2-2 con Boca en El Monumental, se despachó con dobletes en los triunfos por 3-2 sobre Lanús y 5-2 frente a Tigre. También contribuyó con un tanto en las victorias por 5-1 contra Rosario Central y 2-0 sobre los albicelestes de Avellaneda y en los empates 1-1 con Independiente y 3-3 con Estudiantes. Su gran jornada fue el 19 de noviembre con tres conquistas en un duelo con Central Córdoba que River ganó 5-2.

Sus goles se daban tanto con fuertes remates en los que exponía su potente pegada, como en maniobras colectivas en las que se juntaba con Menéndez y Labruna y en arremetidas clásicas de un centrodelantero tradicional. Sus recursos parecían ilimitados. Y hasta se hacía tiempo para tejer maniobras que desembocaban en las anotaciones de sus compañeros de avanzada. Ermindo había llegado para quedarse y para hacerse notar. Nadie lo dudaba. Tampoco era posible imaginar que River iba a tener por delante tantos años sin éxitos…

Las risas junto con Antonio Rattín, un emblema de Boca.

Con seis goles -y junto con Sarnari, que debutó ese año, y El Mono Zárate- escoltó al principal argumento ofensivo millonario de 1959, El Beto Menéndez, que llegó a las 14 conquistas. Esa temporada, la última de Labruna en el club, Onega empezó a adueñarse de la camiseta con el 10 en la espalda. Sin dudas se trataba de la que mejor le sentaba. El problema era que el equipo quedaba lejos de las posiciones de vanguardia, algo que recién se modificó en 1960, con un subcampeonato a apenas un punto de Independiente.

Aunque su función distaba de ser la de un definidor clásico, Ermindo sumó 22 goles entre 1960 y 1961. No se trataba de su función específica, pero constituía un bonus para su condición básica de enganche. Sí, enganche. Onega era de los antiguos 10, de esos que se encargaban de mover los hilos del equipo como un fino titiritero que creaba los circuitos de juego a partir de su inteligencia, su visión de juego y del particular arte de hacer que la pelota le llegue al compañero mejor ubicado.

Aquellos que osaban criticarlo y ponían en duda su carácter en las épocas aciagas de River deberían haber considerado que se requería ser muy valiente para atreverse a jugar cuando la mayoría se dedicaba a destruir. Su repertorio de habilidades era variado: pisaba la pelota tanto para dejar desairado a un rival como para hacer una pausa y ver cuál era el camino más directo al gol, tocaba corto para armar paredes o metía el pase largo y exacto según lo ameritara la situación, cambiaba de ritmo para hacer más lenta o más rápida la maniobra y, además, llegaba a posiciones de definición. ¿Qué más podía hacer Ermindo?

Cuando se sumó Luis Cubilla (el segundo desde la izquierda), Ermindo recuperó su puesto como número 10.

Boca se apoderó del título en 1962. En la definición a favor de los xeneizes tuvo mucho que ver el resultado del Superclásico de la penúltima fecha. Los tradicionales rivales compartían la cima con 39 puntos, dos más que Gimnasia, que había protagonizado una excelente campaña a las órdenes de Adolfo Pedernera. Los auriazules ganaron 1-0 con un gol del brasileño Paulo Valentim, pero ese triunfo fue posible porque Roma le contuvo un penal a Delem en una jugada plena de polémica. Ese año Ermindo tuvo muy poca participación, dado que solo estuvo en diez partidos y marcó dos tantos.

Gracias al bicampeonato mundial de Brasil en Suecia 58 y Chile 62, el planeta futbolero se había abrazado al 4-2-4 como dibujo táctico. En Argentina se adoptó ese modelo en detrimento de la WM (era un 3-2-2-3 o 3-4-3) que reinaba desde la década del 30. Aquí es preciso hacer una pausa: los medios gráficos aún continuaban aferrados al hábito de expresar las formaciones de los equipos con el viejo módulo del sistema piramidal (2-3-5), pero hacía mucho tiempo que nadie jugaba de ese modo.

En el 4-2-4 de River, Ermindo abandonó su puesto habitual y se desplazó al costado derecho del ataque. No era puntero derecho. No podía serlo porque sus características se lo impedían, pero aceptó usar el 7 en la espalda. Su rendimiento caía bastante, más allá de que muchas veces abandonaba ese rincón de la cancha para tirarse al medio y brindar lo mejor de su juego. El 10 era Delem. Más allá del lugar que ocupara, El Ronco siempre encontraba al compañero mejor ubicado. A partir de 1962, ese compañero fue Luis Artime, quien llegó desde Atlanta.

Con Luis Artime, un goleador letal, y José Manuel Ramos Delgado, un zaguero de enorme calidad.

Se formó una nueva línea ofensiva, integrada generalmente por Ermindo, Artime, Delem y Roberto. Artime, un goleador empedernido, se entendió a las mil maravillas con Onega y, de hecho, en gran medida por las habilitaciones que recibió de él, terminó en la cima de la tabla de artilleros con 24 conquistas, siete más que Pedro Prospiti, de Estudiantes. El Ronco lo secundó como principal anotador millonario con 13 en un certamen en el que el cambio de posición no afectó su poder de definición.

Al margen de la productividad de esa dupla, River sufrió otra frustración. Se mantuvo en lo más alto de la tabla durante gran parte del torneo y parecía encaminarse al campeonato, pero dos derrotas hicieron añicos sus esperanzas: perdió sucesivamente con Independiente -que se llevó el título- y Boca y terminó en un segundo puesto que constituyó un castigo enorme para un equipo que cayó en el momento más inoportuno.

En 1964, los dirigentes de River optaron por reforzar el plantel con varias incorporaciones. El plan era diseñar un plantel lo más rico posible para hacer realidad el objetivo que parecía inalcanzable desde hacía ya siete años. Se sumaron, entre otros, el arquero Hugo Orlando Gatti (en Núñez empezaban pensar en prescindir de un fuera de serie como Amadeo Carrizo), el uruguayo Cubilla -incisivo puntero derecho- que venía del Barcelona, de España, y su compatriota Roberto Matosas, de Peñarol. La contratación de este último estuvo rodeada por la incertidumbre que generaba un presunta afección cardíaca del jugador. Y desde las inferiores saltó Oscar Pinino Mas, un peligroso wing izquierdo.

El Ronco fue un especialista en lanzar precisos pases para los goles de Oscar Pinino Mas.

DEL SUSTO A LA GRAN FRUSTRACIÓN

Las inversiones no dieron resultado y los millonarios no pudieron plantearle pelea a Boca. En cambio, tanto Artime como Onega se lucieron con 15 goles cada uno, dos menos que el máximo anotador del año, El Bambino Héctor Veira, de San Lorenzo. Ermindo, de regreso a su puesto de mediocampista por el sector izquierdo, compartió la delantera con Cubilla, Artime y Mas. El Ronco había tenido un rendimiento excelente, pero poco después el destino le puso una zancadilla que perjudicó su futuro inmediato.

En enero de 1965 el equipo, que contaba con el regreso de Cesarini después de 20 años, emprendió una gira por Chile. En un partido contra Colo Colo, un choque de cabezas con el defensor local Oscar Motalva le provocó a Onega una seria lesión que demandó una internación de diez días en el Instituto de Neurocirugía de Santiago. El cuadro era preocupante: el traumatismo en el parietal izquierdo le causaba emanaciones de un líquido que contenía cera y sangre, una repentina sordera y mareos que le hacían perder la estabilidad.

Crecían las dudas sobre sus posibilidades de jugar profesionalmente. Sin embargo, un mes y medio después volvió a los entrenamientos. Todavía se mareaba y tenía zumbidos en el oído izquierdo, pero no estaba dispuesto a rendirse. Reapareció el 9 de julio contra Huracán, por la 16ª fecha del torneo. River ganó 2-0 y Ermindo fue el autor del segundo gol con un fuerte remate que se hizo inatajable para Carlos Buttice. Dejó en claro que sus problemas de salud quedaron a un segundo plano con muy buenas actuaciones que ayudaron a que los millonarios amagaran otra vez con lograr el título.

Dos genios: Ermindo y Daniel Willington.

Tal como sucedía año a año, River se desvaneció en las jornadas finales y acabó a un punto de Boca, con el que perdió 2-1 dos fechas antes del cierre del certamen. El segundo tanto xeneize llegó a través del Beto Menéndez, quien desde 1962 vestía la camiseta auriazul. Si bien el torneo no había culminado bien para los de la banda roja, Ermindo podía estar en paz: había regresado en un nivel más que satisfactorio con seis goles en 14 partidos.

Hacía varios años que Onega recibía las citaciones de los diferentes técnicos de la Selección. En 1966 se disputó el Mundial de Inglaterra y, por supuesto, Ermindo fue titular del equipo que conducía El Toto Juan Carlos Lorenzo. Su actuación fue memorable y recibió elogios a granel. Mientras tanto, en el país la pelota no detenía su marcha y se disputó el torneo por más que los mejores futbolistas estuvieran afectados al conjunto nacional.

El Ronco casi no jugó en el certamen que consagró a Racing, un campeón inolvidable que rompió todos los moldes con un estilo muy ofensivo en tiempos de amarretismo a ultranza y quedó instalado en la memoria como El Equipo de José. River tuvo, por el contrario, a otro Onega que apareció en escena con fuerza propia: su hermano Daniel, cinco años menor, debutó esa temporada e hizo ocho goles en 20 partidos. El Fantasma, como se lo conoció tiempo después, fue un definidor muy efectivo que alcanzó su pico de rendimiento en la Copa Libertadores de 1966.

Foto de familia: con Daniel, su hermano.

La competición internacional de ese año le causó a River una de las mayores decepciones de su historia. En las primeras fases, al compás de los goles de Daniel Onega, alimentaba sus ilusiones. Todo iba viento en popa para los millonarios. Relegaron en las semifinales a Independiente -el campeón de las ediciones de 1964 y 1965- y a Boca y en la final se encontraron con Peñarol, un equipo con personalidad y estirpe copera. Los uruguayos ganaron el duelo de ida, en Montevideo, por 2-0 con tantos de Abbadie y Joya, un antiguo compañero de Ermindo en Núñez.

La revancha en El Monumental se saldó con un triunfo riverplatense por 3-2 con dos goles de Ermindo y uno de Sarnari. Spencer y Rocha descontaron para los visitantes. La definición se trasladó a un tercer partido en Santiago, Chile. El 20 de mayo del 66 River sufrió un golpe del que le costó mucho reponerse: estaba al frente 2-0 gracias a Daniel Onega -fue el máximo anotador con 17 conquistas- y El Indio Jorge Solari, pero Peñarol empató por intermedio de Spencer y Abbadie. En el tiempo suplementario, otra vez el ecuatoriano y Rocha clavaron una artera puñalada en el corazón de los millonarios.

El hartazgo se apoderó de los hinchas. Arreciaban los cuestionamientos y, como sucedía habitualmente, los más duros hacían blanco en Ermindo. Como si él hubiese tenido la culpa de las derrotas… El clima en Núñez se enrareció. El equipo anduvo sin rumbo en el Metropolitano y el Nacional de 1967. El mayor de los Onega casi no jugó en el primero de esos torneos y mostró algo de su talento en el otro. Apenas 16 partidos y cuatro goles en una temporada era poco para él.

Gol olímpico de Ermindo contra San Lorenzo, el implacable campeón del Metropolitano 68.

Todavía al vínculo de Ermindo con River le quedaba un par de frustraciones más. En el Metropolitano de 1968 el equipo de Cesarini trepó hasta las semifinales, pero en esa instancia no pudo con un San Lorenzo que le rendía culto al fútbol ofensivo. Los azulgranas se llevaron el título con absoluta contundencia, al punto que fueron los primeros campeones invictos del profesionalismo. Fueron nada más y nada menos que Los Matadores. A pesar de eso, El Ronco cumplió un papel interesante: hizo ocho goles -su mejor registro en cuatro años- en 22 partidos.

Hacía rato que algo se había quebrado entre Onega y River. Tanto es así que hasta su hermano Daniel fue víctima de las críticas. Poco importaba que El Fantasma hiciera goles -fueron 17 ese año-; se lo castigaba por portación de apellido. Ajeno a esa situación, o al menos en un intento por hacer oídos sordos a los injustos reproches que se le hacían, El Ronco se sentía hombre de River y no dudó en hacer un último intento para vencer ese sino del destino que le impedía festejar a lo grande.

El Nacional 68 podría verse como una de las cachetadas más absurdas que recibió el equipo de Núñez en esos años de vacas flacas. Llegó a la última fecha compartiendo la punta con Racing, su rival en esa jornada. Estaba a una victoria del objetivo que perseguía con desesperación desde hacía una década. Atrás corría Vélez, con un punto menos que los líderes. ¿Qué pasó? Lo inesperado: millonarios y académicos igualaron en Avellaneda y los fortineros, con su triunfo sobre Huracán, los alcanzaron. Se produjo un triple empate en la punta y surgió la necesidad de disputar un triangular para definir el nombre del campeón.

Carlos Griguol intenta bloquear el remate de Onega en un partido entre River y Rosario Central.

Todo terminó con Vélez abrazado al primer título de su historia. En el medio, en el 1-1 con el River que dirigía Labruna una mano del defensor Luis Gregorio Gallo no fue advertida por el árbitro Guillermo Nimo y derribó casi por completo las posibilidades de River. Los de Liniers, con Daniel Willington como estandarte futbolístico, superaron 4-2 a Racing en el último partido y dieron la vuelta olímpica. La polémica que acompañó al triangular es, aún hoy, uno de los golpes más duros asestados a los de Núñez durante ese período sin alegrías.

Ermindo no alcanzó a participar en las instancias finales del Nacional, que se desarrollaron en diciembre. El 27 de agosto había jugado por última vez con la banda roja cubriéndole el pecho. Fue en el Superclásico del 27 de octubre en el que los xeneizes vencieron 3-1. Gatti; Roberto Morcillo, El Zurdo Miguel Ángel López, La Garza Juan Carlos Guzmán, Matosas; El Indio Solari, Jorge Recio, Ermindo; Cubilla, Daniel Onega y Pinino Mas fueron de la partida. El Ronco dejó la cancha al término del primer tiempo, reemplazado por El Chamaco Carlos Rodríguez.

El 6 de octubre había conseguido su último gol en un 3-0 frente a Lanús. Después de 230 partidos y 102 tantos, Ermindo cerró su intenso capítulo en River. Se fue con las manos vacías, a pesar de que pocos recordaban que había sido campeón en 1957. Sí, con las manos vacías porque su tiempo coincidió con una era muy difícil para el club y con muchas críticas que no mereció para todo el fútbol que ofreció cada vez que salió a la cancha.

La charla con Ángel Labruna, su excompañero y último técnico que lo dirigió en River.

LEJOS DE NÚÑEZ

El talento de Ermindo cruzó el Río de la Plata y se estableció en Peñarol. Junto con él viajó Matosas, su compañero durante cuatro años en River. Los carboneros habían ganado el campeonato uruguayo de 1968 y en los primeros meses de 1969 disputaron la Copa Libertadores, la misma que en el 66 había obtenido justamente contra el antiguo equipo del Ronco. El 30 de marzo, el conjunto uruguayo igualó 1-1 con Olimpia, de Paraguay, en un partido en el que Onega se presentó con bombos y platillos: anotó el gol del elenco montevideano.

Ladislao Mazurkiewicz; Pablo Forlán, el chileno Elías Figueroa -un soberbio defensor-, Matosas, Luis Varela; Milton Viera, Néstor Tito Gonçalves, Onega; Héctor Lito Silva (reemplazado por el ecuatoriano Spencer), el peruano Joya y Julio César Cortés integraron el equipo conducido por el brasileño Oswaldo Brandao. Y en la revancha, una semana más tarde en Asunción, Ermindo volvió a llevarse los aplausos al sentenciar el triunfo de Peñarol por 1-0. El santafesino pisaba fuerte en sus primeros días lejos de Núñez.

En las semifinales se encontraron los dos conjuntos más poderosos de Uruguay y el que prevaleció fue Nacional, que accedió a la final, en la que perdió con el Estudiantes de Osvaldo Zubeldía, el primer equipo que ganó la Libertadores tres años consecutivos (68, 69 y 70). Peñarol debió enfocarse en el certamen local, en el que poco pudo hacer para evitar la consagración de su clásico rival, que se quedó con el título con seis puntos de ventaja en la tabla.

En Peñarol disputó tres temporadas en muy buen nivel.

De todos modos, 1969 terminó con buena sensaciones para Ermindo y su nuevo equipo: se apoderó de la Supercopa de Campeones Intercontinentales, una competición que solo duró dos años y en teoría enfrentaba a los equipos que habían obtenido la Intercontinental. La verdad es que a los europeos nunca los convenció ese compromiso y solo los conjuntos sudamericanos acudieron a la cita. En la última de las ediciones intervinieron Peñarol, Racing, Estudiantes y Santos.

El torneo tuvo algunas situaciones pintorescas: en el partido contra Peñarol, Pelé saltó a la cancha con una camiseta del equipo uruguayo con el número 1.000, ya que poco antes había reunido esa cantidad de goles.  Logró el 1.001 en ese encuentro, pero Santos perdió debido a las conquistas de Spencer y Onega. El título de los carboneros se consumó el 30 de diciembre con el triunfo por 2-1 sobre Estudiantes en La Plata con dos tantos de Rocha, otra de las figuras de un plantel muy rico en el que también sobresalían Spencer, el arquero Mazurkiewicz, Figueroa, Tito Gonçalves y Ermindo.

En su primera temporada en el club, el argentino disputó 40 partidos y marcó 20 goles, con lo que rindió como en sus mejores días en River, al menos desde el punto de vista estadístico. Claro que más allá del rendimiento personal, Onega empezó a pagar las consecuencias del fin de ciclo que se había cernido sobre Peñarol. Así como su irrupción en River coincidió con el cierre de la campaña de sus principales estrellas, en Uruguay le ocurrió algo similar.

Su amigo Artime se destacó en Nacional en una época en la que los títulos se les negaron a Peñarol y a Ermindo.

Por problemas físicos no pudo estar ni siquiera un minuto en el Campeonato Uruguayo del 70, en el que Peñarol terminó segundo -otra vez detrás de Nacional- y se despidió de Spencer, Gonçalves, Joya y Rocha. Antes del adiós de esa camada que tantos títulos había cosechado en el pasado reciente, el equipo de Brandao alcanzó la final de la Copa Libertadores, pero sucumbió contra el implacable Estudiantes. Onega resultó un pilar decisivo en esa campaña con ocho goles en 15 partidos.

Ante la partida de sus más célebres compañeros, Ermindo se ocupó de asumir la conducción dentro del campo. Puso su habilidad, su inteligencia y, fundamentalmente, su experiencia al servicio del equipo. Se ganó el respeto y el cariño de los hinchas, más allá de que los éxitos no lo acompañaron. Por tercer año consecutivo, Peñarol se vio relegado por Nacional, que no solo celebró el tricampeonato en 1971, sino que le adosó la Copa Libertadores tras superar a Estudiantes en la finalísima. Una de las mayores cartas de triunfo de los tricolores fue Artime, el goleador que había sido socio del Ronco durante cuatro años en River.  

Onega mantuvo un más que interesante promedio de gol en 1971, ya que sumó cuatro tantos en nueve partidos en el certamen local. No repitió en la Libertadores porque solo festejó una vez en cuatro encuentros y, luego de tres temporadas en las que acumuló 33 conquistas en 74 presentaciones y obtuvo un título internacional, decidió que había llegado el momento de regresar a la Argentina. A los 31 años y por pedido de Zubeldía, se incorporó a Vélez, que ese mismo año había padecido la decepción de perder contra Independiente un campeonato que tenía al alcance de la mano.

Una delantera de Vélez junto con Miguel Cottón, Alberto Ríos, Carlos Bianchi y Adolfo Mecca.

Las expectativas que despertó su arribo a Liniers chocaron con una sensación desconocida que lo afectó el día de su debut. Se puso su nueva camiseta en una alineación que contó con Carlos Caballero (faltando cinco minutos lo reemplazó Oscar Pezzano); Heriberto Correa, José Bautista Romero, Miguel Ángel Reguera, Roberto Avanzi; Luis Oruezábal, Alberto Ríos, Ermindo; Mario Lamberti, Carlos Bianchi y Héctor Bentrón. El 27 de febrero de 1972, por la 1ª fecha del Metropolitano, le tocó enfrentar a River, que se impuso 5-3 con tres tantos de Norberto Alonso, un 10 maravilloso que llevaba un año en Primera.

A Ermindo no solo le tocó enfrentar a River, sino que le hizo un gol. No fue un gol más. Todo lo contrario. Le dolió ver cómo la pelota ingresaba en el arco del equipo que más amaba y entendió que el final estaba cerca. Permaneció solo ese año en Liniers y dejó pinceladas de su jerarquía. El 26 de noviembre jugó su último partido: ingresó a los diez minutos del segundo tiempo en reemplazo del Piloto Bentrón. Vélez derrotó 3-1 a Bartolomé Mitre, de Misiones, en Posadas. El Ronco se alejó del Fortín después de 30 partidos y seis goles. Hizo mucho más que alejarse del Fortín: dejó el fútbol.

La lejanía con las canchas no podía durar para siempre. Ermindo era un hombre del fútbol. Junto con su hermano Daniel, Artime y El Indio Solari en 1975 le dio vida a Renato Cesarini, un club inspirado en su maestro en River. No llegó a ponerse oficialmente la camiseta blanca, roja y amarilla, aunque sí la usó en algunos amistosos. Salió del retiro para actuar por unos meses en Estudiantes de Río Cuarto en la Liga Cordobesa y en 1977 colgó definitivamente los botines en Deportes La Serena, de Chile.

Solo en partidos amistosos llegó a usar la camiseta del club que fundó: Renato Cesarini.

El Ronco se abocó a la formación de jugadores en Renato Cesarini. Era el proyecto que tenía trazado para el resto de su vida. El destino, injusto, inoportuno, infame, redujo a la nada esos planes. El 21 de diciembre de 1979, Ermindo murió en un accidente automovilístico en la ruta 9, cerca de la ciudad bonaerense de Lima. Tenía apenas 39 años.

LUJOS EN CELESTE Y BLANCO

Tal vez el paso de Ermindo en los diferentes equipos que integró proyecte la idea de un futbolista con demasiada mala suerte. Tanta mala suerte como talento. El propio Ronco admitía que pareció haber llegado tarde a River y a Peñarol, dos clubes que atravesaban etapas de reconstrucción cuando le tocó jugar. En Núñez no contó con el apoyo de una hinchada que lo discutió rabiosamente como si él hubiera sido el culpable de los títulos que se escurrieron como el agua entre los dedos. Por el contrario, en Uruguay apreciaron su calidad. Era difícil no hacerlo.

Esa calidad lo llevó sin escalas a la Selección desde muy joven. Y en el conjunto nacional no hubo margen para la duda: Erminio era un jugadorazo, con títulos o sin ellos. Vestido de celeste y blanco hizo maravillas y hasta condujo a la Argentina a su conquista más importante hasta el Mundial 1978: la Copa de las Naciones de 1964. En 1966 demostró su clase internacional en el Mundial de Inglaterra, en el que sacó a relucir su condición de lucido estratega y hasta le puso la firma a un golazo contra Suiza.

Su primer contacto con la Selección se produjo en el Panamericano de 1960.

Su primera vez con el Seleccionado coincidió con el Panamericano de 1960, en Costa Rica. Guillermo Stábile, el técnico que había retomado su puesto luego del fracaso en Suecia 1958, lo incluyó en un plantel con el que pretendía poner en marcha la renovación tan necesaria luego del doloroso 6-1 contra Checoslovaquia. El 8 de marzo Argentina se presentó con un empate sin goles con los dueños de casa. Ermindo ingresó a los 74 minutos en reemplazo de Ramón Abeledo, de Independiente.

La Selección derrotó 3-2 a México y 2-1 a Brasil. El 15 de marzo, Onega actuó por primera vez como titular. El equipo contó con Osvaldo Ayala (Boca), Carlos Álvarez (Rosario Central), Rubén Marino Navarro (Independiente), José Varacka (Independiente), Marcelo Etchegaray (River) (lo sustituyó Silvio Marzolini, de Ferro); Ermindo, Héctor Guidi (Lanús); Alberto Dacquarti (Nueva Chicago), Walter Jiménez (Independiente) (luego entró Sarnari, de River), Eugenio Callá (Vélez) (lo reemplazó Edgardo D´Ascenso, de Chicago) y La Bruja Raúl Belén (Racing). Antes del minuto de juego, El Ronco abrió el marcador y lo clausuró D´Ascenso.

Volvió a entrar por Abeledo en el 2-0 contra México y en la caída 1-0 frente a Brasil. Argentina se quedó con el título con nueve puntos, dos más que los verdiamarillos. Ese resultado le permitió sentir a Onega, a punto de cumplir los 20 años, que no necesariamente el éxito iba a gambetearlo siempre. Bueno… había sido parte del plantel de River campeón de 1957 y todavía ni él sospechaba que la gloria tenía pensado esquivarlo con tanta determinación durante tanto tiempo.

Tuvo actuaciones memorables con la camiseta de la Selección.

Victorio Spinetto, una gloria de Vélez como jugador en los albores del profesionalismo y luego técnico fortinero durante 14 años, sucedió a Stábile antes de las Eliminatorias para Chile 1962. Con el pasaje a la Copa del Mundo en el bolsillo, Argentina salió con bastante asiduidad a la cancha en 1961 y Ermindo jugó un par de partidos, pero sin consolidarse.  Pasó el Mundial con El Toto Lorenzo como DT y a partir de 1963 Onega ganó terreno. José D´Amico lo puso entre los 11 en la victoria por 4-0 sobre Paraguay por la Copa Chevallier Boutell y él correspondió con un gol.

También jugó la revancha, en la que los albicelestes perdieron 3-2 en El Monumental. Se fue D´Amico, algo que era moneda corriente en esos días de improvisación posteriores a Suecia 58 y la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) recurrió a Minella. Se lo eligió para estar al frente del Seleccionado en la Copa de las Naciones, un torneo que Brasil ideó para ganarlo. En el marco de la celebración del cincuentenario de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), los verdiamarillos invitaron a Inglaterra -sede el Mundial 66-, Portugal y a Argentina, el rival con menos potencial de los tres.

Brasil llevó a varios de los héroes de 1958 y 1962 como Pelé, Gilmar, Zagallo y Vavá, a quienes rodeó con futuros campeones en México 70 como Carlos Alberto, Brito, Jairzinho y Gerson y con un estupendo puntero derecho como Julinho que quedó a la sombra del genial Garrincha. Los británicos llegaron con Gordon Banks -un arquerazo-, Robert Bobby Moore, el gran Robert Bobby Charlton y James Greaves, entre otros. Portugal florecía de la mano de Eusebio, Mario Columna y José Torres, miembros del Benfica que consiguió la Copa de Campeones de Europa -la actual Champions League- en 1961 y 1962.

La boca de Ermindo está llena de gol. Detrás, Gilmar, el arquero brasileño, es una postal de la derrota.

No había dudas de que Argentina asomaba como el adversario de menor cartel. El plantel albiceleste sabía que sus posibilidades de éxito se avizoraban reducidas, casi nulas. Tanto es así que las discusiones por los premios con la AFA eran por el cuarto puesto. Y, evidentemente, los planteos tácticos estaban basados en la cautela. Se apuntaba a arriesgar lo menos posible. Contra todos los pronósticos, el estreno de Argentina se saldó con un 2-0 sobre Portugal con goles del Tanque Alfredo Rojas y Alberto Rendo. Ermindo, titular indiscutido para Minella, se movía como una suerte de puntero derecho algo más retrasado en el campo.

El segundo compromiso elevó definitivamente a Onega al nivel de figura de la Selección. Argentina superó 3-0 a Brasil y él tuvo mucho que ver en ese triunfo. Con muchas precauciones, la Selección buscó en todo momento enfriar el trámite para cuidarse de su poderoso oponente. A los 38 minutos, se tiró atrás, combinó con el delantero Pedro Prospitti y fue a buscar la devolución. Cuando le llegó el pase se encontró cara a cara con Gilmar y, con sutileza, la tocó a un costado. Un golazo. Corrió a festejarlo con alma y vida ante un estadio Maracaná enmudecido.

Ese duelo tuvo como particulares protagonistas a Pelé y a José Mesiano, un mediocampista defensivo de Argentinos Juniors al que le confirieron la complicada tarea de marcar personalmente a O´Rei. No le dejó tocar la pelota y la estrella del Santos, impotente, lo agredió y le fracturó el tabique nasal. Antonio Rattín, emblema de Boca, se acercó a Minella y le adelantó que él iba a encargarse de Pelé. Lo hizo de tal manera que lo anuló por completo. Roberto Telch entró en reemplazo de Mesiano y se cubrió de gloria con los dos tantos que establecieron el 3-0 final.

El equipo argentino que ganó la Copa de las Naciones en 1964.

Y para agigantar todavía más el valor de esa victoria, Amadeo Carrizo le atajó un penal a Gerson. El arquero había aceptado regresar al Seleccionado después del oprobio de los seis goles de Checoslovaquia en 1958. Si hasta se había rehusado a integrar el plantel en el Mundial 62. No quería saber nada. Minella lo convenció y él gozó su redención en celeste y blanco. Si hasta mantuvo su valla invicta en los tres partidos del certamen.

En el último compromiso de esa serie, Argentina le ganó 1-0 a Inglaterra gracias a un gol del Tanque Rojas. Otra vez se buscó frenar a toda costa los británicos, en especial a Bobby Charlon y a Greaves, sus mejores hombres en la ofensiva. Carrizo; El Cholo Carmelo Simeone, José Manuel Ramos Delgado, Varacka, Miguel Vidal o Abel Vieytez; Ermindo, Rendo, Rattín, Adolfo Bielli o Mesiano o Telch; Artime o Prospitti y Rojas integraron la formación base con la que Argentina causó en Brasil un impacto futbolístico inesperado.

La Selección regresó a Buenos Aires cubierta de gloria y envuelta en aplausos luego de haber consumado su mayor triunfo internacional. Más allá de la colección de títulos en la Copa América -sobre todo en la década del 40-, no hubo un título más importante hasta el Mundial 78. Sí, es cierto: no era una competición oficial, pero les ganó a los mejores equipos de ese tiempo. A partir de esa conquista, los buenos resultados se sucedieron y, por fin, podía esperarse el definitivo despegue tan ansiado luego del papelón en Suecia, una herida que tardaba en sanar.

En la tapa de El Gráfico los abrazos son para Onega, autor de unos de los goles contra Paraguay en las Eliminatorias de 1965.

Ermindo hizo un golazo en un 5-0 contra Chile por la Copa Carlos Dittborn y se lució con un doblete en un 8-1 sobre Paraguay en un partido correspondiente a la Copa Chevallier Boutell. Artime fue la gran figura con cuatro tantos. El contundente triunfo se cerró con dos tantos de Prospitti. Onega jugaba todos los partidos y su rendimiento era espectacular. Estaba hecho a la medida de la Selección. Con la camiseta celeste y blanca afloraba lo mejor de él.

Confirmó esa idea en las Eliminatorias con un gol a Paraguay (ganó Argentina 3-0) y otro a Bolivia (4-1). Pero, tal vez por un insólito instinto de autosabotaje, el ciclo se interrumpió por el alejamiento de Minella. El técnico le había encontrado la vuelta al equipo, pero no contaba con el apoyo de los dirigentes. Lo mismo le pasó a Zubeldía, su sucesor, que apenas pudo dirigir en un amistoso que finalizó 1-1 con la Unión Soviética. Ese 1 de diciembre de 1965, Ermindo doblegó nada más y nada menos que a Lev Yashin, La Araña Negra, a quien consideraban el mejor arquero del mundo.

Faltaba poco para el Mundial de Inglaterra y otra vez la AFA eligió al Toto Lorenzo, de traumática tarea en Chile 62. La tirante relación entre el técnico y el plantel no permitía soñar con un final feliz. Todo lo contrario. La relación entre los jugadores tampoco era la mejor y en eso mucho tenía que ver la errática conducción del DT. El panorama no era alentador y, para colmo, el debut en la Copa del Mundo ponía a Argentina cara a cara con España, que en 1964 había ganado la Eurocopa y asomaba como un candidato a un destacado papel en suelo británico.

El mundo descubrió en Onega a un jugador fantástico en Inglaterra 66.

Los nervios dominaban al equipo. El temor a la derrota tensaba los músculos. Ermindo, desfachatado, con las medias caídas a la altura de los tobillos, recibió la pelota y no bien arrancó el partido hizo pasar de largo a Luis Suárez, un excelente mediocampista ofensivo que ganó el Balón de Oro en 1960 y figura del Inter que conducía técnicamente el argentino Helenio Herrera. El conjunto milanés acaparaba títulos como la Copa de Campeones de Europa y la Intercontinental de 1964 y 1965 en el apogeo del catenaccio, el conservador esquema táctico que era religión en Italia.

Con ese movimiento, Onega sacudió a sus compañeros y el partido cambió por completo. Más tarde, le abrió el camino al gol a Artime con un pase filoso como un puñal. Argentina ganó 2-1 y todas las miradas recayeron en el brillante mediocampista con la camiseta número 20. Se podría decir que Ermindo era tan bueno que parecía el doble de un 10 común y corriente.

Su actuación despertó la preocupación del entrenador de Alemania Federal, Helmut Schön, quien no dudó en ordenar a Beckenbauer, un pibe de 20 años que tenía una proyección digna de unos pocos elegidos, seguir al Ronco por todos lados. Una futura estrella como El Káiser se vio forzado a perseguir a un jugador que hasta el debut mundialista de los albicelestes nadie conocía. Se anularon mutuamente y el partido terminó 0-0.

El joven Franz Beckenbauer tuvo que encargarse de marcar hombre a hombre a Ermindo.

Onega volvió a llamar la atención con un gol en la victoria por 2-0 sobre Suiza que instaló a la Selección en los cuartos de final. En esa instancia, el equipo de Lorenzo se topó con Inglaterra. Perdió 1-0 en un encuentro enmarcado por la excesiva disposición defensiva de los argentinos -casi no se animaron a atacar- y la controvertida tarea del árbitro alemán Rudolf Kreitlein. Esa derrota arrojó la eterna polémica por la expulsión de Rattín.

Roma, Roberto Pipo Ferreiro, Roberto Perfumo, Rafael Albrecht, Marzolini; El Indio Solari, Rattín, Onega, Alberto Mario González; Artime y Pinino Mas integraron ese Seleccionado que poseía una marcada solidez en la retaguardia, un mediocampo combativo en el que Ermindo aportaba el toque de distinción y un par de delanteros que parecían ser parte de otro equipo, pues la pelota les llegaba poco y nada.

El Ronco vivió sus últimos días en la Selección en 1967. Con la cinta de capitán y a las órdenes de Cesarini, su admirado maestro, participó en el empate 1-1 con Paraguay en Asunción que marcó el debut del Loco Gatti en el representativo nacional. El 8 de noviembre, con una derrota por 3-1 contra Chile, jugó por última vez. Su etapa internacional se extendió por siete años y constó de 30 partidos y 11 goles. Más allá de las cifras, cuando salió a la cancha vestido de celeste y blanco, Ermindo siempre demostró que no le hacía falta ganar títulos para ser un crack.

Ermindo observa cómo el árbitro Rudolf Kreitlein expulsa a Rattín.