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Just Fontaine, el goleador que marcó un récord con botines prestados

El baúl de los recuerdos. El delantero francés llegó al Mundial 58 como suplente y ni siquiera tenía calzado asignado. Un guiño del destino le permitió jugar y festejar 13 tantos, una cifra que nadie igualó.

El alemán Miroslav Klose encabeza la tabla histórica de goleadores de la Copa del Mundo con 16 tantos en 24 partidos desplegados en cuatro torneos. El brasileño Ronaldo, que participó en la misma cantidad de ediciones, lo escolta con 15. Detrás se ubican el alemán Gerd Müller (14), el argentino Lionel Messi y el francés Just Fontaine, con 13. El atacante galo es dueño de un récord que se antoja imbatible: alcanzó esa marca en un solo certamen y, aunque parezca mentira, lo hizo con botines prestados.

Francia había llegado al Mundial de 1958 en Suecia con la aspiración de superar una poco satisfactoria actuación en Suiza 1954. El técnico Albert Batteaux había conformado un plantel con mayor poderío que el que llevó su antecesor Gaston Barreau a suelo helvético. Todo seguía girando en torno del habilidoso Raymond Kopa, quien en 1956 se incorporó al Real Madrid que dominó las primeras horas de la Copa de Clubes Campeones de Europa -la actual Champions League- de la mano del argentino Alfredo Di Stéfano, el húngaro Ferenc Puskas y el veloz puntero izquierdo español Francisco Gento.

Los planes de Batteaux en la ofensiva tenían a Kopa como principal argumento y en su mente aparecían como socios Roger Piantoni y Jean Vincent, ambos del Reims, el equipo que se apoderaba casi sin oposición de los títulos en la liga y la Copa de Francia. Para completar la fórmula de ataque pensó en Raymond Bellot, quien actuaba en Mónaco. En realidad, este último era la segunda opción del técnico, que se vio forzado a prescindir de Rene Bliard, que también pertenecía al campeón del torneo galo.

Fontaine poseía una temible efectividad cuando estaba mano a mano con los arqueros rivales.

Bliard era un goleador muy efectivo y, para su desgracia, las lesiones le pusieron varias zancadillas a lo largo de su carrera. De hecho, un inoportuno problema físico lo dejó al margen de Suecia 58. Eso le abrió las puertas de la alineación titular a Bellot. Sin embargo, el destino conspiró contra la ingeniería a la que debió apelar Batteaux, ya que en la última práctica antes del debut mundialista contra Paraguay, el atacante del Mónaco quedó fuera de combate.

Contra las cuerdas, el entrenador miró hacia el fondo del plantel y se encontró con Fontaine. Solo porque no tenía otra alternativa le dio una oportunidad al jugador de 24 años que en 1956 se había sumado al Reims para disimular la ausencia del genial Kopa. Nacido el 18 de agosto de 1933 en Marruecos -desde 1912 era un protectorado francés-, había sido operado seis meses antes de una lesión en una rodilla y su condición física no parecía la ideal para afrontar la Copa del Mundo.

Tampoco los antecedentes de Fontaine en el seleccionado le permitían al DT avizorar un futuro prometedor. El delantero de origen marroquí había debutado a las órdenes de Barreau el 17 de diciembre de 1953 en un contundente triunfo francés por 8-0 sobre Luxemburgo por las Eliminatorias para Suiza 54. Aunque había marcado tres goles en su presentación, esa espectacular actuación estuvo lejos de repetirse en el equipo nacional. Tanto es así que apenas había jugado un partido en 1956 y otro en 1957 por problemas en las rodillas.

La imagen del implacable goleador alcanzó una dimensión inmensa y llegó a las tapas de las principales revistas.

Recién el 18 de marzo de 1958, casi cinco años después de su primera vez con la selección, volvió a ponerle la firma a un gol. Abrió la cuenta en el empate 2-2 con una España que contó en sus filas con talentos maravillosos como el húngaro Ladislao Kubala, La Saeta Rubia Di Stéfano y Luis Suárez, quien en 1960 se convirtió en el único futbolista de ese país que ganó el Balón de Oro. Un mes más tarde, Fontaine compartió la ofensiva con Bliard, quien poco después se lesionó y nunca más pudo regresar al conjunto que ya orientaba técnicamente Batteaux.

Con Bliard fuera de carrera, Bellot era la opción más lógica para ocupar el centro del ataque. Lo curioso del caso era que el delantero del Mónaco integró el plantel mundialista, aunque jamás vistió la camiseta azul. Su bautismo internacional pudo haber sido en Suecia, pero la fatalidad lo dejó al margen y eso le abrió la puerta a Fontaine. El sucesor de Kopa en el Reims estaba tan relegado que ni siquiera viajó a suelo escandinavo con botines. Quizás ni él mismo se imaginaba dentro de la cancha y menos aún en el marco de un torneo de esa magnitud.

Es cierto: eran otros tiempos y hoy en día sería inimaginable que un futbolista acuda a una Copa del Mundo sin un elemento tan básico como un par de botines. Sin embargo, para entender la situación se hace imprescindible retroceder casi siete décadas y considerar que Fontaine había sido convocado para completar la lista de 22 de jugadores requeridos y no estaba previsto que encontrara una oportunidad para entrar en acción. En esa época ni siquiera estaban previstos los cambios…

Fontaine se ganó sorpresivamente un lugar en la selección francesa que participó en el Mundial de Suecia.

El salvador de Fontaine fue su compañero Stephane Bruey, un atacante del Angers que disponía todavía de menos posibilidades para jugar y que, afortunadamente para el futuro gran goleador, usaba botines de la misma medida que él. Así, con calzado prestado, favorecido por una sucesión de impensados hechos fortuitos y ante la absoluta desconfianza del entrenador, el futbolista de 24 años estaba listo para grabar su nombre a fuego en la historia de las Copas del Mundo.

UN LARGO CAMINO HACIA LA FAMA

La familia Fontaine estaba radicada en Marruecos cuando Just llegó al mundo. Estudiaba en el Liceo de Casablanca mientras en las categorías menores de la Unión Deportiva Marrakech empezaba a marcar goles. En 1950 saltó a Primera División y hasta 1953 festejó 62 tantos en 48 partidos. Esas cifras pronosticaban un promisorio porvenir para ese delantero veloz, oportunista y decidido en iguales proporciones.

Recaló en Niza, con el que obtuvo un título de liga y la Copa de Francia. Acumuló otros 42 goles en tres temporadas y en medio de ese período de lucimiento se dio el gusto de jugar en la selección. La carrera de Fontaine adquirió la fisonomía de un vertiginoso viaje hacia la fama. La obligación de cumplir el servicio militar le puso un brusco freno a su ascendente progreso. Cuando se reincorporó al equipo lo relegaron al plantel de reserva.

Con el Niza ganó la Copa de Francia en 1954.

En ese momento surgió el interés de Reims, que buscaba un reemplazante calificado para suplir la ausencia de Kopa, transferido al Real Madrid. Batteaux, en ese tiempo técnico del equipo, no lo pensó dos veces e inmediatamente le hizo un lugar en la alineación titular. Un impresionante registro de 32 goles en 31 partidos sirvió para ratificar que la elección no pudo haber sido más acertada.

Cada temporada en el Reims no hacía más que ratificar la condición de certero definidor de Fontaine. Otros 39 tantos en 32 encuentros de la campaña 1957/58 contribuyeron a que Reims se alzara con la liga (fue el goleador con 34 conquistas) y la Copa. Se complementaba a la perfección con Bliard, Piantoni y Vincent, pero las lesiones que se le cruzaron en el camino y sus ausencias en el equipo nacional sembraban dudas.

La operación a la que debió someterse seis meses antes del Mundial de Suecia forzó la pérdida de terreno en la consideración de Batteaux, quien poco antes del certamen en territorio escandinavo tomó las riendas de la selección. El técnico conocía mejor que nadie a Fontaine y sabía que se encontraba muy lejos de su mejor nivel. Por eso lo tenía tan postergado, al menos hasta la baja de Ballot.

Se convirtió en una figura fundamental del Stade Reims.

IMPLACABLE

Ya con los botines de Bruey, Fontaine saltó a la cancha para el debut mundialista contra Paraguay. Sus compañeros de ofensiva fueron Maryan Wisnieski, Vincent y Piantoni, con el abastecimiento de Kopa, quien partía desde una posición un tanto más retrasada. Los albirrojos se pusieron en ventaja con un gol de Florencio Amarilla a los 20 minutos del primer tiempo y apenas 180 segundos más tarde el artillero francés escribió el capítulo inicial de su demoledora tarea en la Copa del Mundo.

Kopa, un jugador que aunaba habilidad con exquisitez, se encontró con Piantoni y este dejó a Fontaine cara a cara con el arquero Ramón Mayeregger para establecer el 1-1 transitorio. Apenas seis minutos más tarde, se repitió la fórmula y el atacante galo puso al frente a su selección. En solo media hora, el artillero le demostró al técnico que su inclusión no era una solución de emergencia, sino el punto de partida para que Francia fuera catapultada hacia una notable campaña en Suecia.

Los paraguayos no se quedaron de brazos cruzados y desnivelaron el marcador con goles de Amarilla, de penal, y de Jorge Romero. Las huestes de Batteaux replicaron con tantos de Piantoni y Wisnieski. Volvió a aparecer en escena Fontaine, para estampar el 5-3 parcial con una certera definición en el área como cierre de una jugada iniciada por el defensor Robert Jonquet y que incluyó una doble pared del atacante con Piantoni. Luego, las conquistas de Kopa y Vincent le dieron forma al 7-3 definitivo.

En la derrota a manos de Yugoslavia anotó los dos tantos franceses.

Al triunfal bautismo mundialista de Fontaine del 8 de junio le siguió, tres días más tarde, una derrota de su equipo por 3-2 a manos de Yugoslavia. Aunque los dos puntos en disputa se los quedaron los balcánicos, el atacante del Reims volvió a sobresalir con un doblete. Con una volea desde el punto penal tras un centro de Piantoni había abierto el marcador y le tocó empatar momentáneamente al hacer pasar la pelota por encima de la cabeza del arquero Vladimir Beara. Cuando la igualdad parecía sentenciada, Todor Veselinovic hizo su segundo gol de la jornada y decretó el triunfo de su selección.

En sus dos compromisos iniciales, Francia había exhibido una llamativa potencia ofensiva y una notoria fragilidad en la retaguardia. La única alternativa que les quedaba a los de Batteaux era vencer a Escocia para prevalecer sobre Paraguay, que al igual que los galos, tenía dos puntos. El líder del Grupo 2 era Yugoslavia, con cuatro. Kopa y Fontaine -con un remate desde poca distancia- hicieron realidad la victoria tan necesaria y depositaron a su selección en los cuartos de final, ayudados por el empate de los balcánicos con los albirrojos.

El siguiente obstáculo fue Irlanda del Norte, al que los franceses sortearon casi sin oposición. Wisnieski inició el camino del 4-0 final y Fontaine estiró la cuenta con dos anotaciones (primero sometió con una volea al arquero Harry Gregg y luego lo dejó en el camino después de recibir un pase de Kopa). Piantoni le puso cifras definitivas al compromiso. Con su formidable fuerza de ataque, el elenco galo se instaló en las semifinales, en las que debía vérselas nada más y nada menos que con un Brasil que había encontrado casi por accidente a dos fenómenos como Pelé y Garrincha.

Fontaine define cara a cara con el brasileño Gilmar.

De un lado, Kopa, Fontaine, Vincent y Piantoni; del otro, Pelé -el adolescente de 17 años que iniciaba en Suecia el reinado que se extendió hasta México 1970-, el extraordinario Garrincha del que el psicólogo del plantel verdiamarillo decía que “tenía botellas en vez de sesos en la cabeza”, junto al sabio Didí y al efectivo Vavá. Ese duelo en el estadio Rasunda, en Solna, solo podía ser un festival de fútbol ofensivo y tanto Francia como Brasil se encargaron hacer honor a esas expectativas.

Muy temprano, a los dos minutos, Jonquet, el capitán de los europeos, perdió la pelota con Garrincha y el fantástico wing se lanzó a pura habilidad hacia adelante y envió un centro que, como sucedía habitualmente en ese Mundial, terminó en gol de Vavá. A los nueve, en una prueba de que en ese partido solo valía atacar, Kopa se le escapó a Nilton Santos -un lujoso marcador de punta- y culminó su maniobra por el flanco derecho con un lanzamiento que superó la estirada del arquero Gilmar y quedó servido en los pies de Fontaine. El despiadado artillero empató desde un ángulo muy cerrado.

La igualdad se quebró antes en el trámite que en el marcador. Jonquet se fisuró la tibia en un choque con Vavá y la estructura defensiva francesa quedó resquebrajada. Didí colocó la pelota en un ángulo imposible para el guardavalla Claude Abbes y Brasil encontró la brecha para sentenciar el partido. Pelé brindó uno de los excelsos recitales de fútbol de gala con los que asombró al mundo en ese torneo y alejó a su equipo con tres tantos. Cerca del final, descontó Piantoni. El 5-2 en contra les dejó a los galos el único consuelo de luchar con Alemania Federal por el tercer puesto.

Contra Alemania Federal, el atacante sentenció el partido contra cuatro goles.

El cotejo por el último escalón del podio estaba previsto para el 28 de junio, cuatro días después de la derrota a manos de Brasil. Los suplentes le pidieron al técnico Batteux la oportunidad de mostrarse en un torneo que ya creían terminado. El entrenador se negó: “Este partido tenemos que ganarlo para que Francia pase a la historia en el Mundial 58 en el lugar que merece”. Y ese lugar fue un tercer puesto construido con un descomunal 6-3 sobre los campeones de Suiza 1954.

Fontaine, el suplente que ni siquiera tenía botines propios, había llegado al último partido -el sexto- con nueve tantos. Le quedaban 90 minutos para hacer historia y no desaprovechó esa posibilidad que le entregó el destino servida en bandeja de plata. Su sensacional cosecha se vio alimentada por cuatro conquistas que elevaron su producción a 13 festejos en seis encuentros, a razón de 2,16 por encuentro. Un promedio infernal, irrepetible.

Su colosal faena comenzó no bien pasó el cuarto de hora inicial con una jugada a toda velocidad en la que se juntaron Kopa, Yvon Douis (sustituto de Piantoni) y Fontaine que el implacable goleador finalizó con un potente remate. Empató Hans Cieslarczyk, desniveló Kopa y el máximo anotador del Mundial puso el 3-1 luego de tomar un rebote en el arquero Heinz Kwiatkowski. Douis aumentó, Helmut Rahn acercó a Alemania y luego llegó el tercer tanto del artillero, producto de un pase de Wisniewski.

Llevó a Francia al tercer puesto y cerró el Mundial con 13 goles.

Hans Schäfer disminuyó la ventaja francesa. Ese fue el prólogo para la cuarta aparición estelar de Fontaine, quien se lanzó en una imparable carrera hacia el gol luego de recibir la pelota del puntero Wisniewski. El 6-3 no solo depositó a los galos en un tercer puesto que no hacía más que premiar a un equipo de una insaciable sed de victoria y entronizar a su inesperada figura como el dueño de un récord casi imposible de igualar. Esos 13 tantos transformaron al atacante del Reims en una figura inolvidable de los Mundiales.

Arribó a Suecia sin demasiadas esperanzas de tener, al menos, un minuto de protagonismo. La suerte lo cobijó en sus brazos por la lesión de dos compañeros y la aparición de un par de botines a la medida de un delantero muy ambicioso. Recorrió el certamen con un triplete a Paraguay, un doblete en la derrota a manos de Yugoslavia, un tanto en la victoria sobre Escocia, otro par de goles frente a Irlanda del Norte, una conquista en la caída contra Brasil y los cuatro que llevaron a Francia al último escalón del podio.  

El gran mérito de esa hazaña que todavía en el siglo XXI le gana por goleada al paso del tiempo fue, obviamente, su salvaje poder de definición y la perfecta sincronía que alcanzó con los otros integrantes de la ofensiva francesa, en especial con Kopa. El propio Fontaine reconoció alguna vez la influencia de su célebre compañero, pero también dejó en claro que sin su buena puntería jamás habría alcanzado el récord: “Raymond es un astro comparable a Di Stéfano, Didí o Pelé, pero con él o sin él yo siempre hice goles. Algo debo poner de mi parte, ¿no?”.

Raymond Kopa y Fontaine, las figuras de Francia. Uno era un genio, el otro un delantero implacable.

COMO LA LUZ DE UN FÓSFORO

Fontaine regresó del Mundial convertido en una estrella. Hasta se dio el gusto de aprovechar su inaudita popularidad con una etapa como cantante de la que él mismo se burlaba. “Yo sé que no soy un gran cantante, pero me pagan muy bien y no es culpa mía que a otros que quizás canten mejor les paguen menos”, argumentó ante algunas críticas. Tal vez podría desafinar un poco, pero lo suyo era gritar goles a viva voz.

Con el Reims sumó a su colección de títulos la Supercopa de Francia de 1958 y 1960, los títulos de la liga en las temporadas 1959/1960 y 1961/62. Por si fuera poco, llevó en 1959 a su equipo a la final de la Copa de Clubes Campeones de Europa en la que cayó con el Real Madrid dueño del Viejo Continente en aquella época. Los merengues, que contaban con Kopa en sus filas, ganaron 2-0 con tantos de Mateos y Di Stéfano.

El Reims era la base de la selección. Su temible delantera contaba con Robert Lamartine, Bliard, Fontaine y Vincent, con Piantoni encargado de armar juego desde unos metros más atrás. Casi cinco hombres entregados a la ofensiva. Y ese envidiable poderío se fortaleció poco después con el regreso de Kopa luego de su ciclo triunfal en Real Madrid. Todo estaba dado para que los albirrojos extendieran sus éxitos por varios años.

En Reims, junto a Kopa y Roger Piantoni, dos de sus mejores socios en el seleccionado francés.

También en la selección francesa el porvenir se antojaba venturoso. Fontaine se mantuvo como titular inamovible al lado de Kopa y Vincent, dos de sus viejos socios en Suecia. Y, por supuesto, no abandonó su hábito de inflar las redes de los arcos de sus rivales. Le hizo dos goles a Grecia en un 7-1 y tres a Austria en un 5-2 en encuentros correspondientes a las Eliminatorias para la Eurocopa de 1960. También anotó en amistosos contra Austria, Italia, Portugal (un triplete), España y Chile. La contundencia de Fontaine no había sido solo un espejismo en suelo escandinavo…

El 20 de marzo de 1960 se escribió el principio del fin de su carrera. En un partido entre Reims y Sochaux, por la liga francesa, chocó con el marfileño Touré Sekou. Los gestos de dolor del delantero presagiaban una grave lesión. No era para menos: sufrió una doble fractura de tibia y peroné. Apenas cuatro días antes había vulnerado tres veces el arco de Chile en un amistoso. Estaba en un momento espectacular. Pasó por el quirófano e intentó volver.

El 11 de diciembre jugó por última vez con la camiseta azul de Francia en un 3-0 contra Bulgaria por las Eliminatorias para el Mundial de Chile. En 1962, finalmente, entendió que no podía seguir luchando con el dolor y verse en un nivel que no le hacía honor al pasado reciente. Decidió poner un abrupto cierre a su vertiginosa carrera. Se retiró a los 29 años con 258 goles (145 fueron para el Reims) en 283 partidos en sus equipos y con 30 tantos en 21 encuentros para el seleccionado de su país.

Fontaine se despidió del seleccionado francés con 30 tantos en 21 partidos.

El brillo de su estrella se apagó muy rápido. Como la luz de un fósforo. Su nombre, sin embargo, permanece firmemente instalado entre los más grandes de la historia. Porque por más que Klose sea el máximo artillero de los Mundiales, nadie pudo igualar a Fontaine, el suplente francés que se despachó con 13 goles en Suecia 1958 con un par de botines prestados.