El 2 de mayo de 1945, los alemanes se rindieron ante el Ejército soviético en Berlín. Los soldados del agonizante Tercer Reich fueron llevados a campos de trabajos forzados. El destino final de Fritz Walter, uno de los prisioneros, era la muerte. Camino a Siberia, un guardia recordó haber visto en una cancha a ese paracaidista de 24 años que pateó una pelota que cayó fortuitamente en sus pies. Lo rescató y le salvó la vida. El 4 de julio de 1954, el hombre que huyó de la muerte lideró a la selección de su país al título del mundo con una victoria impensada sobre una Hungría maravillosa.
Dicen que la realidad siempre supera a la ficción. La historia de Friedrich Walter, inmortalizado en el mundo del fútbol como Fritz Walter, confirma esa idea. Nacido el 31 de octubre de 1920, desde los 17 años se lucía como implacable delantero en el Kaiserlautern y a los 19 ya actuaba en el seleccionado nacional. El 3 de mayo de 1942, en Budapest, Alemania venció 5-3 a Hungría y el atacante se despachó con un doblete. Esa actuación le permitió gambetear a la muerte. “Yo te conozco. Hungría 3 - Alemania 5. Budapest, 1942. Marcaste dos goles”, le comentó un guardia húngaro a ese hombre en una escala ucraniana del traslado a Siberia.
¡Cuánta calidad debía tener aún el debilitado Walter para que ese anónimo soldado lo reconociera! Durante el cautiverio había contraído malaria y su estado físico difería mucho del de su pasado reciente como futbolista. Sin embargo, le bastó tocar la pelota una vez para que en la memoria de ese húngaro encargado de controlar el desfile de prisioneros se despertara el recuerdo de aquella fantástica actuación. Sí, la realidad superó a la ficción y lo hizo de tal modo que Fritz -en su país bastaba con pronunciar su nombre para identificarlo- fue el capitán de la sorprendente victoria alemana justamente sobre la patria de su salvador.

Desde su debut en la selección, Walter hizo gala de su poder de definición.
DE GOLEADOR A PRISIONERO
Cuando la Bundesliga (liga alemana) todavía no había visto la luz, los equipos participaban en certámenes regionales, conocidos como Oberliga. Kaiserlautern participaba en la Oberliga Sudoeste y desde la temporada 1939/40 se nutrió de los goles de Fritz Walter. En esa primera campaña el atacante anotó 30 tantos en 15 partidos, lo que daba cuenta de que su irrupción en el equipo fue sensacional. No bien cubrió su cuerpo con la camiseta roja sobresalió como un artillero despiadado. Esa efectividad lo llevó a festejar 85 conquistas en 41 encuentros entre 1939 y 1942.
Tamaña contundencia no pasó inadvertida para el entrenador del seleccionado alemán, Sepp Herberger, quien estaba al frente del equipo desde poco después de los Juegos Olímpicos de Berlín, celebrados en 1936. El técnico, quien en el Mundial de Francia 1938 no había dudado en convocar a varios de los mejores jugadores de la recientemente anexada Austria -incluidos varios miembros del famoso Wunderteam- tenía un especial talento para detectar buenos futbolistas. Esa cualidad hizo que no perdiera de vista el olfato goleador del centrodelantero del Kaiserlautern.
La presentación de Walter en el seleccionado no pudo haber sido mejor: el 14 de julio de 1940 debutó con tres goles en el triunfo 9-3 sobre Rumania en Fráncfort. Si bien ya había estallado la Segunda Guerra Mundial, Alemania salía con frecuencia a la cancha para vérselas con representativos de países afines al régimen nacionalsocialista de Adolf Hitler. Así apabulló 13-0 a Finlandia con otros dos tantos de Fritz, empató 2-2 con Hungría, venció 7-3 a Bulgaria, perdió 2-0 con Yugoslavia y le ganó 1-0 a Dinamarca.

La delantera que goleó 7-0 a Rumania en 1941. El primero es Walter y el cuarto el polaco Ernest Wilimowski, figura de su país en Francia 1938.
Su derrotero por los campos de juego se vio interrumpido parcialmente por su reclutamiento para el cuerpo de paracaidistas. También era cierto que participaba en partidos con un equipo de fútbol militar y eso le evitó entrar abiertamente en la contienda bélica. Además, la selección afrontó compromisos internacionales contra los aliados del nazismo y frente a naciones neutrales como Suiza, a la que le hizo un gol en un 4-2 en 1941, y a Suecia, frente a la que marcó en una derrota por 4-2 en Estocolmo ese mismo año.
Vulneró la valla húngara en un 7-0, la de Rumania en un 4-1, dos veces la de Croacia en un 5-1 en Viena -donde Alemania fue local- y aportó otro festejo en el 4-0 sobre Eslovaquia. Todo eso ocurrió en 1941, en una prueba de que Hitler usaba el fútbol para demostrar que la vida seguía su curso a pesar de la guerra. Y un año más tarde continuó la seguidilla de goles de Walter: los famosos dos a Hungría en Budapest, tres a Rumania en un inapelable 7-1, uno a Suecia en un 5-3 en Berna y uno más a los croatas, derrotados 5-1 en Stuttgart.
Apenas hubo espacio en los años siguientes para el fútbol en una Alemania asediada por las fuerzas aliadas, hasta que el 2 de mayo de 1945, dos días después del suicidio de Hitler, el Ejército soviético se paseó triunfal por las calles de Berlín. Walter y otros integrantes de las fuerzas armadas como su hermano Ottmar (nacido el 6 de marzo de 1924), cayeron en manos de los militares que respondían a Josef Stalin. Fritz fue conducido a un campo de concentración en Rumania, donde se reencontró con Ottmar.

Los hermanos Ottmar y Fritz Walter.
El mayor de los Walter contrajo malaria y la enfermedad le provocó insoportables malestares en los tórridos días de verano. Sufría tanto el sol que, increíblemente, empezó a disfrutar de la lluvia. Cuando regresó a las canchas jugó sus mejores partidos en jornadas con intentas precipitaciones, tanto que se decía que esas condiciones resultaban ideales para él. Claro, el retorno al fútbol fue posible solo porque en Ucrania, última etapa de su viaje sin esperanzas a Siberia, lo reconoció el guardia húngaro que lo vio tratar la pelota con tanta delicadeza.
Si bien el hecho de salvar el pellejo tan azarosamente hizo posible que volviera a existir el Fritz Walter futbolista, la Segunda Guerra Mundial no le dejó secuelas físicas de importancia más allá de sus molestias cuando la temperatura se elevaba demasiado. En cambio, para Ottmar la situación fue diferente: le tocó servir en la Marina y sufrió graves heridas en las rodillas que condicionaron severamente su paso por las canchas.
EL ESTRATEGA
La Oberliga Sudoeste se reanudó en la temporada 1945/46. Como si el tiempo se hubiese detenido y la conflagración jamás hubiera ocurrido, Fritz renovó sus credenciales de goleador y en los tres primeros certámenes sumó 69 tantos en 52 partidos. A su lado se afianzó -al menos cuando los dolores que sentía en las rodillas se lo permitían- su hermano Ottmar, quien formaba parte del Kaiserlautern desde 1942 y acumulaba seis conquistas en ocho presentaciones. Claro, las aspiraciones de Ottmar se volvían difusas porque no le resultaba sencillo hacer frente a las secuelas del combate.

Con el paso del tiempo, se afianzó como mediocampista ofensivo.
Aunque conservaba intacta la capacidad de definición, Fritz mostró cualidades más propicias para la conducción en su segunda etapa. Siempre se había destacado por su habilidad, riqueza técnica y su inteligencia táctica. Esa última cualidad afloró al retroceder unos menos en el campo para asumir funciones más vinculadas con la creación que con las tareas habituales de un centrodelantero. Nació como habitante del corazón del área contraria y, de pronto, su campo de acción se extendió considerablemente.
La actividad se redujo casi en exclusividad a los certámenes regionales, pues la selección estuvo desintegrada hasta 1950. En los años previos a la guerra, Herberger se había ocupado de reclutar a los más destacados jugadores de países en los que se había asentado el nazismo. Uno de los principales refuerzos, además de los miembros del Wunderteam austríaco, fue el polaco Ernest Wilimowski, el primer futbolista que marcó cuatro goles en un partido mundialista (lo hizo en Brasil 6 – Polonia 5 en 1938). A partir de 1945, la tarea del DT consistió en recorrer los pueblos destruidos por los bombardeos para ver con quiénes podía contar para el futuro.
Aunque la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) le cerró las puertas a la participación en el Mundial de 1950 que iba a celebrarse en Brasil, Alemania -la República Federal Alemana, según su nueva denominación- disputó un partido amistoso el 22 de noviembre de ese año contra Suiza en Stuttgart. Ese día debutó Ottmar Walter. Las huestes de Herberger se impusieron 1-0 con un tanto de Herbert Burdenski y contaron en sus filas con el arquero Anton Turek y los delanteros Maximilian Morlock y Bernard Klodt, a quienes les esperaban buenos tiempos en el equipo.

Durante casi dos décadas, Fritz Walter fue un pilar del seleccionado alemán.
El 15 de abril de 1951 ambos rivales volvieron a verse las caras. En Zürich ganó Alemania 3-2 y, por primera vez, compartieron la alineación los hermanos Walter. Fritz, que jugó en su nueva posición de mediocampista ofensivo, le puso la firma al tercer tanto. A Ottmar, que actuó como delantero central, le había tocado abrir la cuenta, pero su primer gol internacional fue el prólogo de un paréntesis de casi 12 meses alejado del representativo teutón. En cambio, Fritz demostró que había regresado para quedarse.
CAPITÁN Y FIGURA
La presencia de Fritz Walter en la selección era indiscutida para Herberger, quien lo trataba como si fuese su hijo. El propio entrenador confesó alguna vez que debía ejercer funciones que iban mucho más allá de la relación entre un técnico y un jugador. “Con Fritz siempre fui más un psicólogo que un entrenador”, reveló el DT en un artículo del periodista Rudi Michel publicado en 1974 que repasaba la carrera del futbolista.
Herberger, a quien conocían como El Viejo Zorro, le había conferido a Walter la capitanía de la selección. Quizás la decisión se antojaba llamativa, pues Fritz tenía una personalidad muy particular. Tímido, inseguro y muy permeable a las críticas, el hombre del Kaiserlautern requería el firme respaldo de un técnico con un enorme poder de persuasión para que sus magníficas condiciones técnicas no se vieran opacadas por los vaivenes anímicos. Si hasta en el Mundial 54 le hizo compartir la concentración con el puntero derecho Helmut Rahn, extrovertido y seguro de sí mismo, para aliviarle la carga.

Fritz y Sepp Herberger, el técnico que con él debía ser más psicólogo que entrenador.
A Fritz lo habían desmoralizado mucho los cuestionamientos que recibió en la derrota por 3-1 contra Francia el 5 de octubre de 1952 en París. “En la mitad de la cancha, sobre la izquierda, estuvo parado Fritz Walter, el encargado de la lavandería del equipo”, reflejaba el artículo de Michel en un repaso de los medios de la época. Ese trato hostil afectaba significativamente al capitán. Y si bien había sido parte del seleccionado que obtuvo la clasificación para Suiza 54 -en las Eliminatorias le hizo dos goles a Noruega-, los hinchas exigían que no acudiera al Mundial porque lo consideraban acabado.
A los 33 años, con el ánimo por el piso, Fritz decidió dar un paso al costado y retirarse del representativo alemán. Para incrementar todavía más su pesadumbre, el Kaiserlautern perdió 5-1 con Hannover un mes antes del Mundial y, aunque su hermano Ottmar, los defensores Werner Kohlmeyer y Werner Liebrich y el mediocampista Horst Eckel también pertenecían a ese equipo, los reproches solo eran para él. Herberger tuvo que apelar a todas sus dotes de motivador para que el capitán formara parte del plantel definitivo.
Las posibilidades de Alemania tenían la fisonomía de una gigantesca incógnita. Nadie sabía qué podía esperarse de ese equipo que desde 1938 no registraba antecedentes significativos. En ese clima, los dirigidos por El Viejo Zorro le ganaron 4-1 a Turquía en el inicio de la Copa del Mundo. Pese a que el triunfo había sido holgado, a Herberger no lo conformó el rendimiento de los delanteros. Para solucionar ese problema le envió un telegrama a Rahn, quien figuraba en la lista de 22 convocados, pero había sido autorizado a efectuar una gira por Sudamérica con su equipo, el Rot-Weiss Essen.

Helmut Rahn fue un puntero muy efectivo que, además, le brindaba un necesario respaldo anímico a Walter.
El extremo derecho, al que llamaban El Jefe, arrastraba un serio problema con el alcohol. El técnico estaba al tanto, pero sabía que Rahn respetaba su autoridad e iba portarse bien mientras estuviera en Suiza. Además, la presencia del atacante le otorgaba un doble beneficio: Fritz Walter necesitaba a su lado a un hombre de carácter desprejuiciado y optimista que combatiera sus demonios internos y, al mismo tiempo, el capitán se convertiría en el más celoso custodio de la sobriedad de su compañero.
Alemania compartía el Grupo 2 con Hungría, Turquía y Corea del Sur. El Mundial de Suiza se diagramó con un confuso sistema por el cual se designaban dos cabezas de serie por zona que no debían enfrentarse en la fase inicial. Además, si los partidos terminaban empatados al cabo de los 90 minutos, el reglamento de la competición obligaba a jugar media hora de alargue. Si persistía la igualdad, se computaba ese resultado. Muy curioso y, del mismo modo, bastante propicio para las especulaciones.
Se escogió a húngaros y turcos como cabezas de serie y por eso Herberger era consciente de que no importaba el resultado del duelo con los Magos magiares -un revolucionario equipo que le rendía culto a la Austria de los años 30 y dio lecciones que tomó La Naranja Mecánica holandesa en 1974- porque la clasificación se la disputaban mano a mano con Turquía. Ese permitió que el técnico pusiera en marcha una treta con poco espíritu deportivo, pero muy efectiva: reservar titulares en el segundo partido.

La selección que se alzó con el título del mundo en 1954.
Solo dieron el presente los defensores Kohlmeyer, Jupp Posipal y los medios Eckel y Fritz Walter. Jugó Rahn y también fue incluido Werner Liebrich, un duro marcador que lesionó gravemente a Ferenc Puskas, la figura húngara. Alemania perdió por un contundente 8-3 que disparó la preocupación del público, pero que se ajustaba a la perfección al plan urdido por Herberger. Los magiares repitieron la lujosa labor que les había permitido golear 9-0 a la exótica Corea del Sur y ratificaron que eran los máximos candidatos al título.
Mientras Hungría se instaló en los cuartos de final y tenía por delante duelos complicadísimos con Brasil y con Uruguay -dio cuenta de Inglaterra en un partido que marcó la despedida del Negro Jefe Obdulio Varela-, Alemania se sacó de encima a Turquía en el desempate con un 7-2 en el que se lució Morlock, con tres goles, Hans Schäfer marcó dos veces y los hermanos Walter se repartieron los restantes tantos. El siguiente compromiso lo superó con un 2-0 sobre Yugoslavia con un gol de Rahn -el segundo que lograba en el certamen- y otro del defensor Ivan Horvath, en contra.
Austria tenía a un elegante centromedio llamado Ernst Ocwirk y a dos feroces definidores como Erich Probst y Ernst Stojaspal y con esos argumentos eliminó a Suiza en un partidazo que terminó 7-5. Se cruzó en el camino a Alemania en las semifinales y Herberger les lanzó un reto a sus futbolistas: “Si los suizos les hicieron cinco goles, nosotros les tenemos que marcar no menos de seis. Si no, sería un deshonor”. El desafío fue cumplido al pie de la letra: su equipo ganó 6-1 y accedió a la final.

Jules Rimet deposita la Copa que lleva su nombre en las manos del capitán alemán.
Fritz Walter jugó uno de los mejores partidos de su larga carrera contra Austria. No solo marcó dos tantos de penal, sino que manejó los hilos de su equipo y hasta le sirvió un córner perfecto a Morlock para que señalara el segundo tanto. Ottmar Walter aportó un doblete y el descuento de Probst apenas decoró la actuación de un rival de muy buena técnica que sucumbió ante la intensidad física del equipo de Herberger. El último obstáculo en la inesperada ruta hacia el título era nada más y nada menos que Hungría, que había tenido un arduo trabajo contra Uruguay.
A pesar de que Puskas estaba en inferioridad de condiciones por la brutalidad de Liebrich, se esperaba que reapareciera. Más allá de la suerte que corriera el genial zurdo que en esa época militaba en el Honved, Hungría tenía fenómenos en toda la cancha. Sandor Kocsis llevaba 11 goles en cuatro partidos, Joszef Bozsik se lucía en el mediocampo y Nandor Hidegkuti daba cátedra en la función de falso nueve que parecía una fiel copia de lo que había hecho Adolfo Pedernera en La Máquina de River en la década del 40.
El pesimismo dominaba las horas previas de los alemanes. Fritz Walter no era la excepción. Al principio se conformaba con no perder por goleada, luego intentó consolarse con la idea de que nadie esperaba ver a su equipo en la final. Y terminó convenciéndose de que la victoria no era imposible: “¿Y por qué tenemos que perder? En el 8-3 no contábamos con la mitad del equipo y, sin embargo, les hicimos tres goles”. Era extraño que se pronunciara con ese optimismo, pero en Suiza había aparecido la mejor versión posible del capitán.

Fritz y Ferenc Puskas, dos actores protagónicos de la gran final en Berna.
El 4 de julio una lluvia torrencial se abatió sobre Berna. “El tiempo justo para Fritz y el partido justo para Fritz”, profetizó Herberger aferrándose a la noción de que el capitán jugaba mejor en días pasados por agua. El pálpito pareció quedar reducido a una simple habladuría cuando Puskas -jugó, pero se notó pronto que no estaba recuperado- y Zoltan Czibor establecieron el 2-0 antes de los diez minutos de acción. Contra las cuerdas, El Viejo Zorro ajustó las marcas y le ordenó al mayor de los Walter que se olvidara del elegante Bozsik. El medio húngaro debía preocuparse por él.
A Herberger no se les escapaba que el exquisito Bozsik estaba habituado a que le destinaran una marca y nunca se mostraba dispuesto a ser él el custodio de un rival de turno. Eso le dejó mucho terreno fértil a Fritz para encabezar la reacción alemana. Alemania descontó casi inmediatamente a través de Morlock y antes de los 20 minutos empató con un tanto de Rahn que llegó luego de un exacto centro de Walter. La finalísima había cambiado de manos y Hungría no se había dado cuenta.
En el complemento, el estado barroso del campo le cobró un precio muy alto a los húngaros, que habían librado dos cruentas batallas contra Brasil y Uruguay. Además, perdían el control de la pelota en el medio por el trabajo colectivo de Fritz, Eckel y Morlock que le ganaban una y otra vez a Hidegkuti y a Bozsik. Con apenas seis minutos por delante, el capitán alemán le arrebató el balón a este último y envió un pase que dejó a Rahn libre para sacar un remate que superó la estirada del arquero Gyula Grocsis. Casi sobre el epílogo a Puskas le anularon un tanto por una supuesta posición adelantada.

Heberger, Walter, la Copa Rimet y el arquero Anton Turek.
El mundo estaba sorprendido. Acaba de asistir al Milagro de Berna, el triunfo de Alemania Federal por 3-2 sobre una Hungría que se había mostrado imbatible por cuatro años. Era la victoria de la fuerza sobre la belleza. Y también el éxito de un líder tímido como Fritz Walter. “Sin Fritz, el equipo alemán que enfrentó a Hungría no hubiese existido”, opinó Liebrich. “Era el mejor jugador que tenía ese equipo”, precisó Herberger, el hombre que había logrado que el sensible capitán expulsara sus fantasmas y condujera con maestría a sus compañeros.
EL FINAL
El título del mundo redujo a la nada el descrédito del público alemán hacia su capitán. Fritz había sido el héroe que la selección necesitaba para darle tamaña alegría a un pueblo que intentaba despojarse de los terribles recuerdos de la guerra. Ya no se discutía la veteranía del antiguo goleador del Kaiserlautern, sino que se la veía como un signo de sabiduría. ¿Quién en su sano juicio iba a atreverse a reprocharle algo a un jugador como Walter?
En los años siguientes el capitán acudió a cada partido que disputó Alemania. El 26 de mayo de 1956 consiguió su último gol en el traspié por 3-1 contra Inglaterra en Berlín. Su cuenta se detuvo en 33 tantos, una cifra que transcurrido más de un cuarto del siglo XXI aún lo coloca undécimo en la tabla histórica de artilleros que encabeza Miroslav Klose con 71 conquistas. Sin embargo, el valor de Fritz en la historia del fútbol de su país no se mide con números o estadísticas, sino por su influencia decisiva en la inesperada victoria sobre Hungría.

Jugó el Mundial de Suecia con 37 años.
El momento del puntapié inicial de Suecia 1958 encontró a Walter con 37 años. Ya no era el mismo. Ninguno de sus compañeros lo era. Herberger volvió a citar a Rahn, aunque el decisivo puntero de 1954 era una sombra por su cada vez más exacerbado alcoholismo y del equipo campeón se mantenían en forma Eckel y Schäfer, a quien habían designado capitán. La decisión del técnico de relevar de esa responsabilidad a Fritz pudo haber tenido que ver con la intención de no agregarle más presión, aunque seguía siendo una voz de peso en el plantel.
Pensar en que Alemania pudiera repetir la consagración de 1954 se antojaba una utopía. La renovación no había sido tan auspiciosa, pues solo habían surgido el sólido defensor Karl-Heinz Schnellinger, el mediocampista Horst Szymaniak y Uwe Seeler, un goleador que terminó marcando una época en la selección y en el Hamburgo. Esa situación no impidió que las huestes del Viejo Zorro terminaran entre los cuatro mejores de la Copa del Mundo.
Para Fritz Walter el torneo fue un martirio por la violencia con la que fue tratado por sus adversarios. En el debut, Alemania se topó con Argentina, que regresaba a los Mundiales después de 24 años con la pretensión de exhibir la calidad de sus futbolistas. En 1957, los albicelestes habían brindado soberbias exhibiciones en el Sudamericano disputado en Perú con una delantera que quedó en la memoria como Los Carasucias de Lima.

Fritz en 1958, junto a Rahn y al joven Uwe Seeler.
Al quinteto ofensivo integrado por Oreste Corbatta, Humberto Maschio, Antonio Valentín Angelillo, Enrique Omar Sívori y Osvaldo Cruz le faltó el trío central y sus reemplazantes no estuvieron a la altura. El plantel formado por el técnico Guillermo Stábile poseía riqueza técnica individual, pero la preparación física y el desconocimiento de lo que el resto de los equipos había desarrollado desde el punto de vista táctico empujaron a la Argentina a un fracaso descomunal que tuvo nombre propio: El Desastre de Suecia.
Corbatta puso inesperadamente en ventaja a los de Stábile con un golazo y las esperanzas argentinas parecían tocar el cielo con las manos. Fue un espejismo. Fritz Walter encontró libertad para moverse a espaldas de José Varacka y Néstor Rossi y desde allí dominó las acciones. Claro que el partido no terminó bien para él porque, más allá de que Alemania ganó con dos tantos de Rahn y uno de Seeler, el estratega del Kaiserlautern acabó maltrecho por una violenta falta de Pipo Rossi.
Los empates 2-2 con Checoslovaquia y con una Irlanda del Norte de excelente desempeño dejaron en evidencia que los alemanes tenían más puntos flojos de los que se suponía. Para Walter cada partido era un martirio porque el esfuerzo por los años acumulados y el dolor que le causaba la infracción de Rossi reducían su protagonismo. Luchaba contra sí mismo. Su equipo también lo hacía, pero abrazado a la rudeza de sus defensores como único argumento para contener a las ofensivas rivales. En el ataque se encomendaba a algún pelotazo salvador de Fritz para los peligrosos Rahn, Seeler y Schäfer.

Marcó 33 goles en 61 partidos en el representativo nacional.
Con esa receta Alemania se quitó de encima en los cuartos de final a Yugoslavia y se cruzó con Suecia, el dueño de casa, en las semifinales. Los escandinavos contaban con una formación casi tan añosa como la que construyó Herberger, pero con hombres que se encontraban en un mejor nivel. Los punteros Kurt Hamrin y Lennart Skoglund, los medios Nils Liedholm y Gunnar Gren y el goleador Agne Simonsson apuntalaban las ilusiones de ser parte de la lucha por el título.
Una espectacular volea de Schäfer puso al frente a Alemania, pero los locales revirtieron esa desventaja inicial mediante las conquistas de Naka Skoglund, Gren y Hamrin. El único consuelo que les quedaba a esos campeones mundiales en retirada era el partido por el tercer y cuarto puesto contra Francia. Se encontraron con un conjunto galo que disfrutaba del infalible Just Fontaine -marcó 13 goles en ese torneo- y perdieron 6-3. En esa ocasión no contaron con Walter. El viejo Fritz había quedado malherido por tantos golpes en ese torneo que le puso fin a su carrera internacional en la caída contra los suecos.
Permaneció uno meses más en el Kaiserlautern y cerró su campaña con diez goles en 22 partidos. El último festejo se produjo el 8 de marzo de 1959 en un 9-0 sobre Wormatia Worms. En el extenso vínculo con el equipo de su ciudad festejó 271 tantos en 320 encuentros. A ese registro se le suman las 33 conquistas en 61 presentaciones con la selección. Números que no dicen demasiado para graficar la dimensión del tímido capitán que salvó su vida milagrosamente durante la Segunda Guerra Mundial y lideró a Alemania hacia la inesperada victoria sobre Hungría en Suiza 1954.

Sin la presencia de Fritz Walter, Alemania difícilmente habría vencido a la fantástica selección húngara.