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Franco Baresi fue más que un defensor, fue una muralla impenetrable

A los 66 años murió uno de los mejores zagueros de la historia del fútbol. Líder de la retaguardia del Milan durante dos décadas y de la selección italiana, con la que fue campeón del mundo en 1982.

Si la defensa es un arte, Franco Baresi fue un artista inigualable. Hoy en día cunde el insólito hábito de construir rankings con más vértigo que prudencia, pero este italiano que murió a los 66 años sí o sí debe ser mencionado entre los mejores zagueros de la historia. No importa en qué puesto. No vale la pena perder tiempo en eso. En cambio, es preciso decir que integra un quinteto de fenómenos con su compatriota Gaetano Scirea, el alemán Franz Beckenbauer, el argentino Daniel Passarella y el chileno Elías Figueroa. Porque fue más que un defensor. Fue una muralla impenetrable.

“Esta es una camiseta de un grandísimo jugador. Pienso que Franco Baresi es el mejor defensor. Este es un recuerdo que guardaré para toda la vida”. Gracias a la velocidad irresistible de las redes sociales, estas palabras de Diego Armando Maradona con la casaca rojinegra con el 6 en la espalda salieron a la luz en estas horas en innumerables posteos. Son un testimonio perfecto de lo que Baresi representó para el fútbol. Si el más grande de su tiempo -y quizás de todos los tiempos- lo calificó de ese modo, no se puede dudar de las condiciones de ese hombre que durante 20 años vistió los colores del Milan y fue un pilar de la retaguardia italiana por una década.

Baresi se destacó en una época en la que no existía el concepto de bloque bajo para explicar que un equipo eligió resguardarse en las cercanías de su área. Era el último bastión de un Milan que jugó un fútbol fantástico a las órdenes de Arrigo Sacchi y Fabio Capello. Ese inolvidable conjunto rojinegro necesitaba a un defensor impasable, capaz de enfrentar mano a mano a cualquier delantero y salir airoso casi siempre. Porque superarlo no resultaba sencillo. Todo lo contrario. Tenía una noción perfecta del tiempo y el espacio, por lo que sus cierres se antojaban de una presunción quirúrgica.

La lucha por la pelota con Diego Maradona, con quien sostuvo duelos memorables.

Parecía disponer de un bisturí que le permitía cortar de cuajo los avances de los rivales tanto del Milan como de la selección azzurra. Les arrancaba la pelota con un rigor que imponía respeto. No, no los deshacía a golpes, sino con precisión. Con fuerza, claro, pero sin violencia. Se apoderaba del balón con una firmeza admirable porque, conviene recordarlo, tenía que prevalecer en un duelo desigual en el que el atacante venía lanzado en velocidad y él debía enfrentarlo sin más recursos que su lectura de juego. Y no es una exageración: ganaba más de lo que perdía.

En su extensísima carrera mantuvo batallas memorables en choques de clubes y selecciones con adversarios de la estatura de los argentinos Maradona (Napoli), Ramón Díaz (Inter) y Gabriel Batistuta (Fiorentina y Roma), el neerlandés Marco van Basten (Ajax), el brasileño Romario (Barcelona), sus compatriotas Paolo Rossi (Juventus), Roberto Baggio (Fiorentina y Juventus) y Gianluca Vialli (Juventus), los alemanes Jürgen Klinsmann (Inter) y Rudi Völler (Roma), el mexicano Hugo Sánchez (Real Madrid), el búlgaro Hristo Stoichkov (Barcelona) y el francés Michel Platini (Juventus), entre otros.

PIEZA CLAVE DE UN MILAN INOLVIDABLE

Si bien la península itálica es la tierra del catenaccio, el cerrado esquema defensivo que llevó al éxito el argentino Helenio Herrera en el Inter de los años 60, Baresi sobresalió cuando esa concepción del fútbol había perdido fuerza. Milan, el equipo con el que mantuvo una fidelidad indestructible, proponía un juego mucho más ofensivo. Por momentos, brillante. Y en medio del fulgor que proyectaban los neerlandeses Ruud Gullit y Van Basten emergía la jerarquía de ese zaguero de galera y bastón.

Fue el capitán de un Milan que dominó el fútbol italiano y llevó sus triunfos al ámbito internacional.

Sacchi erradicó ese módulo táctico y desterró de sus formaciones al líbero como encargado final de la destrucción. Lo cambió por una defensa zonal con Baresi como eje. Los laterales los cerraban Mauro Tasotti y el exquisito Paolo Maldini -su socio durante una década- y en el centro se paraba el duro Alessandro Costacurta. Con el número 6 en la espalda, el capitán de ese formidable equipo lideraba la presión constante que caracterizaba a ese Milan que reinó en el Calcio entre 1987 y 1994 -ya con Capello como DT- y extendió sus triunfos al contexto internacional con la Copa de Campeones (la Champions League actual) y la Intercontinental.

Baresi había sido líbero en sus comienzos y por esa razón poseía la lectura de juego que se requería para cerrar a los costados y para el mano a mano con cualquier delantero que lo enfrentara en línea recta al arco. El dominio de esa función tan representativa del fútbol italiano le permitió extender su campo de acción cuando Milan cambió su modus operandi. Si antes el último hombre manejaba los tiempos desde el fondo de la retaguardia, él cumplió esa tarea con solvencia a partir de una ubicación más adelantada en el terreno que denunciaba la vocación ofensiva de su equipo.

Inteligente, con una incontenible personalidad ganadora, potencia física, velocidad y un acertado dominio del balón, Baresi se destacó desde sus inicios en Milan, al que llegó muy joven. Nacido el 8 de mayo de 1960, debutó a los 17 años y menos de doce meses más tarde ya era titular inamovible y en 1979 ganó su primer scudetto. Le tocó vivir un momento muy oscuro del equipo cuando en 1980 descendió a Serie B involucrado en un escándalo de apuestas deportivas que pasó a la historia con el nombre de totonero.

En cada partido con la camiseta italiana exhibió su jerarquía.

SÍMBOLO DE ITALIA

Así como los rojinegros renacieron de sus cenizas, también lo hizo Baresi, afirmado como uno de los mejores líberos de su tierra junto a Scirea, figura de Juventus. Precisamente como suplente del notable zaguero de la Vecchia Signora integró el plantel del seleccionado italiano que ganó el Mundial de 1982, en España. Le tocó mirar desde fuera del campo la consagración de Paolo Rossi como certero goleador y de Dino Zoff como arquero con apariencia de invulnerable. No tuvo más remedio que esperar un tiempo para ser protagonista en la squadra azzurra, en la que actuó por primera vez en diciembre de ese año.

No era sencillo desplazar a una institución como Scirea. Así y todo, compartió varias veces la defensa con él, aunque como stopper porque el técnico de Italia, Enzo Bearzot, era un férreo defensor del esquema de líbero y marcas personales que era moneda corriente en el país hasta que Sacchi y el Milan aparecieron en escena. Cuando el capitán de Juventus dejó el equipo nacional en 1986, llegó el momento de Baresi. Su presencia se hizo insustituible y hasta 1994 siempre estuvo en el centro de la última línea.

Cumplió una tarea memorable en la final del Mundial 1994, pero se quedó con las manos vacías.

Fue una pieza clave del seleccionado que perdió en las semifinales de 1990 contra Argentina el día en el que los italianos silbaron el himno y desataron la ira de Maradona. La intuición de Segio Goycochea privó a los peninsulares de la oportunidad de ser campeones mundiales en su tierra. Y como si los disparos desde el punto penal fueran un karma en su prolífica carrera, Baresi quedó instalado en la memoria de todos los amantes del fútbol cuando falló su disparo desde los doce pasos en la definición contra Brasil en Estados Unidos 1994.

En ese certamen que consagró a un poco vistoso conjunto verdiamarillo que solo le hacía honor a su tradición de buen juego con la dupla Bebeto – Romario, Baresi se llevó todos los aplausos. No solo alcanzó un nivel soberbio, sino que dio muestras de un amor propio y una carácter incomparables. Se rompió los meniscos de la pierna derecha el 23 de junio en el segundo partido contra Noruega. Dejó la cancha apenas arrancó el complemento y parecía que el Mundial se había terminado para él.

Fue sometido a una intervención quirúrgica 48 horas más tarde y el 17 de julio, poco más de 20 días después de la lesión, dio el presente en la final y se lució con una actuación espectacular. El destino, caprichoso, lo condenó a la frustración de ver cómo su remate se perdía por arriba del travesaño del arco custodiado por Taffarel. Tanto él como Roberto Baggio dilapidaron sus oportunidades desde el punto penal e hicieron posible el triunfo brasileño. Todavía duele evocar cómo el brillo de esas dos estrellas italianas se apagaba sin la recompensa de tener la Copa del Mundo en sus manos.

En las retinas de los argentinos están firmemente instalados sus cruces con Diego en los épicos partidos entre Milan y Napoli cuando el equipo de Maradona se atrevió a discutirles la supremacía en la Liga a los conjuntos más poderosos del país. Los hinchas de Vélez, seguramente, se jactarán del topetazo que le dio el Turquito Omar Asad en la final de la Copa Intercontinental de 1994 cuando los italianos miraban con desprecio a sus desconocidos oponentes y terminaron rindiéndose ante su superioridad.

Baresi será eternamente recordado como uno de los mejores defensores centrales de todos los tiempos.

Los más nostálgicos bucearán en lo más profundo del baúl de los recuerdos para rescatar el caño que le tiró El Trinche Tomás Carlovich en un amistoso entre Andes Talleres -su equipo de la Liga mendocina- y el Milan en 1979 cuando Baresi recién se iniciaba en el fútbol de su país. Hoy, el nombre de ese formidable zaguero está en boca de todos porque una cruel enfermedad se lo llevó a los 66 años. Y cada vez que un aficionado al fútbol hable de Franco Baresi sabrá que no se trataba simplemente de un gran defensor, sino que era una muralla impenetrable.