Opinión
Actualidad religiosa

¿Está despertando una nueva generación católica?


Hace pocos días, el periodista Agustín De Beitia publicaba en La Prensa, un artículo que despertó un notable interés: el aparente regreso de muchos jóvenes de la llamada Generación Z a la fe católica. Diversos estudios y testimonios provenientes de Europa y los Estados Unidos parecen confirmar un fenómeno que hasta hace pocos años parecía improbable. En una sociedad marcada por el secularismo, el relativismo y el individualismo, miles de jóvenes vuelven a acercarse a la Iglesia, atraídos por la liturgia, la doctrina, la tradición y la búsqueda de un sentido trascendente para sus vidas.

La pregunta surge naturalmente: ¿Se trata de un fenómeno exclusivamente europeo y norteamericano o también comienza a manifestarse en La Argentina? Durante los últimos días tuve la oportunidad de participar como expositor en el Foro para Universitarios Católicos (FUCAT), organizado por la Legión de Cristo Rey. Confieso que la experiencia me sorprendió profundamente.

Encontré a centenares de jóvenes provenientes de distintas provincias argentinas que decidieron dedicar varios días de sus vacaciones a estudiar filosofía, teología, historia de la Iglesia, doctrina católica, Santo Tomás de Aquino, la Cristiada, la familia, el Reinado Social de Cristo y los grandes desafíos culturales de nuestro tiempo.

No asistían buscando un espectáculo ni una experiencia emocional pasajera. Asistían porque deseaban comprender.

INQUIETUD INTELECTUAL

Las preguntas que formularon durante las conferencias revelaban una inquietud intelectual poco frecuente en una época dominada por la inmediatez de las redes sociales y la fragmentación del conocimiento. Querían fundamentos. Querían razones. Querían respuestas.

Mientras escuchaba sus intervenciones, recordaba una frase del padre José Luis Torres-Pardo, fundador de la Legión de Cristo Rey, quien sostenía que la misión de la universidad consiste en formar "hombres y cristianos", héroes para la patria y santos para Dios.

Esa concepción de la educación, orientada a la formación integral de la persona, parecía hacerse realidad en cada conversación, en cada clase y en cada intercambio entre los participantes.

Pero el padre Torres-Pardo no fue el único sembrador de esta generación. En las conversaciones mantenidas durante el FUCAT aparecían, una y otra vez, nombres que muchos creían relegados al pasado, pero que hoy vuelven a iluminar el camino de numerosos jóvenes. Leonardo Castellani, Julio Meinvielle, Jordán Bruno Genta, Carlos Alberto Sacheri y otros grandes maestros del pensamiento católico argentino continúan formando inteligencias y conciencias a través de sus libros.

Ellos ya no están físicamente entre nosotros, pero sus obras siguen interpelando a quienes buscan comprender la realidad desde la luz de la fe y de la razón. Hay en ello un acto de justicia y, al mismo tiempo, un motivo de esperanza: comprobar que una nueva generación vuelve a descubrir a aquellos maestros que dedicaron su vida a defender la verdad cuando hacerlo exigía, muchas veces, ir contra la corriente.

UN PROCESO PROFUNDO

Sin embargo, el FUCAT no constituye un hecho aislado.

Desde hace algunos años comienzan a aparecer en distintos lugares del país diversas iniciativas que, aunque nacidas de manera independiente, parecen responder a una misma inquietud espiritual y cultural.

La Peregrinación de Nuestra Señora de la Cristiandad convoca cada año a miles de jóvenes que recorren durante varios días decenas de kilómetros rezando el Rosario y participando de la Santa Misa.

Las tradicionales Jornadas de Formación de Paraná continúan reuniendo a centenares de personas interesadas en profundizar el pensamiento filosófico, teológico e histórico del catolicismo. A ello se suman numerosos cursos, conferencias y espacios de formación impulsados por instituciones y asociaciones laicales en distintas regiones del país.

He podido comprobar personalmente un fenómeno semejante en los programas desarrollados por ELEVAN. Cursos dedicados al liderazgo, la historia argentina, el pensamiento estratégico, la Hispanidad y la formación cultural, inspirados en una visión cristiana del hombre y de la sociedad, han despertado un interés creciente entre jóvenes profesionales, universitarios y docentes. Más allá de la diversidad de los temas, existe una constante: el deseo de comprender las raíces de nuestra civilización y de encontrar principios sólidos para afrontar los desafíos del presente.

Estos acontecimientos, considerados por separado, podrían parecer modestos. Pero observados en conjunto sugieren la existencia de un proceso más profundo.

Quizá estemos asistiendo al nacimiento de una generación que ha descubierto los límites de una cultura que prometía libertad sin verdad, progreso sin trascendencia e identidad sin raíces. Una generación que comienza a comprender que la tecnología puede facilitar la vida, pero no responder a las grandes preguntas del hombre; que el éxito profesional no sustituye el sentido de la existencia; que la hiperconectividad no elimina la soledad.

En ese contexto, no resulta extraño que muchos jóvenes vuelvan su mirada hacia una tradición bimilenaria que ofrece una visión coherente del hombre, de la sociedad y de Dios.

Sería imprudente afirmar que estamos ante una restauración religiosa o un cambio irreversible. La secularización continúa siendo una realidad poderosa y la práctica religiosa dista mucho de los niveles de otras épocas. Pero también sería un error ignorar estos signos discretos que comienzan a aparecer en distintos ámbitos de la vida nacional.

La historia enseña que las grandes renovaciones culturales rara vez comienzan en los centros del poder. Suelen nacer silenciosamente, en pequeñas comunidades, en grupos de estudio, en universidades, en peregrinaciones, en familias y en jóvenes que deciden buscar la verdad antes que acomodarse al espíritu dominante.

Cristo comparó el Reino de Dios con un grano de mostaza: la más pequeña de las semillas, destinada a convertirse con el tiempo en un gran árbol. Quizá estos jóvenes, que hoy estudian, rezan, peregrinan y se forman casi fuera de la atención pública, representen esos primeros brotes de una renovación espiritual que todavía no alcanza los grandes titulares, pero que ya comienza a transformar vidas.

Si así fuera, el verdadero fenómeno no consistiría simplemente en un regreso a la práctica religiosa. Consistiría en algo mucho más profundo: el renacimiento de una generación que vuelve a creer que la verdad existe, que puede conocerse y que, como enseña el Evangelio, es ella la que hace verdaderamente libre al hombre.