“¡Y ya lo ve, y ya lo ve… es el peruano y su ballet!”. El canto brotaba, espontáneo, en la tribuna ocupada por la hinchada de Boca. Se trataba de una apasionada declaración de admiración por un defensor fantástico: Julio Meléndez Calderón. El peruano pisaba el verde césped -bueno… las canchas de la década del 60 tenían un poco de pasto y mucha tierra- y causaba asombro con su técnica depurada, su elegancia y su exquisito trato de pelota. Ese juego no respondía al estereotipo de la garra xeneize, pero Meléndez se ganó el corazón del público con su fútbol de galera y bastón.
Los simpatizantes auriazules habían celebrado la rudeza de marcadores centrales como El Comisario Juan Carlos Colman, Federico Edwards, Ramón Mutis, Víctor Valussi, José María Silvero y la dupla José Marante y Rodolfo De Zorzi, a la que en un rapto de ingenio descomunal apodaron Las hermanitas Legrand. Ese ocurrente apelativo constituía una ironía respecto de la delicadeza que las actrices Mirtha y Silvia Legrand proyectaban desde las pantallas de cine. Todos esos zagueros representaban fielmente el estilo que adoraban en la Ribera.
En cambio, Meléndez se antojaba una continuación de los espectáculos plenos de calidad que habían brindado mucho antes Ludovico Bidoglio y el brasileño Domingos Da Guia. Los tres personificaban, en cierta medida, una anomalía en la tradición boquense. Tal vez se destacaron por esa razón. ¡Mentira! Sobresalieron porque hicieron de la defensa un arte en el que no hacía falta mostrar rigor, sino precisión en los cierres. No era necesario dejar la piel en cada acción si se poseía la suficiente lectura de juego para anticiparse a la maniobra del adversario y en vez de pegarle de punta para arriba se le podía dar un destino cierto a la pelota.

Meléndez se ganó la admiración de los hinchas de Boca y del fútbol argentino.
Suele decirse que defender es más sencillo que atacar. Esa proposición puede tener rasgos de veracidad cuando el trabajo no consiste en hacer gala de una soberbia capacidad de anticipación o cuando la velocidad para cerrar hacia los costados se transforma en la solución adecuada para cubrir desacoples en la retaguardia. Defender amparado en el esfuerzo y la ventaja numérica respecto de los que van al frente sí es fácil. Por el contrario, si se lo hace con la delicadeza y la exactitud del cirujano que sabe que un mal corte puede poner en riesgo una vida, la tarea resulta mucho más difícil. Y, por supuesto, estéticamente perfecta.
“Yo la trataba como a mi mujer, enamorado. Si la tratás mal, seguro que no quiere venir a vos”, contó alguna vez el peruano cuando lo consultaron sobre su excelso dominio de la pelota. Sí, acariciaba el balón, lo mimaba. Nada de bochazos a la tribuna tan efectivos como desprovistos de belleza. Mejor intentar darle un destino menos azaroso. Hacer que le llegue a un compañero. Salir del fondo con prolijidad, lograr que el juego empiece a construirse desde atrás. Corazón y pases cortos. Corazón para demostrarle a esa esfera de cuero que se la amaba y pases cortos para que el fútbol fluyera con más facilidad.
Ver a Meléndez golpear arteramente a un rival era imposible. Y eso que le tocó actuar en una época del fútbol argentino en la que se defendía con uñas y dientes. Y también con patadas que estaban al borde de ser consideradas criminales… Al peruano solo expulsaron dos veces en los cuatro años que jugó en Boca. Una de ellas fue tan insólita que es posible considerarla una burla del destino. Casi un disparate. El árbitro Luis Pestarino le marcó el camino anticipado a los vestuarios por una infracción involuntaria sobre Daniel Onega, delantero de River.

Cuida la pelota ante Daniel Onega. Una infracción contra ese delantero motivó una de sus pocas expulsiones.
¿Qué pasó? Meléndez le quitó la pelota a Oscar Pinino Mas y se resbaló. El balón le quedó servido al Fantasma Onega -así llamaban al hermano del talentoso Ermindo- que avanzaba a toda velocidad hacia el arco xeneize. El peruano intentó detener al delantero, pero no pudo hacer pie y mientras caía sujetó a su rival y lo derribó. “Perdóneme, pero tengo que expulsarlo”, le dijo Pestarino. El zaguero de Boca dejó la cancha y, créase o no, fue despedido con aplausos por el público de River, que no dudó en reconocer la clase y la buena conducta que caracterizaban a ese hombre que llevaba el número 2 en la espalda.
River ganó 2-1 ese Superclásico correspondiente al Nacional de 1970. Fue uno de los tres partidos que Meléndez perdió con los de Núñez. Los otros fueron el 2-0 en el Metropolitano de 1969 y el 2-1 en La Bombonera en el Metro 71. En realidad, si se le puede anotar algo en la columna del debe es el hecho de que registró saldo negativo en los duelos con los millonarios: solo ganó dos veces (3-1 en el Nacional 68 y 3-1 en El Monumental por la Copa Libertadores de 1970) y empató los restantes ocho encuentros.
También habría que reprocharle que no hizo goles en los 154 cotejos en los que dio el presente entre 1968 y 1972. No. Para nada. ¿A quién se le habría ocurrido objetarle que jamás festejó un tanto propio con la camiseta de Boca si era un especialista en impedir que cayera su propio arco? La función básica de un defensor es cuidar el cero en su valla. Lo demás es un bonus track. En sus estadísticas no hubo espacio para los goles, pero sí para los títulos. En su estancia en la Ribera se alzó con tres campeonatos: la Copa Argentina de 1969, el Nacional de 1969 y el de 1970.

Como todas las figuras, el peruano llegó a la tapa de El Gráfico.
ELIGIÓ JUGAR BIEN
¿El estilo de un jugador nace con él o se forja? La respuesta a esta pregunta encierra un misterio tan enorme como insondable. Julio Guillermo Meléndez Calderón -tal el nombre completo de ese hombre nacido 11 de abril de 1942 en La Punta, Callao- escogió de qué manera iba a transitar las canchas de fútbol. Pudo haber sido un zaguero muy diferente al que fue. De hecho, intentó serlo, pero no le salió. Mejor dicho: lo persuadieron de que aprovechara las condiciones técnicas que habitaban en sus genes.
Se inició a los 16 años en el Club Centro Iqueño, de Lima. Hasta que dejó de participar en los certámenes organizados por la Federación Peruana de Fútbol (FPF) en 1994, se consideró a esa institución la cuna de algunos de los mejores jugadores que tuvo ese país. De sus filas surgieron estrellas locales como Roberto Challe y Ramón Mifflin (integraron el seleccionado que cumplió un gran papel en México 1970), Roberto Drago, el exquisito defensor Guillermo Delgado, Adolfo Donayre, José del Castillo y, por supuesto, Meléndez.
Al principio, la futura figura del ballet de Boca actuaba como marcador de punta derecha, pero luego lo corrieron al centro de la defensa. Cuando debía decidir qué camino tomar en el fútbol, Meléndez hizo una prueba en Defensor Lima. Padeció lo que él mismo definió alguna vez como “un minuto de debilidad” y optó por afrontar ese examen como alguien que no era: un defensor duro, de esos que imponían su fortaleza. Le salió mal: lesionó gravemente al delantero Hugo Arrué, que actuaba como titular en el equipo capitalino.

Los tiempos en Defensor Lima. Posa junto al Nene Teófilo Cubillas, un jugadorazo.
Avergonzado, el zaguero se acercó al atacante, que sufrió una fisura de tibia. Arrué lo miró fijo y le dio un consejo que marcó su destino: “Mirá: a vos no te conviene ir tan fuerte en las jugadas porque no lo necesitás. Ese asunto de los macheteros, aquí ya es cosa antigua. Ahora triunfan los que saben jugar al fútbol. Y vos sabés. No lo digo por lo que me pasó mí. Te lo digo por tu bien”. Meléndez, que en 1961 quedó incorporado al plantel profesional de Defensor Lima, jamás volvió a apelar a la fiereza para hacerse notar.
Después de dos años se mudó a KDT Nacional, de Callao. El equipo pugnaba por mantenerse en Primera División, pero la calidad de Meléndez le permitió quedar al margen de los avatares de ese conjunto de camiseta mitad negra y mitad amarilla. En 1963 lo contrató Sport Boys, del que era hincha. Con esa casaca rosada terminó de pulir el estilo que necesitaba para ganarse un nombre en el fútbol. Cierres perfectos, elegancia, distinción… Dos años más tarde se unió a Defensor Arica, que acababa de obtener el título de Segunda y se alistaba para intervenir en la elite del fútbol peruano.
Se erigió en un puntal de la retaguardia del elenco celeste y por eso no llamó la atención que el técnico del seleccionado, Marcos Calderón, lo citara para integrar el representativo nacional. Meléndez debutó el 15 de abril de 1965 en la derrota por 4-1 a manos de Chile en Santiago, por la Copa del Pacífico. Alejandro Zegarra puso en ventaja a los visitantes, pero Honorino Landa y Pedro Araya se repartieron los tantos del vencedor, que tres años antes había alcanzado un meritorio tercer puesto en el Mundial disputado en su país.

El debut en la selección peruana le llegó cuando actuaba en Sport Boys.
Víctor Bazán (lo reemplazó Dimas Zegarra); Eloy Campos, Meléndez, Mario Gonzales; Luis Fernando Cruzado (luego Manuel Grimaldo), José Antonio Fernández; José Calatayud (en su lugar entró Del Castillo), Zegarra, Pedro Perico León, Ángel Uribe y Nemesio Mosquera integraron la alineación peruana. Más allá del resultado adverso, esa presentación internacional resultó apenas el punto de partida para que el zaguero de Defensor Arica se asegurara muy pronto una importante reputación.
Poco después, el 22 de agosto, Meléndez apareció en un combinado peruano que se dio el lujo de doblegar nada más y nada menos que a Real Madrid. Los merengues emprendieron ese año una gira por Sudamérica que los enfrentó con River (0-0), Boca (victoria de los españoles por 3-1), Rosario Central (2-2) y Colo Colo (otro éxito por 4-2). Antes de vérselas nuevamente con los millonarios (1-1) y de medirse con Independiente (1-1), el equipo que dirigía Miguel Muñoz pasó por Lima.
Real Madrid tenía en sus filas a una figura colosal como el húngaro Ferenc Puskas, la estrella del seleccionado que asombró al mundo en Suiza 1954 a pesar de que perdió la final contra Alemania Federal. Por la punta izquierda del ataque corría el veloz delantero español Francisco Paco Gento y ya se destacaba Pirri, un juvenil que en las dos décadas siguientes fue un referente merengue. En el fondo se desempeñaba el uruguayo José Emilio Santamaría y dos integrantes de la selección campeona de Europa en 1964: Zoco y el habilidoso Amancio.

El combinado peruano que venció a Real Madrid en 1965.
El elenco español ya no contaba con el genial Alfredo Di Stéfano -se había ido a Espanyol-, pero aún conservaba un plantel poderosísimo con varios puntos de contacto con el equipo que se alzó cinco veces con la Copa de Campeones (la actual Champions League). Para el fútbol peruano era un desafío enorme. Entonces, se decidió construir un combinado con los mejores jugadores del certamen local. Obviamente, Meléndez debía estar entre ellos y defendió la camiseta con bastones rojos y blancos elegida para la ocasión.
Los peruanos saltaron al campo del Estadio Nacional de Lima con Fernando Cárpena (reemplazado por Otorino Sartor); Campos, Meléndez, Rodolfo Guzmán; José Antonio Fernández, Grimaldo; Italo Cavagneri (Calatayud), Zegarra, Perico León y los brasileños Coutinho (Uribe) y Tiriza. Del otro lado jugaron Betancourt; Miera, Pepe Santamaría, Pachín, Ramón Tejada; Zoco, Veloso, Pirri; Grosso, Puskas (Amancio) y Gento. Dos goles de Pirri antes de los 15 minutos de acción parecieron confirmar la superioridad del Real, pero Tiriza y Zegarra, en dos ocasiones, le dieron vida al sorpresivo 3-2 para los locales.
La clase de Meléndez cosechó nuevos aplausos dos años más tarde cuando integró el seleccionado de Resto de América que se midió con el de Resto del Mundo. Renato Cesarini, un sabio entrenador que junto a un fenómeno del fútbol como Carlos Peucelle le dio vida a La Máquina, una célebre delantera de River en los años 40, había designado para el primero de los equipos a Perico León y al zaguero Héctor Chumpitaz. Este último no pudo jugar debido a los compromisos por la Copa Libertadores de Universitario, su club, y para reemplazarlo se acudió al marcador central de Defensor Arica.

Meléndez (el primero de los parados) actuó en Defensor Arica como paso previo a su llegada a Boca.
Compartió la formación con un arquero formidable como Amadeo Carrizo, los uruguayos Roberto Matosas -figura de River- y Emilio Cococho Álvarez, los brasileños Pepe y Coutinho y el chileno Ignacio Prieto, entre otros. Meléndez cautivó con su trabajo a Cesarini, quien pensó en llevárselo a Huracán, pero no lo consiguió. Entonces, lo recomendó en Boca y pocas horas después quedó concretada la incorporación. Nadie estaba en condiciones de presagiarlo, pero, en silencio, los xeneizes habían sumado a su plantel a un jugador que estaba listo para hacer historia.
UN CRACK EN AZUL Y ORO
Corrían los primeros meses de 1968 y el técnico de Boca era Alcides Silveira, quien todavía estaba en actividad e integraba la retaguardia auriazul. Desempeñaba esa doble función desde el año anterior, no bien se desvinculó Néstor Pipo Rossi como DT. Decidió que el flamante refuerzo necesitaba aclimatarse a la exigencia de su nuevo equipo y lo hizo actuar en la Reserva contra Newell´s, pero con la promesa de que el debut iba a producirse una semana más tarde frente a Colón en Santa Fe, por la 2ª fecha del Metropolitano.
El 10 de marzo, Meléndez salió a escena en una alineación que contó con Néstor Errea; Armando Ovide, él, Miguel Alberto Nicolau y Silvio Marzolini; Ángel Clemente Rojas -Rojitas-, Antonio Rattín y Alberto Mario González; Mario Pardo, El Tanque Alfredo Hugo Rojas y Eduardo Lima. Los xeneizes se impusieron 2-1 con goles de Pardo y Rojitas. Néstor Borgogno había establecido el empate transitorio para los sabaleros. El peruano había llegado para quedarse, pues jugó 19 de los 22 partidos de ese certamen y casi de inmediato dio sobradas pruebas de su clase.

A pesar de que su estilo no respondía a la tradicional garra xeneize, se ganó el cariño de los hinchas.
Con el paso de los partidos empezó a edificarse una defensa que le terminó dando grandes réditos a Boca. Rubén Omar Sánchez ocupaba el arco y sus custodios más cercanos eran El Chapa Rubén Suñé (se inició como lateral), Meléndez, Roberto Rogel y Marzolini. Esa retaguardia contenía la dosis perfecta de garra xeneize con Suñé y Rogel y exquisita técnica con el peruano y Marzolini, a quien desde el Mundial de 1966 se reconocía como uno de los mejores marcadores de punta izquierda del planeta.
No le costó demasiado hacerles entender a los hinchas que estaban en presencia de un zaguero diferente. No había dudas de que no respondía al estereotipo de hacha y tiza, sino que su elegancia y distinción lo ubicaban casi en las antípodas de la tradición tan instalada en la Ribera. Quizás por esa razón, cuando a Meléndez se le ocurrió evitar un pase largo, grosero y tosco, para salir del fondo y optó por avanzar con la pelota dominada y buscar al compañero mejor ubicado en La Bombonera atronó el ensordecedor “¡Y ya lo ve, y ya lo ve… es el peruano y su ballet!”.
La primera vez que escuchó ese canto, se estremeció. Y rápidamente entendió que se había ganado el corazón de los hinchas. Sin pegar patadas, sin una fiereza despiadada, sino con el simple y precioso argumento de jugar bien al fútbol. De hacer del oficio de defender un arte digno de ser elogiado por su limpieza. En lo único en que se parecía a Colman, Edwards, Mutis, Valussi, Silvero, Marante y De Zorzi era en el color de la camiseta que usaba. Había roto el molde. Ya no se antojaba necesario ser duro, vehemente y fuerte para defender en Boca.

Pelé y Meléndez. Uno, el genio del ataque; el otro, un exquisito defensor.
Esa particular forma de jugar fue una constante a lo largo de los cuatro años que el peruano pasó en la Ribera. En un momento del fútbol argentino en el que los equipos contaban con defensores que “repartían leña en bolsa y a domicilio” -como definió una vez Juvenal en El Gráfico-, Meléndez empleó recursos diametralmente opuestos. No sorprende que solo lo hayan expulsado dos veces. Ya se narró la salida temprana en un partido contra River por la involuntaria infracción sobre Onega en 1970. Dos años antes, se fue prematuramente a los vestuarios por intercambiar agresiones con Marcos Conigliaro, de Estudiantes, en un triunfo por 1-0 en La Bombonera.
El mismo Meléndez se encargó de dar testimonio de una jugada que podría ser tomada como la síntesis ideal de lo que era capaz de hacer en una cancha. “Un día jugaba por Boca con Independiente. Hubo una entrada de un delantero y se la sombreó al Tano (Antonio) Roma. Corrí hacia el arco porque la pelota ya entraba y la saqué de chalaca (chilena). El despeje quedó nuevamente en los pies de un delantero de Independiente que la cabeceó y como yo estaba en el suelo a raíz de la chalaca y me estaba levantando, la saqué de palomita. Había salvado dos goles en medio minuto”, le contó al diario El Bocón.
¿No es suficiente con ese ejemplo? Hay más. Muchos más, pero basta y sobra con citar otra maniobra espectacular. En 1976, en un partido con la selección peruana contra Argentina, quedó mano a mano con René Orlando Houseman, quien intentó hacerle un sombrero. Meléndez retrocedió y recuperó la pelota con la cabeza. De pronto, apareció Leopoldo Jacinto Luque para arrebatarle el balón y el zaguero volvió a apelar a la testa para sortear al delantero. Luego lo enfrentó Osvaldo Ardiles y, otra vez con un cabezazo, el defensor dejó desairado al mediocampista cordobés. Un lujo.

El peruano y Rojitas, dos grandes de la historia de Boca.
CAMPEÓN CON LA SAETA RUBIA
Boca no presentó batalla en el Metropolitano de 1968, que quedó en poder de un San Lorenzo arrollador inmortalizado como Los Matadores y tampoco lo hizo en el Nacional, ganado por Vélez de la mano de un jugadorazo como Daniel Willington. La campaña irregular del equipo desembocó en el despido de Silveira y su reemplazo por José D´Amico, quien había sido el técnico del conjunto campeón de 1962, pero su segundo ciclo en el club fue corto y para sucederlo con vistas a los certámenes del 69 los dirigentes dieron un golpe sobre la mesa y contrataron a una figura inmensa: Di Stéfano.
La Saeta Rubia regresaba al país después de mucho tiempo. Se había desvinculado de River -el club de sus comienzos- tras las huelgas de 1948 y 1949. Dio cátedra en Millonarios, de Colombia, al lado de Adolfo Pedernera, se cubrió de gloria en Real Madrid y luego de jugar un par de temporadas en el Espanyol, se dedicó a la dirección técnica. Condujo sin demasiado éxito al Elche y volvió a la Argentina para darle un impulso a su carrera. Tenía 42 años y una trayectoria maravillosa en el fútbol. Lo sabía todo y Boca le daba la oportunidad de demostrarlo.
El primer indicio de que Di Stéfano era el DT indicado surgió en el Metropolitano de 1969. El equipo empezó a desplegar un juego ofensivo y más vistoso de lo que había mostrado Boca en los años anteriores. Algo estaba cambiando. Esa metamorfosis no dio resultados inmediatos, pues los xeneizes quedaron eliminados en las semifinales por un gol de diferencia en la fase regular con River luego de haber igualado 0-0 en el choque mano a mano. El campeón de ese torneo fue Chacarita, que se agrandó como nunca con una goleada sobre los millonarios en la final.

La Bombonera albergó durante cuatro años a un zaguero excepcional.
La semilla ya había sido esparcida en el fértil terreno de la ilusión. La primera edición de la Copa Argentina se registró ese año y quedó en poder de Boca. Los auriazules dejaron sucesivamente en el camino a Atlético Tucumán, Sarmiento de Santiago del Estero, Chacarita y Colón hasta encontrarse con Atlanta en los duelos por el título. En la ida ganaron 3-1 con goles de Ramón Mane Ponce, Norberto Madurga e Ignacio Peña. Carlos de la Iglesia descontó para los bohemios. Si bien los de Villa Crespo se impusieron 1-0 en la revancha con un tanto de Eduardo Collado, el título fue para los xeneizes por diferencia de gol.
Meléndez tuvo asistencia perfecta en esa conquista y resultó muy importante en la estructura del equipo. En especial porque su figura de último bastión de la defensa se hizo más evidente por la decisión de Di Stéfano de adelantar unos metros a Rogel para reforzar la marca en la mitad de la cancha. En vez de amontonar gente en el fondo, La Saeta Rubia procuraba que su equipo recuperara la pelota en el medio para salir con rapidez al ataque. La velocidad del peruano en los cierres a los costados era decisiva para esa concepción porque conseguía el balón y ponía en marcha el circuito de juego.
La obra maestra de Di Stéfano en la Ribera fue el Nacional del 69. Aceitó del todo los mecanismos que había puesto en marcha desde su arribo al club y conformó un equipazo que disfrutó el placer de dar la vuelta olímpica contra River en El Monumental. Se afirmó El Muñeco Madurga en el puesto que desde 1956 le pertenecía a Rattín y junto con El Tano Norberto Novello se encargaba de armar juego en sociedad con Rojitas. Meléndez daba garantías de seguridad y Marzolini se sumaba al ataque con sus proyecciones.

El equipo campeón del Nacional 69 a las órdenes de Alfredo Di Stéfano.
Boca llegó a la última fecha con dos puntos de ventaja sobre River y debía vérselas con su clásico rival en Núñez. El empate le daba el título. Dos goles de Madurga pusieron en ventaja a los visitantes y, aunque Pinino Mas y Víctor Marchetti sellaron el 2-2 definitivo, la alegría fue xeneize. Los de Di Stéfano dieron la vuelta olímpica en un Monumental enmudecido que asistió al triunfo de un notable campeón que habitualmente salía a la cancha con El Loco Sánchez; Suñé, Meléndez, Rogel, Marzolini; Orlando Medina, Madurga, Novello o Raúl Armando Savoy; Ponce, Rojitas y Peña.
Di Stéfano se despidió con el título debajo del brazo y tomó las riendas del Valencia, con el que ganó la Liga española en 1971, el primero de varios éxitos que cosechó en sus días como DT en España tanto con ese equipo como con Real Madrid. Mucho después volvió a la Argentina para ser campeón con River en el Nacional de 1981 con los goles del Matador Mario Alberto Kempes. La partida de La Saeta Rubia de Boca le abrió las puertas de la dirección técnica a Silvero, otro de los bravos defensores xeneizes de la década del 60.
Boca tenía un nuevo entrenador, pero, a grandes rasgos, mantenía las virtudes del viejo equipo de Di Stéfano. Quedó apenas a dos puntos de Independiente, el campeón del Metropolitano del 70 y en el Nacional retuvo el título logrado un año antes. En la final definida en tiempo suplementario, derrotó 2-1 a Rosario Central con goles de Rojitas y Jorge Coch. Ángel Landucci había empatado para los canallas. El partido se jugó en la cancha de River y los hinchas se acordaron de los de Núñez en los festejos: “Carnaval, carnaval, vamos a dar la vuelta en el gran Monumental…”.

Se fue de la Ribera en 1972 con tres títulos debajo del brazo.
Por más que haya cerrado el año con otro título, 1970 no fue bueno para Meléndez. Durante el segundo semestre de 1969 había arrastrado una lesión en la rodilla derecha sufrida en un partido contra Independiente que lo obligó a infiltrarse con demasiada frecuencia. Tuvo que pasar por el quirófano y se perdió íntegramente el Metropolitano. Regresó para dar cátedra en la defensa durante el Nacional, pero ese problema físico condicionó el resto de su carrera.
Se mantuvo, elegante y seguro, en el centro de la defensa en tiempos difíciles para Boca. En 1971 el equipo penó durante el Metropolitano y en el Nacional quedó eliminado de la ronda decisiva por diferencia de gol. Le había ido peor en la Copa Libertadores: ni siquiera pasó la fase de grupos y dejó para el recuerdo el nefasto empate 2-2 con Sporting Cristal que terminó en una encarnizada batalla entre los jugadores. El árbitro uruguayo Alejandro Otero dio por finalizado el partido a los 41 minutos del segundo tiempo luego de expulsar a 19 futbolistas. Los únicos que se salvaron fueron el arquero peruano Luis Rubiños, su colega boquense Sánchez y, obviamente, Meléndez.
Alberto J. Armando, el presidente de Boca, decretó el final del ciclo del zaguero, quien se despidió en una contundente derrota por 5-1 a manos de Huracán en un final muy distinto del que merecía. El 30 de julio de 1972 jugó por última vez junto con El Loco Sánchez; Oscar Malbernat, Rogel, Marzolini; José Rubén Palacios (luego entró Rubén Peracca), Carlos Pachamé, Novello; Ponce, Oscar Trossero (reemplazado por Osvaldo Potente) y Peña. En ese Metropolitano en el que el equipo deambuló por mitad de tabla el peruano perdió su mejor oportunidad de hacer un gol: Miguel Ángel Laino, de Atlanta, le atajó un penal.

Con la camiseta de Juan Aurich, uno de los equipos en los que actuó en el final de su carrera.
Después de 154 partidos y tres títulos con la camiseta de Boca, Meléndez estuvo a punto de llevar su fútbol pleno de jerarquía a España. Sevilla estaba interesado en contar con él. Le pidieron que diera una prueba y, a pesar de sus pergaminos, no puso objeciones. Rindió como en sus mejores tiempos, pero no llegó a un acuerdo con los dirigentes y emprendió el regreso a su tierra. Se sumó a Defensor Lima, el club de sus orígenes. Luego pasó por Atlético Chalaco, Unión Tumán, Juan Aurich y León de Huánaco, en el que durante 1978 y 1979, además, ejerció el cargo de técnico.
Se retiró a fines de ese año porque la rodilla derecha volvió a causarle dolores de cabeza. Nunca perdió las ganas de jugar y probó suerte en el fútbol canadiense y en los torneos de soccer indoor de los Estados Unidos. Finalmente, en 1982, a los 40 años, colgó definitivamente los botines. Se quedó en suelo norteamericano, donde trabajó en una playa de estacionamiento. Había sido un jugador destacado, pero también debía ganarse el pan de cada día. No le importaba. En sus oídos todavía retumbaba el canto de la hinchada de Boca: “¡Y ya lo ve, y ya lo ve… es el peruano y su ballet!”.

Meléndez, en un reconocimiento por parte de Boca con Juan Román Riquelme, el presidente del club.
Increíble, pero real, a pesar de haber sido uno de los mejores defensores peruanos de la historia, Julio Meléndez nunca dio el presente en un Mundial. Se lució en una época en la que el seleccionado de su país contó con grandes jugadores, pero el destino no le permitió representar a su tierra en la máxima competición futbolística. Esa pena quedó superada con un honor reservado a unos pocos: en 1975 fue pieza clave del equipo que ganó la Copa América.
Perú ya había sido campeón en 1939, pero esa conquista quedaba muy lejos en el tiempo. El antecedente más cercano se remontaba a la destacada actuación del seleccionado que dirigía el brasileño Waldir Pereira, más conocido como Didí -el apodo con el que se lució en la selección campeona del mundo en 1958 y 1962 al lado de Pelé y Garrincha- en México 70. En ese certamen, los de la banda roja asombraron al mundo con un juego de notable calidad en el que descollaban El Nene Teófilo Cubillas, Alberto Gallardo, Roberto Challe, Ramón Mifflin, El Cholo Hugo Sotil y un zaguero espectacular como Héctor Chumpitaz.
Ese equipo se ganó su lugar en la Copa del Mundo en la mismísima Bombonera contra una Argentina en ruinas. Perú fue el responsable de que los albicelestes quedaran por primera y única vez al margen de un Mundial en la historia. Meléndez estaba en los planes de Didí para afrontar las Eliminatorias, pero rechazó la convocatoria por una recomendación de Alfredo Di Stéfano, su técnico en Boca, quien entendía que tenía más para perder que para ganar si aceptaba el llamado de su selección.

Levanta la Copa Américo junto con Héctor Chumpitaz, otro notable defensor peruano.
“Mira Negro, no te conviene ir. Acá en el fútbol argentino dejás tu puesto un par de semanas y cuando regresás ya no lo encontrás. Perú tiene un equipazo y no les vas a hacer falta. Quedate en Boca. Mirá que las Eliminatorias son con Argentina y si por ahí cometés un error a favor o en contra te puede costar la carrera”, le dijo La Saeta Rubia. El lugar de Meléndez fue ocupado por Orlando de la Torre, quien acudió al Mundial al lado de Chumpi.
Meléndez llevaba varios años en la selección desde su debut en 1965 contra Chile y tenía serias posibilidades de ir a México. Permaneció en la Argentina y se perdió el Mundial que marcó el regreso de Perú luego de 40 años de ausencia. Había estado en el banco de suplentes en un partido por las Eliminatorias para Inglaterra 1966 contra Venezuela y en algunos amistosos antes de incorporarse a Boca, pero su estancia lejos de su tierra puso en pausa su carrera internacional.
En México 70 y contra todos los pronósticos, Perú superó la fase de grupos que compartió con Alemania Federal, Bulgaria y Marruecos. Terminó la primera ronda con una ajustada derrota 3-2 contra el goleador Gerd Müller, El Káiser Franz Beckenbauer y las otras figuras teutonas, luego de vencer 3-2 y 3-0, respectivamente, a sus otros rivales. En los cuartos de final protagonizó un partidazo contra Brasil. Los verdiamarillos ganaron 4-2 como parte de su señorial camino hacia el título consumado con un 4-1 sobre Italia en la final.

La selección peruana campeona de América en 1975.
Meléndez vistió nuevamente la camiseta blanca con la banda roja cruzada en el pecho en 1975 en la Copa América. En esa época actuaba en su país, en Juan Aurich, y el técnico Marcos Calderón, que era su tío y el mismo DT que lo había hecho debutar una década antes, no dudó en recurrir a él. El 17 de julio, retornó en el empate 1-1 en Santiago con Chile, el mismo rival al que enfrentó en su debut diez años antes. Sartor; Eleazar Soria, Meléndez, Chumpitaz, Rubén Toribio Díaz; Alfredo Quesada, José Velásquez, Cubillas; Oswaldo Cachito Ramírez, Percy Rojas y Juan Carlos Oblitas jugaron ese día.
Registró asistencia perfecta en la Copa América. Compuso con Chumpitaz una dupla que aunaba calidad y firmeza. Los dos sabían mucho con la pelota. Se complementaban a la perfección. Perú dejó atrás la fase de grupos contra Chile y Bolivia y en las semifinales se encontró con Brasil, el verdugo de una Argentina que había apelado a un equipo de jugadores de equipos del interior del país. Las huestes de Calderón derrotaron 3-1 a los verdiamarillos en el estadio Mineirao y avanzaron a la final con un empate 0-0 en Lima.
El duelo decisivo se saldó en tres actos contra Colombia. El 16 de octubre en Bogotá, los locales ganaron 1-0 con un tanto de Ponciano Castro. El 22, en Lima, Perú venció 2-0 gracias a las conquistas de Oblitas y Ramírez. Como no se tenía en cuenta la diferencia de gol, el título se definió el 28 en el estadio Olímpico de Caracas. Allí se impusieron 1-0 los de la banda roja con El Cholo Sotil como héroe y con una formación que contó con Sartor; Soria, Meléndez, Chumpitaz, Díaz; Quesada, Santiago Ojeda, Cubillas; Sotil, Rojas (luego Ramírez) y Oblitas.

Capitaneó al seleccionado peruano, del que se despidió antes del Mundial 78.
Si Meléndez tenía alguna cuenta pendiente con la selección, la pagó con una muy buena labor en la Copa América. Era inamovible en el equipo nacional y jugaba con la naturalidad de quien jamás estuvo lejos de él. Por eso nunca se dudó de que su presencia resultaba fundamental para las Eliminatorias previas al Mundial 78. Dio el presente en todos los partidos de la fase inicial contra Chile y Ecuador y en la ronda final frente a Brasil y Bolivia. Perú escoltó a los verdiamarillos y se aseguró su boleto para el certamen que iba a disputarse al año siguiente en la Argentina.
El 17 de julio de 1977, con el triunfo por 5-0 sobre Bolivia con tres tantos del Nene Cubillas, uno Percy Rojas y otro de Velásquez, Perú consumó la clasificación. El argentino nacionalizado Ramón Chupete Quiroga; José Navarro, Chumpitaz, Díaz; Julio Aparicio, Velásquez, Cubillas (luego Cachito Ramírez); Juan José Muñante, Sotil (lo reemplazó Rojas) y Oblitas acompañaron a Meléndez en esa ocasión. Una vez terminado el partido, el defensor anunció el final de su vínculo con la selección. Entendió que ya le había dado todo al equipo de su país y que, si bien nunca pudo estar en un Mundial, podía golpearse el pecho con orgullo por haber sido campeón de América.