‘I Capuleti e i Montecchi’, tragedia lírica en dos actos con texto de Felice Romani, y música de Vincenzo Bellini. Iluminación: David Seldes. Escenografía: Gonzalo Córdoa Estévez. Vestuario: Emilia Tambutti. Régie: Pablo Maritano. Con: Yaritza Véliz, Silvia Tró Santafé, Ioan Hotea, Nicola Ulivieri, Fabrizio Beggi. Coro (dir.: Miguel Martínez) y Orquesta Estables del Teatro Colón (dir.; Evelino Pidò). El martes 23 en el teatro Colón.
Desde 1908 hasta hoy se dio en el Colón en una sola oportunidad: en 1971, con Renata Scotto y Renzo Casellato, puesta de Roberto Oswald y concertación de Enrique Sivieri. Ahora, ‘I Capuleti e i Montecchi’ volvió a aparecer en la sala de la calle Libertad, el martes, en tercera función de gran abono de la temporada lírica oficial.
La ópera de Bellini (La Fenice, 1830) se había estrenado en nuestro medio en 1852 en el Teatro Principal de la Victoria (Ida Edelvira), y se repitió en muchas ocasiones, hasta 1879. Desde entonces, las preferencias del público se orientaron por otros títulos de mayor atracción, por lo que sólo volvió a subir a escena esporádicamente, además del ‘71, en 2016 en el Avenida, y en 2021 en el Roma de Avellaneda (Carlos Vieu).
La pregunta que queda fluctuando entonces es si la suerte de la exhumación actual realmente se justificaba. Dejemos que cada uno forme su propia opinión.
Si se trata de poner en relieve un prototípico trabajo belcantista para las nuevas generaciones, desde ya que sí. Pero ahondando un poco más en esta obra que -vale la pena aclararlo- no está inspirada en Shakespeare sino en leyendas e historias italianas medievales, la respuesta puede ser distinta.
Porque el compositor de Catania escribió estos pentagramas de apuro, debido a un encargo, adaptando en primer lugar variados fragmentos de su ópera anterior, ‘Zaira’, que había sido un fiasco, y otros más.
A ello se suma el libreto, también terminado a tambor batiente por Felice Romani, enlazando partes de un texto ya utilizado para un drama lírico anterior, ‘Giulietta e Romeo’, de Nicola Vaccai. Ni este libreto de escenas sueltas, de numeración sucesiva, ni el contexto musical armado sobre la base de retazos, proveyeron a la evocación de la tragedia de Venecia de un hilo conductor intrínseca e interiormente articulado, artísticamente vital, por lo cual, aparte de contener escenas excesivamente alargadas, en esta creación se muestra ausente el nervio profundo del mensaje melodramático. Liszt y Berlioz la consideraron old fashioned.
CAMPO VOCAL
Por supuesto que, desde otro costado, el exquisito melodismo belliniano se explaya a lo largo de muchas secuencias delicadamente armoniosas, tonalidades refinadas, lunares, con recitativos dramáticos cantados, que constituyeron una innovación en el terreno de la ópera italiana (‘el Bellini reformado’).
El tratamiento del campo vocal se exhibe asimismo como de alta y preciosa calidad y muy agradable factura, aún en su simbiosis con las líneas orquestales (todo conforma el canto infinito propio de su autor). Obra esencialmente dulce y ornamental, romántica sin mayores vigores, con bellas y plásticas mélanges tímbricas en las dos voces femeninas protagónicas, y algo más de fuerza en el finale primo, exhibe en el segundo final un patetismo conclusivo que sólo adquiere trascendencia formal. Sin embargo, algún musicólogo lo ha descripto como el fragmento más potente de toda la producción del cisne de Sicilia.
ORQUESTA Y PUESTA
En lo que hace a los intérpretes, corresponde señalar que el Coro Estable preparado por Miguel Martínez volvió a lucir la reconocida belleza de sus amalgamas e interrelaciones, particularmente en la escena final (sin ir más lejos: ‘Pace alla sua bell’anima’, a cappella y desde adentro). En el podio, Evelino Pidó, ya conocido de nuestro público, se manejó con soltura y seguridad al frente de una Orquesta que no mostró fisuras. Su traducción, clara, plasmada de bonitos empastes cromáticos y tiempos de admirable fluidez y justeza, abordó todas las bellas cadencias melódicas bellinianas, con fina dinámica y elaborados acentos (se oyó algún forte por demás en la Sinfonía).
En el tinglado hubo de todo. La iluminación, a cargo de David Seldes, se vio incierta y poco afortunada. Los decorados, diseñados por Gonzalo Córdova Estévez, se mostraron funcionales, estéticamente diversos, casi cerrados en el fondo por enormes y feos muros de piedra. En cuanto a los figurines, concebidos por Daniela Tambutti, su trabajo fue muy aplicado y variado, con buen manejo y creatividad de colores y bocetos de época. La régie corrió por cuenta de Pablo Maritano y mostró agilidad (la que se puede), atinados movimientos de actores y masas, entradas y salidas.
CANTANTE TRASANDINA
En cuanto al elenco vocal, tanto el bajo italiano Nicola Ulivieri (Capellio) como su colega Fabrizio Beggi (Lorenzo), presentado inicialmente como un ermitaño decrépito, ostentaron registros vigorosos y enterizos, sobre todo el segundo. Con carencia de armónicos y proyección limitada debido a su entubamiento, el tenor rumano Ioan Hotea (Tibaldo, papel que cantaba Pavarotti) cumplió de todos modos un cometido correcto,
En las partes principales, la soprano chilena Yaritza Véliz (Giulietta), quien está desarrollando una importante carrera en el ámbito internacional, acreditó metal limpio, de impecable emisión, flexible, homogénea en toda la tesitura; ello, además de logrados diminuendi, y notoria capacidad expresiva.
En lo que hace a la mezzo valenciana Silvia Tró Santafé (Romeo, atención: Bellini escribió el papel para esta cuerda), afectada por su ridícula caracterización como un pequeño paje, a partir de un comienzo de graves débiles y emisión desigual, su desempeño fue creciendo paulatinamente hasta culminar en el segundo acto con una excelente labor, de gran destreza en todas las ornamentaciones y fiorituras, estilo y comunicatividad. Sus notas, plenas de cromatismo (particularmente en ‘Ecco la tomba/Deh! tu bell’ánima’), especialmente en el centro, lucieron bien modeladas, al igual que su depurado legato y matices.
Calificación: Bueno
FOTO: GENTILEZA JUANJO BRUZZA