La implacable represalia de Israel al ataque de Hamás de octubre de 2023 generó secuelas de enorme magnitud. A lo largo de casi dos años provocó al menos 71.000 muertos y 171.000 heridos en Gaza, el desplazamiento y asedio constante de toda su población y una crisis humanitaria sin precedentes en proporción a lo diminuto del enclave palestino.
Las voces de condena proliferaron en buena parte del mundo. Durante meses hubo pronunciamientos mayormente inútiles en la ONU, marchas masivas en las principales ciudades europeas y una insólita rebelión generalizada del alumnado universitario estadounidense. Gobiernos que siempre fueron aliados del estado judío tomaron distancia de sus acciones y hasta se animaron a formular algunas críticas tardías. La derecha norteamericana, apoyo indispensable del sionismo más extremo, se quebró en gran medida debido a esta arrolladora campaña militar. Esa grieta inoportuna fue la que finalmente impulsó la intervención de Donald Trump para forzar una tregua a partir de octubre de 2025, que seguía en vigor en las primeras semanas del nuevo año.
Sin prensa ni grandes respaldos políticos o económicos, también en Israel han subsistido una minoría de voces indignadas por lo que su país ha propinado a los palestinos en estos dos años demoledores, sin olvidarse de anteriores injusticias y atropellos.
Ese sector, de mínima influencia en su tierra y desdeñado en el resto de mundo, es el que aparece reflejado en la necesaria antología Sobre los escombros de Gaza: del ataque de Hamás a la destrucción planificada (Marea, 232 páginas) que coordinó y prologó Guillermo Levy.
RESISTENCIA0
Componen el libro una decena de escritos de intelectuales, catedráticos o artistas israelíes (ocho de ellos nacidos en la Argentina y emigrados en los años ‘70) que reflexionan sobre lo sucedido en Gaza en tiempo real y corriendo el riesgo de quedar desactualizados, pero con una perspectiva que no deja de lado la historia ni la tortuosa evolución política de un conflicto que lleva ocho decenios.
“Cuando comenzó la guerra entre Israel y Palestina -escribe Levy en su Introducción-, decidí que lo mejor era visibilizar para lectores en español voces y trayectorias que desde Israel no renuncian a sus convicciones y que, desde distintas búsquedas, lugares y trayectorias vitales, son la resistencia a la destrucción de lo que queda de una idea de un Israel democrático para judíos y palestinos, de la posibilidad de una solución política y humana que no incluya supremacismos ni tolere la ocupación”.
La gran mayoría de los colaboradores pertenecen al arco de la izquierda progresista o marxista. Su compromiso con el sionismo, que en el caso de los argentinos los empujó en su momento a la emigración, partió de esas bases ideológicas, que hoy ven por completo reñidas con una hegemonía política que algunos identifican con el colonialismo imperialista y otros con una “etnocracia” supremacista que avanza hacia formas de fascismo.
El gran villano de estas páginas en el primer ministro Benjamin Netanyahu y su coalición de partidos extremistas. Dani Filc, profesor de ciencia política y uno de los fundadores de la organización humanitaria judeo-árabe Standing Together, se ocupa en su texto de analizar la deriva ideológica del partido Likud desde el neoconservadorismo de los años ‘90 a una línea que a su juicio combina a derecha fascistas, populistas y fundamentalistas religiosas, y que ha desembocado en un “nativismo” que “no es territorial, sino religioso-cultural: los árabes nacidos en Israel no son considerados nativos a los ojos de los populistas excluyentes, mientras que los judíos nacidos en otros países sí lo son”.
ESTRATEGIAS
El periodista Schlomo Slutzky (emigrado de la Argentina en los años ‘70) recuerda que los avances autoritarios de esa coalición, con su intento de reformar el poder Judicial, habían desatado movilizaciones masivas en las calles justo antes de que sucedieran los atentados de Hamás.
Entiende que esas incursiones fueron posible gracias a una “estrategia” del primer ministro “que consideraba que la Autoridad Palestina –con la que las Fuerzas Armadas israelíes mantienen un diálogo que salvó la vida de muchos israelíes y palestinos– debía ser tratada como un enemigo ya que podía representar una potencial alternativa política para implementar una solución de ‘Dos Estados para Dos Pueblos’ con apoyatura internacional”.
Slutzky describe de este modo al jefe de gobierno israelí que inspiró dicha estrategia: “Un Nerón dispuesto a confrontar con el mundo entero, incluyendo tradicionales amigos y aliados, convirtiendo a Israel en un Estado paria y leproso, condenado por la ley y la opinión pública internacional, que ve desde el exterior las imágenes de la masacre en Gaza, pero que la censura militar y la autocensura de medios israelíes impiden ver desde dentro de Israel”.
Otro emigrado argentino, Lev Grimberg, profesor emérito de Sociología y Antropología en la Universidad del Néguev, postula que la retirada unilateral de Israel de Gaza en 2005 terminó por favorecer a Hamás como una estrategia deliberada para entronizar a los grupos más extremistas y separar a Gaza de Cisjordania. Cree que esas intromisiones no sólo perjudicaron a los palestinos; también se volvieron en contra de los habitantes del estado judío. “No hay democracia en Israel mientras mantenga su dominio sobre los palestinos mediante un régimen militar impuesto”, sentencia.
UNA CONTRADICCION
El ingeniero y profesor secundario jubilado Pedro Goldfarb, otro de los que viajó desde la Argentina, buscó en Israel y sus kibutz (granjas colectivas) un reducto para poner en práctica viejos ideales socialistas que “fueron perdiendo efecto dentro de una sociedad que avanzaba en forma estrepitosa hacia lugares distintos e impensados para mí”.
La conclusión de Goldfarb, quien sobrevivió a la agresión de Hamás de 2023 encerrado en la habitación de seguridad de su kibutz, es terminante aunque no sorpresiva: “Hace años entendí que, ideológicamente, existe una contradicción inherente en definirse como sionista y, a la vez, marxista-leninista. Habiendo tomado el sionismo el camino de la expansión y la colonización, no hay lugar en dichas filas para definirse como humanista o socialista… la contradicción existente es clara y definitiva”.

Uno de los capítulos más elocuentes del libro es el diálogo en forma de entrevista que mantienen Levy y el fotógrafo y documentalista de origen argentino Miguel Krestman.
En la conversación se afirma que la cifra de muertos ocasionada por estos dos años de ataques israelíes se aproxima a la cantidad total de víctimas que dejaron los anteriores enfrentamientos en ambos bandos a lo largo de 80 años. Se detienen en el largo historial de matanzas de palestinos, en especial las que fueron ocultadas en el año crucial de 1948. Krestman alerta además sobre lo que sucede hoy mismo en Cisjordania, con la persistente ampliación de las colonias judías en territorios asignados a los palestinos (“Lo de Cisjordania será una limpieza étnica por goteo”, señala). Y apela a una frase estremecedora, que resume el desquiciado momento histórico de Israel y sintetiza una opinión compartida por otros autores incluidos en el libro: “Ahora volvemos a ser víctimas, y como víctimas podemos hacer lo que se nos antoja”.
EL GENOCIDIO
El libro concluye con “Soy un experto en genocidios. Sé reconocer uno cuando lo veo”, un artículo del académico Omer Bartov que provocó gran repercusión en todo el mundo al publicarse en julio de 2025 en el New York Times.
Profesor de historia en la estadounidense Universidad de Brown, Bartov aseguraba sin medias tintas que lo que Israel llevó adelante en Gaza fue un genocidio, no una guerra.
“Creo que el objetivo era –y sigue siendo– obligar a la población a abandonar la Franja por completo o, dado que no tendrán adónde ir, debilitar el enclave mediante bombardeos y una grave privación de alimentos, agua potable, saneamiento y asistencia médica, hasta tal punto que sea imposible para los palestinos de Gaza mantener o reconstituir su existencia como grupo”, advirtió.
Animarse a pronunciar en público esa afirmación no fue algo fácil para Bartov, quien ironiza que en Europa era tachado de “genocida” y en Israel, de “traidor”.
“Habiendo crecido en un hogar sionista, vivido la primera mitad de mi vida en Israel, servido en las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) como soldado y oficial, y dedicado la mayor parte de mi carrera a investigar y escribir sobre crímenes de guerra y el Holocausto, arribar a esta conclusión fue doloroso y me resistí a hacerlo todo lo que pude”, confiesa.
Bartov destaca la odiosa paradoja de que a los estudiosos del Holocausto que critican a Israel se los tache de “antisemitas” y expresa el temor de que “tras el genocidio de Gaza, ya no sea posible seguir enseñando e investigando el Holocausto de la misma manera que lo hacíamos antes, debido a que el Estado de Israel y sus defensores han invocado sin descanso el Holocausto para encubrir los crímenes de las FDI”.
Levy y varios de los autores coinciden en admitir que sus opiniones son minoritarias en un país cada vez más militarista y autoritario. Tomando en cuenta esa situación marginal, y al margen de los sesgos inevitables y tal vez discutibles, su invitación, formulada en el “Post scriptum” del final, a “decir todo sin ruborizarse, decir todo sin temer acusaciones ni buscar palmadas”, merece interpelar por igual a judíos y no judíos en tiempos cada vez más violentos, fanáticos y deshumanizados.