Correo de lectores

¡Viva Cristo Rey!

Señor director:

Hay guerras que se pierden después de ganadas, cuando el vencedor escribe también el catecismo del vencido. La Cristiada es ese tipo de derrota, la que llega tarde, la que humilla en silencio.

En 1926, miles de mexicanos tomaron las armas no para conquistar nada, sino para defender lo único que el Estado no tiene derecho a tocar, la conciencia.

La Ley Calles no fue una reforma, fue una agresión. Cerró templos, persiguió sacerdotes, clausuró escuelas y pretendió dictar qué podía creer un hombre y cómo debía educar a sus hijos.

Pero los cristeros no empezaron disparando. Primero pidieron, protestaron, boicotearon, pero cuando el gobierno respondió con más persecución, entendieron que la paz era un lujo que el poder ya no les concedería.

Entonces nació un grito que todavía duele. Pero que es también un canto a la dignidad, ¡Viva Cristo Rey!

No era propaganda ni un grito de procesión, era una frontera moral. Un recordatorio de que el Estado puede cerrar iglesias, pero no puede confiscar almas.

La Cristiada fue guerra, sí, con excesos y sombras. Pero la caricatura oficial- campesinos fanáticos manipulados por sotanas- es una mentira cómoda. Miles de mexicanos comunes se levantaron, y miles de mujeres sostuvieron la resistencia desde la clandestinidad. Fue un movimiento popular, no un capricho clerical.

Y sin embargo, el golpe más cruel no vino del gobierno.

Vino de arriba.

De esos obispos mexicanos que, cuando llegó la hora decisiva, bajaron la cabeza con la misma rapidez con la que exigían a los fieles levantarla.

Los arreglos de 1929 fueron su obra maestra, una rendición envuelta en papel de “prudencia pastoral”. Los cristeros entregaron las armas; los obispos entregaron a los cristeros…

Sarcasmo inevitable, los pastores se salvaron… dejando que las ovejas sangraran solas.

Los hombres que habían gritado ¡Viva Cristo Rey! desde las montañas volvieron a sus casas con la certeza de haber sido traicionados por quienes debían guiarlos.

Pero no lucharon en vano. Las libertades religiosas que hoy parecen naturales fueron pagadas con su sangre, no con las firmas episcopales.

Un siglo después, México, gobierno e iglesia, siguen escondiendo a esos hombres en un rincón incómodo de la historia.

No fueron fanáticos. Fueron mexicanos que entendieron que hay cosas que ningún gobierno- ni obispos rajones- puede arrebatar.

Y cuando todas las puertas se cerraron, eligieron morir antes que renunciar a lo único que consideraban más valioso que la vida.

Por eso su grito sigue atravesando el tiempo, ¡Viva Cristo Rey!

Que nos sirva en estos tiempos de obispos temblorosos y políticos mangantes, porque ¡Viva Cristo Rey!, ya no es  solo una consigna, debe ser una advertencia para cualquier poder que pretenda ocupar el lugar de la conciencia humana… y para cualquier pastor que olvide de qué lado debe estar cuando llega la hora de la verdad.

                                                                                                            

José Luis Milia

josemilia_686@hotmail.com