POR SOLANA INI
Hace décadas que no veo a una excompañera de estudios de la facultad. Sé que vive en México, que se casó y tiene dos hijas, que trabaja en RRHH, que pasó sus vacaciones en Baja California. Hace tiempo que nos felicitamos por nuestros respectivos cumpleaños y muy probablemente, de no existir Instagram o Facebook, eso no sucedería. Quizás yo no sabría nada de ella y ella no sabría nada de mí. Pero lo más extraño es que en estos años en los cuales no nos hemos visto, todo lo que sabemos la una de la otra no fue obtenido luego de una extensa y detallada conversación, sino que surgió de estímulos visuales, gracias a las imágenes que cada una de nosotras fue publicando periódicamente en Instagram y que portan información acerca de nuestras vidas.
Nos comunicamos de esa forma peculiar que usan las compañías al promocionar sus marcas: con una foto, una música de fondo, utilizando los mismos recursos que podríamos ver en un anuncio publicitario. Y es que, desde que aparecieron las redes sociales, se nos ha persuadido de utilizar un nuevo modo de comunicación con nuestros amigos o conocidos.
Ya no marcamos un número de teléfono para comunicar una noticia; en su lugar, publicamos “una historia” para que lo vea todo nuestro círculo social, del presente y del pasado. Ya no telefoneamos a nuestros primos para contarles que estamos esperando un bebé: subimos a la red social la foto de la ecografía.
REGLA TACITA
Nos hacemos presentes en la mente del otro, generando, en algunos de los espectadores de nuestras publicaciones, el deseo de dialogar por privado. Nos comunicamos primero intercambiando figuritas (imágenes) para luego, en algunos casos, pasar a conversar. Si bien con frecuencia la conversación no sucede, hay algo que sí se logra: la exhibición, que aparentemente se consolida como una fuente misma de placer. La regla tácita que predomina en Instagram es el intercambio de imágenes —como un juego previo al diálogo—, pero ese mismo intercambio asincrónico de imágenes puede prescindir, muchas veces, de la palabra.
En estas plataformas visuales somos emisores que insistimos en compartir información, haya o no respuesta. Lanzamos al aire mensajes, pero no decidimos de antemano a quién realmente queremos dirigirnos ni con qué propósito. Esperamos reacciones, respuestas o “emojis”, quizás secretamente de alguien en especial —que nos ilumina el día con su comentario—, quizás de cualquiera que nos haga sentir menos solos.
“Mostrarnos y curiosear” destronan al “hablar y escuchar” en este submundo virtual donde expresarnos libremente es una promesa. Podemos publicar lo que queremos, a la hora que se nos antoja, sin que nadie nos lo pida, sobre el tema que nos plazca, la cantidad de veces deseada; podemos buscar interactuar con aquel que está del otro lado de la pantalla e incluso aparecer en ella, lograr saber algo acerca de los contactos sin la necesidad de hacerles preguntas; mirar, sin la necesidad de que alguien se entere de que lo hacemos.
Paradójicamente, recibir información a través de imágenes parece haber empezado a desplazar a la lectura y quizás también al arte de la conversación (en la Argentina se estima que Instagram es la red social más usada, en la cual la gente pasa un promedio de tres horas diarias). El diálogo aquí es sustituido por dos nuevas conductas que se vuelven el centro de la experiencia: ser visto y mirar.
INTERACCION ILUSORIA
Tras un posteo, un porcentaje del público enviará alguna señal, mientras que otro grupo se limitará a la mera visualización. La visualización mutua de historias genera la ilusión de una interacción que no siempre ocurre: a veces se queda en el campo de la imaginación, como si se intercambiaran miradas imaginarias (mirar historias de manera recíproca comienza a ser confundido con la acción de verse). De hecho, hay mujeres que, al referirse a determinado usuario, dicen “él mira mis historias”, pronunciando esa frase con la misma sonrisa con que dirían: “me miró en la fiesta”.
A la recepción de reacciones o “likes” se le dice “interacción”: el sujeto mira una imagen y luego presiona el ícono de un corazón y siente que con esas dos acciones —mirar la foto y presionar la pantalla— ha interactuado con otro sujeto. Con solo hacer clic, envía una señal positiva al otro sin necesidad de formular una oración. En cierto modo, la comunicación tuvo lugar.
Todo lo que sé de mi excompañera no me ha llegado a través de cartas ni luego de conversaciones telefónicas: todo lo que sé de ella me ha llegado a través de alguna fotografía que ha subido. Productos y personas hoy utilizamos un modo similar de comunicar, buscando estar presentes en la mente del otro: unos, invitándonos a consumirlos; otros, a iniciar, ta vez, una futura conversación.
La mera recepción de imágenes e información nos hace sentir que seguimos en contacto; el juego previo a la conversación ha quedado establecido y entretiene en sí mismo. Y así, millones de personas han encontrado un nuevo modo de expresarse que, lejos de extinguirse, se consolida como forma de interacción que ocupa buena parte del tiempo libre. A cada uno le queda preguntarse hasta qué punto es efectiva.