Manuel Dorrego: su gran obra…
Por Julio C. Borda
Armerías. 186 páginas
Entre nosotros existen pocos parteaguas históricos más aceptados que el fusilamiento de Dorrego, el 13 de diciembre de 1828. En ese crimen arbitrario se ha querido ver, con razón, la cifra del espíritu cainita que cada tanto aflora para ensombrecer el destino argentino.
El hecho es harto conocido, no tanto la víctima. Dorrego no integra el panteón de los próceres centrales y su vida breve, pletórica de batallas, polémicas y traiciones, ha tenido mucha menos relevancia que su triste final.
En Manuel Dorrego: su gran obra, su trágico final, Julio C. Borda consumó una amena síntesis biográfica que invita a profundizar en el personaje. Lo hizo con indudable simpatía por su objeto de estudio, a quien evoca en tono admirativo.
Como tantos hijos de su tiempo, Dorrego (1787-1828) forjó su renombre en el campo de batalla pese a que su vocación eran las leyes. Se batió en el Ejército del Norte a las órdenes de Belgrano y San Martín, y luego en la Banda Oriental. Fue admirado por subordinados y distinguido por esos y otros célebres comandantes, pese a su carácter irreverente y díscolo.
Proclive a las bromas pesadas, generoso con sus tropas pero rebelde ante los superiores, Dorrego no era hombre de medias tintas. Alguna insolencia famosa con Belgrano estancó su carrera militar. Esa vena inconformista, acaso infantil, lo empujó al destierro en la remota Baltimore, experiencia que le serviría para asimilar a nuestras tierras el concepto de “federalismo” según lo entendían entonces en la América del Norte.

La guerra con el Brasil (1825-1828) marcó su ascenso y caída en la arena política. Se enfrentó al unitarismo de Rivadavia y fue legislador y después gobernador de la provincia de Buenos Aires. Encerrado entre opciones ingratas, el desenlace del conflicto selló su destino.
Esa lamentable coyuntura ofreció la excusa perfecta, recuerda Borda, para que se desplegara la conspiración de la elite liberal porteña que no toleraba ni la figura ni las ideas de Dorrego. Su instrumento fue el heroico pero manipulable general Lavalle, “tan es así que Esteban Echeverría lo llamó ‘Espada sin cabeza’, dando a entender que era un hombre fácilmente influenciable por la opinión e ideas de distintas personas”.
El “violento final” de Dorrego, observa Borda, “fue el comienzo de la tragedia que sumió al país durante más de cuarenta años; la muerte y la violencia no cedieron en esos infaustos años, pues hombres, mujeres y familias enteras padecieron el drama de una guerra entre hermanos que se fue prolongado en forma absurda, haciendo que el odio invadiera los corazones de los habitantes de una misma nación”.
Abogado de profesión y docente en materias del Derecho, Borda practica la historia con pluma amena y prolífica. Es autor de numerosos libros sobre temas del pasado patrio y de biografías de varios de sus próceres, como Belgrano, Brown, Güemes, Quiroga, Lavalle o Nicolás Avellaneda, entre otros.