En un austero camarín del Teatro Nacional Cervantes, mate en mano y ya peinada y maquillada para convertirse en Ofelia, Belén Brito se toma una pausa antes de salir a escena. Afuera, ‘Lo mucho que te amé’ transita sus últimas funciones de una temporada que comenzó con localidades agotadas y que terminará, de la misma manera, este domingo. Pero con la que esperan volver pronto en otro espacio.
Adentro, en la intimidad despojada de esa pequeña sala, ella cuenta cómo fue el camino que la llevó a protagonizar este unipersonal y a adaptar, junto con Corina Fiorillo, también directora de la puesta, la novela de Eduardo Sacheri.
La historia tiene, además, un capítulo personal: Sacheri fue su profesor de Historia en el secundario. Años después, tras leer el libro junto a su marido en apenas una semana, ella misma lo llamó para pedirle los derechos y llevar esa historia al teatro.
La obra, ambientada en los años ‘50 y ‘60, nos sumerge en la vida de Ofelia para mostrarnos cómo las grandes decisiones íntimas se cruzan con las expectativas de una época.
-¿Cambió su percepción del personaje entre el momento de la adaptación y en el que le puso el cuerpo?
-Sí, totalmente. Lo más llamativo para mí fue el costado humorístico. Creo que para la directora también lo fue, y es algo que fuimos descubriendo en los ensayos. Ella me marcaba, y me sigue marcando, la importancia de seguir encontrándole el humor. Sucede algo muy cómico cuando el personaje devela lo que está pensando, rompe la cuarta pared con el público y se pregunta: “¿Por qué estoy pensando esto? ¿De dónde sale esta voz?”. Entonces, sí, ese costado humorístico de Ofelia, ese lado más jovial, y cómo va adentrándose en esa mujer madura que termina siendo una Ofelia consciente que dice: “Yo elijo esta vida, todo lo que sucede lo elijo; no sé si es lo mejor que puedo hacer, pero es lo que me sale hacer”. Todo ese proceso no lo supe cuando estaba haciendo la adaptación sino que lo fui descubriendo a medida que le iba poniendo el cuerpo en los ensayos.
-Ofelia está contando una historia que pasó hace tiempo. ¿Cómo fue interpretar todo aquello que ella calló y que de pronto necesita sacar?
-Creo que la invitación de ponerle el cuerpo fue encontrar el modo de contar ese secreto y de generar una intimidad directa con el espectador. Por suerte estamos en una sala chica, íntima, que facilita un montón que se dé ese encuentro casi en secreto: “Vengo a contarles esto, quiero hacerlos parte de esto que es mi secreto, que no lo voy a decir nunca más en mi vida, pero lo voy a decir hoy”. Entonces, creo que eso que me preguntás apareció también con el cuerpo, con la certeza de que había que generar esa intimidad.
-¿Qué tiene usted de Ofelia y qué tiene ella que sea suyo?
-Yo siento que Ofelia y yo compartimos el amor. Ella me enseña a amar, y a mí me encanta amar: amo mucho, amo lo que hago, amo a mis hijos...Cuando digo en el texto “adoro a mi marido, amo a mis hijos y quiero mucho a mis hermanas”, ¡soy Belén Brito literal! Se me vienen a la cabeza las imágenes de todos ellos: tengo dos hermanas, dos hijos y un marido. Así que creo que compartimos el amor. También compartimos mucho las inseguridades: el hablar y pensar mil veces las cosas; pensar lo que voy a decir mil veces antes de decirlo y, una vez que ya lo dije, seguir pensando si lo que dije estuvo bien o mal y seguir analizando. Siento que también compartimos la dulzura. Además, siento que Ofelia se llevó mucho de mí, no sé si otra actriz le habría dado esa misma impronta dulce, y a cambio ella me regala el humor, porque yo no tengo tanto humor y ella tiene mucho más que yo.
-En la obra se habla mucho sobre los mandatos familiares y el ‘deber ser’. ¿Cree que eso sigue o que hoy ya nos liberamos de todo eso?
-Es una obra ubicada en los años ‘50. Siento que hoy está un poco más alivianado, que no es lo mismo la mujer de los años ‘50 que la de hoy, y hablo de la mujer porque siento que hay más mandatos sobre lo femenino que sobre el varón. Pero a su vez siento que esa línea del “deber ser”, de lo que se debe hacer, de la ética y de la moral sigue pesando y va a pesar siempre. Siempre vamos a tener a alguien atrás que nos juzga y nos dice qué es lo que tenemos que hacer y qué es lo que no. Por eso creo que esta novela va a seguir resonando igual dentro de unos años, porque siempre va a estar ese tironeo entre lo que yo deseo y lo que me dicen que debo hacer. Por eso siento que quizás se la pueda considerar un clásico, algo que va a perdurar: sucedió en los años ‘50, sigue sucediendo ahora y seguirá sucediendo en el futuro. El trabajo constante va a ser poder ir escuchándonos cada vez más y poder seguir nuestro propio deseo.
-La obra se estrenó con localidades agotadas y se mantuvo así toda la temporada. ¿A qué cree que se debe eso?
-A la novela. Es la más vendida de Eduardo, es una historia que gusta muchísimo y creo que ahí se nota el amor que la gente le tiene. La novela pasó al teatro y la gente viene con la expectativa de ver qué hacemos con esa historia que es fantástica, a ver cómo la llevamos al escenario. Y sucede mucho esto: al principio esperan encontrarse tal cual con Manuel, con la tía Rita...Y de repente dicen: “¿Qué pasó?”. Pero termina gustando un montón.
-Es su primer unipersonal, ¿cómo está viviendo la experiencia?
-Soy feliz, siento que estoy como pez en el agua y la paso hermoso; termina la obra y quedo llena de energía. Ofelia es un regalo para mí, lo digo y me emociona porque es un placer enorme poder hacer cada función. Mi hermana más chica, Sol, me dice: “Te preparaste toda la vida para esto”. Y tiene sentido porque se dio la casualidad de que fui al mismo colegio que Eduardo Sacheri, que fue mi profesor, que lo pude llamar y conseguir los derechos. Todas cosas que fueron sucediendo y que hacen que una llegue a los distintos lugares de la vida como llega. Hay una frase en la obra que dice que nuestra vida siempre es nuestra vida y se define por los días que vivimos dentro de ella. Sol me dice que toda mi vida me fui preparando para llegar a este momento, y siento que es muy acertado. Un poco toda mi vida fue para llegar acá. No sé qué vendrá después, pero estar acá es un regalo inmenso. Estoy súper agradecida al teatro, a Corina, a Tomi (Pol) y a Lucía (Gómez) -los intérpretes musicales-, porque si bien es un unipersonal, el trabajo nunca es de una sola persona. Hay un equipo atrás que sostiene, y muchas veces, cuando salgo a escena, los siento conmigo.