El historiador británico Eric Hobsbawm dedicó parte de su vida al estudio del nacionalismo. Lo definió como una construcción social, que se daba en determinados contextos históricos, especialmente tras la aparición del capitalismo y el estado-nación.
El nacionalismo es una identidad colectiva, basada generalmente en elementos culturales, como la lengua, la historia de un pueblo y sus tradiciones.
La política lo refuerza utilizando la disciplina histórica mediante el sistema educativo y la propaganda estatal.
Desde mucho antes de la construcción del Estado nacional argentino, diferentes gobiernos apelaron al recurso de la historia para la creación de una identidad nacional. El 1° de julio de 1812, el Primer Triunvirato ordenó redactar una historia acerca de los sucesos de la Revolución de Mayo.
En 1827 arribó a Buenos Aires, desde su Italia natal, Pedro de Angelis, quien además de ejercer el periodismo, terminó organizando un archivo de manuscritos y documentos de los primeros años de la nación argentina, que terminarán en el Archivo General de la Nación, creado durante el gobierno de Martín Rodríguez unos años antes.
Y qué decir de Bartolomé Mitre, el creador de una historia de la Argentina, que se convirtió de alguna manera en la historia oficial, con las biografías de José de San Martín y Manuel Belgrano.
Pero hay una cuestión fundamental entre la disciplina histórica, la historia patriótica y el nacionalismo político y cultural que baja desde el Estado: la cuestión Malvinas.
Desde la usurpación de esa parte innegable -por legalidad y legitimidad- del territorio argentino, tanto el dispositivo nacionalista como las diversas miradas historiográficas sobre el pasado argentino, estuvieron mayormente de acuerdo en que las Islas Malvinas son argentinas. Debe ser el único tema en que la mayoría de los argentinos estamos de acuerdo.
En 1869, José Hernández, que inició su vida en el federalismo del Litoral y terminó en las filas autonomistas, publicó en el periódico El Río de la Plata artículos sobre la necesidad de recuperar las islas robadas. Las notas tuvieron un destinatario, casi exclusivo, que era el entonces presidente Mitre.
En 1910, el director durante treinta y cuatro años de la Biblioteca Nacional, el francés Paul Groussac, escribió en su lengua natal un texto sobre las islas y su usurpación. La importancia para el conocimiento y difusión de esta obra, llevaron a que en 1936 se dictara la Ley 11904 que la tradujo al castellano. En la misma se demuestra que tanto Francia como Inglaterra reconocieron a España como legítima poseedora de las Malvinas.
Los trabajos de investigación de Teodoro Caillet-Bois
, un historiador y oficial naval argentino, aunque de origen suizo, permitieron que la Nueva Escuela Histórica, la corriente historiográfica argentina que apareció en las primeras décadas del siglo XX, de mano de Ricardo Levene y Emilio Ravignani, se ocupara del asunto.
La mirada de esta nueva corriente historiográfica, que reemplazó la visión liberal-positivista dominante, aportó una interpretación científica y objetiva de la historia que terminará en la fundación de la Academia Nacional de la Historia en 1938.
También fue importante el aporte de los autores nacionalistas sobre el tema, como los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta
, quienes resaltaron el antimperialismo británico y que, de alguna manera, le abrieron la puerta al aporte que hicieron los revisionistas más tarde.
Uno de estos, José María “Pepe” Rosa, sintetizó el sentimiento nacionalista, el antimperialismo inglés y el reconocimiento a Juan Manuel de Rosas por sus reclamos a Londres por medio del embajador argentino Manuel Moreno, como así también la figura del gaucho Antonio Rivero, que le dio batalla a los usurpadores.
La lista de historiadores que trataron el tema es larga. Con miradas políticas diferentes, las investigaciones se superaron unas a otras hasta nuestros días. Hoy el historiador más destacado y prolífico es Federico Lorenz, con casi una docena de libros escritos sobre Malvinas y para todos los niveles de educación, incluido para los más chicos.
Y mientras los historiadores trabajaron, la política exterior también hizo lo suyo: la Resolución de Naciones Unidas 1514, de 1960, estableció el principio de descolonización resaltando la integridad territorial vulnerada cuando las fuerzas británicas expulsaron de las islas al gobierno. La 2065 de 1965 reconoció la existencia de la disputa e invitó a iniciar negociaciones sin demora. Otra de 1976 impide tomar decisiones unilaterales sobre los recursos de pesca e hidrocarburos.
La Argentina empezó a tener mayor presencia en el archipiélago: construyó una pista de aterrizaje para que llegara los aviones de las Líneas Aéreas del Estado (LADE). También se instaló YPF y se permitió que los ocupantes pudieran atenderse en el sistema público de salud en el continente.
La descabellada decisión de recuperar militarmente nuestro territorio en 1982, tiró por la borda todo lo construido. Sin embargo, el dispositivo nacionalista dio resultado a pesar de que se trató de una acción dispuesta por
la dictadura. La mayoría aplaudió la vuelta a la Patria de la hermanita perdida, como dice el poema escrito por Atahualpa Yupanqui y musicalizado por Ariel Ramírez en 1971.
Pero en la tercera década del siglo XXI aparecieron unos
autodenominados topos que están destruyendo el Estado nacional desde adentro. Admiradores de Margaret Thatcher, responsable del hundimiento del crucero General Belgrano y de la muerte de 323 compatriotas, y de Augusto Pinochet que colaboró sin tapujo con el invasor inglés. Por otro lado, los topos sostuvieron que los habitantes de las islas deberían decidir si quieren ser argentinos o británicos, violando el principio de que una población trasplantada no puede ejercer el derecho a la autodeterminación.
Pero resulta que ahora, de un día para el otro, las Malvinas son nuestras, no hacemos obra pública, pero vamos a construir una base naval en la zona y los habitantes ya no tienen derecho a la autodeterminación. Un oportunismo barato que sigue los intereses de Estados Unidos e Israel, que están disputando otras cuestiones con el Reino Unido.
Pero quedémonos tranquilos que no vamos a ir a la guerra, ésta requiere que los militares estén dedicados tiempo completo, pero resulta que a las cinco de la tarde dejarán de pelear para salir a manejar sus autos en alguna
aplicación, para llevar a sus hogares algo más de dinero ya que sus ingresos son paupérrimos.
La utilización que hizo Karl Marx de la idea hegeliana de que los hechos y personajes de la historia aparecen dos veces, primero como tragedia y luego como farsa, tiene una innegable actualidad.