Este partido pudo no haberse jugado. Si Lionel Messi no se iluminaba en la noche de Quito, todo habría sido un espejismo. El estadio Luzhniki, el que será sede del partido inaugural y la final de la Copa del Mundo, habría tenido a Rusia enfrentando a cualquier otro adversario. Pero está Argentina. Ese es el primer dato que nunca debe pasarse por alto. Una vez admitida esta cuestión, sí se puede reparar en lo que sucedió en este amistoso con el que Jorge Sampaoli siguió haciendo pruebas, moviendo piezas, persiguiendo certezas, convenciendo a los jugadores de sus planes y tratando de que esos ensayos tengan correlato con sus ideas, ésas en las que la Selección va siempre al frente, presiona bien cerca del arco rival y gana. Y si bien logró al menos el último de sus objetivos, para que los triunfos lleguen con mayor frecuencia será necesario que lleguen los goles que a esta Selección le cuestan tanto conseguir.
Ya desde la alineación, el equipo albiceleste tuvo el sello del DT. En la simple enumeración de nombres, algo descompensado. Pocos para defender y armar juego. Muchos pensando en atacar, pero aislados. Algunos en posiciones iniciales antinaturales, aunque cuando se alejan ligeramente del libreto muestran su mejor versión.
Esto último se da con Eduardo Salvio, a quien Sampaoli planta como una suerte de mediocampista por la derecha, obligándolo a desdoblarse en ataque y defensa, desdeñando de las mejores cualidades del Toto, como antes lo hizo con Lautaro Acosta. Pero cuando el hombre del Benfica va hacia adelante e intenta desbordar, se ve lo mejor que es capaz de aportarle al Seleccionado.
Apareció por primera vez Giovani Lo Celso, ese talentoso mediocampista de Rosario Central que se fue muy rápido al Paris Saint Germain. Por el carácter imprevisible del entrenador, el pibe, que entró en la lista a último momento, integró la alineación inicial. Parece que con Sampa no se puede esperar un pensamiento lineal. Si un jugador aparece en la nómina, puede ser titular porque corre con iguales posibilidades que el resto, sin importar si estaba o no en los planes originales. Lo Celso entró para tratar de ser un socio de Messi. Intentó mostrarse para que sus compañeros lo vieran como una opción de juego, pero no siempre lo consiguió.
Enzo Pérez y Matías Kranevitter estaban muy solos en el medio. Perdían en ese sector por la superpoblación rusa, ya que no se les acercaban Lo Celso ni Angel Di María. Como Salvio era más importante atacando, se notaba todavía más la incomodidad de los volantes defensivos.
A la Argentina le costó hacer pie en el partido. Durante mucho tiempo la pelota pasó por el trío del fondo, Javier Mascherano, Germán Pezzella y Nicolás Otamendi. Toques por momentos intrascendentes que dejaban en evidencia que Rusia estaba muy replegada y que faltaban jugadores para crear juego por aquello de la voracidad ofensiva manifestada en superpoblación de presuntos atacantes -más allá de dónde se los ubicara en la cancha- y pocos para jugar.
Eso duró hasta que Argentina comenzó a encontrar espacios para la sorpresa. Dejó de ser un equipo predecible y monótono. Para esto fue necesario que Messi bajara a buscar el balón para iniciar la maniobra, a pesar de que eso le quitara poder de fuego. Pero el capitán mostró el camino. Lo entendió Sergio Agüero -una apuesta que parece ser la predilecta del DT-, ya que también retrocedió para juntarse con La Pulga y empezar a generar huecos en la nutrida retaguardia rusa.
Lo mejor de los albicelestes se dio cuando surgieron las sociedades de los más calificados para ir al frente. Se encontraron Di María y Agüero, pero el Kun no pudo definir. Hubo otra mereció haber tenido mejor destino porque Messi halló a Otamendi lanzado hacia adelante para enviar el centro que el delantero del Mancheser City conectó sin obtener recompensa.
También mereció terminar en gol un remate de Messi apenas comenzado el segundo tiempo. Se la tiro por encima al arquero Igor Akinfeev y la despejó con lo justo Konstantin Rausch. La Pulga había recibido un lúcido pase de Agüero, quien en la mente de Sampaoli surge como el socio más adecuado para el capitán, especialmente después de que Paulo Dybala no lo consiguiera dentro de la cancha y se condenara a un segundo plano por tratar de explicar lo inexplicable.
LO MEJOR Y LO PEOR
Quizás el aspecto más positivo de este partido tenga que ver con Agüero. El Kun aprovechó su oportunidad. Si para Sampaoli corre con ventaja en la carrera contra Gonzalo Higuaín y Darío Benedetto, en Moscú aumentó esa brecha a favor del ex Independiente. Fue lo mejor de la Argentina, especialmente porque tuvo inteligencia para no encajonarse entre los zagueros centrales de Rusia. Entró y salió creando espacios y buscando juntarse con sus compañeros.
Más allá de esas aproximaciones al arco, es preciso dejar en claro que Argentina no fue una máquina de atacar, aunque tuvo la iniciativa. En dos ocasiones hasta Otamendi puedo haberle puesto la firma a un gol. Su rival se acercó apenas un par de veces en el complemento. Hizo trabajar muy poco a Sergio Romero, por quien la pelota pasó más para salir del fondo tocando con los defensores que para contener acciones de los rusos.
Un párrafo para el seleccionado dirigido por Stanislav Cherchesov. Está en el Mundial porque es el local. Costaría mucho imaginar que este equipo limitado, entregado simplemente a impedir que le hagan goles, pueda tener serias posibilidades ser protagonista de una Copa del Mundo en otras condiciones.
Por eso con el correr de los minutos el dueño de casa se fue desvaneciendo. La concentración en la marca disminuyó y a los albicelestes se les hizo más sencillo el trámite. Curiosamente, a pesar de las mayores facilidades que encontraron, no fueron tan peligrosos. Y las características del Kun también tuvieron que ver en este tema. A veces salir tanto para tocar hace que el equipo pierda una referencia de ataque.
No se trata un capricho de inconformismo extremo, pero el si el 9 retrocede para tocar y nadie lo releva, el equipo se hace inofensivo. Quienes se jactan de conocer bien al DT, dicen que no le seduce la idea de aferrarse a lo que comúnmente se denomina “referencia de área”. Pero está claro que al menos debe surgir alguien que en algún momento se muestre en ese rol para que sus compañeros sepan a quién buscar para definir.
Así y todo, llegó el gol tranquilizador. El debutante Cristian Pavón -un jugador que se merecía una chanche por sus buenos desempeños en Boca- mandó el centro perfecto para que Agüero marcara el tanto del triunfo, apenas un instante antes de dejar la cancha para el ingreso de Dybala.
El triunfo no puede ocultar una falla muy evidente. Porque si no se corrige esa falencia, no quedará más remedio que seguir encomendándose a que Messi se ilumine, acelere para romper la monotonía que torna aburrido y esquemático al equipo, y haga los goles que a esta Selección pretendidamente ofensiva le están faltando.