Parece que es necesario el fútbol para que aflore el sentimiento de identidad nacional, para que el aire se tiña de celeste y blanco, para que unos y otros, y otros más, reivindiquemos nuestra condición de argentinos y nos enorgullezcamos de serlo, tanto en la victoria como en la derrota.
También asoman las banderas, es cierto, cuando despedimos a alguien que por alguna razón fue para nosotros, o por lo menos para un número significativo de nosotros, un punto de referencia, como Maradona o el Indio Solari, por citar casos notables y recientes. Visto desde cierta altura, nuestra conciencia de ser parte de un todo asoma en el reto de la guerra o en el culto de los héroes. No hay signos más distintivos y reveladores de una nación, de la vitalidad de una nación, que éstos.
LA DIÁSPORA
El mundial de 2022, pero éste en particular por el lugar donde se disputó, puso en evidencia otra faceta de la nacionalidad argentina, la de la diáspora.
Hemos visto multitudinarias concentraciones de argentinos, y de hijos de argentinos, no sólo en las ciudades estadounidenses sino también en Madrid y en Roma, en París y en Sydney. Las nuevas tecnologías facilitan la comunicación hasta convertirse casi en una esquina digital de barrio, y el mate ubicuo asegura la portabilidad identitaria. La nacionalidad parece extenderse hasta donde haya alguien que la reivindique. “El argentino nace donde quiere”, reza una consigna popularizada últimamente en las redes, y alude tanto a los emigrantes como a los inmigrantes que la adoptan como propia.
Esa consigna parece simpática pero obliga a detenerse en ella. ¿Implica acaso una identidad exclusivamente simbólica, una nacionalidad puramente espiritual y desprendida del territorio que es parte inextricable de la idea misma de nación? Nada que temer por aquí: nazca donde nazca, el argentino reivindica siempre el derecho de la nación sobre las islas Malvinas.
La consigna “Las Malvinas son argentinas”, que la selección colocó en las pantallas de todo el mundo, y el “mapita” del pequeño archipiélago, tan ubicuo como el mate en todo lo que aluda a la Argentina, advierten sobre la conciencia territorial de esta nación y sobre el reclamo celoso de sus posesiones soberanas.
Cuando los jugadores tendieron sobre el césped de Atlanta la tela con la leyenda malvinera, en un gesto de desobediencia y desafío no exento de riesgos para ellos mismos y sus carreras, ratificaron algo que el resto del mundo sabe desde que lo avisó el general San Martín: que los argentinos no somos empanadas que se comen de un bocado.
El gobierno podrá ofrecer el RIGI y el súper RIGI y el recontra RIGI, y los especuladores financieros seguirán sin aparecer porque comprenden que acá no la pasarían bien, que las tropelías que practican habitualmente en el resto del mundo jamás encontrarían acá otro consenso que el de la casta traidora y serían motivo de permanente resistencia y conflicto.
“Gracias a cada uno de mis compañeros, al cuerpo técnico y a todas las personas que trabajan todos los días para que esta selección siga siendo una familia“, escribió Lionel Messi en vísperas de la final. Efectivamente, si hay otro rasgo que distingue a esta selección es su reivindicación de la familia, y no sólo para describir el lazo afectivo que los une. En un mundo que tiende a desintegrarla, ellos acostumbran presentarse con sus hijos y sus esposas, evocan a sus propios padres y agradecen el apoyo recibido de ellos cuando se iniciaron en el deporte. Creo que sin ser demasiado conscientes ni proponérselo, sólo por ser como son, estos muchachos libran su propia batalla cultural, incluso en los signos y símbolos de religiosidad que varios de ellos exhiben.
CAMPAÑA ANTIARGENTINA
Sólo la tremenda potencia de la identidad nacional y su extenso impacto sobre otros pueblos puede explicar la violenta campaña antiargentina desatada en las redes desde meses antes de disputada la copa, y respondida con pareja fuerza por los que la observan con admiración.
Aunque ahora se va a montar sobre la derrota frente a España, esa campaña nunca tuvo que ver con lo deportivo. Como si la manera de ser de los argentinos, su carácter e incluso su semblante no dejaran a nadie indiferente, obligaran a tomar partido, a definirse a favor o en contra. Muchos europeos reconocían en todo ello un legado que ellos mismos dejaron escapar, muchas víctimas de los europeos encontraban en la insolencia argentina una revancha por sus pasadas humillaciones.
Ahora, en el terreno estrictamente deportivo, nos sorprendió a los argentinos la inusitada dimensión de las adhesiones, cosechadas en centro y sud América, también en África y en Asia (emocionaba ver la multitud de banderas celestes y blancas en Bangladesh e Indonesia, en la India y también en algunas provincias chinas) e incluso en Europa, en la Nápoles de Maradona, en Irlanda y en Escocia, en la Cataluña de Messi y en el País Vasco, cada uno con sus razones. Los festivos “banderazos” atrajeron la curiosidad de los norteamericanos y ganaron la simpatía de asombrados alcaldes y policías.
EL CAPITAL FINANCIERO
Pausa de hidratación: en el torneo que acaba de concluir vimos afianzarse una tendencia ya anticipada en Qatar, y es la cooptación del fútbol por el capital financiero, un proceso puesto en marcha, como tantas otras cosas nefastas, por Henry Kissinger a mediados de los ‘70.
El capital financiero hizo trizas todo lo que tocó, desde el cine hasta la ciencia, y ahora tiene su mira sobre este deporte, nuestro deporte. Los intervalos destinados a la publicidad, el costo astronómico de las entradas confirman una dirección ya anticipada por el precio absurdo de los jugadores en el mercado de pases.
El desempeño de la selección, casi en su totalidad integrada por jugadores nacidos en clubes de barrio, desnuda por contraste la falacia de las sociedades anónimas deportivas.
PASIÓN SUFRIDA
“Sin sufrimiento no es la Argentina”, repetían los hinchas tras cada triunfo agónico e incluso en la caída final. “Sufrimiento” es precisamente uno de los significados de la palabra “pasión”.
El otro significado es “ganas locas de”, compromiso total en pos de lo deseado, se trate de un triunfo deportivo, de un desvelo amoroso, o de la perfección artística. Eduardo Mallea hablaba de una “pasión argentina”. Si nuestra identidad es tan fuerte e intensa como la describimos, si somos así de apasionados en nuestro hacer, ¿por qué, como nación, nos cuesta tanto encontrar el abrazo, alcanzar el triunfo, acariciar la perfección?
Tengo la impresión de que la Argentina es una nación que no ha encontrado su forma, o que ha elegido la forma equivocada. Parece evidente que la democracia republicana no conviene a nuestra manera de ser, o nuestra manera de ser no se adapta a ella, la desborda. Un siglo y medio de instituciones más o menos democráticas sólo ha servido para acentuar diferencias, ahondar viejas grietas e inventar nuevas, y paralizarnos para la acción. Nuestros mejores momentos como nación están asociados con liderazgos fuertes, casi autocráticos: Rosas, Roca, Perón, más allá de los reparos que opongamos a tal o cual aspecto de su administración.
Quien se identifica en tuiter como Líbranos del Mal apuntó en la dirección correcta, me parece, cuando escribió, en medio del fragor del mundial: “La política es un producto sintético, un artefacto técnico. Una falsificación. Argentina es demasiado compleja para la política. Los argentinos somos para la religión, no para la política.”
Efectivamente, hay algo en nuestra identidad, como hemos visto, que excede la racionalidad inhumana de los organigramas de escritorio, que tiene más que ver con las emociones y los afectos, con una intuición inmediata de lo trascendente (la fe, la religiosidad) pero también de lo inmanente (la creatividad, la inteligencia).
Esta selección es un ejemplo en sí misma de lo dicho. No es una democracia, ni incluye cuerpos deliberativos capaces de empantanarla en interminables discusiones teóricas (o interesadas). Esta selección supone un liderazgo firme, respetable y respetado, con aciertos y errores, pero con un proyecto y una estrategia compartidos por todo el plantel. Los jugadores saben que son parte de un diseño superior, y han demostrado estar dispuestos a resignar lucimientos personales en aras del éxito del conjunto. Por supuesto, es mucho más difícil y exigente para todos una organización planteada en estos términos que una organización reglamentaria. Pero así es como mejor funcionamos, estamos a la altura de esa demanda.
Tal vez estuvieron acertados los padres de la patria, San Martín y Belgrano, cuando en los albores de nuestra institucionalidad defendieron la monarquía como forma de gobierno. Finalmente se impusieron los republicanos (con ayuda de los ingleses, claro), y ahora no estamos seguros de si fue para bien.
Sospecho que una monarquía -con su articulación inherente de lo popular, lo militar y lo religioso- respondería mejor a nuestra idiosincrasia, a nuestra pasión argentina, y encuentro que estamos bien dotados para intentarlo: aparte de las tres coronas futbolísticas, que son cosas de otro orden, le dimos una soberana a la Casa de Orange, un monarca al Estado Vaticano, y contamos con una reina en espera que luce todos los atributos de la nacionalidad.