POR MARIO CAPONNETTO
Este mes de noviembre se cumplen setenta años del trágico final de la heroica gesta de Hungría en la que miles de patriotas intentaron liberarse de la tiranía comunista que oprimía a esa noble y vieja nación cristiana desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Fue exactamente el 4 de noviembre de 1956 cuando el Ejército soviético lanzó una ofensiva masiva con miles de tanques y divisiones militares sobre Budapest para aplastar la rebelión patriótica que había estallado apenas dos semanas antes.
Efectivamente, el 23 de octubre de 1956, una manifestación pacífica de estudiantes en Budapest exigió la retirada de las tropas soviéticas, el restablecimiento de las libertades civiles y la vuelta al poder del líder reformista Imre Nagy, un socialista moderado que había emprendido algunas reformas liberalizadoras lo que le valió la “excomunión” por parte de la Unión Soviética. La Policía Secreta (ÁVH) disparó contra la multitud, transformando así la protesta en una rebelión armada.
EXITO INICIAL
En un primer momento, la insurrección pareció lograr sus objetivos. Nagy reasumió el cargo de primer ministro, disolvió la ÁVH, prometió elecciones libres y, el 1 de noviembre anunció que Hungría abandonaba el Pacto de Varsovia declarándose un país neutral.
Entre las peticiones más destacadas de los rebeldes figuraba la inmediata liberación del Cardenal József Mindszenty, Arzobispo de Esztergom y Primado de Hungría. Este ilustre Prelado, terminada la guerra, merced a su férrea oposición al régimen comunista, sufrió un auténtico martirio: fue encarcelado, torturado y condenado a cadena perpetua en una farsa de juicio en 1949. Mindszenty fue liberado tras ocho años de prisión durante los sucesos de octubre y restituido en su cargo.
Pero estos acontecimientos auspiciosos duraron apenas unos pocos días. Como adelantamos, el 4 de noviembre la Unión Soviética invadió Hungría aplastando a sangre y fuego a los patriotas. Como luctuoso saldo de esta represión criminal más de dos mil quinientos húngaros murieron, unos doscientos mil refugiados lograron huir del país. principalmente a través de Austria, más varios miles de arrestos. Imre Nagy fue detenido y posteriormente ejecutado en 1958. János Kádár asumió el poder e instaló un nuevo régimen prosoviético. Por su parte, el Cardenal Mindszenty logró refugiarse en la Legación de Estados Unidos en Budapest donde permaneció hasta 1971, en que abandonó dicha Legación en circunstancias de las que hablaremos enseguida.
REACCION VATICANA
Frente a estos hechos, sucintamente reseñados, la reacción de la Santa Sede fue inmediata. Ocupaba el Trono de Pedro el Papa Pío XII. Entre el 28 de octubre y el 5 de noviembre de 1956, aquel gran Pontífice publicó tres breves cartas encíclicas dirigidas al pueblo de Hungría y a todo el orbe católico. En la primera, Luctuosissimi eventus, fechada el día 28 de octubre, el Santo Padre hacía un llamado angustioso a los obispos y a los fieles de todo el mundo a elevar súplicas fervientes por la ensangrentada Hungría; y añadía a continuación:
“Que quede claro para todos que el orden de los pueblos, alterado, no puede ser restablecido ni con el poder de las armas, portadoras de muerte, ni con la violencia infligida a los ciudadanos, cuyo sentimiento íntimo no se puede sofocar ni con las teorías falaces que corrompen las almas y violan los derechos de la Iglesia y de la conciencia civil y cristiana; y tampoco podrá ser sofocado jamás, por medio de la fuerza externa, el anhelo hacia una justa libertad”.
La segunda Carta Encíclica, Laetamur admodum, del 1 de noviembre de 1956, contenía una acción de gracias a Dios por el triunfo de la revolución y la liberación del Cardenal Mindszenty y auguraba, para la nación húngara, el despuntar de “una nueva aurora de paz fundada en la justicia”.
DIAS DE AMARGURA
Pero la alegría del Santo Padre se trocaría en profundo dolor cuatro días después. El 5 de noviembre, en la tercera de las Encíclicas, Datis nuperrime, afirmaba que después de haber augurado la paz y la libertad de Hungría y que los acontecimientos parecían haber tomado un desarrollo favorable para esa nación, las noticias de la brutal represión soviética habían llenado de amargura su ánimo.
“Se ha sabido -escribía Pío XII- que por las ciudades y los pueblos de Hungría corre de nuevo la sangre generosa de los ciudadanos que anhelan desde lo profundo de su alma la justa libertad, que las instituciones patrias, apenas constituidas, han sido derrocadas y destruidas, que los derechos humanos han sido violados y que al pueblo sangrante se le ha impuesto una nueva servidumbre con armas extranjeras”.
Ahora bien, ¿cuál fue la reacción de Occidente, el llamado “mundo libre”, frente a este atroz crimen perpetrado por el comunismo contra una nación cristiana? La indiferencia y el abandono más desoladores: apenas una condena verbal unida a la inacción militar. La coincidencia con la crisis del canal de Suez sirvió de perfecta excusa.
Pero ¿se podía esperar, acaso, otra actitud? Después de todo, Hungría había sido entregada al comunismo cuando, finalizada la guerra, en 1945, los vencedores -las democracias occidentales aliadas al comunismo: un hecho que suele soslayarse- se repartieron Europa en los conciliábulos y pactos espurios entre los aliados. ¿Qué podía importar la suerte de una pequeña nación y de un puñado de patriotas para la diplomacia occidental que priorizó la “estabilidad” de la Guerra Fría? Nadie estuvo dispuesto a asumir el riesgo de un presunto conflicto con la Unión Soviética que hubiera desatado una intervención efectiva a favor de Hungría. Una vez más, las democracias liberales salvaron al bolchevismo.
OTROS TIEMPOS
¿Y qué pasó con la Iglesia? En los años inmediatamente posteriores en todas las iglesias del mundo se ofrecían, en cada aniversario, misas en sufragio de los “mártires de Hungría” (así se los llamaba). Pero después vinieron otros tiempos y otros vientos soplaron: los tiempos y los vientos de la Ostpolitik del papa Pablo VI y su secretario de Estado, Agostino Casaroli, destinada a abrir “canales de diálogo” con los regímenes comunistas de Europa del Este.
En este contexto, la presencia de Mindszenty se convirtió en un obstáculo para la política vaticana. Para facilitar su salida de la Legación, el Vaticano llegó a concesiones increíbles, como declarar a Mindszenty “víctima de la historia”, en lugar de llamarlo de forma directa víctima del comunismo, y levantando excomuniones previas a funcionarios del régimen.
Finalmente, aquel heroico Pastor que se negaba a abandonar a su grey fue destituido en 1974. En efecto, aunque inicialmente fue recibido con honores en Roma, Mindszenty se negó a guardar silencio en su exilio en Viena y continuó denunciando con vehemencia la tiranía del régimen comunista de su país y oponiéndose a la política de “distensión” del Papa. Ante esta situación en febrero de 1974 Pablo VI tomó la drástica decisión de declarar vacante la sede arzobispal de Esztergom, retirando oficialmente a Mindszenty de sus cargos de arzobispo y Primado de Hungría para poder nombrar sucesores que el gobierno húngaro sí aceptara.
En sus Memorias, el mismo Cardenal describe las presiones de todo tipo que recibió por parte del Vaticano para que abandonara su sede en condiciones realmente inaceptables como el compromiso de abstenerse de formular públicamente críticas al régimen comunista húngaro para no entorpecer las relaciones de la Santa Sede con aquel régimen.
En uno de los pasajes más dolorosos de esas Memorias, relata Mindszenty: “Al cumplirse el vigésimo quinto aniversario de mi proceso, el 5 de febrero de 1974, fue hecha pública mi separación de la sede arzobispal de Esztergom. Al día siguiente me vi obligado, con gran dolor por mi parte, a hacer pública, a mi vez, a través de mi secretariado de prensa, la siguiente aclaración […] Ni Hungría ni la Iglesia católica de Hungría son libres. La jefatura de las diócesis se halla en manos de una administración eclesiástica erigida y controlada por el régimen comunista”; y añade más adelante: “Así emprendí el camino del aislamiento, en un destierro total” (Cardenal Mindszenty, Memorias, Madrid, 1974, pp. 335 y ss).
Finalmente, este Buen Pastor, Confesor de la fe y Mártir, falleció en Viena, el 6 de mayo de 1975, fuera de su amada Patria, olvidado y marginado por los suyos.
Los mártires de Hungría fueron derrotados, silenciados, olvidados, ignorados por las nuevas generaciones, borrados de la historia. Pero el luminoso ejemplo de su testimonio permanece; no ha muerto ni morirá jamás porque olvidados por la memoria de los hombres viven en la Insondable Memoria de Dios.