La guerra de Malvinas terminó con una derrota para la Argentina. Pero en su transcurso nuestro país tuvo una cantidad enorme de pequeñas victorias, que han quedado ocultas bajo el nefasto manto de la desmalvinización - esa forma de censura- que se extendió sobre la sociedad a partir del 14 de junio de 1982. Victorias, sobre todo, del espíritu.
Y la derrota en si, es adjudicable tan sólo a los altos mandos del Ejército y la Armada, que durante toda la campaña evidenciaron una pasividad inexplicable, rayana en la traición. Daba la impresión que generales y almirantes tenían más miedo de ganar la guerra, que de perderla. En tanto que muchos oficiales más jóvenes, suboficiales y soldados conscriptos se jugaron el todo por el todo y fueron los artífices de esos pequeños triunfos, protagonizando conmovedoras historias de coraje y amor al prójimo. Historias que recién ahora, décadas después, están asomando a la luz pública. Una de ellas es la que se presenta en este libro.
El autor pertenece a la generacion de guerreros de la Fuerza Aérea Argentina que se formó bajo la influencia del filósofo nacionalista católico Jordán Bruno Genta.
Cabe subrayar que no solamente los pilotos, -los Halcones- se inspiraron en este filósofo nacionalista, sino todos los integrantes del arma: artilleros, radaristas, comunicantes, meteorólogos, radio observadores adelantados.
En la Escuela de Aviación Militar de Córdoba, cada miercoles, el instructor, se tomaba dos horas tan solo para escuchar a los cadetes hacer una sintesis de alguno de los capítulos de algún libro de Genta. Y esos cadetes, tras egresar, diezmaron en el Atlántico Sur a la poderosa flota del Reino Unido. No es de extrañar entonces, que un paper de la Inteligencia británica hablara del “Factor Genta” en la guerra de Malvinas.
FORMACION RELIGIOSA
La formación religiosa de estos hombres era -aún más importante que la profesional- de por sí extraordinaria. Sabían que la vida no terminaba en la muerte y por eso, para la flota británica, no había nada más peligroso que un piloto argentino recien confesado. Sentir que morirían en gracia de Dios, los hacia invencibles. De hecho, la Fuerza Aérea no se rindió en la guerra de Malvinas.
Tenían la mística de los caballeros cruzados, no en vano el escudo del Cuerpo de Cadetes rezaba: DOMINUS TECUM AVE MARIA GRATIA PLENA.
A la más joven de esas promociones -la 47, sus cadetes habían egresado el 15 de diciembre de 1981- pertenecía el alférez Eduardo Daghero.
El hoy brigadier Daghero habla las páginas de su libro “Los ojos del Cóndor” del servicio que prestó como radio observador adelantado en la zona aledaña a Darwin-Goose Green, una inhóspita tierra que no controlaba nadie, y del escape que realizó, con sus dos soldados conscriptos, Morales y Coronel, cuando cayó la guarnición argentina. Fueron los únicos tres hombres que no se rindieron en ese combate.
Como testimonia este oficial, la tarea de los puestos de observación adelantados de la Fuerza Aérea, que respondían al Centro de Información y Control de Puerto Argentino y a la Base Aérea Militar Cóndor, fueron sin lugar a dudas una de las mejores herramientas tácticas con que contaron los mandos argentinos para conocer en forma instantánea, en tiempo real, gran parte del ambiente operacional de la isla Soledad, ya que no solo se informaba sobre movimientos aéreos, sino también los terrestres y los navales costeros.
NADA ES IMPOSIBLE
En una obra que abre los ojos e inspira, el autor muestra que no hay nada que pueda frenar a un grupo de hombres decididos, de lograr su meta. Será muy duro, habrá que correr grandes riesgos, pero hombres que actuen en un haz, pueden lograr lo que sea.
Así lo relata Daghero: “Nos confundíamos con la turba, para protegernos y no delatar nuestra tarea, porque esa es la guerra de un puesto de observación aérea, cazar y no ser cazado, pasar desapercibido, clandestino, ser naturaleza de día, y de noche la oscuridad misma, es la guerra de la paciencia y constancia en no equivocarse nunca en delatar su trabajo”.
Los detalles cotidianos de la guerra y los del escape están llenos de información descriptiva que va a satisfacer al más curioso. Y su manera de reportar la historia haría orgulloso a cualquier periodista. Terminando de leer el libro, uno siente que ha recibido el máximo de información sobre el tema, como nunca más va a recibir.
Párrafo aparte merece el minucioso relevamiento que hace de la Base Aérea Cóndor, que hasta ahora había quedado relegada en comparación con el material que abunda sobre la Base Aérea Malvinas, de Puerto Argentino. Aunque la actuación de la Cóndor no le va para nada en zaga.
INGENIO Y RESILIENCIA
La obra de Daghero es también un testimonio del ingenio y la resiliencia del combatiente argentino. Uno revive con el autor la absoluta tension por la que tuvo que atravesar, día tras dia, venciéndose a si mismo, tanto mental como fisicamente, con un solo fin en la cabeza. Cumplir con el deber y escapar. No rendirse en ninguna circunstancia: “También por las noches recordaba en silencio a mis familiares, rezaba el rosario, agradeciendo al Señor un día más el estar viviendo esta gesta, porque en definitiva eso es la guerra, alegrarse de no estar muerto, sobrevivir aplicando para ello las mejores técnicas y tácticas; el resultado es un día más de vida”.
Nos encontramos frente a una trama, que pide a gritos ser llevada a la pantalla. Una lectura de a ratos fascinante. De hecho, conocer todos los detalles de la aventura vivida por Daghero y sus hombres, es como estar sentado viendo una pelicula. Amé cada página.
LAS ARMAS
¿Cuáles eran las armas de estos hombres? Las enumera así el entonces jóven alférez: “la soledad, la clandestinidad, la red de enmascaramiento, los binoculares y la radio, nada más; fue causarle daño al enemigo, salvar a nuestra gente alertando sobre los posibles ataques aéreos y no ser eliminado por los comandos del SAS, con quienes compartíamos esa porción de terreno, llamada ´la tierra de nadie´”.
El propósito primario del escape era burlar la cacería humana, lanzada por los británicos. Representaba el deber de todo oficial intentar el escape, más allá de las consecuencias. Y revestía un aliciente adicional: tener la oportunidad de volver a casa.
La de Daghero y sus soldados es una de las mejores historias de la guerra de Malvinas. Una odisea de supervivencia, lealtad, coraje, sacrificio, honor, camaradería y amor al prójimo. Enfrentar tribulaciones y pruebas todo el tiempo, cuando una eleccion que lo puede cambiar todo, debe hacerse en un abrir y cerrar de ojos. Compartir penuria y esperanza. Superar una ordalía, tanto física como mental.
UNA ODISEA
Vida o muerte, libertad o captura. Uno de los mas fascinantes relatos de escape que hay de esa temática. El libro nos lleva a una aventura, de principio a fin. Una odisea poco conocida hasta por los propios camaradas y jefes de Daghero.
Cuando en el 2010, con el cantante santafesino Carlos Longoni, hicimos una canción dedicada a sus protagonistas, titulada también “Los ojos del Cóndor”, se la hice llegar al brigadier Ernesto Crespo, quien fuera comandante de la gloriosa Fuerza Aérea Sur durante el conflicto. Me la agradeció con estas palabras: “Muy lindo tema, no conocía la historia”. Evidentemente, sus allegados no habían hecho suficiente hincapié en ella.
La valentia y tenacidad de Daghero y sus dos soldados conscriptos deben ser reconocidas y recordadas. Mi admiración por ellos no tiene límite.