Papá no es perfecto. Tiene defectos. Unos cuantos, se equivoca. Pero es papá. Y cuando somos chicos, cuando vamos creciendo, lo vemos como un superhéroe a papá. Con el paso de los primeros años nos va maravillando con sus conocimientos, con sus consejos, con sus enseñanzas. Con sus correcciones y retos pero, sobre todo, con su cariño. Porque papá siempre está y nos salva. Pero el tiempo pasa, crecemos y aquel padre todopoderoso, deja de serlo. Y hasta nos provoca ira en la adolescencia. Luego, al final (en la mayoría de los casos), entendemos que es el mejor que nos podía tocar en suerte. Y el amor se hace eterno.
Marcelo Gallardo cerrará este jueves su segundo ciclo en River. La noticia rompió en mil pedazos la ilusión que despertó en sus fanas hace más de un año y medio su regreso. El video del Muñeco comunicando su salida al borde de las lágrimas, conmovió a los hinchas. Incluso a los que le pedían que diera un paso al costado por ´´el bien del equipo´´. Fue un golpe muy fuerte para todo River. Y una alegría la novedad en Boca. Los eternos rivales celebran por estas horas que el mejor DT de la historia del Millonario no esté más en el banco de suplentes. Lo mismo que pasó, a la inversa, cuando Carlos Bianchi debió irse de Boca. Aquella vez en River se alegraron. Era el final de un martirio para ellos.
Pero volviendo al sufrimiento riverplatense… La noticia fue como un designio del destino. Como algo que se espera pero igual sorprende. Porque se trataba de papá. De ese papá invencible que, un día, dejó de serlo. Ese papá que sabía todas pero, en un momento, ya no supo. Y no supo porque es humano pese a que también es estatua. Y no supo porque es fútbol y nunca, nunca, dos más dos es cuatro en el mejor juego. Ese en el que si la pelota pega en el palo y entra hay un mundo y, si en cambio sale, hay otro.
Pero más allá de la suerte, esta vez, en su segundo ciclo, Gallardo se equivocó mucho. Fracasó. Le dieron todo y chocó la Ferrari. La máquina que más amaba, su auto favorito, el que él mismo había llevado al mecánico para recomponerlo cuando era una chatarra, no funcionó. Gallardo lo rompió todo.
Lo hizo sin proponérselo, claro. ¿Quién puede pensar que le fue mal, que se equivocó con las compras, con las ventas, con las tácticas y con los cambios, apropósito? Nadie. El hombre pifió pero con las mejores intenciones. Tozudo, enfrascado tal vez… Pero más hincha de River que Gallardo no debe haber.
Después, por supuesto, está el ego. Y la estatua, y el ´´sos el mejor del mundo´´ y recibir las llaves del club más grande de Sudamérica. Debe resultar pesado todo eso y padecer la muerte de su padre y de su amigo y representante, como le puede suceder a cualquier hijo de vecino. ¿Son atenuantes las cachetadas de la vida para un hiperprofesional? Bueno, para quienes tienen trabajos terrenales, tal vez sea diferente. Pero para quienes ocupan cargos tan grosos, casi como los de un político de primer orden, no hay demasiado espacio para las excusas. No hay sábados ni domingos ni vacaciones.
Si gastas más de ochenta millones de dólares en refuerzos, si pedís un plantel entero porque el que tenés no te convence, si contás con más de un año y medio para transmitir un mensaje y no llega, si parece que no te creen los tuyos… se termina. Desde su polémica vuelta para reemplazar a Martín Demichelis en medio de la Libertadores de 2024 que parecía tener servida en bandeja, todo le salió mal. Aquel regreso tuvo una mácula más grande que los malos resultados: la manera en que se dio. Es cierto que el propio Micho se condenó solo con un off absurdo delante de algún periodista carroñero que rompió códigos. Después la fácil fue ir a buscar al Muñeco. El prócer se tentó cuando la vio, hermosa, a su vieja novia. Y dio el sí enseguida, quizá de manera prematura. ¿Cómo negarse a ese gran amor? Así, el nuevo ciclo empezó mal por las formas. Y casi todo lo que empieza mal, no termina bien.
Obtuvo, en estos 17 meses desde su vuelta, apenas 35 victorias, un montón de empates (32) y demasiadas derrotas (17). Números incendiarios para un equipo como River y que no lo expulsaron antes al entrenador solo por su espalda gigante. Todos sabían que el punto final lo iba poner el protagonista. Así fue. Quizá en unos años haya una tercera vez, quizá no.
La estatua y los errores quedan. Con Gallardo, River resurgió desde lo más bajo, desde el fondo del mar. ¡Y tocó el cielo! Cambió angustia por felicidad. Dio vuelta la historia contra Boca y brilló en el plano internacional. Metió miedo en Brasil. ¡Gallardo lo hizo! Pero lo hizo en otra época. Ahora no pudo. Los padres no siempre pueden.