Carmen Verlichak, escritora y académica argentina de destacada trayectoria en las letras -en su caso particular abarcadoras de dos mundos-, fue colaboradora de historiadores, de figuras de la prensa y de otras provenientes de un alta –y ética- política, como Félix Luna, Bartolomé de Vedia o Emilio J. Hardoy.
Nació en Madrid donde su padre se desempeñaba en la embajada de Croacia en España y luego, ya con la ciudadanía argentina, vivió en la ciudad de Buenos Aires y en el campo bonaerense.
Se graduó en la Pontificia Universidad Católica Argentina como Licenciada en Letras, ejerció la docencia superior en varias asignaturas, actuó desde la primera juventud en el periodismo cultural, en particular en las columnas de Todo es Historia, Plaza Mayor, AICA, La Nación y La Prensa, al tiempo que escribió libros de relatos como Crónicas de campo y pueblo o novelas, alguna best-seller, así la varias veces reeditada: María Josefa Ezcurra el amor prohibido de Belgrano (Sudamericana, 1999).
Algo por demás distintivo en ella y que proyecta internacionalmente su actividad intelectual, es que desde hace más de una década, sin abandonar el idioma español ni los vínculos afectivos y literarios que la unen a nuestro país, vive gran parte del año en Zagreb dedicada entre otras labores a traducir poetas croatas y a rescatar el pasado más que milenario del territorio baluarte de la Cristiandad, dado que su pueblo fue pionero entre los eslavos en abrazar la religión cristiana, como lo subrayó Agustín de Beitia en el comentario bibliográfico publicado en La Prensa el 22 de abril de 2022 que dedicó al por entonces reciente libro de Carmen: Croacia. Desde el principio.
Además de este volumen y ahondando en la misma temática, dio a la imprenta: El Cardenal Stepinac, el coraje de la fidelidad (2013), un homenaje a su venerado líder religioso que en tiempos del Mariscal Tito, después de un dudoso juicio, fue condenado a prisión por traición y en 1998 beatificado por Juan Pablo II. O bien Edificios y monumentos de los croatas en la Argentina (2014); En nombre de Tito (2015) y El genocidio de Bleiburg (2020).
REVISIONISMO
Ciertamente tanto en el género específicamente narrativo, cuanto en el campo historiográfico, fatigando archivos y bibliotecas, Carmen Verlichak tiene mucho para contar y decir, sea como autora de ficciones o mujer aguerrida y decidida con ánimo revisionista a desentrañar, memorar y homenajear el pasado de la tierra de sus mayores.
En ambos ejercicios procura y logra vincular el país del Adriático de su actual residencia, declarado independiente -otra vez- en 1991, con la patria argentina a la que según lo detallado en otro de sus libros: Los croatas de la Argentina (2006), han adoptado como propia los inmigrantes de ese suelo llegados con pasaporte del Imperio Austrohúngaro a partir de 1857.
Buen número de ellos –señala- se afincó debido a su ancestral tradición marinera en la Boca del Riachuelo, el viejo Riachuelo de los Navíos, puerto natural donde anclaban los barcos que hacían realidad el lema: “Gobernar es poblar” de Alberdi: “La búsqueda del mar y del puerto será incesante en los croatas, -explica- también a su llegada a la Argentina; así poblaron Necochea, Mar del Plata, Mar del Sur, Villa Gesell, y las playas del sur del país. Y, desde luego, el puerto de La Boca.”
Cabe inferir entonces que ese origen étnico debe haber tenido el historiador justamente de aquella popular barriada porteña, periodista en varios medios y en el desaparecido diario católico El Pueblo, poeta y fundador en 1926 del ya próximo centenario Ateneo Popular de La Boca, don Antonio J. Bucich.
Las páginas de Los croatas de la Argentina, con prólogo de Bartolomé de Vedia, aunque por momentos llenas de emoción, nostalgia y denuncia de horrores y genocidios contra la población civil, algo que en rigor cometieron los responsables de ambos bandos durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial y los partisanos al finalizar la contienda, trascienden cualquier anecdotario sobre inmigrantes y resultan ser el hilo conductor de una completa, dinámica y pedagógica apertura al tema, en general de escaso dominio público. Hay allí, además, especificaciones geográficas, lingüísticas y genealógicas en el rastreo de apellidos de ese origen.
Asimismo cabe resaltar el hecho que el libro incluye testimonios varios sobre la materia, suscriptos entre otros por el abogado natural de la ciudad de Vela Luka, en la isla croata Korčula en el Adriático: Ante Zuvela. Y por nuestros compatriotas: Jorge Rouillon, quien traza una biografía del antiguo Arzobispo de Paraná, Cardenal Estanislao Karlic, fallecido en 2025; Albino Diéguez Videla, aportante de un homenaje al artista plástico Ricardo Supisiche; o Fernando Sánchez Zinny, con un emotivo medallón sobre el arquero de San Lorenzo de Almagro: Mirko Blazina.
IDIOMAS
En lo que hace al cambio de idioma para el ejercicio literario, del que es nítido –y mítico- ejemplo Joseph Conrad, hay entre los argentinos nativos dos exponentes singulares: Juan Rodolfo Wilcock, que escribió gran parte de su obra en italiano y Héctor Bianciotti, que lo hizo en francés y alcanzó en 1996 el sillón académico de la corporación fundada por el Cardenal Richelieu en 1635.
No fue ese el caso de Delfina Bunge de Gálvez que si bien escribió poemas en francés, también dio a conocer otra importante producción suya en castellano. Ni el de Carlos Obligado de quien su bibliografía da cuenta entre la decena o más de sus volúmenes de prosa y verso en español, el canto en alejandrinos “En Francés” de 1918, prologado por Calixto Oyuela. Aquí, (allá en Zagreb) y ahora, tampoco lo es el de Carmen Verlichak con libros de su pluma como ser Edipo y sus hermanos. Conversaciones (in) verosímiles (2009), aparecido en edición bilingüe, prueba de su permanencia en la lengua de Cervantes a la que ha vertido, entre otros poetas croatas a Drago Stambuk o al creador y ensayista contemporáneo de vuelo patriótico en varias de sus composiciones: Drazen Katunaric.
A poco de aparecer Edipo y sus hermanos escribimos un comentario bibliográfico para la revista Ápices, bajo la dirección del profesor Raúl Lavalle, donde puede leerse lo siguiente: “La profesora en Letras, Carmen Verlichak, es una creadora que no le esquiva a escribir y publicar obras de cierta extensión, si sus temas y desarrollos así lo exigen. Y para muestra la novela María Josefa Ezcurra, el amor prohibido de Belgrano (1998, 2000 y 2007); y asimismo sus Crónicas de campo y pueblo (2008) o sus completos estudios: Los croatas de la Argentina (2006) y Croacia, cuaderno de un país (2009).
Sin embargo, ahora entrega Edipo y sus hermanos. Conversaciones (in) verosímiles, una obra de interrogación y de ficción resuelta en algo menos de una treintena de páginas en castellano, porque otro tanto cuenta la incorporada versión en lengua croata, circunstancia esa del bilingüismo que da otro toque de originalidad al libro. Carmen Verlichak resume pero no simplifica. Intuye que hay misterios que inmovilizan y otros que incitan a ser develados: por ejemplo la hondura de ciertas almas a las que se acerca con actitud empática. Con apelación al recurso de jugar con el anacronismo, reúne en otro “Banquete” intelectual, con el Mar Adriático de fondo, en una tenida donde también se habla de Amor -aunque no participen Erixímaco, Agatón, Fedro, Sócrates, Alcibíades o Aristófanes- a varios nombres de resonancia universal. Igual que Apolodoro en el diálogo platónico, Carmen no ocupa la mesa pero en tanto narradora omnisciente conoce bien los detalles de la reunión. En ella Sigmund Freud, nostálgico de la Viena imperial de Francisco José y Sisí, atiende las inquietudes del mítico Edipo, el hijo del rey tebano Layo, obsesionado por la sinrazón de sus amores equivocados y trágicos y su destino de ser un eterno errante, no solo por los bosques de Tracia, sino también en la terminología del psicoanálisis.”
OTRA VISION
Pero aparte de esa ficción literaria enriquecida por saltos cronológicos y territoriales, Carmen Verlichak, con mucho de justiciera, es autora de la antes mencionada novela sobre la vida de María Josefa Ezcurra. Y cabe el adjetivo toda vez que vienen esas páginas tan documentadas como imaginativas, a dar otra visión de la cuñada de Juan Manuel de Rosas, tratada muy mal por José Mármol en Amalia y una villana protagonizada por la actriz Herminia Mancini, en la película argentina de Moglia Barth filmada en 1936 con escenografía de Raúl Soldi; adaptación del relato romántico y políticamente intencionado de Mármol.
Aquí, en cambio de la intrigante, viperina y fervorosa partidaria del Restaurador de las Leyes, quizá por conveniencia o supervivencia, se dibuja una pasión y no solo amorosa, sino dándole a la palabra la acepción de padecimiento. Como que con penetración psicológica la novela explora la dualidad de una mujer decidida a defender su amor por Manuel Belgrano, a quien acompañó junto al Ejército del Norte, mientras que igualmente se sometía a los dictados de su cuñado, adoptante con su esposa Encarnación Ezcurra -hermana de María Josefa- del hijo que tuvo con el creador de la bandera, bautizado como Pedro Rosas y Belgrano y conocedor recién en la juventud de su origen.
Carmen Verlichak contrasta, sin maniqueísmo, los caracteres traducidos las más veces en actitudes públicas y privadas del padre de sangre y del adoptante y con atendible juicio histórico, sensibilidad de artista y retrospectiva intuición femenina, no disimula su preferencia belgraniana sin por eso pasar por alto en el libro el fusilamiento del prócer de la autonomía santiagueña, Coronel Juan Francisco Borges; algo peor que un crimen, un error, para decirlo con la frase atribuida a Talleyrand.
Más que una biografía novelada o una novela con fondo histórico, María Josefa Ezcurra el amor prohibido de Belgrano es un ejemplo de buena literatura, que entrecruza personajes reales con explicitaciones, símbolos y alegorías del dominio autoritario y patriarcal sobre el sexo femenino, los ímpetus de libertad, las valerosas rupturas de convenciones sociales y al cabo las resignaciones. Valores y antivalores que en algún momento de las existencias humanas trasparentan o empañan las almas.
Sí, Carmen Verlichak, dice lo suyo en español y croata; y además se muestra sin cuotas de fundamentalismo ni de relativismo moral, como creyente de sus afirmaciones. Y esperanzada en su propia apuesta ética y estética por el Bien, la Belleza y la Verdad. Perfección esta última, cuya búsqueda, que en ella se advierte empecinada, logra acercar a la magnanimidad como enseñó Aristóteles.