La reforma electoral reactivada en el Senado tiene un solo objetivo: bloquear las PASO para que el peronismo vaya dividido a las generales en 2027. El enfrentamiento entre Cristina Kirchner y su exprotegido Axel Kicillof alcanzó un punto en el que parece remoto un acuerdo que evite la confrontación. Con dos candidatos peronistas en la primera vuelta la chance de ser reelecto de Javier Milei se consolidaría.
Con la reforma, el oficialismo pretende por lo tanto desnivelar la cancha a su favor. Los argumentos abstractos en contra de las PASO son camuflaje tanto como lo son los argumentos a favor, porque ninguna legislación electoral es políticamente neutra.
La incógnita se reduce por tanto a cómo hará La Libertad Avanza para sancionar la reforma. La única manera de que alcance las mayorías exigidas por la Constitución es mediante acuerdos con opositores “dialoguistas”, en su mayoría gobernadores con diputados y senadores que los representan en el Congreso.
Para conseguir su apoyo, el Presidente tiene el auxilio del presupuesto que se debatirá al mismo tiempo que la suspensión o eliminación de las PASO. Pero, al margen del habitual toma y daca para sacar leyes con ayuda del Tesoro Nacional, en esta oportunidad Milei tendrá una circunstancia decisiva a su favor: la polarización con el kirchnerismo es inevitable.
Sea el candidato peronista Kicillof o un elegido por Cristina Kirchner (Quintela, Uñac, etc.), no hay lugar para candidatos “del medio” que dividan la oferta en tres. De la catastrófica aventura de Provincias Unidas en el 2025 no queda nada. El cordobés Martín Llaryora y el santafesino Maximiliano Pullaro irán por la reelección. Llaryora ya lo decidió y Pullaro está a punto de hacerlo. A los restantes gobernadores que adhirieron a esa coalición Sadir, Torres y Vidal no les da el pinet.
Entre los gobernadores peronistas, el salteño Gustavo Sáenz amaga con una candidatura, pero hasta ahora solo por los medios. Sigue como el resto de sus colegas sin ver un desmoronamiento económico que aliente una aventura hoy desaconsejable. Si no fuera así, los candidatos peronistas estarían apareciendo como hongos después de la lluvia. Hasta Juan Ricardo Mussa se presentaría.
En suma, el peronismo nacional no K sigue sin conducción y cree todavía inoportuno enfrentarse al Gobierno en la presente situación.
Esa prudencia está justificada porque las próximas presidenciales se presentan como un choque fontal de modelos: el régimen corporativo/inflacionario de las últimas ocho décadas contra el de libre mercado que propone reducir de manera drástica la injerencia de los políticos en la economía.
Puede convertirse en una elección histórica en la que los votantes tendrán la posibilidad de inaugurar un cambio de época, de dejar atrás una etapa de frustraciones y declinación iniciada tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Puede ser el cierre del proceso decadente que inauguraron otras presidenciales: las del 24 de febrero de 1946.