Había despertado general atención esta nueva producción de ‘Otello´, que subió a escena en el Colón el viernes en carácter de cuarta función de abono de la temporada lírica (un poco poco: estamos ya en agosto).Entre otras cosas, porque hacía más de una década que no se daba. Después, porque se trata de una de las más iluminadas óperas de Verdi, del Verdi en su madura y genial plenitud. También porque requiere como condición sine qua non varios cantantes de fuste. Y además, habida cuenta que el personaje principal iba a ser asumido por un artista de incierta veteranía. Los resultados de esta experiencia, y se lo debe decir desde ya, constituyeron en líneas generales una desilusión.
DESGASTE
Conocimos a Gregory Kunde antes de ahora en la misma sala, en un papel que corresponde a un tenor ligero. Años después lo encontramos en una parte de tenor dramático, en un personaje de cara blanca y no negra (¡una tergiversación discriminatoria!), para el cual careció de fiereza, color musical y entereza. Quedó claro que si alguna vez pudo incursionar en ‘Otello’, a esta altura de su recorrido (setenta y dos años de edad y cuarenta y ocho de carrera), su desgaste canoro es evidente. Mantiene a salvo sólo el sector que va del pasaje alto hacia arriba (y tal vez desde el fa medio), sin necesidad de arribar a agudos extremos. Pero sus notas centrales y graves son muy débiles (la desgarradora plegaria ‘Dio mi potevi scagliar’). Además de esto, puso en evidencia carencia de estilo para el fraseo verdiano y su cantilena, lo que malogró muchos de los preciosos momentos de sus pentagramas (sin ir más lejos: toda la encantadora escena final del primer acto).
A su lado se presentó Daniel Luis de Vicente (Jago). Nacido en Miami, en el seno de una familia cubana, este joven barítono residente en Alemania mostró la misma falta de convicción (o llegada) dramática que el tenor de Illinois. A lo que cabe agregar que su caudal pareció algo limitado (al menos para una sala de las dimensiones del Colón), al tiempo que su emisión se oyó dividida en un manejo si se quiere cómodo en las voces medias, y sonidos ásperos e ingratos en las notas de mayor intensidad (con abordaje problemático del la agudo en el Brindis).
MARIA AGRESTA
Darío Bento (Cassio), tenor en ascenso, lució en cambio agradable timbre y remarcable homogeneidad en toda la tesitura. Desde su costado, María Agresta (Desdémona) fue, por cierto, la figura importante de la noche. La soprano salernitana, en efecto, acreditó voz redonda y pareja, pastosa, de tocante cromatismo, orientada a favor de una impecable técnica con encomiable flexibilidad, dominio de las gradaciones y atrayentes armónicos. Ello, aparte de la expresividad de sus intervenciones y categoría de la línea de canto, la llevó a verter con tocante refinamiento sus dos bellísimas páginas del último acto: ‘La canzon del Salce’ y el ‘Ave María’.
Preparado por Miguel Fabián Martínez, el Coro Estable volvió a exhibir su potencia y gran calidad en empastes, amalgamas y unísonos (particularmente en el allegro agitato, la gran tormenta del inicio y el magistral concertante del tercer acto).
ORQUESTA Y PUESTA
Estuvo en el podio Alejo Pérez, designado director principal de la Orquesta Estable, organismo que con algunos deslices (trompetas, algún desencuentro familiar), reveló global ajuste y limpieza de sonido. La versión de nuestro compatriota mostró desde un punto de mira excesivo vigor en más de un trozo, cubriendo incluso las voces, pero en otros fragmentos logró generar apropiados climas.
En cuanto a la puesta, perteneciente al italiano Fabio Sparvoli, sin duda efectiva, bien puede decirse que su enfoque decisivo fue de adecuado realismo, con logrados movimientos de masas, y algunos detalles teatrales opinables. Los movimientos coreográficos diseñados por el bailarín armenio Vagram Ambartsounian tuvieron elegancia. Los trajes, a cargo de Tommaso Lagatolla, se ajustaron al concepto dominante, y la bonita escenografía, de cierta monumentalidad, de la que fue responsable Nicolás Boni, se apoyó notoriamente en la proyección de videos (que compartió con Matías Otálora), con exceso en el último cuadro, en el que la cámara de la desdichada Desdémona pareció antes que otra cosa un espacio propio de una gran catedral. La conveniente iluminación diseñada por el veterano experto José Luis Fiorruccio se vio en algún pasaje un tanto primaria.
Calificación: Regular