Opinión
MIRADOR POLITICO

Una democracia débil

Frente a la posibilidad de que Menem llegue al poder, Eduardo Duhalde hace y deshace las reglas de juego a voluntad, echando mano a justificaciones tan absurdas que sólo podría haberlas utilizado sin sonrojarse el ex emperador centroafricano Bokassa.

POR OBSERVADOR El fuerte liderazgo ejercido por Carlos Menem durante los 90 disimuló debilidades y vicios de la democracia argentina, hoy inocultables. En primer lugar, la falta de un mandamás fragmentó al peronismo en facciones que se neutralizan. Frente a la posibilidad de que Menem llegue al poder, Eduardo Duhalde hace y deshace las reglas de juego a voluntad, echando mano a justificaciones tan absurdas que sólo podría haberlas utilizado sin sonrojarse el ex emperador centroafricano Bokassa. Un día alienta la ley de lemas y al siguiente descubre que es inconstitucional. Después se inclina por un sistema inverosímil -los neolemas-, ante el cual corresponde preguntarse para qué sirven los partidos políticos. Un día teme que las internas generen un escándalo por intentos de fraude, al otro opina que el problema está en los padrones, a pesar de que él fue electo con esos mismos registros. Una ofensa tras otra a la inteligencia de los votantes. Todo esto porque Menem está en condiciones de ganar las internas del justicialismo. Por eso eliminarlas no sólo significa un retroceso para la democratización del PJ (que costó literalmente sangre, sudor, lágrimas y muchos años), sino también un perjuicio para la calidad institucional del país, ya que el próximo presidente será casi con seguridad peronista. Otro partido en que el liderazgo se esfumó es la UCR, pero aquí el efecto parece beneficioso. Los continuos pactos de Raúl Alfonsín (con carapintadas, con Menem, con "Chacho" Alvarez, con Duhalde) no sólo desprestigiaron al centenario partido hasta el punto de ponerlo al borde de la desaparición, sino que erosionaron la credibilidad de toda la dirigencia política y del sistema democrático del cual el ex presidente pretende ser tomado como símbolo. En suma, el colapso de la UCR (con su penosa interna Terragno-Moreau) terminó de un plumazo con el bipartidismo y dejó a una amplia franja de electores sin representación. Dos circunstancias adversas para el funcionamiento de cualquier democracia desarrollada. A esto hay que añadir otros dos hechos nefastos para la salud del sistema: el aumento del clientelismo y de la violencia política. La distribución de subsidios pasó a cubrir del 1% al 18% de la población entre diciembre de 2001 y diciembre de 2002. Hay 2 millones de personas que cobran dineros públicos (un 10% de los votantes). Esos fondos son distribuidos en un 90% a través de mecanismos en los que los intendentes tienen un papel decisivo, según el politólogo Rosendo Fraga, y el 10% a través de los piqueteros. Y allí está el segundo hecho negativo para el sistema. Los piqueteros consiguieron participar del mecanismo clientelista ejerciendo la violencia: cortes de rutas, calles, puentes, escraches a funcionarios, etcétera. Ganaron -con la aquiescencia de las autoridades y de muchos medios de comunicación- la guerra por la calle. Este tipo de batallas no es nuevo. Se da en las democracias débiles, como la de la república de Weimar, en la que nazis y comunistas se disputaban el control del espacio público. Esa confrontación terminó con el triunfo de Hitler y una historia que no es necesario repetir aquí.