Espectáculos

Una audaz relectura de Chéjov por Barney Finn

El guionista y director de cine y teatro presenta en Mar del Plata una adaptación de ‘Tío Vania’ al formato unipersonal. Paulo Brunetti, su actor fetiche, encarna los ocho personajes del drama rural estrenado a fines del siglo XIX.

La obra que hizo que el fin de semana Mirtha Legrand se aventurara, por primera vez, a una sala del circuito teatral independiente en Mar del Plata se llama ‘Vanya’. La dirige ese faro de la escena nacional que es Oscar Barney Finn (Premio ACE de Oro 2023) y la protagoniza Paulo Brunetti, con el apoyo fundamental del empresario Martín Cabrales, gran amigo de la actriz y conductora.

Se trata de la adaptación del clásico ‘Tío Vania’ de Antón Chéjov que llevó a cabo el dramaturgo inglés Simon Stephens y que debutó en Londres en 2023 protagonizada por el actor Andrew Scott, con dirección de Sam Yates. El año pasado la pieza se dio también en Nueva York, aunque Barney la conoció a partir del registro y difusión que se hizo de ella en todo el mundo a través del programa National Theatre Live en 2024.

El rasgo distintivo de esta versión es que concentra los ocho personajes del drama publicado por Chéjov en 1899 en un único actor. En ese sentido, Barney no duda en calificar ante La Prensa el alumbramiento de esta puesta como “un estreno muy especial".

-¿Por qué razón?

-Es que la obra tiene sus dificultades, que comienzan tomando el compromiso de hacer un Chéjov. Si yo tomo Chéjov tengo que elegir un camino, pero sin abandonar a Chéjov. No puedo irme hacia cualquier lugar. Chéjov tiene muy claro adónde va con su historia y con sus personajes.

-¿Qué no puede faltar en Chéjov?

-Los sentimientos, sin duda. Los silencios, la desesperanza, la desilusión frente a un mundo al que él le ha dado todo y le devolvió muy poco. Pero también la esperanza de seguir aguardando algo de ese futuro que no sabe cuándo va a llegar. Sonia (el personaje), en el final, alienta a su tío diciendo que ya habrá un mañana. En 'Las tres hermanas', el autor dice: "Pasarán cien años y ya vendrá alguien que sabrá por qué vivimos, por qué existimos, por qué estamos aquí". Todo eso tiene que estar en una puesta de Chéjov.

-¿Qué espacio queda para la creación personal del director?

-Esta obra tiene dos pilares: el trabajo actoral, porque los ocho personajes son interpretados por un único actor, y el aporte del director en el manejo de escena. Como director, debo tener claridad para que el espectador, si no conoce la obra, se pueda ir guiando y entendiendo. Hay una dinámica en ese juego y es mi responsabilidad establecer un equilibrio.

 

LEALTAD

-¿Cómo llegó a esta adaptación?

-Había visto a Andrew Scott en 'Ripley' y me gustó mucho. Es un actor atípico, muy especial, ya en 'Ripley' lo era. Cuando lo vi en Chéjov le presté mucha atención. Pensé 'qué buena posibilidad para Paulo', con quien vengo trabajando desde 2002. ¿Cuánto tiempo ha pasado?

-Son 23 años.

-Ja, qué increíble. Bueno, con Paulo hicimos cosas que nos han ido acercando más, que nos hicieron crecer y reflexionar. Las energías de cada uno se fueron transformando y nos encaminaron a cada proyecto que compartimos. Con Paulo me pasa como con Julia von Grolman. Con ellas pensábamos muy parecido, trabajábamos, hacíamos, buscábamos. No nos hacía falta nada más que eso. Con Paulo ha pasado algo similar. Y también es cierto que yo soy muy leal y consecuente con la gente que elijo, siempre regreso a los mismos. Lo hice en cine, en televisión.

‘Vanya’ sale a escena los sábados y domingos en la sala Cuatro Elementos, de Mar del Plata. (Foto: Gabriel Machado)

-¿Por qué lo hace?

-Me gusta armar equipos de trabajo donde uno se conozca. El conocimiento de las personas hace a los buenos trabajos. Yo necesito que haya una adhesión, un compromiso, porque sin eso no se puede sostener una propuesta de largo aliento. No me gusta la gente que viene, picotea y se va; ni hablar de aquellos que abandonan un espectáculo.

-¿Le pasó?

-Sí, claro. Tienen su motivo, siempre razonable, pero que en el fondo refleja la poca consecuencia para algunas cosas, por más que uno pueda entender que existen urgencias, otros trabajos, necesidades. Lo entiendo, claro, pero me gusta la fidelidad. Si alguien me alerta 'en tal fecha me tengo que ir' yo lo voy a entender. En eso soy lo más comprensivo del mundo. Pero otras cosas no me gustan, y a veces uno las pasa. No me enojo, eh, pero no olvido.

 

TRAZO FINO

-Me hablaba del reto que significa para el actor interpretar tantos personajes.

-Son ocho personajes en esta obra, que hay que diferenciarlos. Y no con el trazo grueso sino con algo más delicado. Eso cuesta. Las claves escénicas de esta puesta no son las de Andrew Scott, va por otro lado. Traté de rescatar un clima chejoviano, que es lo que no hay en ese otro trabajo. Lo de Scott es interesantísimo y un juego de artificio que no para, pero también hay ahí un gran divismo.

-No se lleva bien con eso.

-Si existiera un personaje que lo necesitara, sí. Pero en estos personales sencillos no. No obstante eso, hay que estudiarlos bien. En lo personal, me parece un poco exagerado lo de Andrew Scott, pero es talentosísimo, llena el escenario y transita un montón de emociones. No una sola sino muchas. No es lo mismo cuando actúa a las mujeres que cuando hace a Vania o a Astrov, que es un personaje tan difícil con su lucha por mantener los bosques.

-Cuánta actualidad en ese tema, ¿verdad?

-Claro, tiene mucho que ver con cosas que hoy pasan. Cuando vi la puesta inglesa, vi la obra de Chéjov. Luego, cuando recibo el texto, ahí veo mejor, lo estudio y confirmo que ellos trasladan a Chéjov a Londres, aunque no en toda su longitud sino más reducido. Sitúan la acción en los alrededores de la ciudad y convierten a Serebriakov, ese personaje tan iracundo, en un director de cine. Conociendo yo ese métier acá, pensé que ellos habrán imaginado un director al estilo Orson Welles, con su personalidad y su talento, pero acá no tenemos eso. Me iba mejor entonces un hombre con otra profesión, que vive del campo, en la región patagónica, pero que sus intereses están en Buenos Aires. Un hombre que fue gobernador de la provincia y pretende ser senador. Entonces todo tiene otro sentido, si bien la obra no pasa por ese coté sino por lo humano, por la pérdida, por no lograr en la vida lo que se desea, por ser un carenciado de amor.

Convencido de que este proyecto es "un paso adelante” para su actor fetiche, como insiste en decir, Barney Finn y su círculo creativo cercano buscaron la forma de llevar adelante este 'Tío Vania' tan singular. "De modo que Tomás Heck asumió la producción, Marcelo Zapata se ocupó de la traducción y Claudio del Bianco, del diseño de iluminación. Somos un equipito", resume con inocultable orgullo.

 

LO QUE VENDRA

Si bien las funciones en Mar del Plata (sábados y domingos a las 20.30 en la sala Cuatro Elementos, Alberti 2746) se extenderán hasta el fin de la temporada, a partir del 15 de febrero Barney se embarcará en otro gran proyecto, esta vez en el Teatro San Martín. Se trata de 'La niña en el altar', una obra de la autora irlandesa Marina Carr, de la que él mismo ya dirigió 'Mármol'. "Otra vez con gente que quiero y siento cerca: Pablo Mariuzzi, Marta Lubos, Carlos Kaspar, Paulo Brunetti y Ligüén Pires", menciona. Irán a la sala Casacuberta. La traducción y versión son del propio Barney y Cecilia Chiarandini, a quien dirigiera como actriz en 'La reina de la belleza'.

"Es una obra sobre el sacrificio de Ifigenia a manos de Agamenón. Transcurre todo en Grecia. Marina Carr pone mayormente a la mujer como protagonista de sus obras, pero no con el feminismo que conocemos hoy sino de verdad. Va por otro lado, no es una feminista más. Sin descalificar con esto a las feministas...Simplemente digo, ella no está enrolada en un movimiento, pero la mujer no se le va de la cabeza en su teatro.

-¿Cómo lo convocaron?

-Yo lo busqué. Después de haber hecho 'Mármol' tenía previsto 'Mujer espantapájaros', pero vino la pandemia. Al mismo tiempo, Marta (Lubos) no tuvo ganas de asumir ese personaje que enfrentaba a la muerte y la entendí, por eso lo dejamos de lado. Ahí apareció 'La niña en el altar'. La compré y la llevé al San Martín. A ellos les gustó la propuesta y aquí estamos, pensando en estrenar a mediados de abril.

 

LA ESPERANZA

-Por último, Oscar, ¿qué tiene para decirle esta versión disruptiva de ‘Tío Vania’ al público de hoy?

-Que podemos vincularnos mejor con los que nos rodean y rescatar los mejores sentimientos, que también los tenemos aunque no se vean en primera instancia. Hoy vivimos en un mundo que no da lugar a eso, pero todavía existen los buenos sentimientos. Entonces, elijo hablar de la expectativa que nos da el mañana, de la esperanza. Eso que plantea Sonia al final de la obra, esperar. No hace que el tío decaiga, no lo deja caer, lo sostiene. Aunque todos ellos son carenciados de amor, personajes en los que no existe la comprensión en el amor; si bien lo buscan, eh, pero no lo logran. Y cada uno de ellos lo expresa a su manera. Me interesa tanto esto como me interesó hacer 'La lluvia seguirá cayendo', una obra sobre un padre y un hijo hablando de la cotidianidad y los sentimientos en el mundo de hoy. La gente lo disfrutó muchísimo, y se comunicó. Yo creo que eso es lo que vale. Tal vez por mi formación y mi forma de ser, siempre corro el riesgo de irme hacia un lado intelectual, de elaboración, de justificación, de investigación más intelectual. Y en ocasiones eso me ha apartado de las búsquedas más profundas, que son las que tienen sentido al momento de ofrecerle algo a la gente.

-Tal vez sea esta obra, entonces, una forma de resarcirse.

-'Vanya' tiene mucho para dar y, sobre todo, para reflexionar. Para pasar algo más de una hora oliendo otro aroma. A mí se me hace necesario porque si bien me encanta la renovación que han tenido y seguirán teniendo el cine, el teatro y la literatura, necesito que algunos códigos no desaparezcan. Puede haber un recambio por el aluvión generacional, claro, pero sería terrible que algunos códigos desaparecieran definitivamente. Los cambios son necesarios, no son algo para destruir, pero quienes deben entender que no hay que destruir eso otro que es distinto son ellos. La prueba está en la realidad de todos los días, y esta obra es un oasis en medio de esa realidad.