Opinión
HABIA UNA VEZ...

Una Virgen Malherida

-La llaman la Virgen Vulnerata, la Señora Herida, y su historia, es un tesoro que ayer acabo de descubrir cuando viajaba por Valladolid.

-Ayer estabas acá, abuelo… vine con mamá, ¿no te acordás? -Sí, mi nieta mayor. Me miró condescendientemente sospechando de mi memoria…

-¡Hay muchas formas de viajar en estos días! Y hacerlo desde casa es la más cómoda, aunque reconozco que no la mejor.

-¡Con una máquina del tiempo que te lleva a todas partes! Yo voy a ir a ver volar a los pterodáctilos… ¿querés venir conmigo? -aquí el realismo de la mayor chocó con la imaginación sin límites del tercero.

-Lo mío es más simple… Me enganché leyendo una nota sobre la Semana Santa en Valladolid, España y me encontré con una historia que tienen que conocer. Yo le pondría una música de fondo adecuada, ¿me dejan?

Allá en la noble España, la Semana Santa sigue siendo algo central en la vida de los cristianos. Y por todos lados hacen procesiones llevando en andas imágenes que nos lo recuerdan. Suelen acompañarlas bandas de músicos. Debe ser algo grandioso… En Sevilla todo es imponente y de allí me fascinó una orquesta que llaman La Cigarrera, pero tiene un nombre más largo que me encanta: “Banda de cornetas y tambores Nuestra Señora de la Victoria y Sagrada Columna y Azotes”. La ponemos de fondo para que les cuente la historia de “la Vulnerata”.

LA ESPAÑA DE FELIPE II

Corría el año 1596, España era el corazón del mundo y la gobernaba un gran rey: Felipe II. Cádiz, es un puerto del sur, al borde del Atlántico; ya entonces era una ciudad próspera, llena de barcos que llegaban de las Indias, como llamaban a nuestras tierras americanas. Y en el corazón de esa Cádiz palpitaba una devoción especial: la Cofradía del Rosario de los Morenos. Ellos tenían una imagen hermosa de la Virgen María con el Niño Jesús en brazos, tallada en madera de los talleres sevillanos, pintada con colores vivos y vestida con ropas bordadas en oro. La llamaban Virgen del Rosario y la amaban con toda el alma; sacándola en procesión, le cantaban salves, le ofrecían rosarios de cuentas perfumadas. Era su Madre, su protectora, la que les recordaba que, aunque la vida fuera dura, el Rosario era la cadena que unía el cielo con la tierra. Pero en ese mundo no solo había cantos y procesiones. En aquellos tiempos, España luchaba contra Inglaterra.

-¡Buhhh! -dijeron todos. Ustedes creerán que invento, pero aquello de que “el que no salta es un inglés” los argentinos lo sabemos desde la cuna. ¡Y mis nietos también! Sigamos:

-Isabel I, una sanguinaria reina protestante que por entonces mandaba a torturar y matar a miles de católicos, envidiaba el poder de Felipe II. Así fue que envió una flota enorme: 150 barcos, miles de soldados y marineros ingleses y holandeses, capitaneados por un conde arrogante y cruel. Esa armada cayó sobre Cádiz como una tormenta de fuego. Saquearon palacios, quemaron iglesias, robaron y mataron. Los gaditanos, al ver que los enemigos eran demasiados para sus fuerzas, huyeron. En medio de ese infierno, un grupo de herejes irrumpió en la Iglesia en donde estaba esta imagen. Imaginen la escena: la plaza del mercado de Cádiz, llena de gente que corría asustada. Los soldados arrastraron a la Virgen del Rosario hasta allí. La Virgen estaba sentada, con el Niño Jesús de pie sobre su rodilla. Llevaba corona y cetro. Pero esos hombres, enfurecidos por su odio, la profanaron: con sus sables le cortaron los brazos a la altura de los codos. Le rajaron la cara con cuchilladas profundas. Al Niño Jesús le arrancaron el cuerpo entero, dejando solo dos pequeños muñones de sus piecitos sobre la rodilla de su Madre. La tiraron como un trapo viejo en un basural. La dejaron allí, mutilada, desfigurada, abandonada. ¡Pobre Madre! Todo lo que quedaba de su Divino Niño eran dos tocones donde colgaban sus pequeños pies.

Pero Dios nunca abandona. Unos días después, cuando los piratas ya se habían ido, un noble del lugar y su esposa recorrieron las ruinas de Cádiz Encontraron la imagen rota entre los escombros y la recogieron con lágrimas. “Esta es Nuestra Señora”. Allí la curaron con amor: le limpiaron las heridas, la vistieron con mantos nuevos. No podían devolverle los brazos ni el rostro perfecto, pero sí podían darle un trono de respeto y oración. Pasaron unos años y pensaron que esa Virgen “malherida” merecía un lugar especial. Y ese lugar fue Valladolid, en el Real Colegio de San Albano, conocido como el Colegio de los Ingleses. ¿Por qué allí? Porque en Valladolid vivían jóvenes que habían huido de Inglaterra para ser sacerdotes católicos. Eran exiliados, perseguidos. El colegio era un semillero de mártires: muchachos que estudiaban en secreto, soñando con volver a su patria para predicar el Evangelio aunque les costara la vida.

Cuando los seminaristas ingleses vieron la estatua mutilada, sin brazos, con la cara rajada, sin el Niño en brazos, se arrodillaron y lloraron. “¡Es nuestra Madre malherida!”, exclamaron. “¡La Injuriada! ¡La Vulnerata!”. Porque esos muchachos sabían que sus propios compatriotas habían sido los culpables. Y en ese momento decidieron reparar el mal con amor. La adoptaron.

Hoy la Virgen sigue allí, en el altar mayor. Su rostro, aunque marcado por las cuchilladas, irradia la dulzura de una madre que perdona todo. No tiene brazos para abrazar, pero abraza con la mirada. No tiene al Niño visible, pero lo lleva en el corazón.

Y así, la Virgen Vulnerata se convirtió en símbolo de algo grandioso: la reparación. Los ingleses católicos, parientes de los mismos que la hirieron, la honraban para pedir perdón. España la cuidó siempre como un tesoro.

La Vulnerata, sin brazos, sin Niño, casi sin rostro, sigue siendo en Valladolid la Madre más bella y buena. Y lo último: este Lunes Santo, se repitió una: el Cristo del Olvido (una imagen de Cristo crucificado de Pedro de Ávila, un genial escultor del siglo XVIII) sale en procesión desde la iglesia de Santa María la Antigua. Cuando llega al Real Colegio de San Albano se detiene en la puerta y, desde adentro, le sale a su encuentro su Madre herida y se miran. Mientras, la gente canta. La Virgen querría abrazar a su Hijo, pero no tiene brazos… aunque tiene los de ustedes…