POR THIAGO BATTITI
El viento del Atlántico Sur no solo arrastra la sal del océano; transporta el aliento de la eternidad. Mirar las Islas Malvinas es contemplar un santuario donde la geografía se vuelve teología y la soberanía se inscribe con caracteres divinos. En este paisaje de turba, piedra y olas, la creación entera parece articular un canto litúrgico, una sinfonía celeste que proclama con majestad irrefutable: “La gloria de Aquel que todo lo mueve penetra el universo con luz”. Dios se manifiesta en la inmensidad de este suelo indómito, revelando que la belleza más pura nace del rigor y de la prueba ígnea; un fuego sagrado que esculpe la fisonomía misma del archipiélago.
Bajo esa misma impronta celestial, las islas se levantan sobre las aguas como un monumento labrado en acero cortado y marfil. Su geografía es un altar natural, un reflejo austral del templo bizantino del Arcángel Miguel (1), donde el guardián de las milicias celestiales custodia el Derecho y la verdad. Aquí, la naturaleza ruda no se rige por las leyes urbanas ni por las crónicas de las bestias salvajes y sus costumbres en Londres; las Malvinas pertenecen al orden de lo sagrado. Sus entrañas guardan la delicadeza mineral de la turmalina sobre lepidolita y el fulgor secreto de la wulfenita y la mimetita, tesoros ocultos que desafían la soberbia del mundo moderno. La arquitectura del archipiélago, con la sobriedad geométrica de la Mezquita Verde (2), eleva una plegaria perenne hacia el firmamento, recordándonos que la justicia es un nexo inquebrantable entre lo humano y lo divino.
Esa vibración espiritual e incorruptible transmuta la desolación en poesía, pues el dolor histórico de estas tierras evoca la melancolía de una nota suspendida, un eco de John Coltrane y Stan Getz, Otoño en Nueva York, que flota sobre las bahías desiertas. Como bien reza la sentencia del viejo mundo, adaptada a nuestra propia nostalgia rioplatense: “No hay nada como el otoño en Buenos Aires: no son solo las hojas las que cambian, algo en el aire saca a la luz los verdaderos colores de cada uno”.
En las islas, el otoño despoja los artificios y revela el verdadero color del alma de los pueblos. Ante el dilema moral, la verdad no admite matices grises: es blanco o negro. La historia universal, plasmada en las muestras de arte ornamental seleccionadas de los mejores modelos de las épocas clásicas, nos ha enseñado que el honor no se negocia. Y, aunque la lejanía intente asimilar el paisaje al bucólico Distrito de los Lagos (3), la tierra malvinense reclama su propia y ardorosa mística.
Es un suelo que susurra a sus legítimos hijos la profecía de Khalil Gibran en El Profeta: “Y no olvidéis que la Tierra se deleita al sentir vuestros pies descalzos y los vientos anhelan jugar con vuestro cabello”. De ahí que ante el invasor que arrogante exclama: “¡Me voy a otra parte!”, la soberanía argentina permanece enraizada, incombustible como el trágico resplandor en el incendio del Teatro Real Italiano.
Es precisamente allí, donde el fuego de la resistencia se une con el sacrificio, donde la geografía se vuelve testimonio: desde los acantilados, la máscara de la tragedia mira hacia abajo desde el lado derecho, contemplando el sacrificio heroico de quienes cayeron defendiendo la Patria... La guerra fue un austero trabajo de jardín, con sus alegrías y peligros, donde la muerte y la gloria florecieron al mismo tiempo... Y ahora, el atardecer en el mar y el crepúsculo tiñen las aguas de un misticismo mineral, un reflejo de turmalina y cuarzo sobre las cruces de Darwin.
Cada tumba, bajo un metafórico techo rojo junto al agua, es un testimonio viviente que continúa floreciendo en septiembre. Aquellos soldados no habitan el olvido; ingresaron directamente al océano del espíritu, alcanzando el centro de la eternidad; su sangre purísima, alejada de la vileza del plomo de mercurio de la ambición colonial, es hoy la luz que guía nuestro reclamo cabal.
Al comprender este ascenso de la entrega terrenal hacia la inmortalidad, advertimos que hemos arribado, en este ejercicio de memoria y espíritu, al corazón mismo de nuestra identidad nacional. “Hemos llegado en cierta manera al corazón mismo de nuestro viaje: los Cielos, y pronto viajaremos a los planetas, al sol e incluso a planos de existencia que desafían toda descripción. Aquí, Dante será guiado por Beatriz y, finalmente, por San Bernardo de Claraval”. Decimos bien, las Malvinas son nuestro cielo en la tierra. Por eso, mientras las cuatro estaciones transcurren y la historia natural de las aves dicta el vuelo de los albatros sobre los turbales, es que afirmamos nuestra nacionalidad compuesta: una Patria unida por el Amor de Dios a este pedazo de suelo.
¿Qué más añadir a lo dicho, sino, que este suelo, lejos de ser un testimonio de resignación, se convierte en el escenario de una victoria moral pírrica? Porque la imagen del reclamo no es la de la derrota, sino la de la justicia vindicada, como un David con la cabeza de Goliat, reclinado en un paisaje. Baste esto para que la memoria de los héroes dance en el viento con la gracia etérea de dos bailarines bajo la luz dorada de un abedul dorado y la luna de la cosecha. Pues esta danza eterna entre el deber y la memoria exige de nosotros una rectitud inquebrantable: es siguiendo las máximas de El arte de la prudencia, que aprendemos que la constancia es la mayor de las virtudes humanas, la que nos representa.
Sí, la causa Malvinas es hermosa, diáfana, despojada de la retórica vacía, como una mañana lenta en París o la verdad desnuda de un desnudo. Pero también es en el silencio de un atardecer azul en una habitación tranquila, lejos del escepticismo del crepúsculo de los ídolos y guiados por profundas reflexiones morales, como contemplamos el destino manifiesto de las islas. Al igual que “Selene encontrando al durmiente Endimión”, la Patria vigila el sueño de sus jóvenes centinelas que descansan en las islas como en el mito de “La bella durmiente”.
Bajo esta vigilia sagrada, el paisaje helado se revela como un umbral metafísico, lo mismo que este texto, que nace como un prólogo a las obras místicas de Emanuel Swedenborg, buscando comprender la conexión entre lo terrenal y lo angélico.
A primeras, el paisaje a la luz de la luna nos muestra a los soldados dormidos, custodios eternos de una soberanía irrenunciable, mientras que el texto afirma, que, desde la distancia cósmica, como si fuera Saturno visto desde una de sus lunas, las islas brillan con el fulgor de lo justo. Es, en definitiva, el archipiélago mismo el que nos convoca con una promesa y juramento de reencuentro definitivo: “Encuéntrame donde el cielo toca el mar. Espérame donde el mundo comienza”.
¡Amén!, y el mundo comenzará de nuevo cuando el otoño de la historia disipe las nieblas del despojo y resuene la canción de septiembre de la restitución. Entonces, las estructuras del imperio, representadas por el lejano Puente de la Torre de Londres, verán la victoria del Derecho Internacional; los vientos soplarán con la fuerza del regreso a casa, transformando el suelo malvinense en un eterno paisaje onírico de otoño, donde la humilde hosta florecerá en paz bajo el amparo celestial.
En ese instante supremo, “Apolo y la Sibila de Ridges” sellarán el veredicto del tiempo: “El Eros divino derrota al Eros terrenal”. El amor sagrado por la Patria triunfará sobre la codicia del mundo, y la justicia de las Islas Malvinas cantará, por los siglos de los siglos, la gloria eximia, perfecta y eterna de Dios.
Referencias:
Región de Selino, en La Canea (Creta, Grecia).
Mezquita en Kütahya, Turquía.
Cumbria, Inglaterra, Reino Unido.