Opinión
El análisis del día

Un llamado a la lucidez

Por Sebastián Altamirano

En estos meses causó revuelo en redes el hecho de que se presentaron proyectos legislativos respecto de la eutanasia. El antecedente en el país hermano del Uruguay y en otros países, además de diversos factores, hacen suponer que tarde o temprano la cuestión de la supuesta “muerte digna” va a tratarse en el panorama político argentino, gobierne quien gobierne.

Evidentemente, llevar a cabo una acción de resistencia a semejante atropello es imperativo. Sin embargo, “hacer algo” no es “hacer cualquier cosa”. El apuro y la desesperación nunca son buenas aliadas, mucho menos en política. Cualquier acción que se quiera llevar a cabo, para ser recta, es necesario que sea lúcida. Un diagnóstico correcto es el principio de cualquier sanación eficaz.

Por ello, queremos hacer un llamado a la lucidez para evitar el fatal error de diagnóstico que esteriliza nuestra acción.

 

CLARIVIDENCIA SUFICIENTE

Sucedió con la ley del divorcio. Sucedió con la ley del “matrimonio” igualitario. Sucedió con la ley del aborto. Si no tenemos la clarividencia suficiente sucederá también con la eutanasia. Y no: no nos referimos al hecho de que se legalizaron. Nos referimos al gran error de diagnóstico que permite que la avalancha de leyes antinaturales avance irremisiblemente por muchos esfuerzos que se haga en resistirlas. Y este error consiste en creer que la avanzada contra el orden natural se puede parar eficazmente dando la lucha según los parámetros, criterios y procedimientos institucionales de la democracia liberal. La consigna de este error es luchar contra leyes particulares pero mantener el entramado institucional de fondo que, conforme explicaremos, las favorece.

Y la miopía que acusa el error mencionado se evidencia por el hecho de que el problema no está sólamente en la violación flagrante de la ley natural por la aprobación de leyes inicuas.

En rigor, el problema (y la violación misma de la ley natural) se encuentra en que tengamos y aceptemos un sistema político-jurídico-legal que, no reconociendo la ley natural, somete al arbitrio humano lo que no está ni puede estar sujeto a la decisión humana.

En otras palabras: la aberración no está solo en que se apruebe la ley de la eutanasia, la aberración está en que el sistema vigente acepte como legítimo someter la vida inocente a una votación. Aceptar que algo vinculado directamente a la ley natural pueda someterse al arbitrio humano es dejar de reconocerla como tal puesto que así como no está sujeto a la decisión libre el tener o no la naturaleza humana, tampoco lo están las exigencias morales que se derivan de ella. Aceptar como legítimo someter a votación la ley natural es negarla y entrar en las turbias aguas del más puro relativismo.

 

RIFAR LA LEY NATURAL

Cuando se comprende esto, el panorama cambia y se entiende que no se trata simplemente de conseguir que por “x” cantidad de votos no se apruebe ahora el crimen inaudito de la eutanasia sino en darse cuenta, de una vez por todas, que lo que hay que impugnar y resistir es el mecanismo político antinatural e inmoral de rifar la ley natural al recuento de votos. Mientras no hagamos lo segundo, la aprobación de cualquier locura es cuestión de tiempo y circunstancias porque siempre se encontrará operante y activo el principio político-institucional que, no reconociendo el orden natural, propicia la aprobación legal de lo antinatural.

Líbrenos Dios de querer desalentar el combate contra esta ley en concreto. Hay que formarse y usar todos los medios lícitos que estén al alcance. Lo único que deseamos señalar es que no todos los medios son conducentes, ni se puede encarar la resistencia de cualquier manera. En efecto, es imposible defender la ley natural aceptando y viendo como legítimos los mismos mecanismos e instituciones políticas que la ponen en cuestión y funcionan al margen de ella.

Fue Kelsen, uno de los máximos teóricos del positivismo democrático liberal, el que vió claramente esto: “Y, en efecto, si se cree en la existencia de lo absoluto -de lo absolutamente bueno, en primer término-, ¿puede haber nada más absurdo que provocar una votación para que decida la mayoría sobre ese absoluto en que se cree?” (Esencia y valor de la democracia, Kelsen, pág. 156, Ed. Labor). Es hora de que nosotros seamos los que nos demos cuenta de ello.

Hacemos el llamado a la lucidez a todos los católicos para dar un combate esclarecido desde el lugar que le toque a cada uno, con los medios que tenga al alcance. Especialmente nos gustaría hacer este llamado a aquellos que tengan la influencia, los recursos, los contactos, los medios necesarios para hacer de nuestro combate algo serio, organizado, conjunto y coordinado.

 

DAR EL COMBATE

¿Cómo se ha de desarrollar en concreto el combate?, es la pregunta natural que surge. Lo cierto es que responder eso corresponde al discernimiento de la virtud de la prudencia. No hay una fórmula universal abstracta. Hablamos aquí de la prudencia real, la virtuosa, no de la falsa prudencia de los flojos, de los tibios, de los políticamente correctos: esa prudencia concebida como poner entre paréntesis la verdad para mejor acomodarse. Hablamos aquí de la virtud cardinal por excelencia, recta ratio agibilibus (recta razón de las cosas que se obran) y que nos hace capaces de aplicar los principios a las acciones particulares (Summa Theologiae IIa-IIae q. 47 a. 3).

Hablamos de esa virtud que, precisamente por ser recta ratio, exige lucidez. Toda acción para ser buena y eficaz debe ser conforme a la recta razón, es decir, debe ser prudente. Y no se puede ser prudente si no se es lúcido.

Exhortamos a todos los católicos a pensar seriamente la patria (como dijera el Padre Castellani) para que pensando lúcidamente podamos presentar de la mejor manera posible el buen combate, en el momento y lugar que nos ha tocado y con lo medios que la Providencia disponga darnos.