El abogado Adrián Castellano, consciente o inconscientemente, quiere ser visible, desprenderse de su mediocridad y creerse respetado. De un día para el otro, con esa idea en la cabeza, comienza a transitar el mundo oscuro, sucio y violento de la noche, el crimen mafioso y la prostitución. A partir de ese momento, con su inteligencia y buena suerte como aliados, su vida no volverá a ser la misma.
De eso trata Las mudas (Ediciones Diotima, 222 páginas) el séptimo libro de Fernando Carpena (55 años), un verdadero policial negro donde su realismo acelera las palpitaciones y sus personajes se mueven en típicos ambientes sórdidos dejando aflorar a cada instante la ambigüedad ética de una conciencia adormecida.
En un submundo social víctima de la corrupción y sus propios códigos, sus protagonistas sufren y disfrutan, al mismo tiempo, la compleja carga psicológica originada en un pasado poblado de heridas sin cerrar. Un juego siniestro de traiciones y lealtades donde se mezclan la culpa, la cobardía, la brutalidad criminal, la sangre fría, la compasión y la desesperación.
Con esta obra Carpena se afianza definitivamente en el terreno de la novela para adultos (con su anterior obra, Una bolsa llena de ojos, cuentos de terror, ya había de alguna manera tomado distancia de sus anteriores libros pensados para un público infanto-juvenil) y logra con su narrativa bien argentina y saltos temporales, crear y mantener un suspenso cinematográfico que corta la respiración y que va atrapando al lector desde el inicio enigmático hasta un desenlace verdaderamente adrenalínico.
Las mudas, entre tanta acción e intriga, logra también ser una profunda reflexión sobre el alma humana, sus grandezas y degradaciones: ¿Hasta dónde puede llevar el odio, la venganza, el dolor, el amor o la palabra empeñada?
GENERO
En diálogo con La Prensa, Carpena, quien también tiene obras publicadas en España y Ecuador y recibió varias distinciones como el Reconocimiento de la Cámara de Senadores de San Rafael, sostiene: “Mi secreta ambición es que algún día esta novela encuentre alguien que pueda trasladarla a la pantalla”.
-¿Porque eligió el género policial?
-Era un género que no había abordado aún. El género policial en Argentina es un lindo desafío. A diferencia de lo que uno lee de otros países, en dónde tienen la figura del detective o del escuadrón de policía, aquí no poseemos esos estereotipos literarios. Entonces el enfoque se mueve hacia otras representaciones más cercanas y conocidas: los periodistas, alguien honesto del sistema judicial que lucha contra el sistema o simplemente, la figura del hombre común puesto en circunstancias extraordinarias, como disparador de la aventura. El mal desordenando una existencia es una idea potente para trabajar dentro de este género.
-¿Como se fue gestando ‘Las mudas’?
-Yo quería contar el descenso a los infiernos, justamente, de ese hombre común: en este caso un abogado, Adrián Castellano. Un tipo inteligente de a ratos que cree haber tocado el cielo al haber sido contratado para manejar los legales de un club nocturno, y su posterior redención, con el inevitable pago de consecuencias. Claro, esta idea precisaba un entorno que la sostenga y encontré en el mundo de la noche, en esos clubes con señoritas bellísimas y aranceladas y famosos en boga, el ambiente necesario para desarrollarlo. Definido esto, comienza la parte divertida: darles vida a personajes creíbles, justificarlos y generar los climas de tensión que toda novela policial debe tener. Amante como soy del cine, me interesaba darle una impronta visual fuerte, como si estuviera escribiendo el guion de una película. De hecho, en mi método de escritura, suelo usar como modelo físico de inspiración para un personaje a actores reales para darles “cuerpo” y poder imaginar mejor cómo se verían en las diversas situaciones que la novela les impone.
-Usted vive en Mendoza… ¿a qué se debe las constantes referencias y guiños al barrio de Flores?
-Si bien vivo en San Rafael hace 20 años, hasta los 36 años, viví en CABA, en el barrio de Flores. Ahí hice la secundaria y caminé mil veces cada calle. En la novela, la acción se divide, una parte en San Rafael y otra parte en el barrio de Flores y su noche. Ambos ambientes tienen su propia impronta y eso da un contraste fabuloso.
EL SUSPENSO
-El suspenso no da respiro al lector desde el inicio hasta el desenlace ¿Cómo lo vivió al escribirlo?
-El proceso de escritura en un texto de esta clase es hermoso. Yo mismo no sabía muy bien para dónde iban a salir los personajes a la hora de sentarme a escribir. De hecho, personajes pensados para morir en pocos renglones, me convencieron de darles papeles mucho más importantes y ser protagonistas a lo largo de muchas más páginas. Conocía el comienzo, conocía el final y el resto se trata de conocer y entender a las criaturas que pueblan la novela. Ellos mandan y piden. Y claro, los personajes viven con vos durante todo lo que dura la escritura y los sufrís y los pensás, y tratás de hacer que sobrevivan contra todos los pronósticos, o que sean castigados de la peor manera. El armado de todas esas piezas es la delicia y el goce. Como si no alcanzara, el otro hilo de tensión es ganarle al lector. Respeto mucho a mis lectores y al tiempo que me dedican y, aquellos que son amantes de policiales, vienen con un bagaje de cientos de libros y películas encima que te dificultan la tarea de sorprenderlos. Ahí empieza la parte ardua. Giros, cambios de ritmo, sorpresas, cosas que parecen que sí pero que no, traiciones, crueldad y lealtades elásticas es el material con el que conté para provocar lo que espero haber logrado provocar: un ritmo intenso, un golpe en las previsiones de los que leen y el patear el tablero cuando los que se le animan a la novela apuestan por un final determinado.

FAVORITOS
-Cada personaje tiene su característica y personalidad bien definidas. ¿Tiene un preferido?
-Siempre hago una biografía completa de los personajes, aunque esa información no esté luego expuesta completamente en la novela. Y eso incluye sus debilidades, sus odios, sus miedos y sus virtudes. A cada personaje le pongo mucho trabajo para que cada palabra que digan se sienta cercana y, sobre todo, coherente con su personalidad y real. Es difícil elegir personajes preferidos, pero, para cumplir con la pregunta, Esther y Tato me encantan. Esther, la escort en el fin de la carrera, la buena amiga, con esa aspereza de una vida que imaginaba de otra manera y con esa sinceridad sarcástica que tanto le duele a Castellano, me parece un hallazgo. Ambos, con sus desigualdades, hacen un combo que funciona de maravillas. Y claro, siempre el villano es un desafío a la hora de escribir, sobre todo cuando la búsqueda ronda en darle rasgos de humanidad y de lógica. Es importante eliminar lo caricaturesco. Las líneas de Tato están pensadas para que quién las lea, diga: “Ah, es odioso, pero la verdad, algo de razón tiene”. Buscar la empatía del lector con el personaje con el que no nos podríamos hacer amigos, lograr que su punto de vista no nos resulte tan irracional ni disparatado, hace que la historia se enriquezca.
-¿Estuvo entre sus objetivos que sea una crítica al mundo de la trata de personas?
-En lo que fue la búsqueda del entorno para mostrar este descenso a los infiernos que mencionábamos antes, surgió la idea de la trata de personas como forma de suministro humano del club nocturno. Iba a ser un tema que iba a darle marco al conflicto, pero, a la hora de investigar para poder ofrecer datos fehacientes de los métodos con el que se esclavizan a las mujeres obligadas a ejercer la prostitución, sentí que el libro tenía que ser contundente e informativo sobre ese tema. Leí muchísimo material, vi muchos videos, me interioricé en testimonios que ponían los pelos de punta y no pude evitar que tomara más cuerpo dentro del argumento. Más allá de la cuestión de entretenimiento que toda buena novela debe poseer, ojalá también pueda aportar algo de conciencia acerca de este tema tan preocupante.