Un día como cualquier otro del 2006, Bruno tomó el colectivo para ir a la casa de un compañero de la facultad para retirar unos apuntes. Esperando un mensaje de texto de su amigo que le indicara la dirección exacta de su casa, su celular le jugó una mala pasada al quedarse sin batería. Cargado de impotencia, se bajó del colectivo y comenzó a plantearse posibles soluciones.
"Dije: 'No puede ser. Tiene que haber lugares donde se pueda poner a cargar algo'". De espíritu inquieto, al volver a su casa lo primero que hizo no fue llamar a su amigo, sino encender la computadora y buscar por internet si existía algo parecido a lo que tenía en mente, pero no encontró nada. Fue ese instante en el que Bruno se dio cuenta de que tenía un interesante negocio entre manos.
"Lo hablé con mi viejo, me bancó un poco, y me dijo: 'Lo único que tenés que hacer es registrarlo'. Ya ese mismo fin de semana me puse a pensar en distintos prototipos para hacer el 'aparatito'. Me junté con mi amigo, para ir pensando cómo podía ser este proyecto".
Su compañero se llama Tomás Zalduendo, un ingeniero industrial de 25 años al que conoce de chiquito. Combinando el cerebro matemático de Tomás con la destreza creativa de Bruno, lograron armar un modelo en acrílico de unos 40 centímetros (lejos del 1,60 de altura que lleva hoy el dispositivo).
Lo cierto es que, pese a su miniatura, el aparato funcionaba correctamente, pues tenía hechos los compartimentos con las distintas fichas de carga para los divesos celulares. Con sólo insertar una moneda de un peso, se podía abrir el locker y retirar las llaves. Se conectaba el celular con su cable cargador. Se cerraba el compartimento y, luego de que se hubiera cargado, se abría el locker nuevamente y la máquina devolvía la misma moneda y el celular cargado.
Es decir, un servicio totalmente gratuito. El sueño había tomado su primera forma. Uniendo los conceptos de "poder cargar la batería rápido, cuando lo necesitás y en cualquier lado", surgió el nombre bajo el que patentarían el producto: Quick Energy (www.quickenergy.com.ar).
"Lo hicimos todo nosotros", se jacta Bruno orgulloso.
Pero el proceso de registro tardó más de lo que ellos habían supuesto, y junto con eso se impuso la obligación del estudio y el desarrollo de sus carreras, por lo que el proyecto fue suspendido por años. Recién a fines de 2010 lo retomarían:
"En septiembre dejé el trabajo que tenía y emepecé a dedicarme más a esto para decir 'basta, no quiero que quede una idea más en el tintero'. Aunque sea intentarlo. Con intentar uno no pierde nada", relata Bruno.
Ahora sí, armarían el modelo que saldría a las calles. Pero esta vez con una diferencia. "Nos preguntamos '¿cómo le podemos dar ganancia a esto?'. Porque más allá de ofrecer el servicio gratuito o de que pueda ser como una expending machine (cobrar monedas como las máquinas de gaseosas), pensamos cómo le podíamos sacar una mayor rentabilidad".
Pero su mente de publicista no tardó en dar la respuesta: "Si lo podemos hacer más grande, podemos vender espacio publicitario sobre su superficie", explicó Bruno.
El primer modelo midió 1,80 metros. Tardaron dos meses en producirlo con sus propias manos, salvo el material en chapa que fue mandado a hacer. Luego de esa primer gran prueba, llegó el práctico modelo actual de 1,60 de altura, seis lockers y cinco fichas de carga que sirven para el 85% de los modelos de celulares que funcionan en el mercado.
Todo anduvo a pedal para Bruno y Tomás. Tocando las puertas de las grandes empresas, despertaron el interés de una internacional cadena de hoteles: Howard Johnson, con la cual firmaron contrato hace sólo dos meses. Con la ayuda de un crédito bancario, instalaron una máquina en cada uno de los nueve hoteles que funcionan en Buenos Aires. Bruno calcula que para Agosto estarán expandidas también en los hoteles del Interior del país.
Pero las máquinas que se encuentran en funcionamiento aún no tienen auspiciantes, y por lo tanto no generan ganancias: "Necesitamos tener una marca para tener una entrada de dinero. Nos estamos manejando un poco con algunas agencias de publicidad para que nos contacten con esas empresas", cuenta el inventor.
Quick Energy está pensado para lugares en los que la gente hace tiempo: gimnasios, supermercados, restaurantes, cines, aeropuertos. "Nuestra idea es: si vos entrás a un bar que tiene wi-fi, y el lugar te ofrece el servicio lo uses o no lo uses, ¿por qué no puede pasar lo mismo con un servicio para cargar batería? Si alguien sabe que tiene todo el día por delante y tiene la batería por la mitad, se sienta a tomar un café y la pone a cargar un ratito", explica Bruno.
Si de empresas se trata, los jóvenes actualmente apuntan en especial a las compañías telefónicas:
"Claro, Movistar o Personal están muy tirados de los pelos si quieren publicitar en un bar. Pero la idea es que con Quick Energy tengan acceso a lugares donde antes no podían entrar, sin que resulte una publicidad invasiva", dice Bruno.
Entre las numerosas ventajas que destaca de su producto, Bruno utiliza conceptos estrictamente publicitarios y resume: "Es un nuevo medio para publicitar que puede segmentar al público de una gran forma: a las marcas les podés dar la posibilidad de llegar de la mejor manera a su target. Por ejemplo en el Howard Johnson, si publicita una aerolínea, se le permite llegar directamente a gente que viaja".
Bruno confiesa que el avance de la tecnología lo asusta ya que en unos años es posible que aparezcan "celulares que se carguen solos", por lo que sabe que el momento para lanzar Quick Energy es "ahora". No obstante, se permite soñar con un proyecto a futuro: "Soy sincero, todavía estamos en la etapa 'start up', pero lo ideal sería poder hacer una especie de franquicia para llevarlo a los países limítrofes. Aunque para eso necesitaríamos conseguir un inversor, porque cada aparato lleva su dinero. Parecen simples, pero cuestan", reconoce con una sonrisa.