Opinión
El rincón del historiador

Un hombre que amaba el mar

Por Julio C. Borda

Un gran marino que estuvo al servicio de la Armada Nacional durante largos años, fue Hipólito Bouchard. Dice uno de sus biógrafos que sobre la costa francesa del Mediterrán, se encuentra Saint Tropez en una zona de excelentes y mejores vinos que huele a mar y la acaricia un buen sol… Muy cerca de allí en la localidad de Bormes nacía el 15 de enero de 1780 André Paul Bouchard, quien en fecha desconocida se cambió el nombre por Hippolyte, Hipólito.
En 1798 se alistó en la marina de Francia, y desencantado con la Revolución Francesa se dirigió al Río de la Plata donde iba a realizar una destacada carrera naval, poniendo todos sus conocimientos marítimos al servicio de la Revolución de Mayo, a cuyos principios apoyaba en forma inequívoca.
En septiembre de 1810 se alistó en la marina de las Provincias Unidas del Río de la Plata, siendo elegido oficial de la corbeta 25 de Mayo. Debido a sus destacadas acciones en las aguas, Bouchard fue adquiriendo cierto prestigio, y el gobierno entonces lo designó comandante del bergantín 25 de Mayo; pero en el combate de San Nicolás tuvo una desafortunada actuación, pues no ofreció resistencia alguna. Por consiguiente le levantaron un sumario donde se lo absolvió de toda responsabilidad; posteriormente se lo puso al mando de una cañonera y siguió combatiendo contra los españoles entre julio y octubre de 1811. Participó de la Batalla de San Lorenzo, apropiándose de una bandera enemiga. Con motivo de esta acción, la Asamblea le otorgó la ciudadanía argentina.
Se le otorgó patente de corso, navegando por el Océano Pacífico; su relación con Brown fue distante. Como corsario obtuvo varias presas, entre ellas, las goletas Mercedes, Nuestra Señora del Carmen y Consecuencia, que luego pasó a llamarse La Argentina. Junto con Guillermo Brown cumplió exitosamente su función como corsario; estando en las Galápagos, informó al almirante irlandés que regresaba a Buenos Aires, y al repartirse las presas el corsario francés se quedó con dos embarcaciones: la fragata Consecuencia y la goleta Analaduza.
Pero el verdadero enemigo de Bouchard era su mal carácter lo que le originó varios dolores de cabeza; ello lo llevó a tener fuertes enfrentamientos no sólo con los oficiales, sino también con sus subordinados. Tanto fue así que al regresar a Buenos Aires después de una de sus travesías, fue juzgado por malos tratos contra su tripulación.
En 1817 recorre los mares del continente asiático al mando de La Argentina, donde protagonizó infinidad de aventuras que lo llevaron a distintos puertos; peleó contra buques piratas, combatió el tráfico de esclavos y su tripulación llegó a sufrir una peste de escorbuto que se cobró alrededor de cuarenta víctimas. Entre diciembre de 1817 y enero de 1818, estando en las cercanías de Filipinas apresó cerca de 16 buques. Era incansable, su talento de corso era incuestionable.
Vencer a España era el objetivo que se había trazado; en noviembre de 1818, al fondear en Monterrey, Capital de Nueva California se enfrentó contra la defensa española obteniendo un triunfo de gran impacto, pues luego de la victoria la bandera nacional fue enarbolada por unos días en aquella ciudad. Allí ocupó la gobernación durante unos días.
Siguió con su periplo hasta internarse en los mares de Centroamérica, apresando en las cercanías de Nicaragua cuatro buques españoles. Nuevas aventuras lo esperaban; su espíritu inquieto y belicoso lo llevó a enfrentar varios incidentes con autoridades marítimas, como por ejemplo en Valparaíso, donde se lo acusó de insubordinación y piratería. Su buque La Argentina fue saqueado y luego de un sumario estuvo preso durante cinco meses.
Al recuperar su libertad, se encuentra que su nave está muy arruinada, pero a pesar de ello, el bravo corsario la pone en condiciones navegables.
En Perú se pone a las órdenes del Padre de la Patria, y éste le da el mando de la fragata Prueba. Partió de Buenos Aires en julio de 1819 y nunca más regresó, ya que después de haber atravesado todo tipo de vicisitudes se instaló en una hacienda de su propiedad en la ciudad de Nazca, Perú, donde instaló un ingenio azucarero.
Tal vez por su mal genio su vida terminó trágicamente, pues fue asesinado por uno de los esclavos que trabajaba en ese ingenio. Este drama ocurrió el 4 de enero de 1837.
Sus restos descansan en el panteón del Centro Naval, ubicado en el Cementerio de la Chacarita.