Entre todas las elites que ha engendrado la Ilustración una de las más interesantes es la aristocracia diplomática. Una especie de sacerdocio; una casta cosmopolita que fue devorada por aquel furor ideológico y chauvinista que provocó dos guerra mundiales en la primera mitad del siglo XX. “La finalidad de nuestra carrera es conciliar los patriotismos, no exacerbarlos”, era su premisa.
Uno de los hildalgos de la diplomacia historió ese proceso de destrucción en una novela deliciosa que no debería ser ignorada por todo aquel lector interesado en la marcha de Francia hacia el abismo, la ocupación nazi de París, el régimen de Vichy, la liberación de 1944 (y sus miserias).
El fin de las embajadas fue entregada a la imprenta por primera vez en 1953 y aún hoy se lee con placer y provecho. Es una sátira muy divertida.
Su autor, Roger Peyrefitte (1907-2000), es considerado el homosexual francés más famoso del siglo XX. Descolló por su pluma mordaz (escribió más de cincuenta libros) y por su gusto por encandalizar. Se hizo famoso por su fervor militante en favor de los derechos de la minoría y por -todo hay que decirlo- una inclinación atroz: buscó adolescentes por toda Europa. Se jactaba de preferir los corderitos por sobre los carneros.
Pero a esta columna nunca le interesó indagar en las preferencias sexuales; le interesa la calidad de una obra. Y Peyrefitte nos ha dejado algunos libros muy buenos. La fin des ambassades es uno de ellos.
En rigor de verdad, se trata de la continuación de Las embajadas, novela que recoge las experiencias del propio autor como secretario de la embajada francesa en Atenas. Antes de dedicarse de lleno a la literatura, Peyrefitte sirvió en el servicio diplomático de Francia. Ajustó cuentas con los burócratas del Quai d'Orsay con esos dos libros, justamente.
Con prosa elegante y límpida, que parece más inglesa que gala (aunque el ingenio es volteriano), Peyrefitte narra en El fin de las embajadas hechos relevantes de la II Guerra Mundial; evoca personalidades de la época, como el mariscal Petain ("un anciano que le declaró la guerra al goce"); delata traiciones; execra oportunistas; despelleja a colegas de la pluma (Paul Claudel, Jean Giraudoux) y el funcionariado. Crítica social de alto vuelo, con magníficos retratos. Hay personajes escalofriantes, como el Sturmbahhführer Karl Bömelburg, jefe de la Gestapo (sección IV) en la Francia ocupada.
Su alter ego en la trama se llama George de Sarré, diplomático de carrera, que sirvió a la Tercera República Francesa y a Vichy. Fue purgado dos veces; por los fascistas, primero, por los antifascistas después, so pretexto de “indignidad diplomática”.
Estoico en horas trágicos nos deja un consejo útil: ante la adversidad, dedicarse a los ocios, a la lectura y a la pereza (“las delicias del reposo”). Dedicarle el menor tiempo posible a la vida mundana, pues.
El esteta Peyrefitte fue un halcón para identificar las debilidades humanas y la estupidez contemporánea, incluso la institucional. Y se mofó de ellas. Pasaron casi ochenta años y sus estiletazos no han perdido vigencia. Como éste: “Los que no están seguros de su talento ponen mucho empeño en llamar la atención”.
