La guerra de Ucrania lleva más de cuatro años produciendo una paradoja. Nunca una guerra convencional había podido observarse con semejante nivel de detalle y, sin embargo, pocas veces había resultado tan difícil comprender hacia dónde se dirige. Satélites comerciales, drones, imágenes geolocalizadas, partes militares, analistas y corresponsales ofrecen una cantidad abrumadora de información. Vemos casi todo. Pero ver no necesariamente significa comprender qué sucede. Es la niebla 2.0.
Clausewitz describió la incertidumbre como una característica inseparable de la guerra. Como hemos dicho en esta columna, esa niebla ya no procede solamente de la falta de información. También puede surgir de su exceso, de su fragmentación y de la velocidad con que circula. Eso está ocurriendo en Ucrania.
Durante años la atención occidental se concentró en los kilómetros conquistados, las bajas rusas, los sistemas de armas suministrados a Kiev y las innovaciones tecnológicas ucranianas. Todo ello importa. Pero debajo de esa superficie comienzan a converger otros fenómenos: la progresiva adaptación tecnológica rusa, la creciente vulnerabilidad de la retaguardia ucraniana, las dificultades para sostener materialmente la guerra y las fisuras políticas alrededor del gobierno de Volodímir Zelensky.
No estamos ante una prueba de colapso ucraniano inminente. Afirmarlo sería apresurado. Estamos ante algo diferente: distintos factores de desgaste que antes podían analizarse separadamente comienzan a actuar simultáneamente.
Ucrania logró, con apoyo de la OTAN, una notable capacidad de innovación. Drones baratos, software comercial, inteligencia distribuida y comunicaciones digitales le permitieron transformar rápidamente necesidades del campo de batalla en soluciones tecnológicas.
Pero la guerra es una competencia de adaptación.
Eric Schmidt, antiguo CEO de Google y conocedor directo del ecosistema tecnológico ucraniano, acaba de advertir que aquella ventaja se está reduciendo. Rusia habría conseguido combinar innovación con una capacidad industrial muy superior. Para Ucrania ya no se trata solamente de inventar, sino de producir, reponer y desplegar masivamente.
Una innovación brillante utilizada por centenares puede ser superada por una tecnología suficientemente buena fabricada por decenas de miles. La guerra industrial impone sus propias leyes.
Los Geran evolucionaron en alcance, velocidad, navegación y adquisición de blancos. Aparecieron versiones propulsadas a reacción y sistemas más resistentes a determinadas formas de guerra electrónica.
La cuestión ya no es quién inventa primero, sino quién logra cerrar más rápidamente el ciclo entre experiencia de combate, innovación, industria y regreso al campo de batalla.
El 13 de septiembre un dron ruso alcanzó una locomotora cerca de Yahodyn, en Volinia, aproximadamente a dos kilómetros de la frontera polaca. No hubo víctimas. En las proximidades circulaban trenes que transportaban importantes personalidades occidentales. El coronel austríaco Markus Reisner interpretó el episodio como un mensaje estratégico ruso dirigido a los patrocinadores occidentales de Ucrania: “Podemos alcanzarlos en cualquier momento”.
Más importante que determinar si una delegación constituía efectivamente el blanco -algo que no puede darse por demostrado- es observar dónde ocurrió el ataque: prácticamente en la frontera con Polonia.
Los últimos partes rusos permiten identificar una secuencia. Moscú afirma haber atacado ferrocarriles utilizados para transportar material militar procedente de Europa, el paso internacional de Yahodyn, material ferroviario en Volinia, instalaciones de almacenamiento y montaje de drones e infraestructuras de transporte.
Al mismo tiempo, Rusia comunicó ataques contra un centro logístico en Odesa y contra buques en el puerto de Chornomorsk vinculados, según Moscú, con el abastecimiento militar ucraniano.
Frontera. Ferrocarril. Centros logísticos. Puertos. Depósitos. Fábricas de drones.
No parecen acontecimientos desconectados. Se perfila una campaña destinada a aumentar la fricción sobre el sistema que alimenta al ejército ucraniano.
En una guerra prolongada no siempre es necesario destruir completamente la infraestructura adversaria. Puede resultar suficiente hacerla más lenta, cara, vulnerable e imprevisible. Cada interrupción obliga a dispersar depósitos, modificar itinerarios, proteger locomotoras, multiplicar puntos de almacenamiento, reparar instalaciones y desplazar sistemas de defensa aérea.
Durante esta guerra, las fronteras con Polonia y otros países de la OTAN funcionaron como grandes arterias de alimentación relativamente protegidas. Si Rusia consigue extender regularmente sus ataques hasta esos corredores, la profundidad estratégica ucraniana comienza a reducirse. Y si simultáneamente presiona los puertos del Mar Negro, la cuestión adquiere otra dimensión. La idea es aumentar el costo de mantener ese flujo funcionando. Esa es precisamente la lógica de una guerra de desgaste.
El terreno, las posiciones defensivas, los drones y el fuego ucraniano continúan dificultando la progresión rusa en distintos sectores. Una eventual ventaja sistémica rusa no equivale a superioridad táctica absoluta. Ucrania conserva fuerzas capaces de defender posiciones, innovar y producir pérdidas al adversario. La pregunta central es otra: cuál de los dos contendientes puede reponer durante más tiempo hombres, armas, municiones, energía, infraestructura y voluntad política.
Y allí aparece otro frente.
Yuliia Mendel no es una opositora cualquiera. Fue secretaria de prensa de Zelensky entre 2019 y 2021 y posteriormente se transformó en una severa crítica de su antiguo jefe. En mayo concedió una extensa entrevista a Tucker Carlson en la que cuestionó el funcionamiento del gobierno, denunció corrupción y sostuvo que Zelensky se había convertido en un obstáculo para una solución negociada.
Algunas de sus acusaciones personales son difíciles de verificar y no corresponde asumirlas como hechos. Pero el episodio adquirió otra dimensión cuando, el 13 de septiembre, Zelensky impuso sanciones por diez años contra Mendel, incluyendo congelamiento de activos y restricciones económicas.
La ex portavoz respondió acusando al presidente de utilizar mecanismos extraordinarios contra ciudadanos ucranianos críticos y afirmó que su país necesita paz y no otra dictadura.
No se trata de aceptar automáticamente la versión de Mendel. Se trata del síntoma.
Una persona que perteneció al círculo presidencial denuncia desde afuera el funcionamiento del poder y termina sancionada por ese mismo poder. Esto ocurre mientras distintos escándalos de corrupción alcanzan a personas vinculadas con el entorno gubernamental y el problema vuelve a ocupar un lugar central en el debate interno. Después de cuatro años de guerra, la cohesión política también constituye un recurso estratégico.
Zelensky conserva legitimidad institucional y respaldo occidental, pero gobierna una sociedad exhausta, sometida a movilización, pérdidas humanas, ataques constantes, dificultades económicas y una guerra cuyo final continúa sin aparecer.
¿Cuánto desgaste exterior puede absorber un sistema político antes de que ese desgaste penetre en su interior? La guerra que se muestra. Aquí regresamos a la niebla 2.0.
Una parte importante de la narrativa occidental continúa privilegiando la guerra que puede mostrarse: vehículos destruidos, drones impactando sobre blancos rusos y nuevas entregas de armamento. Todos esos hechos existen. Pero existe también la guerra que no cabe en un video de treinta segundos.
La capacidad de fabricar miles de drones. La reposición de misiles. Los interceptores disponibles. Los hombres que pueden movilizarse. Los ferrocarriles que deben repararse. La energía para atravesar otro invierno. El dinero para pagar la guerra. La continuidad de la ayuda exterior. La confianza de la población. La cohesión de las élites. Ese conjunto es menos espectacular, pero posiblemente sea allí donde se esté decidiendo el conflicto.
También Rusia fabrica su propia niebla. Moscú y Kiev libran simultáneamente una guerra militar y una guerra por la interpretación de la guerra. Por eso resulta necesario mirar más allá de ambas narrativas.
No hay elementos suficientes para afirmar que Ucrania se encuentra ante un colapso. Sí existen razones para preguntarse si varios procesos comienzan a converger.
Desgaste tecnológico: Rusia parece haber reducido parte de la ventaja innovadora ucraniana.
Desgaste operacional: la retaguardia occidental comienza a encontrarse bajo una amenaza creciente.
Desgaste material: hombres, defensa aérea y municiones constituyen recursos necesariamente finitos.
Desgaste político: las controversias sobre corrupción, las críticas internas y el caso Mendel muestran tensiones que ya no pueden considerarse irrelevantes.
Y sobre todos ellos actúa un quinto elemento: la niebla 2.0, que permite conocer cada árbol y, al mismo tiempo, perder de vista el bosque.
Tal vez el dato más importante de la guerra de Ucrania no esté hoy en un determinado pueblo del Donbass. Puede estar en una locomotora atacada a dos kilómetros de Polonia, en un puerto del Mar Negro, en una fábrica que produce miles de drones o en las crecientes disputas dentro de Kiev. Occidente continúa mirando principalmente el frente. Pero la guerra hace tiempo que dejó de librarse solamente allí.