Opinión

Ucrania: la guerra continúa, las potencias negocian

La guerra ruso-ucraniana siempre parece ingresar en una nueva etapa. No porque las operaciones militares hayan perdido intensidad ni porque exista un acuerdo de paz a la vista, sino porque comienzan a modificarse las condiciones políticas y estratégicas que determinarán su desenlace. Mientras los ejércitos continúan combatiendo, las grandes potencias examinan alternativas diplomáticas, los intereses estadounidenses y europeos muestran divergencias cada vez más visibles y Ucrania enfrenta una cuestión decisiva: hasta dónde puede sostener sus objetivos cuando depende de otros para continuar la guerra.

Varios análisis publicados en estos días permiten comprender mejor esta situación. Mucho se ha dicho de los objetivos rusos y el riesgo de una confrontación directa entre Rusia y la OTAN; Otro ángulo muy actual presenta Alessandro Volpi quien estudia el significado geopolítico del reciente entendimiento energético entre Washington y Moscú; el coronel austríaco Markus Reisner analiza el desgaste militar y las posibilidades de un alto el fuego; finalmente, Gideon Rachman, desde el Financial Times, plantea las alternativas que comienzan a considerarse en Europa para una eventual negociación con Putin.

Los cuatro trabajos, aunque proceden de perspectivas diferentes, permiten identificar una realidad: la guerra se libra en Ucrania, pero sus consecuencias y las condiciones de su terminación trascienden ampliamente las fronteras ucranianas.

 

CUESTION POLITICA

La cuestión fundamental sigue siendo política. Clausewitz enseñó que la guerra constituye la continuación de la política por otros medios. Por consiguiente, ninguna evaluación exclusivamente militar puede explicar completamente este conflicto. Los movimientos del frente, las pérdidas materiales y la capacidad de resistencia son fundamentales, pero solamente adquieren su verdadero significado cuando se relacionan con los objetivos políticos perseguidos por los contendientes.

Rusia ha sostenido reiteradamente que sus objetivos comprenden no solamente cuestiones territoriales, sino también la neutralidad de Ucrania, la limitación de determinadas capacidades militares y una modificación de las condiciones de seguridad europeas. Kiev, por su parte, pretende preservar su soberanía, recuperar territorios y obtener garantías que impidan una nueva guerra. Entre ambas posiciones existe una distancia considerable que ningún simple congelamiento de las operaciones puede resolver por sí mismo.

En este contexto, podemos observar, en un análisis sobre Ucrania y Kaliningrado, que las iniciativas diplomáticas de Donald Trump no necesariamente modifican las causas profundas del enfrentamiento. De acuerdo a nuestra visión, Moscú continúa buscando resultados militares capaces de fortalecer su posición negociadora y esto implica el peligro de una escalada en el Báltico, particularmente alrededor de Kaliningrado, enclave ruso situado entre territorios pertenecientes a la OTAN.

El problema de Kaliningrado merece especial atención. Un eventual bloqueo o una crisis militar en ese espacio podría trasladar la confrontación desde Ucrania hacia una relación directa entre Rusia y la Alianza Atlántica. No significa que ese escenario sea inevitable, pero recuerda que la guerra contiene riesgos que exceden el territorio donde actualmente se desarrollan las principales operaciones.

Mientras tanto, el campo de batalla continúa ofreciendo enseñanzas fundamentales. La guerra moderna no se reduce al enfrentamiento entre grandes unidades. Los drones, la inteligencia satelital, la guerra electrónica, los ataques de precisión y la destrucción de infraestructuras han ampliado considerablemente el espacio de combate. Las industrias, las centrales eléctricas, los ferrocarriles, los depósitos y los sistemas de comunicaciones forman parte de una lucha prolongada por la capacidad de resistencia nacional.

 

DEPENDENCIA EXTERIOR

Aquí aparece una característica central de esta guerra: la importancia del tiempo. En una confrontación prolongada, el poder militar no depende solamente de los sistemas de armas disponibles, sino de la capacidad industrial, tecnológica, logística y financiera para reponer las pérdidas, sostener las operaciones y adaptar permanentemente los medios a las exigencias del combate.

Pero existe otro factor decisivo: la dependencia exterior.

Ucrania ha recibido una asistencia militar y económica extraordinaria de Estados Unidos y Europa. Sin ese apoyo, sus posibilidades de resistencia habrían sido considerablemente menores. Sin embargo, esa ayuda también ha generado vulnerabilidades estratégicas. Cuando la inteligencia, los interceptores antiaéreos, las comunicaciones satelitales y determinados abastecimientos dependen de decisiones extranjeras, la autonomía operacional queda inevitablemente condicionada.

La economía introduce una dimensión adicional. En una entrevista del 19 de octubre, el historiador y economista Alessandro Volpi interpreta el acuerdo entre Trump y Putin sobre el gasoil ruso como una señal política dirigida principalmente a Bruselas.

Según Volpi, los volúmenes involucrados tienen una importancia comercial relativamente limitada. Lo verdaderamente significativo es que Washington demuestra su disposición a negociar directamente con Moscú y modificar determinadas sanciones cuando considera que ello responde a sus propios intereses. La medida también se vincula con la necesidad estadounidense de contener los precios energéticos antes de las elecciones legislativas de noviembre.

Para Europa, el mensaje resulta incómodo ( para ser elegante) . Después de años de sanciones, asistencia militar y creciente compromiso financiero con Ucrania, sus gobiernos observan que Estados Unidos puede modificar su posición negociadora sin que las prioridades europeas sean necesariamente determinantes.

Volpi agrega otro elemento: el endeudamiento estadounidense, las tasas de interés y sus repercusiones sobre las economías europeas. La guerra tiene costos que trascienden ampliamente los presupuestos militares. Energía, inflación, deuda pública, competitividad industrial y gasto en defensa forman parte de una misma ecuación estratégica.

No sorprende, entonces, que comiencen a surgir iniciativas diplomáticas europeas.

Gideon Rachman, en un artículo publicado por el Financial Times el 19 de octubre, titulado Zelenskyy, “Europe and the end of Trump whispering”, sostiene que dirigentes europeos están reconsiderando la conveniencia de dejar exclusivamente en manos estadounidenses las negociaciones con Moscú.

Rachman plantea dos posibles alternativas. La primera consistiría en congelar el frente en sus posiciones actuales a cambio de que Ucrania renuncie a incorporarse a la OTAN. La segunda supondría aceptar el control ruso del conjunto del Donbass a cambio de permitir el ingreso ucraniano en la Alianza Atlántica.

No se trata de propuestas oficialmente adoptadas por la Unión Europea, sino de escenarios examinados por el analista. Ambos presentan dificultades considerables. El primero dejaría pendientes importantes controversias territoriales; el segundo podría resultar inaceptable para Moscú, precisamente porque la expansión de la OTAN hacia Ucrania constituye una de sus principales objeciones estratégicas. Sin embargo, lo verdaderamente importante es que la discusión comienza a desplazarse desde la continuación indefinida de las hostilidades hacia las condiciones políticas de su terminación.

En este punto adquiere renovada actualidad una conocida reflexión atribuida a Henry Kissinger: “Ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser su amigo puede ser fatal”. La expresión, recogida por William F. Buckley Jr. en 1974, surgió precisamente en el contexto de Vietnam del Sur y de las consecuencias que podía sufrir un aliado de Washington.

Más allá de su formulación provocadora, la sentencia contiene una advertencia propia de la política de poder. Las grandes potencias establecen compromisos internacionales de acuerdo con sus intereses estratégicos. Pero esos intereses pueden modificarse mientras sus aliados continúan soportando las consecuencias de decisiones anteriores. (¿ Tiene algo que ver con nuestra relación carnal?) ¿Le está sucediendo esto a Ucrania?

Sería prematuro afirmar que Washington ha decidido abandonarla. Sin embargo, las tensiones entre Trump y Zelensky, la reconsideración de determinados apoyos y las conversaciones entre las grandes potencias muestran los riesgos de una dependencia estratégica prolongada. Ucrania conserva su soberanía y su capacidad de decisión política, pero sus posibilidades militares están condicionadas por recursos que no controla completamente.

La historia enseña que un Estado puede recibir asistencia extraordinaria durante una guerra y descubrir, llegado el momento de negociar, que sus objetivos no coinciden plenamente con los de sus protectores.

Por eso conviene distinguir entre un alto el fuego, un armisticio y una paz duradera. Detener las operaciones puede ser indispensable para poner fin al sufrimiento humano, pero no garantiza que hayan desaparecido las causas del conflicto. Una paz estable exige algún entendimiento sobre territorios, garantías de seguridad, relaciones de poder y condiciones políticas aceptables para los protagonistas.

Recordemos: La célebre frase “La paz es la tranquilidad del orden” (tranquilitas ordinis) pertenece al filósofo y teólogo San Agustín de Hipona en su obra La Ciudad de Dios. Para él, la paz no es solo la ausencia de guerra, sino el estado en el que cada cosa ocupa el lugar que le corresponde dentro de una armonía justa.

La enseñanza trasciende el caso ucraniano y merece una reflexión argentina. Nuestro país necesita relaciones internacionales, cooperación militar, inversiones y vínculos tecnológicos con las grandes potencias. Pero ninguna alianza puede sustituir la definición de intereses nacionales propios ni la construcción de capacidades estratégicas sostenibles. (en nuestro conflicto con Gran Bretaña: ¡no hay orden porque los ingleses usurparon y ocupan un territorio que no les pertenece!)

Comprar armamentos no equivale necesariamente a disponer de poder militar. Sin mantenimiento, abastecimientos, municiones, personal preparado, infraestructura e industria capaz de sostener el esfuerzo, existe equipamiento, pero no necesariamente capacidad estratégica autónoma.

La guerra en Ucrania recuerda una verdad permanente: un Estado que depende de otro para sostener una guerra corre el riesgo de depender también de ese otro para establecer las condiciones de la paz.

Porque, finalmente, un verdadero actor estratégico no es solamente aquel que dispone de medios, sino aquel que posee la capacidad y la voluntad de utilizarlos para alcanzar sus propios objetivos nacionales.