En la reciente reunión de Davos, Donald Trump propuso la creación de un Consejo de la Paz -de finalidades y contornos brumosos - que se integraría con los países que estuvieran dispuestos, tanto a formar parte de él, como a desembolsar mil millones de dólares como cuota de ingreso (el nuestro recibiría, al parecer, una wild card).
La idea de Trump es que tal Consejo asuma la función de preservar la paz que hoy cabe a las Naciones Unidas. Porque desconfía de la eficacia con la que este organismo la desempeña. Y porque está convencido de su propia ejecutividad para resolver conflictos. Como lo está de que merecía el Premio Nobel de la Paz y de que se lo han birlado.
Todo lo cual tiene -desde el vamos- un aire absurdo. Porque Trump preside un país que es firmante originario de la Carta de las Naciones Unidas y que, además, desempeña allí un rol clave, ya que es miembro permanente de su Consejo de Seguridad (arts. 3 y 23 de dicha Carta). De modo que, en su ineficacia, no desempeñaría un rol menor.
Ese aire alcanza nivel surrealista si recordamos que fue justamente bajo la inspiración de su presidente que, hace muy poco, los Estados Unidos han abducido al presidente de Venezuela. Que, además, Trump ha amenazado con anexar Groenlandia -territorio de un aliado de la NATO- y que ha dicho creer mucho menos en la paz desde que no le dieron el Nobel que premia a quien la procura.
Parece mentira que el país que acuñó -desde una Constitución anterior a la Revolución Francesa- una forma de gobierno que ha influido en casi todo el orbe y de la cual es rasgo destacable esa monarquía electiva que ideó con la Presidencia, tenga tan luego a Trump ocupando ese cargo.
No es que la actuación de las Naciones Unidas esté exenta de tachas ni de críticas. Pero tampoco es responsable de que se haya librado una serie de conflictos desde su creación. Y, en su haber, debe señalarse que desde entonces, 81 años atrás, no ha habido una guerra que fuera mundial.
Lo cual no es poco, si recordamos que la Sociedad de las Naciones, a la que suceden como organismo universal, sólo duró veinte años (1919-1939 ) que son los que corren entre la primera mundial y la segunda, que la hizo volar por los aires.
Damos por descontado que el imaginado Consejo, no ha de ver la luz. Y no descartamos que haya sido uno de los tantos globos de ensayo de Trump, un “a ver qué pasa”, de los cuales, cuando no remontan vuelo, sabe retroceder. Como lo hizo con sus pretensiones sobre Groenlandia, cuando parte estimable de sus aliados europeos de la NATO desplegaron tropas allí.
Como la ficción es parte integrante de la política, éstos últimos dijeron hacerlo para protegerla de una posible agresión rusa. Es decir que usaron exactamente el mismo pretexto que esgrimía Trump para anexarla a su país, por las buenas o por las no tan buenas, tales sus palabras. Pretexto, por otra parte, nada creíble, vista la pasividad con la que actúa cuando la víctima de tal agresión es Ucrania,
Que estamos hablando, seguramente, de un organismo nonato lo confirma el hecho de que los aliados de la NATO -o ya dijeron que no formarán parte de él- o callan y dejan que el tiempo lo diluya en el olvido.
Pero también estamos hablando de la imprevisible conducta del presidente de los Estados Unidos. Que, por ser éstos la mayor potencia del mundo, reviste particular peligrosidad.