Conocer la trastienda del libro Tras las huellas de un soldado. Narciso de Bengolea, expedicionario al desierto, escrito por su nieto, el doctor Jorge Bengolea Zapata, seguramente promoverá el interés por su lectura.
La obra se acaba de presentar en el Regimiento de Infantería I Patricios, donde su jefe, el coronel Sebastián Marincovich, además de un excelente anfitrión, nos demostró el superlativo valor que le da a la tradición histórica de la unidad y su espíritu de difundirla, algo que valoramos especialmente en este año y el próximo, en que evocamos los 220 años de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires, y en setiembre, de su creación.
El personaje nació en San Nicolás de los Arroyos en 1858, en el seno de una familia que hundía sus raíces -por los Bengolea- en antiguas familias de Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires, ya que la exhaustiva investigación genealógica comienza con el fundador de las últimas dos ciudades, don Juan de Garay.
Por la rama materna, los Llobet eran más nuevos: don Francisco, el iniciador del apellido, había casado en 1821 con una dama de apellido Caneto, de una antigua familia de origen italiano del pago de los Arroyos.
El escenario de la guerra estuvo de algún modo cercano en sus primeros años: a pocas leguas de su ciudad natal se enfrentaron la provincia de Buenos Aires y la Confederación en los campos de Pavón en 1861, y Mitre, con su ejército triunfador, desfiló por esas calles.
En la Guerra de la Triple Alianza, de allí salió el famoso Batallón de Guardias Nacionales, que sufrió muchas bajas en la contienda y volvió para recorrer, entre aplausos, vivas y lluvia de flores, las calles de San Nicolás.
Narciso fue testigo presencial de estos y otros tantos episodios, y quizás ellos lo impulsaron a ingresar al Colegio Militar, institución fundada por Sarmiento en octubre de 1869.
Circunstancias políticas, como las revueltas por las elecciones presidenciales de 1874, lo sacaron de los estudios y lo llevaron a abandonar temporariamente las aulas y custodiar, como centinela, la casa del presidente Sarmiento, que estaba ubicada en la calle Cuyo (hoy Sarmiento al 1200), no en la calle Artes, como se anotó.
Poco después, la Revolución de ese año lo hizo egresar del Colegio como Subteniente "a guerra" y tener su bautismo de fuego en la batalla de la Verde, y le tocó acompañar a Mitre al Cabildo de Luján, donde fue hecho prisionero en primer término, para pasar luego al Cuartel del Retiro. Por todo esto había ascendido a teniente 2º.
Participó en la Campaña al Desierto con el general Roca, con quien cultivó una amistad hasta el fin de sus días. Bengolea se jactaba de ser Expedicionario al Desierto y llegó a presidir el Centro de Militares que habían actuado en esa gesta, y jamás faltaba a su saludo en el cumpleaños del viejo jefe de esas jornadas, que abría de par en par las puertas de su residencia de la calle San Martín.
SU CASA
Edecán del presidente Luis Sáenz Peña, fue llevado a la jefatura del Regimiento de Patricios en 1893, cuando la revolución radical; estuvo al frente de la unidad hasta 1896, como lo señaló en la presentación el actual jefe, coronel Sebastián Marincovich, con certeras y emotivas expresiones sobre la continuidad histórica del regimiento a través de sus jefes: "Sigue presente en ésta, su casa". En 1905 se elevaron los pliegos al Congreso para el ascenso a generales de Brigada, entre ellos el de Bengolea, con 30 años de servicio. Como se demoraba, muchos jefes que veían postergada su carrera corrieron a los despachos de los legisladores para apurar el trámite. Bengolea, que tenía un elevadísimo sentido del honor, decidió pedir su retiro, el que le fue concedido el 5 de noviembre de 1905.
Esto me hizo recordar lo que en cierto momento me dijo un coronel, cuando le dijeron que fuera a ver al presidente para que aprobara su ascenso: "Prefiero ser un coronel con honor y no un general arrodillado".
Bien estuvo el lugar elegido para la presentación del libro, porque Bengolea podía repetir con orgullo aquello que decía el Catecismo Militar de 1810: "Son Patricios los que componen esta comunidad, reconocen esta por su Patria, observan sus leyes y costumbres, se someten a su gobierno y la sirven con su persona, sus bienes y sus talentos".
Falleció en Buenos Aires en 1934; había casado con Adela María Cárdenas, fallecida once años antes, matrimonio del que quedó una larga descendencia que se reunió en esta ocasión para celebrarlo.
PAPELES DISPERSOS
Lo curioso de este libro es que lo escribió su nieto, Jorge Bengolea Zapata (1913-2018), destacado abogado, cuando tenía 99 años. Comenzó a anotar en pequeños papeles sus recuerdos, que al decir de su hijo Francisco eran jeroglíficos, porque, impedido de una buena visión, escribía a medida que llegaban a su memoria las cosas que había vivido.
Decía al respecto: "Estas líneas biográficas encierran un íntimo placer personal: revivir espiritualmente los valores de nuestra historia, encarnados en las vidas de quienes la protagonizaron".
A la muerte del doctor Bengolea Zapata, estos papeles dispersos quedaron en poder de la familia; su hijo Francisco se tomó el trabajo de leerlos, transcribirlos y colocar las citas documentales y bibliográficas, cosa que no se había realizado.
De esta labor resultó una magnífica biografía, en la que no sólo se recorre la vida del soldado, sino también sus comentarios personales, anécdotas familiares y el detalle de aquellos camaradas de armas que rodearon su vida como superiores o contemporáneos, y con los que guardó una permanente amistad: Julio Dantas, Luis María Campos, Teodoro García y Lorenzo Vintter, para dedicar un recuerdo especial al que partió en 1884, el "Toro", como le decían a Conrado Excelso Villegas, el héroe de mil hazañas.
Francisco Bengolea, con sentido amor filial, dedicó bastante tiempo a completar esta obra, que nació "en el murmullo de las sobremesas y en la memoria compartida que se niega a desaparecer". Seis años estuvo Bengolea Zapata, "con una lucidez que parecía desafiar al tiempo", trabajando en estos papeles, que el ánimo de sus nietas hizo realidad. Ximena Bengolea Monzón, tataranieta del biografiado, fue la editora, con el valioso aporte de documentos del archivo familiar, como los retratos de don Narciso -comenzando por el de la juventud, con uniforme, del afamado artista Cristiano Junor-, recortes de diarios y revistas de la época, y las imágenes de los caciques que asolaban el desierto. Todo ello contribuye a otorgarle el valor de una biografía de ese hombre y su tiempo, que nos permite entrar en su más estricta intimidad, pero sin sentir que la invadimos.
Gonzalo Roca, en un magnífico prólogo, sostiene que figuras como Bengolea son "un verdadero faro que ilumina a las generaciones presentes y futuras: un hombre que los une y en quien pueden encontrar los valores morales, patrióticos y civiles, con los cuales contribuir, también en nuestro tiempo, al desarrollo de la sociedad y a la afirmación del ser argentino". Alguien dijo alguna vez, con ironía, que en materia de abolengos hay que hacer una diferencia entre descendientes y descendentes. Estos Bengolea, con este libro, han probado con orgullo que son legítimos descendientes de aquel noble árbol.