Todo Mundial de Fútbol deja, además de partidos, una radiografía de la sociología planetaria.
El de 2026 va a ser recordado por ser la apoteosis de Messi, sí, pero también por haber puesto en escena, con una nitidez casi didáctica, debates tan vigentes y urticantes como ¿qué es la nacionalidad?, o si la tecnología mata la dinámica de los juegos, o si el color de la piel o los conflictos geopolíticos juegan un rol en el imaginario mereciómetro con el que se juzga si está bien o mal perder un partido.
Escribo esto antes de la final, cuando Argentina acaba de vencer a Inglaterra y ahora deberá disputar el primer lugar con España. Ya las teorías conspirativas volvieron a mover, febriles, sus engranajes. Ya quienes odian a mi país, desde antes o los recién llegados, empiezan a desmerecer cada gol, cada jugador, cada victoria. ¿Cómo se convirtió Argentina en el opresor máximo de este mundial y por qué tantos se sienten tan cómodos siendo los nuevos oprimidos?
LA ÚLTIMA TRINCHERA
La Argentina expuso, sin proponérselo, el mecanismo íntimo de un mundo que ya no soporta perder sin victimizarse, y la diferencia entre perder con coraje o perder inventando un enemigo.
El wokismo en retirada encontró en el fútbol su última trinchera
El fenómeno woke viene perdiendo terreno en la calle y en la política electoral de medio mundo. Y como todo movimiento en repliegue, necesita un territorio nuevo donde seguir sobreviviendo. Ese territorio, este año, fue el mundial de fútbol. Ahí aparecieron, uno por uno, los mismos lugares comunes de siempre: el buenismo clasista, el racismo invertido, el feminismo importado a discusiones que no lo requerían (no hay que olvidar nunca la ridícula canción de Julieta Venegas sobre la niña futbolera), la denuncia de “violencia” o “discriminación” ante cualquier gesto deportivo normal, y la ausencia total de humor ante la ironía más elemental. Como corolario, apareció la estrella más novedosa del firmamento woke: el palestinismo, convertido en la causa que todo lo explica y todo lo justifica.
Un ensayo reciente sobre la psicología del Mundial explica por qué el fútbol es un imán tan potente para este tipo de proyección: el torneo pone en marcha instintos muy antiguos, ligados al tribalismo, al estatus, al liderazgo y a la cooperación grupal, que vienen moldeando a las sociedades humanas desde hace milenios.
El mismo texto agrega algo clave para entender por qué la derrota también es contagiosa: “Los humanos somos extraordinariamente flexibles a la hora de formar nuevas alianzas. En las condiciones adecuadas, desconocidos pueden convertirse rápidamente en compañeros de equipo. El lado oscuro surge cuando el estatus colectivo se ve amenazado. Una decisión arbitral controvertida puede sentirse como una injusticia. Una derrota dolorosa puede sentirse como una humillación nacional. El deporte rara vez provoca conflictos políticos por sí solo, pero puede exacerbar las tensiones preexistentes”.
Es exactamente lo que vimos: dirigentes, activistas e influencers de medio mundo subiéndose a una derrota ajena para proyectar sus propias obsesiones.
LLORIQUEOS COBARDES
El caso de Argentina-Inglaterra es elocuente. El equipo inglés llegó a semifinales con Thomas Tuchel al mando, con la consigna explícita de terminar con décadas de fracasos. Iban ganando. Y en el momento exacto en que debían presionar, se replegaron. Argentina, que no dejó de intentarlo ni un segundo, dio vuelta el resultado en el epílogo del partido y volvió a instalarse en una final.
Lo notable es que ni siquiera hace falta forzar la metáfora, está ahí servida: El analista Konstantin Kisin escribió en X: “La selección de fútbol de Inglaterra perdió por la misma razón por la que el país está perdiendo: las personas a cargo temen asumir riesgos y tratan de aferrarse a lo que tienen en lugar de ser ambiciosos respecto al futuro. Esta actitud impregna todo”.
Una crónica del partido fue directamente al hueso y describió lo ocurrido como una rendición sin coraje frente a Argentina, señalando que jugadores, entrenador y cuerpo técnico abandonaron sus pretensiones. No hace falta ser sociólogo para ver el paralelismo: es la misma lógica que explica buena parte de la parálisis política y económica británica de los últimos años. Sin embargo, analistas, jugadores, medios y usuarios de RRSS siguen culpando a Argentina de la derrota incontestable de Inglaterra. La politóloga española María Blanco publicó un auténtico fake de arrabal al día siguiente: “Hay apuestas sobre cuántos meniscos va a romper la selección argentina para ganar el domingo…” desacreditando un fantástico partido de dos grandes selecciones.
Lo de Inglaterra no es un caso aislado, es un síntoma continental. Europa entera lleva años en modo de administración de la decadencia: crecimiento estancado, natalidad en baja, un aparato institucional anquilosado y corrompido, que se mueve más rápido para regular que para competir, y una clase dirigente que prefiere gestionar el declive con temor antes que asumir el riesgo de una apuesta grande.
Cuando ese mismo continente se encuentra en la cancha con un rival y este gana, la reacción no es la admiración deportiva que ese coraje merecería. Es la sospecha. Porque si el otro gana jugándose entero, la pregunta que queda flotando es por qué nosotros no. Es más cómodo, y muy propio de la izquierda que parece haber contagiado a todos su razonamiento, decir que el rival hizo trampa, que compró el resultado, o que el sistema estaba armado a su favor.
Imaginemos trasladar ese razonamiento a todos los órdenes y momentos de la historia…Ah cierto, ya se hizo, lo hizo el socialismo.
CITOGENESIS MALVADA
A las pocas horas de la eliminación de Egipto, la página de Wikipedia del árbitro francés François Letexier fue editada para afirmar que había nacido en una familia judía ortodoxa de Bretaña y que su abuelo había sido de la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Ninguna de las dos cosas es cierta.
La edición corrió por cuenta de una cuenta creada recientemente pero con un conocimiento sofisticado de los puntos ciegos del sistema de moderación de Wikipedia. Un análisis periodístico especializado en manipulación de información online reconstruyó el historial de esa cuenta y encontró que no era su primera intervención: en junio había editado la página del Grupo Islámico del Líbano (designado organización terrorista por Estados Unidos) para presentarlo como parte de un esfuerzo de “unidad árabe”, y reescrito la biografía de su líder para borrar su condición de terrorista global especialmente designado.
El mecanismo se llama citogénesis, el acto por el cual una mentira insertada en Wikipedia termina siendo citada por otro medio, que a su vez es usado como fuente para “confirmar” la entrada original. En este caso, el chatbot Grok de X llegó a validar como cierto el origen judío de Letexier basándose, aparentemente, en la propia edición fraudulenta, antes de corregirse. Una verificación exhaustiva confirmó que ninguna fuente citada en la edición sostenía lo que decía sostener: los artículos vinculados ni siquiera mencionaban a Letexier o su supuesto origen.
La misma cuenta, apenas horas después, fue todavía más lejos: modificó la página del presidente argentino Javier Milei para reemplazar su descripción profesional por un insulto explícitamente antisemita. La cuenta fue finalmente suspendida, pero el daño ya estaba hecho: miles de capturas de pantalla circulaban por redes antes de que la mentira fuera corregida, que es exactamente el objetivo de este tipo de operaciones. No hace falta creer en el fair play para reconocer que hackear la enciclopedia más consultada del mundo para insertar antisemitismo es, objetivamente, mucho peor que perder un partido de fútbol.
Con la mentira de Wikipedia circulando, faltaba apenas un paso para completar el círculo conspirativo: unir a Argentina con Israel en un mismo relato de manipulación global. Y ese paso también se dio. En cuestión de horas se viralizó la idea de que una camarilla integrada por Netanyahu, el Mossad, Messi, Milei y la FIFA había arreglado el resultado del partido a favor de Argentina. Las pruebas eran fotos de Messi rezando en el Muro de los Lamentos hace más de una década y de Milei con funcionarios israelíes, para sugerir que Israel le había “prometido” el Mundial a Argentina.
Cualquier persona en su sano juicio debería mofarse de estas pavadas, pero, en el calor fanático del Mundial, y ante la cultura del victimismo, estas narrativas crecen como hongos. La lógica de la conspiración no necesita pruebas: necesita apenas una excusa para no tener que decir “perdimos porque el otro jugó mejor”.
EL CASO EGIPTO
El caso egipcio es paradigmático, porque ahí el guion cambia de género: deja de ser un drama sobre el miedo para convertirse en una comedia involuntaria sobre el resentimiento. Egipto iba ganando y en apenas catorce minutos finales, se derrumbó: tres goles sepultaron una clasificación histórica. Perder contra los campeones del mundo, con Messi en cancha, no es ninguna vergüenza. Lo que sí lo es, es la ausencia total de dignidad para aceptar una derrota.
En lugar de asumir el fracaso deportivo como lo que fue, el entrenador Hossam Hassan eligió el camino de la sospecha permanente: cuestionó al árbitro francés, insinuó presiones externas, y en el fragor del partido llegó incluso a hacer un gesto de la FIFA reservado para denunciar discriminación racial. La Federación Egipcia de Fútbol presentó una queja formal por lo que llamó “doble estándar” arbitral, y Hassan fue citado diciendo que quería que Argentina y Messi se quedaran en el torneo por motivos de marketing, llegando a calificar el partido de directamente arreglado.
A esto se sumó un condimento adicional, ajeno al partido pero perfecto para describir el ambiente: horas antes, Donald Trump había pedido públicamente que se revirtiera una tarjeta roja al delantero estadounidense Folarin Balogun, algo que la FIFA terminó haciendo en medio de fuertes críticas. Y aquí aparece otra paradoja que nadie se detuvo a señalar: ni siquiera una intervención presidencial directa sobre el propio arbitraje del torneo le alcanzó a Estados Unidos para seguir con vida. Con Balogun ya habilitado a jugar gracias a la gestión de Trump, el local terminó goleado 4-1 por Bélgica y quedó afuera igual. El episodio, de todos modos, sumado al humor caliente por la eliminación de Egipto, terminó de convencer al público conspiranoide de que el torneo entero estaba “arreglado” en algún sentido, aunque las dos situaciones no tuvieran ninguna relación entre sí.
Y en medio de ese clima, el alcalde de Nueva York se subió al relato y en una conferencia de prensa, Zohran Mamdani afirmó que Egipto había sido “robado” arengando a la corriente de la autocompasión, la paranoia y el enojo desbocado; a la que notablemente se sumaron quienes desprecian al mismísimo Mamdani.
EL SIMULADOR SUECO
El episodio que resume mejor la lógica invertida de este Mundial, es el de los cuartos de final entre Argentina y Suiza. El delantero suizo Breel Embolo hizo algo que es (o era) común en un partido. Se tiró el lance de simular que le cometían una falta y fingió haber caído por un contacto de Leandro Paredes. Su engañó funcionó y consiguió que le cobraran una falta al argentino. Luego el VAR revisó la acción, confirmó que no hubo contacto real, le anuló la tarjeta amarilla a Paredes y se la dio a Embolo por simulación, que al ser la segunda amonestación del suizo en el partido, terminó en expulsión.
Es decir: hubo una trampa, la trampa fue detectada por el sistema diseñado exactamente para eso, y quien la cometió pagó la consecuencia prevista por el reglamento. Nadie se detuvo a pensar qué pasó por la cabeza del señor Embolo, que se mandó un paso de baile a sabiendas de que en este mundial hay cámaras hasta en los calzoncillos de los aguateros. En cambio, el enojo generalizado (de jugadores, del entrenador suizo Murat Yakin y de buena parte de la prensa) no fue contra el picarón e irreflexivo Embolo, sino contra la regla que permitió detectarlo y, de rebote, contra Argentina, como si fuera tramposo no permitir que te hagan trampa.
¡CULPABLE!
Termine como termine este Mundial, Argentina demostró ser un descomunal equipo y tener al mejor jugador del mundo en sus filas. Y, sobre todo, demostró no tener vergüenza ni de sus triunfos, ni de sus flaquezas, ni de su bandera, ni de su historia. Esta carencia de culpa existencial es una afrenta para el wokismo atrincherado en el Mundial. Semejante osadía la expuso a la elasticidad del relato acusatorio.
A Argentina se la acusa, según convenga, de pertenecer al “sur global” pobre y oprimido (que exporta a sus pobres al primer mundo) y, en la frase siguiente, de ser un país capaz de “comprar” un Mundial. Nadie entiende por qué EE.UU., Arabia Saudita o algún país más rico no tomó semejante ofertón, incluso Qatar cuando el campeonato se jugó en su suelo. Tal vez piensen que Argentina es el único país que cometería tal deshonestidad, lo que resulta curioso si pensamos en el maremoto de deshonestidades que rodean al líder español, al saliente británico, a la mexicana, al brasileño o al francés.
La cosa es que, aún contra toda lógica, todos tiran la primera piedra sobre Argentina…y sobre el omnipresente poder del Mossad, al que consideran un facilitador en las sombras de Messi, sin preguntarse por qué la agencia de inteligencia judía no usó unas gotas de su superpoder para lograr que Israel aunque sea clasificara.
En la misma absurda tónica, se acusa a Argentina de ser “demasiado blanca y europea” para representar al sur, y en la conversación siguiente de ser un país menor e impotente que no pudo recuperar las Islas Malvinas, de modo que en un mismo hilo se la llama colonialista y colonizada, pobre y rica, según lo que resulte más conveniente en cada oración.
Ese tipo de contradicción no es exclusiva del caso argentino: un análisis reciente sobre la identidad nacional en este Mundial señala que a los jugadores de origen inmigrante o minoritario suele incluírselos como parte plena de la nación cuando ganan, pero se los trata como extraños en cuanto fallan, como les ocurrió a jugadores neerlandeses de origen inmigrante tras fallar penales frente a Marruecos.
La conformación de los equipos, la comparación con equipo de los mismos países 20 años antes, las reglas para obtener nacionalidades, el debate migratorio, el ser y sentirse de un país son cuestiones que eclosionan en este mundial. El ex mandatario español Mariano Rajoy analizó al equipo francés antes del partido con España afirmando textualmente: «Francia tiene una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses. Y está jugando muy bien». Rajoy hizo, evidentemente, una broma de mejor o peor calidad, en la que claramente no pedía que nadie perdiera su pasaporte. Se trata de un comentario muy viralizado, por otra parte, y trae a cuento los no pocos debates sobre pertenencias, nacionalismos, integración y temas que no tiene nada que ver con el fútbol, pero que el Mundial canalizó con vigor.
VOLUBLE Y OPORTUNISTA
El nacionalismo, en general, es voluble y oportunista con sus propios símbolos. A veces no quiere decir nada y es sólo una broma, y a veces se convierte en cosas asquerosas y criminales. Personalmente creo que lo de Rajoy pertenece al primer caso, pero el wokismo siempre se mete donde puede sacar tajada.
¡Y también conn esos temas la ligó Argentina! Para humillarnos, varios fueron directamente a buscar munición en la historia, como si Argentina cargara con la misma historia de quienes la señalan. Pero esa lectura no resiste el más mínimo repaso. Argentina se construyó recibiendo, integrando y dando ciudadanía a millones de inmigrantes europeos, de Medio Oriente y de países vecinos, sin los debates identitarios que hoy atraviesan a buena parte del mundo desarrollado. No fuimos nunca, en ningún tramo de nuestra historia, los malos de la vara moral con la que hoy algunos pretenden medirnos. Fuimos, y en gran medida seguimos siendo, periferia.
Hay una capa más, más incómoda todavía: el wokismo, en tanto vocabulario y set de reglas (que decide qué cuenta como racismo, qué cuenta como discriminación, quién tiene permitido hablar de qué) nació, se codificó y se exportó desde los países más desarrollados y por tanto hegemónicos que hoy son víctimas y victimarios de esa podrida superioridad moral woke. Que hoy ese mismo aparato conceptual se use para acusar a Argentina de “racista” o de “colonialista” es la vieja pretensión de decidir quién tiene permitido ganar y en qué términos, disfrazada de progresismo.
VARIABLE GEOPOLITICA
No es la primera vez que un Mundial se convierte en variable geopolítica: desde el Mundial de Mussolini en 1934 hasta los Juegos de Putin en 2014, la historia está llena de líderes que intentaron capitalizar políticamente una gesta deportiva. Un ensayo reciente sobre el Mundial sostiene que el negocio del fútbol global combina de manera casi natural con regímenes que buscan legitimidad internacional.
Lo que este Mundial 2026 mostró, entonces, no es un fenómeno nuevo, sino una aceleración: la misma maquinaria psicológica de identificación tribal que hace disfrutar un triunfo ajeno como propio, hoy tiene combustible ideológico de sobra para convertir cualquier derrota en una injusticia cósmica, siempre en función del sentimiento de culpa que parece atravesar a todo el Occidente libre y del reparto de roles opresor-oprimido que jerarquiza la victimización por sobre el triunfo. Con todo esto dicho, vale la pena no perder de vista lo más importante: es un juego.
Con reglas, con árbitros, con VAR, con una pelota que a veces entra y a veces no. Argentina no le debe una disculpa a nadie por ganar, ni por festejar, ni por creer en sí misma hasta el último minuto. Que se victimicen los que necesiten un relato para no mirarse al espejo, y ojalá se les pase esa enfermedad y dejen de pedir permiso para ser felices. Y si algo deja el equipo argentino es que se puede competir con el alma afuera, sin culpa, y que la alegría de haber estado ahí, de haber llegado hasta el final con la cabeza en alto, ya vale la pena por sí sola. Gane quien gane el domingo, la Argentina de este Mundial ya ganó lo que importa.
* Este artículo se publicó originalmente en https://karinamariani.substack.com/
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