Una belleza insoportable
Por Everett Ruess
Periférica. 227 páginas
Entre 1930 y 1934 el joven estadounidense Everett Ruess se lanzó a recorrer, a pie, en burro o a caballo, buena parte del sudoeste de Estados Unidos. Viajaba solo, entregado a su vocación de pintor, y fascinado por los paisajes, áridos y monumentales, que atravesaba en un peregrinaje físico pero también estético.
Ruess dejó testimonio de sus andanzas en las cartas que enviaba a sus padres, a su hermano mayor y a un puñado de amigos y una fugaz novia. El epistolario culmina el 11 de noviembre de 1934, días antes de que el muchacho desapareciera para siempre en algún lugar del estado de Utah. Tenía apenas 20 años.
Las cartas se publicaron ahora en castellano, con traducción y prólogo de Munir Hachemi y el título de Una belleza insoportable, cita tomada de una de las misivas en las que el autor manifiesta su deslumbramiento con la naturaleza del oeste norteamericano.
Ruess se definía como un “hedonista panteísta”. Cultivaba un temperamento artístico, de cuño romántico, que lo enemistaba con las convenciones sociales, el afán de lucro, y las costumbres burguesas. Se consideraba una persona “peculiar” con intereses que poca gente podía compartir. “La belleza siempre ha sido mi dios -escribía de manera tajante-. Es más importante para mí que la mayoría de las personas”.
El chico era más aventurero que ideólogo; su talante solitario, si bien lo expulsaba de la sociedad, también le sirvió de antídoto contra la rigidez de los activismos políticos en tiempos de la Gran Depresión y la radicalización europea. El desafío, tal vez nacido de una exigencia familiar, era probarse en el peligro y la soledad. “Amo la aventura -confesaba-y me gusta correr riesgos cuando los puedo sortear con fortaleza y habilidad”.
Cuesta determinar, leyendo la correspondencia, cuánto debía el nomadismo de Ruess al típico espíritu de rebelión adolescente, y cuánto a una genuina elección de vida, precursora de la que adoptarían, decenios más tarde, los beatniks o los hippies.

Por otro lado, su ruptura con la civilización no era total. Mientras estaba de excursión, Ruess vendía o canjeaba los dibujos, grabados o xilografías que iba haciendo sobre la marcha. Pero seguía recibiendo dinero y provisiones de sus padres, a quienes informaba de todos sus movimientos; en los meses de invierno abandonaba las travesías y regresaba al hogar familiar, en Hollywood.
También cabe preguntarse si el interés que despiertan estas cartas, intensas, exaltadas, a veces pueriles, puede separarse del desenlace misterioso que rodea la vida de su autor.
A medida que avanza la lectura cuesta no detenerse ante cada posible pista o indicio del final que se avecinaba para el muchacho. Varias frases suenan premonitorias (“Nunca dejaré de viajar por el mundo y cuando me llegue la hora, iré a esperarla al lugar más agreste y desolado que haya”). Otras revelan cierta inestabilidad emocional. Los últimos días lo muestran más integrado a las comunidades indígenas, de las que en principio desconfiaba.
El enigma persiste. ¿Sufrió Ruess un accidente? ¿Se perdió? ¿Fue asaltado y asesinado por indios navajo? ¿O rompió de verdad con su vida vieja hasta fundirse, sin mirar atrás, con esa naturaleza que tanto lo hechizaba?